ARAÑAS DE LOUISE BOURGEOIS

En 1928 Azorín estrenó en Madrid su trilogía «Lo invisible», compuesta por «La arañita en el espejo», «El segador» y «Doctor Death, de 3  a 5». La pequeña arañita de la muerte en el espejo de la vida no apartaba su sombra de ella, permanecía en la limpidez del cristal recordando siempre el fin.

En La arañita en el espejo, una mujer enferma espera impaciente a su esposo, que regresa de la guerra de África. Todo sugiere que el reencuentro no tendrá lugar: un mendigo adivina, en la tristeza de la joven, el reflejo de una enfermedad incurable, y la arañita en el espejo anuncia la proximidad de la muerte. Pero ésta no vendrá a llevársela, como ella supone. En realidad, a quien se ha llevado es al esposo, que nunca acudirá a la cita. Todos los personajes, excepto la esposa, conocen la fatal noticia y es que, obsesionada con su propia muerte, es incapaz de sospechar la de los demás.

Quizás estas arañas gigantescas de Louise Bourgeois plantadas en los espacios de algunas ciudades del mundo no representen a la muerte, pero las largas patas de las enormes esculturas imponen la amenaza de un misterioso y extraño poderío.

Las mujeres-casa de esta artista – dibujos o pinturas con cuerpo de mujer y cabeza convertida en casa, a veces llameante y transmitiendo ansiedad -, los ejes metálicos, sus piezas de materiales líquidos que dejaba solidificar, luego su trabajo con el mármol y el bronce, las tensiones reflejadas del cuerpo humano, la mezcla de rigidez y flexibilidad en muchas de sus obras, no harán olvidar a sus arañas multiplicadas, casi perpetuas.

Ella quedó prendida de su visita a las grutas de Lascaux donde el descubrimiento de las formas cóncavas dio un giro a su obra. Las concavidades y convexidades, las hendiduras, marcaron su trayectoria. Pero las arañas permanecieron en el aire.

Estaban allí – siguen estando – imperturbables, vigilantes, grandes arañas en el espejo de la vida.

(pequeña evocación de Louise Bourgeois, fallecida a los 98 años en Nueva York el 31 de mayo de 2010)

(Imágenes:- arañas de Louis Bourgeois en distintas ciudades del mundo)

DÍAS DE GREGORIO MARAÑÓN

«Me levanto de seis a seis y media – le confesaba Marañón a González Ruano en 1954 -. Entonces despacho la correspondencia con mi mujer. No se acaba ésta antes de las diez. A esa hora voy al hospital, donde estoy hasta la una o una y media. Almuerzo. Hago mi trabajo en casa hasta las nueve. Leo o estudio hasta las doce y media o la una. Leo con entusiasmo, como cuando era muchacho. Y me acuesto. Y escribo sólo en Toledo, el sábado y el domingo, y durante los veraneos».

De este «trapero del tiempo«, como a veces se le ha calificado por su exigencia para aprovechar las horas, hablé ya en Mi Siglo. A su biógrafo se lo recordaba Marañón con unas palabras y a Ruano con otras, pero el sentido era el mismo: «Yo he dado con una fórmula para aprovechar el tiempo que es la del día de viaje. ¿Qué hace usted en un día en que sabe que su tren o su avión sale a las seis de la tarde y que se ausentará usted por algún tiempo del lugar donde vive? Se levantará usted, naturalmente, temprano y hará todas las cosas que necesite hacer con eficacia, sin perder un momento. Pues bien: hay que convertir todos los días en ese día de viaje. Así, a las seis de la tarde, a la hora ideal en que usted ha pensado salir de su casa con las maletas, lo tendrá usted todo resuelto, e incluso le sobrará tiempo para aplicarlo al ocio que prefiera».

«En uno de estos cigarralescomentaba Marañón hablando de su refugio de Toledo -, han transcurrido mis horas mejores, las más fecundas de estos catorce años: los más sobresaltados de la historia de España: 1922, 1936. Allí están escritos casi todos mis libros, en su paz transida de pasado y de pensamiento: que es pasado y futuro».»Siempre pensé – añadía en otra ocasión – que para la sabiduría, a la cual he aspirado continuamente, es imprescindible, necesario, forzoso, viajar mucho. Los griegos que están aún vivos entre nosotros adquirieron gran parte de su profundidad viajando».

Sólo en el año antes de morir – 1959  – esos viajes de Madrid a Toledo, esas estancias en el cigarral y el aprovechamiento de momentos antes de la cena,  dieron como fruto de publicaciones seis prólogos, ocho críticas de libros científicos, cuatro notas sobre maestros desaparecidos, varias conferencias y discursos, más de una veintena de trabajos científicos y varios artículos en la Prensa española e hispanoamericana. La laboriosidad le acompañó toda su vida. «Me preparo para cumplir con dignidad mi vejez, si me es dado alcanzarla«, había dicho. Cuenta Marino Gómez -Santos en la biografía del gran médico y humanista que «la última vez que se disponía a asistir a un espectáculo, pocos días antes de su muerte, fue a un concierto de la Sinfónica. Llamó a su hijo Gregorio para que le acompañara. Pero al llegar al Palacio de la Música, dijo, con palabras mal vocalizadas:

– No; vámonos. No conocería a los amigos, ni podría hablar con ellos.

Añadió:

– Vamos un rato a la Casa de Campo, a hacer tiempo, para que tu madre no se entere. Le diremos que el concierto ha estado muy bien.

Por la Casa de Campo estuvo paseando muy despacio, cerca de una hora, sin pronunciar una sola palabra.

El 26 de marzo estuvo todo el día muy animado. Dedicó parte de la tarde, solo en su despacho, a leer y clasificar correspondencia de enfermos y amigos. Cenó normalmente, en familia. En la sobremesa comentó con su mujer y sus hijos el último libro de Azorín, que acababa de recibir.

Se acostó muy temprano. Se durmió en seguida. Y para siempre».

