ANIMALES CÉLEBRES

En alguna ocación he hablado en Mi Siglo de animales más o menos famosos. Perros de Virginia Woolf, de Edith Wharton, de Emily Brontë, de Mujica Láinez, de Emily Dickinson y hasta de las “Investigaciones de un perro“, de Kafka. Pero hay otros animales célebres – unos existieron realmente y otros cruzaron campos de leyendas y de fábulas, asomaron su perfil por esquinas de iconografías, fueron recogidos por creencias y literaturas – y casi todos ellos, sin embargo, se doctoraron al fin en universidades; despedazados por herramientas de discusiones, quedaron extendidos en mesas de debates y sirvieron como pieza de disección, motivo de análisis y sujeto de tesis importantes.

El profesor Michel Pastoureau, encargado de la cátedra de Historia del Simbolismo en Occidente, cuenta – “Les animaux célèbres” (Arléa) – cómo el oso, el cerdo, el zorro, el gallo y el asno han sido, entre otros, objeto de sus seminarios en la Escuela de Altos estudios en Ciencias Sociales. Durante veinte años han subido y bajado estos animales por las escaleras universitarias, seguramente no han frecuentado el bar ni las tertulias, pero sí permanecían escondidos, apresados entre los pliegues de los apuntes y las carpetas, las orejas afiladas, los ojos vivos, nerviosos también – como los alumnos – ante las pruebas que les iban a examinar.

Por esas aulas caminaba  el cerdo regicida de 1131, los perros de Carlos lX o la jirafa de Carlos X . La realidad subía los peldaños y la imaginación los bajaba. Por eso se cruzaban en estos pasillos universitarios animales bíblicos y mitológicos, los nacidos de textos literarios y de láminas de imágenes, y al saludarlos los zoólogos, arquéologos, sociólogos , historiadores y lingüistas que se encaminaban a sus clases, el león, e incluso el elefante, a pesar de su poderosa envergadura, parecían invisibles y se mezclaban con el caballo de Troya, el rinoceronte de Durero,  la Pantera Rosa o el monstruo del Lago Ness.

De todos ellos se han hecho numerosos estudios. También del bestiario de fábulas de La Fontaine, de la loba romana, las ocas del Capitolio o de Laika, la primera perra cosmonauta. La historia natural alegórica de los animales fabulosos sirvió de inspiración a muchos artistas y los numerosos bestiarios de la Edad Media representaron en cabeza y cuerpo animal los vicios y virtudes, las pasiones y caracteres de los hombres. Hay animales que fueron célebres en su tiempo y que ahora ya no lo son. Y hay animales cuya celebridad surgió de los símbolos, como el leopardo, o de los objetos, como el oso de peluche.

Los animales se han hecho célebres en la radio o en la pantalla, han recorrido salas de museos, ciertos ingenios hicieron de ellos dibujos animados, fueron durante siglos animales de compañía, representantes exóticos en las relaciones entre los hombres, bastantes de ellos fueron perseguidos, se analizó su lenguaje y también su silencio, quedaron clasificados, ordenados, cuando los nombres de los pájaros volaban por la Edad Media se intentó seguirlos en el aire, la Biblia, la hagiografía, la Naturaleza, la Poética les acompañó en el curso de los siglos, se estudió la mutación de su sensibilidad y asombraron con sus equilibrios en las pistas del circo. La historia cultural les debe mucho. Corren y corren de un autor a otro y de una película a una página y de repente se quedan quietos, mirándonos, a ver cuánto tiempo aguantamos su mirada.

(Imágenes:- 1.-el cerdo regicida.- miniatura de un manuscrito del sigloXlV.-Besancon.-tretafaucube.free/ 2.-jirafa de Carlos X.-1827.-wikipedia/ 3.-Rinoceronte.-grabado de Durero.-1515.-/ 4.-Le lapin blanc de Alicia en el país de las maravillas.-Gwynedd M. Hudson.-1922.-Hertage/Leemage)

