SOBRE EL AMARILLO

 

 

“Las gentes van  a la National Gallery de Londres o al Metropolitan Museum de Nueva York a ver “Los Girasoles” de Van Gogh, compran luego las litografías y se las llevan a casa. Las gentes enmarcan sus litografías de los Girasoles, las cuelgan en sus habitaciones y es como si iluminaran y alegraran de amarillo sus casas. Un sol, una luz, que a falta de otra cosa mejor no puedo llamar más que amarilla, amarillo de azufre pálido, limón pálido oro. ¡Qué hermoso es el amarillo!…, escribe el pintor.  Los amarillos son sus colores predilectos ‑dirá uno de sus críticos‑; encuentra el amarillo pajizo en los campos de trigo y el amarillo limón en los limones; viste de amarillo ocre las paredes de los edificios, toma para sus fondos el amarillo canario y colorea los vestidos de amarillo de azufre.

 

 

Igual que Picasso en una determinada época cuando las paredes y las calles y el cielo de Barcelona y de París son tan azules que se fusionan semblantes con penas, Van Gogh ve en amarillo el mundo y lo exterior y lo interior ‑también los cielos y los campos enardecidos por el aire‑ son intensamente amarillos, como si la pupila del autor de los Girasoles fuera amarilla, a la vez que la pupila del autor de Bebedora adormecida no hubiera sido nunca más que una pupila azul.

Todo el resplandor de la Belleza se abre ante los ojos de los hombres. Cézanne explicará a Émile Bernard en una de sus cartas: las líneas paralelas al horizonte dan la extensión, es decir, una sección de la naturaleza o, si Vd. prefiere, del espectáculo que el Pater Omnipotens Aeterne Deus despliega ante nuestros ojos.

Todos los días ese espectáculo vive no sólo entre las nubes y en la tierra, sino bajo el mar y en las grutas donde habitan los arborescentes corales rojos, en las ondulaciones radiales de los moluscos, en la punta de los erizos violáceos, en los anaranjados cangrejos, en los bajos fondos del mar iluminado, allí donde la coloración es vivaz, en las hendiduras de las rocas donde viven las anémonas amarillas. Si Van Gogh en vez de andar por los campos de Arles lo hiciera por los campos submarinos tropezaría con el amarillo-verdoso de la madrépora y quedaría fascinado. Es el espectáculo ‑que sólo ven los peces‑ del Pater Omnipotens Aeterne Deus del que hablaba Cézanne. Ese amarillo ‑dirá Kandinskyes el color típicamente terrestre. No se debe pretender que el amarillo dé una impresión de profundidad. Enfriado por el azul, toma un tono enfermizo. Comparado con los estados de alma, podría ser la representación coloreada de la locura, no de la melancolía ni de la hipocondría, sino de un acceso de rabia, de delirio, de locura furiosa.

 

 

¿No parece que nos estuviera relatando la última etapa de Van Gogh?

Pero Kandinsky prosigue: el primer movimiento del amarillo es su tendencia a ir hacia  quien mira; esta tendencia, si se fuerza la intensidad del amarillo, puede hasta resultar importuna (…) Considerado directamente (en una forma geométrica cualquiera), el amarillo tiene un efecto perturbador, pica, excita e importuna con una especie de insolencia insoportable. Esta propiedad del amarillo que tiende siempre hacia los tonos más claros puede alcanzar una intensidad insostenible para el ojo y para el alma.”

José Julio Perlado – “El ojo y la palabra”

 

 

(Imágenes- 1- Richard Amuszkiewicz/ 2.-  Kandinsky/ 3.- Van Gogh- nubes/ 4.- Van Gogh- girasoles)

OREJA DE VAN GOGH, MIRADA DE VAN GOGH

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Oreja de Van Gogh, mirada de Van Gogh

“He aquí unos simples zapatos de campesinos.

Simple naturaleza muerta de las botas.

Simple par de botas.

¿Simple de verdad?

La mirada de Van Gogh es mirada de pintura, está cargada de pintura. Es, a pesar de cuanto digan luego sus intérpretes, una mirada virgen que se acerca a la pesantez de este calzado desabrochado y se fija en él intensamente, y lo pinta, tal vez porque no tiene otra cosa. Por desgracia ‑le escribe Van Gogh en estos meses a su hermana Wilhelmina‑, no he tenido ocasión de encontrar modelos; en cambio, he tenido ocasión de profundizar en la cuestión del color. Más adelante, cuando pueda encontrar modelos para las figuras, espero poner de manifiesto que lo que busco es todavía diferente que pintar flores o paisajes verdosos.

Van Gogh no tiene dinero para pagar modelos. Es 1887; vive en París, en la rue Lepic, con su hermano Theo. Ha venido de Holanda y su mirada no se ha perdido aún en los violetas azulados de Arles ni se expande en destellos amarillos. Se detiene únicamente en estas suelas que a su vez se encuentran detenidas. Las titula Naturaleza muerta de las botas. Las naturalezas muertas ‑dicen los estudiosos‑ no son objetos inmóviles, sino cosas que se han parado en un instante o también, vida parada en un instante. Más aún: vida parada en un instante inmóvil, puesto que lo inmóvil es más bien el instante y la vida en sí misma es movimiento.