(Pqeueño recuerdo a los cincuenta años de su muerte: 27 de marzo de 1960.-marzo 2010)

(Imágenes: 1.-Marañón con Baroja, en París, en 1939.-piobaroja.guipozkoalkultura.net/ 2.- Marañón en el Hospital que hoy lleva su nombre en  Madrid.- larazon.es/ 3.- Gregorio Marañón, con Carmen Marañón Moya, Gustavo Pittaluga, Federico García Lorca y otras personas, en Toledo. flickr)

DELIBES : SOMBRA ALARGADA SOBRE LA FAMILIA

Ángeles de Castro, la mujer de Miguel Delibes, era más abierta que el gran escritor, más comunicativa. Ella le facilitó su relación con el mundo, y cuando ella faltó Delibes dejó de cantar sobre aquella bicicleta suya lanzada a toda velocidad cuestas de Santander abajo camino de Burgos, frases que iba recogiendo el aire mientras Delibes cantaba: «¡Soy el hombre más felíz, soy el hombre más felíz!».

Lo contaba él mismo en una trenzada entrevista radiofónica con tres de sus hijos – Miguel, Elisa y Adolfo – de los siete que el escritor tuvo, cuatro de ellos biólogos. Delibes inculcó un gran sentido de la austeridad a sus hijos; Adolfo recordaba que el escritor no se dio ni un capricho; pudiendo hacerlo no se compró una buena escopeta ni tampoco un buen coche; Miguel evocaba a su vez  que su padre les dio la lección de no requerir nada que no fuera necesario, les señaló el sentido de valorar mucho a los demás, la realización práctica de la compasión, lo que hoy de algún modo se define como solidaridad.

De carácter fuerte, hombre serio, los nervios, los agobios, ciertas angustias – siempre según sus hijos – le acompañaron siempre. Le costaba dar la razón al contrario, y llevaba consigo al andar por la vida esa retranca de humor que bordeaba su pesimismo vital. Las relaciones de Delibes con la gente (sigo el hilo de lo que a su padre, en la radio, le recordaban sus propios hijos en una conversación entrañable) no eran fáciles: no le gustó ser reconocido durante años y solamente con la edad y con los primeros achaques se resignaba a conversar con quien le detenía en sus paseos por Valladolid.

Fue en uno de estos paseos – la vida está empedrada de anécdotas -, cuando un joven viandante se le acercó. Delibes iba con su hijo Miguel. Decidido, con un cuaderno y una pluma en la mano, aquel que le miraba le pidió un autógrafo: «Perdone que le pare – le dijo el paseante -, pero es usted Azorín«. Delibes, muy serio, le respondió: «Joven, Azorín lleva mucho tiempo criando malvas». Y cuando el personaje se alejó, el escritor le comentó a su hijo: «Hoy cuando llegue a casa le dirá a su madre: «Mamá, he estado con Azorín y él lo ha negado». Es la vida».

Como la vida sigue empedrada de anécdotas,  esta vez un niño, rompiendo las filas de un colegio, se le acercó exultante. «¿a que es usted Miguel Boyer? ¿puede darme un autógrafo?». Delibes miró enternecido a la criatura y le escribió sin dudarlo en la página: «Miguel Boyer«. Pero lo que en cambio se negó a firmar fue la dedicatoria para un perro reiteradamente suplicada por el dueño del animal en la Feria del Libro. Como se ve, las anécdotas son impensables.

Me escribí con Delibes en varias ocasiones, con motivo de su novela «La hoja roja», en 1959, al comentar en «La Estafeta Literaria» aquel excelente libro. Años más tarde, en 1987, nos veríamos largamente con ocasión de su doctorado Honoris Causa en la Facultad de Ciencias de Información. Allí, una vez más, se unió literatura y periodismo en este gran escritor de nuestro tiempo.

Pero entre las perdices rojas, los pájaros y las truchas, entre las madrugadas de caza, entre las ruedas de su bicicleta recorriendo la defensa del Planeta, está el silencio y el trabajo constante de tantos manuscritos minuciosos, tantas consultas sobre lenguaje, tan precisas vestimentas para arropar a personajes, historias de Castilla la Vieja que echaban a andar para «pegar la hebra» de la conversación. Sus hijos guardan el recuerdo de su discrección a la hora de escribir. No conocieron «Señora de rojo sobre fondo gris» mas que cuando estuvo publicada. Ángeles, la mujer de Delibes, era a la que le leía lo que escribía, y cuando ella murió pidió a su hijo mayor que escuchara también: «Lee esto – le dijo – porque antes lo leía tu madre y ahora no está». A una de sus hijas, que se dedicaba a la moda, le pidió detalles para un personaje de «Diario de un jubilado«, un paleto que quería ser pretencioso. «¿Cómo lo puedo vestir?», le preguntó. Y la hija del escritor le habló de modelos de zapatos y de cuellos muy grandes para las camisas, que Delibes apuntó.

Ahora, en el vaivén de cielos y purgatorios que ondula siempre en las Historias de la Literatura, cuando las aguas del tiempo se remansen, la perspectiva, al filo del horizonte, nos mostrará al Delibes que quedará entre tantas lecturas. Le diremos mientras pasan las páginas, «Don Miguel, Dios le guarde«, que era el saludo que más le gustaba cuando daba paseos por las calles de Valladolid.

(Imágenes:-1.-Migel Delibes y su mujer..-foto Efe.-elmundo.es/ 2.-foto el mundo.es/ 3.-apuntes para «El hereje».-foto Carlos Arranz.-el mundo.es/ 4.-foto el mundo.es)

CENTENARIA GRAN VÍA DE MADRID ( y 4) : PLAZA DEL CALLAO

«En este momento – dirá Moreno Villa al retratar con la literatura una instantánea de Madrid -, Juan Echevarría está pintando su enésimo retrato de Baroja, Ortega prepara su clase de filosofía, Menéndez Pidal redacta su libro «La España del Cid«, Arniches ensaya un sainete, Manuel Machado entra y sale de la Biblioteca del Ayuntamiento, Antonio conversa con Juan de Mairena, Azorín desmenuza la carne de un clásico, don Pío del Río Hortega está sobre el microscopio, Juan Ramón Jiménez discurre algún modo de atrincherarse en el silencio, don Manuel Bartolomé Cossío corrige pruebas de mil cosas, Benavente se fuma su interminable puro, Ramón y Cajal estudia las hormigas, Américo Castro lucha a brazo partido con Santa Teresa, Zubiri, Gaos, Navarro Tomás, García Lorca, Valle Inclán...».