MIGUEL HERNÁNDEZ (3): EL PÁJARO ENAMORADO

“En el cañaveral del río que andaba como con zapatos de lana silenciosa por el campo más desamparado de criaturas y árboles, ahí mora, en el nido heredado de sus padres, el pájaro que más hondamente siente en su garganta y en su sangre la influencia de los plenilunios. Las noches de luna como novias pluviales y resplandecientes, se las pasa el pájaro con el pico y la voz desvelados, la lengua cubierta de corazón y el pecho temblándole como una lágrima plumífera. Los dulces peces del río aguzan sus branquias como orejas y escuchan ensimismados y devotos el cántico de amorosas llamas y plumas devuelto al aire por la superficie de resonancia del agua. Se queja el pájaro, se acongojan las cañas sobre las que levanta la monarquía triste de sus acentos; su pico esgrimido contra su pico, como anclado alrededor de su voz, sus alas cejijuntas, sus ojos alicaídos, sus patas empuñando desesperadamente el talle de las cañas. Las demás noches calla y sufre de amor, rabioso, va de un lado de la vía láctea al otro lado, de piedra en piedra, de pena en pena, de soledad en soledad. Necesita la hembra: se la exigen sus venas con el fervor ardiente del sol de agosto, con gritos de vino hirviendo, con herraduras transparentes de enardecidas. Le duelen como golpeadas con grupos de ortigas, el corazón y el sexo, los ojos se le intensifican de deseosos y expectantes. La hembra: la busca bajo los juncos, la requiere desde los aires, la sueña en la atmósfera de polen de palmera masculina de la luna. Y se desangra y fluye su corazón por la lengua y sus venas aumentan y abultan como con el castigo de un látigo cuando imperan los plenilunios.

En la lluvia de alambre de la jaula, a los dos días de ser sorprendido y secuestrado, cuando ya no veía de tanto cantar una noche, ha muerto el pájaro ante los ojos envidiosos del gato de su carcelero. Ni una sola vez ha prorrumpido en trinos dentro del reducido ámbito a la expansión de su vuelo que le marcaron. En los primeros momentos picó exasperado, se batió contra su cárcel; después inclinó la postura de la cabeza y sumergió el pico resignado en el pecho: así ha muerto. Pájaro fiel a su destino de pájaro, negándose a vivir fuera de las oceánicas libertades del cielo y la tierra, que le prometiera dos alas y un pico besable en su soledad de enamorado. Él no podía poner su voz al servicio de una casa, esclava de otra voluntad. Él cantaba, siempre, como cantamos, por enamorado y jamás por oficio. Fue un verdadero pájaro, anarquista de pluma, ruiseñor esquivo y exquisito.

Los canarios y jilgueros domésticos, traidores a su especie, comentan a grandes silbos burlones la muerte del ruiseñor y le llaman tonto”.

Miguel Hernández: “El pájaro enamorado“.-Prosas.-(escrito entre 1934 y 1935)

(1910-2010.-el año en que se conmemora al poeta)

(Imágenes:-1,- Bird.- Robin Duttson– .2007.-TAG FineArts.-London.-artnet/ 2.-Abbas Kiarostami.-Meem Gallery.-Dubai.- United Arab Emirates.-artnet)

ENIGMA DE UNA TARDE DE OTOÑO

“Yo hacía muy poco caso de los sueños – cuenta el escritor Alberto Savinio, cuyo verdadero nombre era  Andrea de Chirico, hermano del pintor Giorgio de Chirico -.Y era deliberado. Despreciaba los sueños. Y era a propósito. Quiero decir: más por voluntad mía propia que porque los sueños lo mereciesen. Me protegía contra los sueños. Recelaba de los sueños como de algo que seduce con medios engañosos y demasiado fáciles, que atrae con promesas de profundidad superficial, pero que, en realidad, no es otra cosa que un juego absurdo, carente de todo sentido”.

Se celebra este año el centenario del arte “metafísico“, vanguardia artística plena de imágenes oníricas que despertaron particular interés en los pintores surrealistas.