Detenidas, pues, estas botas en su caminar, no tienen ‑como toda naturaleza muerta‑ ningún horizonte: el fondo está borrado por una superficie opaca, por una pared. ¿Dónde se encuentran estos zapatos? ¿en qué suelo? ¿Están en un pasillo? ¿Son los zapatos de Van Gogh? Quizá sí, eso sea lo que ocurra en estos zapatos de suelas rotas que evocan la existencia del vagabundo. ¿Qué hay de más banal, de más vulgar que este par de zapatos? Y sin embargo ¡qué grandes, bellas y nobles imágenes nos ha dejado Vincent de estos objetos! No es sorprendente que se haya escrito tanto sobre esta naturaleza muerta que, si hemos de creer a los psicoanalistas, sería un espejo de su alma.

Los psicoanalistas miran por encima de esta mirada del pintor y deducen que Vincent, fiel al mito una vez más, parece pedir a estos viejos zapatos, símbolos de resurrección, una prueba de renacimiento. Es, en todo caso, un hecho establecido que Vincent consideraba su estancia en París, que tan ardientemente había buscado, como un nuevo comienzo.

Hay entonces mirada sobre mirada. Una mirada médica sobre una mirada artística y hasta una mirada filosófica sobre la mirada estética. Así las célebres palabras de Heidegger observando fijamente este calzado:

    ” Un par de botas de campesino y nada más. Y sin embargo…

En la oscura boca del gastado interior del zapato está grabada la fatiga de los pasos de la faena. En la ruda y robusta pesadez de las botas ha quedado apresada la obstinación del lento avanzar a lo largo de los extendidos y monótonos surcos del campo mientras sopla un viento helado. En el cuero está estampada la humedad y el barro del suelo. Bajo las suelas se despliega toda la soledad del camino del campo cuando cae la tarde. En el zapato tiembla la callada llamada de la tierra, su silencioso regalo del trigo maduro, su enigmática renuncia de sí misma en el yermo barbecho del campo invernal. A través de este utensilio pasa todo el callado temor por tener seguro el pan, toda la silenciosa alegría por haber vuelto a vencer la miseria, toda la angustia ante el nacimiento próximo y el escalofrío ante la amenaza de la muerte. Este utensilio pertenece a la tierra  y su refugio es el mundo de la labradora. El utensilio puede llegar a reposar en sí mismo gracias a este modo de pertenencia salvaguardada en su refugio.

 

Pero tal vez todas estas cosas sólo las vemos en los zapatos del cuadro, mientras que la campesina se limita sencillamente a llevar puestas sus botas. ¡Si fuera tan sencillo como parece!”.

Así mira Heidegger estos zapatos.(“El origen de la obra de arte“, en “Caminos del bosque“) (Alianza)

Da igual que él hable en femenino o en masculino. La psicoanalista Gilberte Aigrisse y el filósofo Heidegger miran dando vueltas en torno a lo que significan estas botas que Van Gogh ha pintado y sobre todo ha mirado. El estilo, para el escritor lo mismo que para el pintor, decía Proust, es una cuestión de “visión” y no de técnica. Lo importante en Vincent es, pues, mirar. Como Cézanne ante las manzanas colocadas sobre una colcha, como Kafka ante el castillo checo de Wossek, el pintor y el escritor se quedan fascinados e imantados, clavados los ojos en la manzana y en el castillo. La manzana es realista y el castillo es simbólico; a la manzana se llega con toques de pincel y al castillo se llega con toques de pluma saliendo de la aldea y dando infinitos rodeos. Lo esencial es mirar”.

(“El ojo y la palabra“, págs 41-44)

La oreja izquierda de Van Gogh y el sablazo de Gauguin son estos días la actualidad; la mirada de Van Gogh es lo que permanece siempre.

(Imagen: par de botas.-Vincent Van Gogh.-1887.-Baltimore Museum of Art.-Museum Syndicate)

¿QUIÉN PODRÁ NO AMAROS? (NAVIDAD, 2008) (3)

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¿Quién podrá no amaros,

Niño Dios, agora,

que el alma que os ama

a  Dios enamora?

¿Quién no os amará,

Niño, rey del cielo

si aquí sois consuelo,

y la gloria allá?

Quien al alma os ama,

y por vos hoy llora,

tanto cuanto os ama

a  Dios enamora.

Cuanto en ser de Dios

sois uno con él,

y es quererlo a él

quereros a vos;

que hay entre los dos

tal concierto agora,

que el alma que os ama

a Dios enamora.

Juan López de Ubeda.-Villancico a la Natividad del Señor” (1580)

(Imagen.-Natividad.-Arles.-Flickr.-Lyceo Hispánico)