UNA MENTIRA CRECIENTE

La mentira baja muchas veces por las cloacas del Estado o asoma por las rendijas de las familias disfrazándose de escurridiza verdad. En muchas ocasiones se funde con la fascinación de la apariencia en un mundo que impone la dictadura de lo falso. Toda una sociedad puede caer así de la verdad en el engaño común, en una esclavitud de lo falso. Y hasta en ciertos momentos el secreto de la mentira se hunde en el misterio.

Eso ocurre con la película de André Téchiné, «La chica del tren«.

En el año 2004, una joven de 23 años puso en jaque al conjunto de la sociedad francesa al inventarse que había sufrido una agresión antisemita por parte de un grupo de chicos africanos. La noticia, magnificada por los medios y oportunamenete utilizada por la clase politica, puso de manifiesto la fragilidad de la Francia multicultural. Esta es la base real del film.

«Me conmocionó – ha dicho el director de la película – la violencia del acto de esta joven mujer y todo lo que trajo. Esta historia se convirtió en el espejo de todos los miedos de Francia, miedos profundamente anclados en la sociedad, una revelación de lo que llamaríamos el inconsciente colectivo (…) La historia de esa mentira, que puso en evidencia al propio presidente de la República, fue uno de los sucesos más publicitados y lamentables de la historia reciente francesa – siguió explicando Téchiné – sobre la base real de un bulo-  Me sorprendió y conmovió la cantidad de implicaciones que tenía ese pequeño incidente.  “¿Cómo una mentira se transforma en una verdad y se amplifica hasta el infinito?- dice el director -. Es una pregunta apasionante”.

La mentira – es decir, provocar la falsedad con intención de engañar – es aquí un misterio. La protagonista de esta historia se mete de forma voluntaria en la piel de una víctima del racismo por motivos que el espectador jamás alcanza a comprender. Como se preguntará uno de los personajes secundarios: el verdadero misterio de todo esto es: ¿Por qué lo ha hecho?.Téchiné añade:  «la ficción que ha inventado la chica se convierte de repente en un «éxito». De improviso todo el mundo cuenta la historia, y todo el mundo tiene una opinión; todo esto supera el sufrimiento de esta joven. En su mundo, ella habría ido directamente a la policia a denunciar, pero su atacante no habría sido encontrado, puesto que no había tal atacante, y la historia se habría acabado. El asunto entero podría y habría acabado ahí. Pero no lo hizo. ¿Por qué? ¿Cómo podemos explicar el éxito de esta ficción fabricada? Aunque tiendo a pensar- termina Téchiné – que se trata de un acto desesperado para solicitar afecto, la respuesta va más allá del juicio. En este sentido, la protagonista es un personaje real y fantástico».

(Imágenes:- -«La chica del tren».-1.–escena de la película.-septimoarte/2 y 3.- Émile Dequenne en dos momentos del film.-fotogramas.es)

LA REALIDAD Y LA APARIENCIA

Leo hoy en el periódico estas declaraciones de Claude Chabrol:
«Estamos llegando ahora a tal perfección que detrás de las apariencias que nos muestra la televisión o la prensa no está la verdad, sino otras apariencias y ésas nos conducen a otras y a otras. Son algo así como las últimas novelas de Agatha Christie con sospechosos que llevaban a otros sospechosos y éstos a otros. La televisión es una apariencia detrás de otra y por eso me interesa».
Después releo el libro que tengo entre las manos:
«Un hombre aislado se crea una imagen de sí mismo, una «apariencia», mediante la cual quiere afirmarse ante la opinión de los otros; quiere proteger su «apariencia» y por tanto debe inclinarse ante la «apariencia» del otro. El hombre tiene más miedo de la cercana apariencia del humano poder de la opinión, que de la lejana e inerme luz de la verdad. Y se doblega al poder de la opinión, convirtiéndose en su aliado, en uno de sus portadores. Se hace esclavo de la apariencia. Si en algún momento ha empezado a confiar en ella, después no tendrá más remedio que seguirla paso a paso. Ya no puede romper la red de la deformación común. En sus acciones ya no se orienta según la realidad, sino según las presumibles reacciones de los otros. Se llega así a un dominio de la opinión, de lo falso. De este modo toda la vida de una sociedad, las decisiones políticas y personales, puede basarse en una dictadura de lo falso: de la forma como las cosas se representan y se refieren, en lugar de la misma realidad. Toda una sociedad puede caer así de la verdad en el engaño común, en una esclavitud de lo falso».