Todo objeto – había escrito de Chiricotiene dos aspectos: el aspecto común, que es el que generalmente vemos y que todos ven, y el aspecto fantasmal y metafísico, que solo ven raras personas en momentos de clarividencia y meditación metafísica. Una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible“. Y aquello que de Chirico “vio” – y lo reveló en su pintura Enigma de una tarde de otoño – lo contaba así:

En una límpida tarde otoñal estaba sentado en un banco en el centro de la plaza de Santa Cruz, en Florencia. Naturalmente, no era la primera vez que veía aquella plaza: pero acababa de salir de una larga y dolorosa enfermedad intestinal, y me hallaba como en un estado de mórbida sensibilidad. Todo el mundo que me rodeaba, incluso el mármol de los edificios y de las fuentes, me parecía convaleciente. En el centro de la plaza se alza una estatua de Dante, vestida con una larga túnica, con sus obras pegadas al cuerpo y la cabeza, coronada de laurel, pensativamente reclinada….El sol otoñal, cálido y fuerte, aclaraba la estatura y la fachada de la iglesia. Tuve entonces la extraña impresión de mirar aquellas cosas por primera vez, y la composición del cuadro se reveló a los ojos de mi mente”.

Eran los sueños, el “aspecto fantasmal” de las cosas, como diría Jung al hablar de su pintura, transposiciones de la realidad análogas a sueños, que surgían como visiones procedentes del inconsciente. Eran ciudades de Italia, torres y objetos situados en una perspectiva como si estuviesen en el vacío, iluminados por una luz fría, inclemente, que procede de un origen invisible. Jung añadía que en la obra de Chiricoel hombre está privado de alma; se convierte en un maniquí sin rostro ( y por tanto, también sin consciencia)”. Era también la posibilidad poética de un arte concebido para hacer emerger lo que esconde de enigmática la realidad. Como se recuerda en la gran muestra que acaba de inaugurarse en Roma, en el Palacio de Exposiciones, era la total mirada del pintor sobre la Naturaleza, la idea de la Naturaleza a veces idealizada como en los paisajes mitológicos, o exaltada como aparición poética, o también expresada en alucinaciones urbanas, en geometría de imágenes.

Los sueños iban y venían, pues, sobre la superficie de los cuadros, por encima y en derredor de los maniquíes, de las estatuas y de los trajes vacíos. Las formas inutilizables e inhabitables, muchas veces invadidas de espacios oníricos, trazaban la línea de fuego del sueño que atravesaba también las opiniones de los dos hermanos de Chirico. ” Ahora, desde hace algún tiempo – seguía  diciendo Alberto Savinio -, mis sueños se despiertan, asoman la cabeza, resisten la vida despierta, llaman la atención. Se ponen delante y se aprovechan de su mutismo para hacerse los amos en pleno silencio mío. Van tomando forma poco a poco y rodeándome. Mis sueños me vigilan como una guardia de honor. (…) Y yo a mis sueños los espero, los deseo, no puedo prescindir de ellos (…) Los sueños que yo evitaba con tanto cuidado y alejaba de mí con tanta facilidad, ahora se me han vuelto suavemente pegadizos, y se me incrustan “amorosamente” en la memoria“.

No hay que olvidar que un cuadro -había dicho Giorgio de Chiricodebe ser siempre el reflejo de una sensación profunda y que profundo significa raro y que raro significa no conocido o completamente desconocido“.

( La Natura secondo de Chirico “.-9 abril-11 de julio 2010.-Palazzo delle Esposizioni.-Roma)

(Imágenes:- – Giorgio de Chirico: 1.-Enigma de una tarde de otoño/.-2.-The Disquieting Muses.-1918.-colección privada.-Olga´s Gallery/ 3.-El varticinador.-1914-1915.-Fundación Giorgio de Chirico/.-4.- Le Duo.-1914-15.-Fundación Giorgio de Chirico/ 5.-De  Chirico trabajando en su estudio.-Fundación Giorgio de Chirico/ 5.- De Chirico.-1936-37.- Giorgio de Chirico.-New York 1936-37.-foto Irving Penn.- Fundación Giorgio de Chirico)

VIEJO MADRID (12) : CALLE DEL ARENAL

Cuando me detengo ante los libros callejeros en esta madrileña calle del Arenal viene desde el desmonte del tiempo el erial arenoso que por aquí se hallaba, al llegar al barranco de la Zarza – como cuenta Répide -, donde se formó luego la calle de este nombre, ya junto a la Puerta del Sol.:”Terraplenada la calle –dice el cronista – con tierra de los desmontes de los lugares donde se hicieron la calle de Jacometrezo y otras cercanas, todavía por la parte de los Caños, donde ahora es la plazuela de Isabel ll, quedó un desnivel tan enorme que venía a estar a la altura de la parte honda de la calle de la Escalinata“.