Los nombres de Madrid y en Madrid. Un Madrid eterno. Y en medio de él – desde la calle de Alcalá a la Plaza de España la Gran Vía.

Recorriendo en el tiempo esa Gran Vía se evocan célebres cafés – como el que agrupaba a la tertulia de José María de Cossío -; otro viejo café al que solía acudir Antonio Machado; el estudio del pintor Pancho Cossío;  el Hotel Florida, ocupado por célebres escritoresHemingway, Dos Passos -,  corresponsales en tiempo de guerra. En Gran Vía número 7 – que entonces se llamaba Avenida de Pi y Margall – se encontraba la «Revista de Occidente» y Fernando Vela, primer secretario de la Revista y fundador, con Ortega, de ella, cuenta que «la habitación era muy reducida, sin espacio más que para dos mesas. (…) Todos trabajábamos en todo. El edificio no estaba terminado-era 1923 – y teníamos que entrar por una puerta secundaria de la calle de la Salud y subir por una escalera que todavía estaba sin barandilla. (…) Más tarde, alquilamos dos habitaciones mejores en el mismo edificio, y posteriormente, en el mismo piso, un despacho para Ortega, que llenó de estanterías de libros, y un salón donde desde entonces se reunió la concurrida tertulia a la que acudían todas las tardes artistas, escritores, catedráticos, científicos y políticos». Ramón Gómez de la Serna, en su «Automoribundia» recordó que García Lorca llegó a aquella Revista con su primer manuscrito de versos y la Revista se los editó sin más, siendo uno de los éxitos mayores. A veces iba don Miguel de Unamuno, cuando pasaba por Madrid con motivo de unas oposiciones, y en esa Revista se publicaron las primeras cosas de Kafka, Huxley, Spengler, Jung y Keyserling.

Centenaria Gran Vía de tertulias, de cafés, de Revistas. Centenaria Gran Vía de automóviles, de gentes, de vidas.

Centenaria Gran Vía de recuerdos.

(Imágenes:-1-Gran Vía.- Madrid ayer, hoy y mañana/.2.-Gran Vía.-commons.wikipedia.org/-3.- Madrid.-Las modistillas le piden novio a San Antonio de la Florida.-1933.-foto ALFONSO)

UN CORRESPONSAL ENTRE BASTIDORES

Roma.-Plaza de España.-1986.-por Richard Estes.-artnetAparecen ahora en MI SIGLO – encabezando el apartado Enlaces a mi obra – las cuatro entrevistas que Onda Cero ha tenido la amabilidad de proponerme hace pocas semanas preguntándome sobre mi trabajo periodístico y sobre mis tareas de corresponsal. La Radio ha querido titularlas respectivamente  «Azorín», «Fellini», «París»y «Roma» y condensan algunas de las experiencias que he tenido la suerte de vivir como profesional. Escribo expresamente la suerte porque no siempre se encuentra uno en países y en épocas tan vibrantes de noticias. Yo he tenido esa suerte en Italia y en Francia, y cuando la suerte no ha venido hacia mí he ido yo hacia ella buscando aquello que más me interesaba, sin dejar de realizar, naturalmente, mi quehacer cotidiano de corresponsal.

PARIS.-FElix Hilaire

Cuando se me pregunta qué entrevista o qué encuentro me dejó más impresionado siempre veo el rostro de Georges Pompidou a mi lado el 16 de junio de 1969. Un minuto antes era el candidato a la Presidencia de la República Francesa; un minuto después no era un hombre: era una nación. «Je suis la France«, pronunció en tono solemne, con el semblante cambiado. Cuando se me insiste sobre qué momento recuerdo con más intensidad viene hasta mí aquel despachito de Roma, en 1964, cuando el académico francés Jean Guitton me leyó emocionado parte del discurso que al día siguiente, a las 9 de la mañana, pronunciaría ante todo el Concilio y ante el Papa. Pero los recuerdos vuelan: me veo también sentado en un banco, a primeras horas de la noche de un día de junio de 1963, en la inmensa nave desierta de la Basílica de San Pedro, frente por frente a Juan XXlll muerto, escoltado sólo por la guardia suiza . Allí, en aquel banco, ante el cadáver del Papa, con la Basílica vacía de gentes, escribí la crónica periodística. Vuelan de nuevo los recuerdos y me veo igualmente, sentado en Roma, en 1964, ante el dramaturgo Diego Fabbri, en su despacho de Director de «La Fiera Letteraria«, hablando de Pirandello, de Ugo Betti y de cómo Fabbri escribió «Proceso de familia«.

París.-Jules Aarons.-Paris 1953.-artnet

Esa puerta del despacho de Fabbri se abre a otras muy numerosas puertas, y cuatro años después, ya en París, escucho atentamente tanto a Gabriel Marcel  como a Robert Bresson. La puerta de los Estudios de Boulogne-Billancourt donde ví a Bresson y la puerta del despacho de Marcel en la rue Tournon abren paso también a otros pasillos y  a otros butacones desde donde, ya en Madrid y años más tarde, observo la sortija en las manos de Mujica Láinez, la imponente altura de Cortázar, los ojos tras las gafas de Onetti, el acento de Luis Rosales. Muchos de estos encuentros están ya en los libros, otros en MI SIGLO, otros algún día aparecerán. Haber encontrado a tales rostros no tiene más mérito que el de la curiosidad intelectual. Uno ha ido desde niño detrás de los autores, subrayando sus obras, interesado por las labores del espíritu. Uno se ha colocado entre los bastidores de la creación – en el taller de Pablo Serrano, cruzando descampados con Juan Barjola – y allí ha notado qué bien se está entre esos bastidores, entre dos luces, contemplando de reojo el patio de butacas. Avanza ante las candilejas el pintor, el escritor, el sabio, esperando los aplausos, esperando las críticas, sin apenas darse cuenta de que está haciendo Historia.