Por este arenal de siglos, antiguo barrio donde vivían los cristianos en tiempo de dominación árabe, he venido despacio, desde Escalinata, hasta este rincón de páginas al aire libre, a pasar hojas de autores que duermen a resguardo de inclemencias bajo este curioso tejadillo.

Pero cuando paso las hojas de la Historia me llega también desde otra vecina calle paralela la algarabía y vítores entre estandartes mientras entra en Madrid con toda pompa Carlos lll. Es una distracción de Historia, hojas que pasan, calles que van hablando. Todas las ciudades tienen esto, recibimientos y desplantes, desgracias y aplausos, soledad y gentío. Ahora es el ornato de balcones engalanados que pintara Lorenzo Quirós cuando el 13 de julio de 1760 entra el monarca entre festejos y panegíricos desde la Plazuela de las Descalzas, Plazuela de la Villa y Plaza Mayor hasta la explanada frente al Palacio del Buen Retiro.

Fueron dos semanas de festejos, quince días evocados con el ceremonial de rigor, dos millones doscientos mil reales gastados para celebrar la entrada. La ciudad recibía a quien luego sería llamado el mejor alcalde de Madrid. Templetes, hornacinas, tapices, cada calle quiso tener su arco. En el arco de Carretas se pusieron columnas, medallones con relieves, banderas plegadas. El día 15 se lidiaron y picaron a vara larga doce toros en la Plaza Mayor; cuatro caballeros, vestidos de librea en colores verde, azul, pajizo y rojo, seguidos cada uno de cien lacayos, rejonearon dieciocho toros más. Pero esto son estampas del XVlll, apenas una distracción, páginas pasadas, luminosas hojas volanderas. Yo no estoy esta mañana en aquel siglo ni tampoco en la vecina calle Mayor sino en la del Arenal y en el XXl, y mientras sigo avanzando músicas y personajes me llaman ahora desde la esquina con otros ritmos.

Me quedo escuchando a estos músicos ambulantes, a estas orquestas espontáneas, estas improvisadas melodías, acompañamiento vocacional, enamorado, -y  también pedigüeño – de nuestro tiempo.

(Imágenes:- 1.-librería de viejo en la calle del Arenal.-1o de abril de 2010.-foto JJP/ 2.-Lorenzo Quirós.-Ornatos de la calle Platerías (calle Mayor) con motivo de la entrada de Carlos lll en Madrid.-Museo de la Historia/3.-músicos en la calle del Arenal.-10 de abril de 2010.-foto JJP)

TODO ES LITERATURA

TODO  ES   LITERATURA

“–¿Vienes a comer, hijo? Ya está aquí la comida.

Leocadio Villegas escribía y escribía un cuento apoyado en la mesita del salón, daba toques y retoques incansablemente a una escena y a unos personajes. De reojo vio entrar a su madre levantando la sopera humeante.

–¡Vamos, hijo, vamos, que esto se enfría, deja eso ya!

–¡Es que estoy terminando una cosa, madre –balbuceó–, acabo ahora mismo!

–¡Siempre igual, Leo! Luego sigues. ¡Ahora, a comer! ¡Vamos, venga a comer!

Leocadio Villegas se levantó como pudo y casi sin dejar de escribir alcanzó la mesa. En un borde, mientras le servían, seguía escribiendo y escribiendo. Como siempre, le parecía todo apasionante, aquel comedor, la casa, aquella mesa familiar, aquel mantel de flores. Veía a su lado, sin dejar de escribir, la gruesa muñeca de la mano de su madre y sus dedos gordos y sonrosados que estaban dejando su plato de sopa y se puso a escribir sobre ellos, sobre aquellos dedos, la forma, las uñas rojizas y rotas que tanto habían fregado y lavado, intentaba profundizar algo más en ellos, cuando aquellos dedos desaparecieron en busca de otro plato y sólo quedó en el espacio de su mirada el redondel de la sopa caliente con los fideos como lombrices blancas y los cubiertos a un lado, preparados, los dos cubiertos hermanos sobre el mantel, el tenedor y la cuchara, ¡ah, los cubiertos, el tema de los cubiertos!, se dijo Leocadio mientras escribía y escribía sobre los cubiertos, el lomo curvo y plateado de la cuchara, las púas del tenedor como tridente, él estaba a punto de imaginar viajes en el espacio con tenedores trinchando nubes, con cucharas de cuencos de luna y silenciosas soperas iluminadas, cuando una voz le sobresaltó:

–¿Pero no empiezas a comer, hijo? ¿Pero qué haces? ¿Es que hasta aquí vas a seguir escribiendo?