(Imágenes.-1.-Roma.-por Richard Estes.-artnet/ 2.-París.-por Félix Hilaire Buhot.-Zygman voss Gallery.-artnet/ 3.-París.-por Jules Aarons.- flickr)

DE AZORÍN A UMBRAL : EL PERIODISMO LITERARIO ESPAÑOL

Portada_libro

«El periodismo literario no tiene nada que ver –decía Francisco Umbral – con los suplementos literarios y otros dominicales, cuya oferta se hace hoy por arrobas, sino que está incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual. Una buena columna vende más que el rancio destape o la muerte de un torero. Porque los columnistas, como los viejos rockeros, de los que algo tienen, son unos viejos muchachos que nunca mueren«.

Acaba de publicarse el muy interesante volumen coordinado y editado por Javier Gutiérrez Palacio » De Azorín a Umbral.-Un siglo de periodismo literario español» (Centro Universitario Villanueva/Netbiblo) que recoge la amplia polémica suscitada desde hace tiempo en torno a qué puede llamarse o no puede llamarse periodismo literario. Acompañado de una extraordinaria antología de textos (abarcando desde «Clarín» a Manuel Vicent), se estudian en primer lugar los retazos del XlX (Valera, Galdós, Pardo Bazán, etc) ; el arco que va de la crisis a la llamada «edad de plata» (Cavia, Pérez de Ayala, Maeztu, Valle-Inclán, Baroja, Azorín,  Bello, Araquistáin y tantos otros); el periodismo literario como tribuna ideológica (Américo Castro, Azaña, Ortega, Chacel, D´Ors, Bergamín, etc); la denominada «edad de plata» (con Carrere, Foxá, Corpus Barga, Montes, Camba, Sánchez Mazas, etc); la etapa de la retórica propagandística (Alberti, Serrano Poncela, Victor de la Serna, etc); los exilios ( con Max Aub, Domenchina, Cernuda, etc); la inmediata postguerra con Salaverría, Gómez de la Serna, Pla, Rosales, Cunqueiro y Ruano, entre otros); los años cincuenta y el periodismo literario en el olvido (Benavente, Gironella, Pemán, Laforet, etc); los balbuceos de la libertad de prensa (con Anson, Areilza, Campmany, Díaz -Plaja, Carlos Luis Álvarez y otros);  la década del cambio con Julián Marías, Benet, Giménez Caballero,etc), para llegar a los ochenta de Cela, Luca de Tena, Delibes, Zambrano, Martín Gaite y varios más, y culminar en la sociedad de la información, con «el periodismo, nueva literatura«: Benítez Reyes, Alcántara, Fernán Gómez, Jiménez Lozano, Millás, Javier Marías, Muñoz Molina, De Prada, Ferlosio, Vicent y Umbral entre otros muchos.  

periódicos.-1177.-por Raymond Waters.-2008.-Craig Scott Gallery.-photografie.-artnet

Gutiérrez Palacio analiza en su Estudio preliminar cómo Periodismo y Literatura se unen en la Retórica, cuál es la aproximación al tema desde la Periodística, qué novedades ha aportado el periodismo literario en Norteamérica y en Hispanoamérica, el debate sobre si el articulismo literario es o no periodismo literario, para alcanzar al final la pregunta: «¿Qué es, entonces, el periodismo literario?».

Aparecen en este Estudio muy distintas aportaciones. También la mía, con mi libro «El artículo literario y periodístico«, con palabras y consideraciones que yo agradezco mucho al editor-coordinador. Creo que este muy amplio volumen, por su riqueza de autores antologados y por el preciso y atento trabajo de investigación y de clarificación, va a merecer un puesto muy destacado en la Bibliografía sobre la materia.

(Image: 2.-Cash f0r 400 Negroes.-2008.-por Raymond Waters.-Craig Scott Gallery.-artnet)

VIEJO MADRID ( 8 ) : ANTE BAROJA

 

 Ruiz de Alarcón 12.-casa de Pío Baroja. hasta 1956.-17-8-2009

En mis paseos por Madrid, al llegar a este portal de la calle de Ruiz de Alarcón 12, mis recuerdos vuelven a aquel día de 1955, en que entré aquí para visitar a Baroja. Me recibió en el pasillo de la casa Julio Caro Baroja, hijo de Carmen Baroja y de Rafael Caro Raggio, sobrino del novelista y del pintor Ricardo, y nieto de Serafín Baroja, corresponsal de guerra y autor de teatro y de novelas escritas en vascuence.

No sé exactamente en qué día  fue. Únicamente ocurrió una vez: la primera y única, aunque yo hubiera deseado que no fuera la última. Por los detalles que proporciona en Los Baroja su sobrino, debió de ser antes de la intervención quirúrgica que sufrió el novelista;  El motivo de mi visita a Baroja ‑yo estudiaba entonces Filosofía y Letras en Madrid‑ fue un encargo que me hiciera mi abuelo materno, con el cual vivía por entonces: el escritor José Ortiz de Pinedo. Por su casa de Raimundo Lulio, en pleno barrio de Chamberí, pasaban siempre sombras de literatura.

Y quedaba un manuscrito, que dirige Baroja a mi abuelo, dado que sobre Canciones del suburbio ambos, al parecer, cambiaron impresiones. Al poeta J. Ortiz de Pinedo, cordialmente ‑se lee en el página primera‑, Pío Baroja.)

No creo que me abriera la puerta de aquel piso en la calle de Alarcón, Clementina Téllez. No recuerdo quien fue. Sólo a él, a don Pío, tengo presente ahora. Sentado en su sillón, la boina puesta, le saludé con emoción. Estaríamos juntos un cuarto de hora; los dos éramos “personajes” de cualquiera de sus novelas. Le expliqué mi encargo; él me contestó casi textualmente:

‑¿Pero es que yo he escrito poesía? ‑me dijo. Y al poco, preguntó: ‑¿Y cómo se llama el libro?

(Mi tío Pío escribe Julio Caro en Los Baroja‑ había perdido casi la memoria.)

Canciones del suburbio ‑respondí.

Llamó don Pío al timbre y entró el sobrino. Pidió Baroja que le trajesen su obra. La hojeó. Y yo me atreví más tarde:

‑Don Pío: ¿usted podría enviarnos unas cuartillas para hacerle algún acto en Filosofía y Letras?

Estuvimos hablando de aquello, pero yo no quise cansarle. Le añadía algo y él guardaba silencio. Estuvo afable, muy interesado. Me acompañó luego, Julio Caro, otra vez hasta la puerta.

Es todo lo que puedo decir. Poco. Luego se cerró aquella casa de la calle de Alarcón. Y me quedaron sus libros. Me quedó sobre todo aquel pequeño recuerdo.

Baroja.-por Eduardo Vicente.-Ciudad de la pintura


Baroja – siempre lo he recordado -andando por los desmontes de Madrid en la época de La Busca parece un aguafuerte goyesco. Embutido en un abrigo negro, ligeramente encorvado, el sombrero –negro también– bajo un cielo en contraste rayado, la claridad del papel de la vida y el rasgo del dibujo a carbón, nos dan la pintura de este hombre de 32 años que avanza por los cortes del pesimismo, sobre los cascotes de la crudeza, esa frontera –no del «golfo» madrileño– sino del claroscuro entre el trabajador y el ocioso, el que formará en La lucha por la vida –la trilogía de La Busca, Mala hierba y Aurora roja– el personaje central –Manuel– y su unidad novelística.

Este Baroja que anda por las afueras de Madrid nace en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872. Hijo de don Serafín y de doña Carmen, con tres hermanos más –uno de ellos Ricardo, excelente pintor, autor de un delicioso libro revelador de una época, Gente del 98–, Pío Baroja a los 45 años tendrá el bigote espeso y la nariz gruesa, la barba corta y rojiza, los labios rojos y la sonrisa melancólica, un esqueleto fuerte, manos grandes y poco hábiles y se refugiará en los paseos solitarios. Mientras a Valle‑ Inclán le gustarán los paseos interminables y fabuladores donde creará historias de increíbles protagonistas, a Baroja le atraerán los tipos y sus detalles acumulados como escombros, existencias en el umbral incierto del dolor, cavernas de humorismo agridulce, vidas sombrías, canciones de un suburbio áspero y a veces irónico, cerros de Madrid contemplados desde la altura de la distancia. En el sotillo próximo al Campo del Moro –escribirá en La Buscaalgunos soldados se ejercitaban tocando cornetas y tambores; de una chimenea de ladrillo de la Ronda de Segovia salía a borbotones un humazo obscuro que manchaba el cielo, limpio y transparente; en los lavaderos del Manzanares brillaban al sol ropas puestas a secar, con vívida blancura. «Baroja –murmurará Valle‑Inclán– quiere que la realidad sea fotográfica, y de este modo escribe libros que sólo le gustan a un perro que tiene que se llama Yock«. Dirá esta frase en el café de Fornos, en un banquete en honor de Galdós. Baroja, que está cerca, lo oye. Como había oído un día a Blasco Ibáñez decirle sobre su trilogía La lucha por la vida. «Eso que ha hecho usted en las tres obras son estampas, pero hay que pintar el cuadro». Y Baroja le respondió: «Es probable. Mas no por ello todos los cuadros son buenos. Hay cuadros que son deplorables.»

madrid.-EE.-Corrala.-por Eduardo Vicente.-ciudad de la pintura

Pintar cuadros. Acumular infinitos detalles minúsculos. Conservar la distancia como estilo. Eso hará Baroja. Los paisajes de Madrid en muchas novelas suyas –como sucederá con Londres en La ciudad de la niebla– se intercalarán con las situaciones y los diálogos, irán dejando brochazos de prosa sobre la intensidad dramática. La Puerta del Sol cierra la última página de La Busca en los lindes de la madrugada:» Danzaban las claridades de las linternas de los serenos en el suelo gris, alumbrado vagamente por el pálido claror del alba, y las siluetas negras de los traperos se detenían en los montones de basura, encorvándose para escarbar en ellos. Todavía algún trasnochador pálido, con el cuello del gabán levantado, se deslizaba siniestro como un búho ante la luz, y mientras tanto comenzaban a pasar obreros… El Madrid trabajador y honrado se preparaba para su ruda faena diaria»

Madrid.-ÑÑ.-tomando un trago.-por Eduardo Vicente,.Ciudad de la pintura

Siempre en las ciudades hay un cerco indefinido que dibujar, una hora que cabalga en la duermevela, un cinturón geográfico y social que tiñe de dormitorios la franja de los que vienen y van del trabajo al ocio y del descanso al trajín, la zanja de las horas lívidas, el paso de los primeros bostezos. Siempre en los desmontes de las capitales hay un ojo literario enfundado en un abrigo negro, un ojo lúcido que es testigo de cuanto ocurre en la frontera entre vicio y bondad, sobre la línea de un horizonte donde las cercanías del desamparo hurgan en el cúmulo de la miseria. Los personajes de Baroja en La Busca cruzan Madrid sin sentido del tiempo, bajan las calles del espacio entrando por una página, interviniendo en una escena y desapareciendo. La filosofía de Baroja es la del «transeúnte y paseante en corte» y si Unamuno lucha contra el tiempo y contra la muerte, si Azorín trata de inmortalizar el instante y si Valle‑Inclán, al estilizarlo, lo hace atemporal, Baroja consigue la permeabilidad del tiempo, dejar siempre «una ventana abierta». Los personajes barojianos del Madrid de La Busca bajarán con frecuencia hacia el paseo de las Acacias, hacia el Puente de Toledo, los veremos cerca del Manzanares, saldrán a la carretera de Andalucía. El Bizco, Vidal, Manuel, el señor Ignacio… La Petra se muere y su hijo entra en la habitación de al lado para pedir auxilios: Manuel entró en el comedor. En la atmósfera espesa por el humo del tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Es el paisaje interior, el umbral entre noche y vida, el día y la muerte entre las palmas y las castañuelas del Domingo de Piñata en la casa de huéspedes, pared con pared con la Petra que se muere. Siempre hay esa hora sin agujas del estertor inesperado, el áspero sabor de boca que muestra el contraste definitivo de la existencia.