Sí, escribía, escribía. No puedo, no puedo dejar de escribir. ¿Y esta voz? ¿Y el poderío de la voz de mi madre? Le venían a la pluma todas las voces escuchadas en su infancia, o mejor dicho, la misma voz de su madre en los agudos y en los graves de las habitaciones cerradas, él correteando ante las voces maternas que le perseguían, “¡ven aquí, Leo, abróchate los zapatos! ¡Leo, que te acabes esto, que no pegues a tu hermana, que no te manches!”, sí, ahora Leocadio escribía febril sobre las voces que le perseguían, había apartado el plato de sopa y los cubiertos como motivo literario y perseguía esta vez a las voces como mariposas hincándoles el alfiler de la pluma, ¡aquí! ¡allí!, voces como recuerdos, ¡allí! ¡aquí! las perseguía escribiendo, era un ahogo, una carrera interminable, escribía, ¡sí, por fin escribía!, estaba corriendo mientras escribía describiendo, se había alejado del mantel, de la mesa, de la familia, había abandonado la casa, ¿dónde? ¿dónde estaba ahora?

–Bien, si no quiere comer –escuchó la ronca voz de su padre–, que no coma. Lo único que le gusta es escribir –y atronó indignado dando un puñetazo en la mesa–:¡Pues ya cenará!

No, de verdad que Leocadio no sentía el hambre. Le pasaba siempre durante el acto de escribir. Podía aguantar sin comer y sin dormir a lo largo de horas, Ahora, cuando recogieron el mantel de la mesa y toda la familia pasó a tomar café, él se desplazó hábilmente a otra mesita cercana a la ventana y, como siempre, quedó absorto por cuanto veía, por aquellos dibujos malvas en las tacitas blancas que su madre estaba distribuyendo y que él describía, por aquel aroma del fuerte café y el humo del puro de su padre que él ahora miraba fijamente y al que describía mirándolo y describiéndolo, describiéndolo y mirándolo de hito en hito, sin dejar diluirse las volutas grises en el aire y sin apartar tampoco sus dedos de la página.

“¡He de llegar, he de llegar al Concurso!”, se decía Leocadio conforme seguía escribiendo todo aquello. “¿Es posible llegar a escribirlo todo, llegar a ser escritor total, escribir a la vez sensaciones y emociones, este rictus, por ejemplo, de la cara de mi madre, el resoplido que acaba de soltar mi padre leyendo el periódico, este volumen de los muebles, la luz de la tarde, la memoria y el sueño, todo, todo es posible escribirlo?”. “No, no debo distraerme”, escribió en el papel que sostenía apoyado en sus rodillas, y anotó nervioso que se estaba distrayendo no sabía por qué, que se le estaba yendo el cuento de repente en disgresiones inútiles, sobre todo superfluas, sí, superfluas, se dijo escribiendo. “No, no puedo seguir así”.

Ya habían terminado todos el café y se habían ido de la habitación a sus quehaceres dejándolo solo y Leocadio Villegas tuvo la tentación de escribir en ese momento sobre su soledad, sobre la soledad que le rodeaba, pero pronto se contuvo. Miró de reojo su reloj mientras seguía escribiendo. “He de entregar esto dentro del plazo –escribió–, he de acelerar, cumplir los plazos, porque si no, ¿para qué escribo?”. Escribió una línea sobre el por qué escriben los escritores, sobre las razones de aquel afán, pero se dio cuenta enseguida de que seguía desviándose peligrosamente del centro del cuento y yéndose por vericuetos otra vez superfluos que no le llevaban a ninguna parte. “He de centrarme, mantener la tensión –se dijo finalmente–, adquirir velocidad”.