Madrid.-FF.-El vagabundo.-por Eduardo Vicente.-Ciudad de la pintura

Cuando en 1956, acercándose aquel 30 de octubre en que Baroja se fue de este mundo, la Muerte se iba acercando a la calle Ruiz de Alarcón donde el novelista vivía con su sobrino Julio Caro, las volteretas de las anécdotas daban su adiós despidiéndose. Una vez, comiendo algo, Pío Baroja comentó desde su ancianidad: «Este pescado tiene buen sonido». Y otro día, mirando a una visita que se reía, viéndolo todo de color de rosa, Baroja comentó a su sobrino: «Oye, eso que hay ahí: ¿es un plato de arroz con leche?».

Iba dejando la muerte como anticipo una huella de comicidad, la socarronería de un viejo escritor desde la última vuelta del camino, antes de desaparecer de nuestra vista».

«El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes«, págs 128-131)

(Imágenes:-1.-casa de la calle Ruiz de Alarcón 12 donde vivió Baroja hasta su muerte, en 1956.-foto JJP/2.–retrato de Pío Baroja por Eduardo de Vicente/3, 4 y 4.-dibujos y pinturas de Eduardo de Vicente)

«LOS ENCUENTROS» DE BALTASAR PORCEL

porcel.-2.-lavanguardia.es«Hijo de pequeño propietario rural y aún insular – explicaba Porcel en la pequeña Introducción al primer tomo de «Los encuentros» (Destino) -, viví mi infancia y adolescencia en un medio aislado, hermoso y reaccionario. (…) Opté por indagar cerca de los individuos notables, tipificadores, dentro de la existencia digamos laboral del país en sus facetas más sobresalientes y diversas y aún contrapuestas. Nacieron, pues, «Los Encuentros de Baltasar Porcel», serie de entrevistas- retrato literario cuya publicación inició, y continúa haciéndolo, el semanario «Destino«, el sábado día 11 de febrero de 1967».

Ahí leí – y expliqué en la Universidad – las admirables semblanzas de Azorín, Pla, Aleixandre, Laín, Castellet, Buero, Ferrater, Ridruejo, Sáenz Guerrero, Nestor Luján, Llorenc Villalonga, Delibes, Ana María Matute y tantos otros.

«Mi periodismo, al igual que mi novelística – decía en la Nota Previa al segundo tomo de conversaciones o de «encuentros» -, responden a mi temperamento y a mi intuición. La técnica que pueda emplear es meramente funcional, a partir de mí: la he pergeñado para que me sirva a mí. (…) ¿a santo de qué hacerlo con mis tentativas, cuando Josep Pla ha construido sus «Homenots«, elípticos análisis de apasionado colorido; cuando Azorín, a principios de siglo, tejió piezas tan reposadas y aceradas como aquel «Romero en el Romeral«; cuando Indro Montanelli ha publicado en «Corriere della Sera» sus «incontri» rebosantes de ironía? ¡Cuánto quisiera haberlos plagiado yo y fui incapaz, tropezando con lo del continente y del contenido! Pero una de las peores desgracias de ese oficio de llenar papeles es el verse obligado a llegar, a través de todas las autocrueldades imaginables, a ser quien se es. A la individualidad – a la originalidad – sea cual fuere. Algo así como la artesanía renacentista. Lo cual no deja de ser una penosa reminiscencia en plena sociedad industrial. Un tipo solitario, escribiendo y estampando su firma al final, es una reminiscencia. Cuando menos en lo que a la Prensa se refiere».

Y allí leí – y expliqué también en la Universidad – los precisos y singulares «encuentros» de Porcel con Cunqueiro, Vázquez Díaz, Montserrat Caballé, Modest Cuixart, María Casares, Serrat, Max Aub, Mercé Rododera y tantos otros más. La serenidad, la intensidad, las conciencias de tantos hombres y mujeres reflejándose en la pupilas de Porcel. Y luego en su pluma.

(Pequeño recuerdo hoy de la figura de Baltasar Porcel que ha fallecido)

(Imagen: foto.-Lavanguardia.es)

JARDÍN DE LAS ADELFAS

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«Y Juan Ramón, que ha plantado estos chopos –cuatro entre el primero y segundo pabellón de la Residencia de Estudiantes–, viene de la primera casa de Fortuny por donde pasaron –unos, con la palabra y la mirada; otros, con la pluma–: Bergson, Cambó, García Morente, el primer libro de Ortega, las poesías de Antonio Machado, volúmenes de Unamuno, ejemplares de Azorín, Platero y yo –misterioso borriquillo enterrado en Fuentepiña– y los inicios en la oratoria de Eugenio d’Ors.

1913, año en que se encuentran los terrenos para esa Residencia en la que el sol y los vientos –como techo de ese cielo de Madrid que hoy las casas encuadran– es la fecha clave en las alturas: tres pabellones que se van alzando y donde numerosos y grandes dormitorios reciben a estudiantes y a poetas.

Es tiempo sin distancias. Madrid extiende azul su cielo y la pupila puede atravesar espacios, como si los hombres no tuvieran vivienda, como si el existir fuera un vacío pasillo por donde el ojo cruza la capital de parte a parte. En Madrid –escribe Alfonso Reyes–, al término de la Castellana, cerca ya del Hipódromo¼, hay una colina graciosa, vestidas de jardín las faldas y coronada por el Palacio de Bellas Artes. Juan Ramón Jiménez la ha bautizado: Colina de los Chopos. Los viejos la llaman el Cerro del Aire. Sopla allí un vientecillo constante, una brisa de llanura¼ Lejos, alta, saneada de silencio y aire, abre la Residencia sus galerías alegres; capta todo el sol de Castilla –dulce invernadero de hombres– y da vistas a los hielos azules del Guadarrama, aérea Venecia de reflejos. Esta casa es refugio de algunos espíritus mayores. El poeta Juan Ramón Jiménez vivió aquí hasta su viaje a América, de donde regresó casado¼ Eugenio d’Ors paraba siempre en la Residencia antes de trasladar a Madrid sus reales. Y todos ellos, y Ortega y Gasset, Azorín, Maeztu, Canedo, gustan de ofrecer a los huéspedes de la Residencia en lecturas semiprivadas, las primicias de sus libros y sus estudios. El filósofo Bergson, el sabio Einstein, el escritor Wells, el músico Falla.. no pasan por Madrid sin saludar esta casa.«

Jardín de Juan Ramón en el cuadro de la habitación de Fortuny. Jardín de las adelfas por donde el silencio de Juan Ramón pasea. Un poeta en meditación, en contemplación, en mutismo de versos rezados, parece un monje al que la soledad acompaña. Así pasean Juan Ramón o Federico: por estos claustros naturales, donde las cuentas de poemas se van contando dedo tras dedo hasta acabar la letanía de la intuición.

Luego, en un viejo papel al que el tiempo convertirá en pergamino, se escribe cuanto se ha contemplado:

El chopo solitario. Yo lo veía ya en mis años de niño, sueños perdidos de adolescentes, doblado como un indómito arco de fuego por el viento grande del vehemente crepúsculo de otoño (de esos cortos, ácidos, únicos, casi falsos, que levantan hasta su sorda negación el cénit); como un prodigioso meteoro de la tarde (súbito mártir secreto, arraigado sólo a su misterio errante), derramando inútilmente en el potro de la alta soledad sus chispas bellas, primero; gotas, luego, de roja luz; al fin, divinas hojas de oro.

¡Terrible ya, entonces, loco, ardiente chopo español solitario!, escribe Juan Ramón en 1915. Entre 1916 y 1923, Juan Ramón, como rumiando los recuerdos, añade, retrasando el reloj de su memoria.

Aquí y allá, lejos, por los altos del Hipódromo, más cerca, con las vueltas del Canalillo retorcido; en parejas o en ternas (fantasmas de apartadas amistades), solos (sombras de amigos solitarios), los tiemblos sin hojas, grises, delgados, recogidos, melancólicos». («El artículo literario y periodístico», págs 144-145)

(Pequeño recuerdo desde Mi Siglo al cumplirse estos días los 7o años de la muerte de Antonio Machado)

VIEJO Y NUEVO PERIODISMO

El periodismo no ha cambiado. Ha cambiado todo lo que nos rodea a quienes escribimos: el móvil, el ordenador, las cámaras, los focos, todo lo que llevamos en los bolsillos, los cables, la velocidad, la instantaneidad, la inmediata comunicación del pulgar de la mente que hace que este blog, Mi Siglo, se lea dentro de un segundo en Asia o en América, que se reciba contestación, que se discuta en la pantalla, que se formen tertulias en el aire de la red, que la red supere al papel, que las herramientas y los utensilios sean diminutos, eficaces, que se hable y se escriba con la otra punta del mundo en un pestañear de ojos, que crucemos mensajes telefónicos, que nos miremos los unos a los otros en pantallas de espejos, todo lo que el futuro nos trae cada minuto pulverizando el presente, arrojándonos de bruces al mar de la comunicación. Pero el periodismo no ha cambiado. Tampoco la literatura. El periodismo – como la literatura – vive dentro de la pupila del gran observador (la literatura de observación, que decía Pla) (en el caso de la creación, la literatura de invención), y no hay sorpresa que nos abra el mundo sin esa observación de la pupila, sin esa atención perpetua, juvenil, una atención que no descansa, una inquietud hermanada con el constante asombro.
Todo lo que se ha modificado y seguirá modificándose casi hasta el infinito son las herramientas. El ojo periodístico dentro de la pupila de la atención se fija en los movimientos generales de unas elecciones americanas, por ejemplo, o en los síntomas enfermizos de una sociedad en decadencia. Es el ojo el que felizmente domina a las herramientas y si ese ojo es ciego o está cansado de mirar – creyendo que ya lo ha visto todo, que ya lo sabe todo -la herramienta será inservible.
He pensado una vez más en todo esto cuando he repasado el ojo y la mano de Azorín, del que hablé aquí hace pocos días. Se puede tomar el ejemplo de Azorín, el de Pla o el de cualquier otro ojo que haya cumplido bien su misión y el de cualquier mano que haya contado cuanto el ojo veía.
Azorín cuenta en su libro «Madrid» cómo Don José Ortega y Munilla, director de «El Imparcial«, le llama a su casa para encargarle una serie de artículos o reportajes sobre la ruta de Don Quijote. «En su casa, mano a mano los dos- cuenta Azorín -, ha de darme las últimas instrucciones para el viaje. Con el mayor misterio me dice: «Bueno, ya lo sabe usted. Va usted primero, naturalmente, a Argamasilla de Alba. De Argamasilla creo yo que se debe usted alargar a las lagunas de Ruidera. Y como la cueva de Montesinos está cerca, baja usted a la cueva. ¿No se atreverá usted? No estará muy profunda. ¿Y dónde cree usted que ha de ir después? Y, ¿cómo va usted a hacer el viaje? No olvide los molinos de viento. Ni el Toboso. ¿Ha estado usted en el Toboso alguna vez? ¡Ah, antes que se me olvide!». Y diciendo esto – sigue Azorín -, don José Ortega Munilla abre un cajón, saca de él un revolver chiquito y lo pone en mis manos. Le miro atónito. No sé lo que decirle. «No le extrañe usted – me dice el maestro -. No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme por lo que pueda tronar».

El ojo de Azorín viaja por la ruta de Don Quijote. La mano de Azorín escribe desde allí sus artículos a lápiz, que en aquel tiempo es su silenciosa herramienta. Tienen un éxito asombroso en «Los Lunes» de «El Imparcial«. Walter Starkie cuenta cómo observó aquel ojo y cómo se movió aquella mano por tales tierrras: «Cuando llegó en el tren a Cinco Casas Azorín tomó un coche de caballos junto a otros viajeros, y durante los doce a trece kilómetros del trayecto a Argamasilla no dijo ni una sola palabra ni al cochero ni a los viajeros. (…) Al llegar a la fonda de la Xantipa, Azorín pidió una habitación sencilla que diera a la parte posterior, e insistió que no quería nada más que la cama, una silla, una mesa y dos velas. Durante la cena no despegó los labios e inmediatamente después se encerró en su habitación y empezó a escribir… Luego salió a dar una vuelta por el pueblo y le siguieron de lejos; vieron que se paraba delante de ciertas casas y las miraba detenidamente, anotando algo en un libro. Más tarde le vieron entrar de puntillas en un patio y mirar tímidamente, y al oir pasos correr hacia fuera. Con todo esto crecieron las sospechas, y uno de los huéspedes más osado penetró en su habitación para investigar y encontró muchos papeles rotos. Fue a consultar a los demás y vieron que estaban escritos en un idioma muy raro. Uno sabía francés, pero no era francés, ni alemán tampoco, y no lo pudieron comprender, porque Azorín, que era periodista, escribía en taquigrafía. (…) Todo esto duró hasta que empezaron a llegar los artículos que Azorín escribía para «El Imparcial«, y entonces descubrieron el misterio, porque encontraron en los artículos una descripción detallada de sí mismos, lo que eran, lo que dijeron, cuántos coñacs habían tomado en los casinos, sus ideas, todo». («El artículo literario y periodístico».-Eiunsa, 2007.-págs 48-50).
Hoy no sé qué le diría el director de turno al moderno Azorín.
No le daría un revolver porque el periodista ya sabe cuántos controles tiene que pasar en los aeropuertos. Tampoco la herramienta es hoy un lápiz ni se viaja en coche de caballos. Lo que no ha cambiado es el ojo – pupila de Azorín o de Pla – que debe observar y analizar catástrofes nucleares y catástrofes domésticas, los dramas de la emigración y de la ausencia de cultura, la desertización moral y el vacío de valores, ese gesto de la infancia abandonada o el sopor y bostezo de tantos políticos.
(Fotos: La ruta de Don Quijote; Cueva de Medrano .-Argamasilla de Alba.-clubbiored.org.-altoguadianamancha.org.)

ENTIERRO DE UN PEQUEÑO OJO AZUL

Acaba de reeditarse «Al margen de los clásicos» (Biblioteca Nueva), uno de los libros esenciales de Azorín, el gran ensayista, novelista y periodista del 98 que publicó en 1915 estas glosas a los grandes de las letras hispanas, en edición dedicada a Juan Ramón Jiménez. Hojeando nuevamente este excelente libro me veo entrar a las tres de la tarde de aquel 2 de marzo de 1967 en su casa madrileña de la calle Zorrilla 21, subiendo emocionado hasta el segundo izquierda, saludando a Julia Guinda Urzanqui, la viuda y compañera del escritor durante toda una vida, pasando al despacho donde reposaban los restos del autor de «La ruta de Don Quijote«. Azorín había muerto aquella mañana y allí, en aquella habitación, vi su ojo azul al que acompañaría al día siguiente hasta la Sacramental de San Isidro. Allí dejaría ya escrito en mi mente el artículo que el día 4 publicaría en «El Acázar» bajo el título «Entierro de un pequeño ojo azul»:

«Habían tapado sus manos con una sábana. Cuando entré, aquellas manos, que habían sido raíces y sarmientos, estaban transformadas en palabras, dos delgadas y dormidas palabras que alguien le había cruzado sobre el pecho. Le acababan de cubrir con un cristal. Acostado en la madera sencilla, su boca recogida en un pliegue muy breve, igual que si apresara el silencio. Estaba aquel despacho repleto de homenajes. Por la casa, todo a lo largo del antiguo pasillo y hasta el mismo pie de la escalera, incluso hasta los lindes del portal, venía un rumor de pasos lentos y de humildad devota que asomaba – una a una, cada cabeza en el umbral -, para dar el último adiós al maestro.

Quizá fue entonces, minutos antes de las cinco, momentos antes de que se lo llevaran, cuando ocurrió aquello. Me había acercado unos pasos a él. Allí, extendido, era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazados los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo ví. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sin tiempo.

Al cabo de unos momentos, dio comienzo la ceremonia. Bajaron aquel ojo azul hasta el portal, ante el gentío que aguardaba en la calle Zorrilla. Aquel ojo diminuto, apagado y cálido, casi velado por el párpado, emprendió lentamente el camino hacia el cementerio. Nadie lo advertía. Yo iba detrás, y atravesando Madrid en aquel cárdeno atardecer de marzo, no podía apartar mi pensamiento de aquel junio de 1873 en que esa pequeña pupila recibió por primera vez el sol. Cruzábamos Madrid todos juntos detrás de aquel marfil horizontal y tras aquel ojo abierto, y me venían a la memoria amaneceres que había leído, llegadas a la escuela, en Yecla, entrevistas con el padre Carlos o el padre Miranda, en el colegio, cuando José Martínez Ruiz era un ojo asombrado del mundo y en su retina se iba quedando extático y plasmado, su abuelo Azorín. Venían después asombros de la pupila por los hombres, por los nombres y por las cosas; por cosas tantas veces nimias: por una puerta, por unas nubes, por una alacena, por una ventana. La vida iba avanzando y aquel amoroso cuarto trastero de la retina iba guardando España poco a poco, en el trozo de un pueblo, en los movimientos de un viejo hidalgo, en la fragancia que transmitía un vaso en el dintel de una casa cerrada.

Caía toda la tarde sobre Madrid sentimental, como él lo llamaba. Aquel ojo pequeñito, que avanzaba seguido por un cortejo, se había consumido en vigilias, a la luz de una vela, ante Gracián, Lope, Tirso, Feijoo, Garcilaso y Fray Luis; se había quedado tan leve y tan pálido precisamente leyendo y releyendo a Cervantes y a Montaigne.
Cuando llegamos a la sacramental de San Isidro, ya todo Madrid quedaba atrás con su quehacer. Llevaban en andas la última cumbre del Noventa y Ocho y el ojo de la luz iba apagado, los cañones de rigor que lanzan esas paletas de arena sobre la madera del ataúd. Era el gran saludo de la piedra, de la hierba y de los residuos de las plantas. Tierra fundida en la pala que volvió a fundirse con la tierra.
Luego, al anochecer, volví a ver a Azorín transparente. Habían tapado sus manos con una sábana, tenía amordazados los dedos y era el gran mudo de la pluma. Pero su pequeño ojo azul – un cristal leve, casi velado por el párpado – seguía inexplicablemente abierto. Miraba, desde dentro, desde su fosa, las entrañas de España».
El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes».-Edit. Eiunsa, Pamplona, 2007, págs 134-135.)
(Fotos: Azorín; «Al margen de los clásicos».-Edición de Losada, 1942.)