Quiso hacer un alto brevísimo en su tarea y con los papeles y la pluma en la mano se fue hasta el vestíbulo y, como pudo, se puso una chaqueta y salió rápidamente de la casa. Bajó los escalones de tres en tres, deseando llegar al portal para volver a escribir. Pero ya aquellas escaleras le estaban suscitando temas literarios, escenas policíacas y de misterio, cosas que él había leído y que desearía recrear. ¡Ah, este gran tema de las escaleras y los escalones –se dijo mirándolas de reojo mientras bajaba muy deprisa–, este gran tema tan cerca para escribir sobre ellas, las escaleras de amores y de odios, los crujidos y la levedad de los zapatos volando y bajando velozmente las vueltas del caracol! Hubiera querido escribir conforme descendía, como lo había hecho caminando Eckermann con Goethe mientras los dos paseaban, ¿pero quién era Eckermann para los lectores?, ¿quién era Goethe? ¿alguien los había leído?. “Entonces –se dijo casi sin aliento al llegar al portal–, ¿es que acaso estoy preocupado por los lectores, es que estoy escribiendo para ellos?”. Pero ya el portal también con sus azulejos blancos y rojos y los dibujos de sus maderas le atraían como tema literario y no tuvo más remedio que pararse y escribir sobre ellos apoyando el papel en la pared. Tomó notas allí torpemente, pero notas interesantes, al menos muy interesantes para él, esbozos, apuntes e incluso descripciones de aquellos azulejos que le traían recuerdos de umbrales y hasta de paisajes ya que las asociaciones de las ideas le llegaban ahora muy deprisa, casi febrilmente, y en determinado momento tuvo necesidad de calmarse y de dominarse, porque una voz interior le decía de nuevo: “Te estás alejando otra vez, Leo, del centro del cuento; te estás distrayendo en temas secundarios. No, no puedes continuar así”.

Entonces salió del portal. El tráfico de la ciudad le pareció un inmenso tema literario que él ya no podía abarcar. Como escritor le estaban llamando la atención a la vez los autobuses rojos y los coches trepidantes, los ruidos de las motos y las conversaciones mezcladas, el parpadeo de los semáforos y aquel clima especial del aire urbano en polución. Todo al mismo tiempo se le ofrecía como motivo enorme. “No –se repitió–. He de concentrarme en algo, he de elegir y, sobre todo, he de cumplir el plazo que me he impuesto”, se dijo pensando en el Concurso y enseguida llamó a un taxi. Notó, sin embargo, que aquella llamada y aquel movimiento de su mano en el aire no podía ya describirlos como él hubiera querido porque el taxi se detenía ya, se abría la portezuela y él entraba dando rápidamente la dirección de la estación. Sentado, iba pensando en el pequeño tren que le esperaba pero estaba viendo ahora tantas cosas atrayentes desde su ventanilla, tanta literatura se movía en la calle, que de nuevo no tuvo más remedio que ponerse a escribir en aquellos papeles que sostenía en sus rodillas y a grandes rasgos fue registrando todo cuanto veía.

–¿Es usted de aquí, de la ciudad? –le preguntó el taxista.

Leocadio asintió con la cabeza sin dejar de escribir porque no esperaba que nadie le hablase mientras él trabajaba y aquel principio de diálogo irrumpía de pronto en su relato de forma tan brusca y a la vez tan sugerente que lo anotó, por tanto, tal y como venía y así fue contestando como pudo a las preguntas del taxista mientras, a la vez, las escribía con rapidez, como escribía también las respuestas, las suyas y las del taxista, porque aquel diálogo –se dijo– estaba dando ahora una enorme frescura al cuento sin apartarlo de su centro, “porque yo creo –escribió– que no, no me está apartando de mi centro, sino que, al revés, está dando a todo esto una gran agilidad inesperada”.

Copió, pues, todo el diálogo detallado entre el taxista y él, ya que le pareció muy interesante, pagó a la puerta de la estación y atravesó deprisa los andenes en busca de su tren. No pudo escribir nada sobre el andén a pesar de que llevaba en la mano la pluma y el papel mientras se abría paso entre la muchedumbre y a pesar de cuantas tentaciones literarias le estaban ofreciendo aquellas altas cristaleras, aquellas bóvedas sonoras de las naves y los modernísimos trenes plateados dispuestos ya para salir. ¡Ah, las estaciones! –se dijo durante un momento alcanzando ya con su pie el estribo del vagón y volviéndose para verlas–, ¡las estaciones nevadas de Tolstoi en “Ana Karenina”, las estaciones de Somerset Maugham, las estaciones de Graham Greene!… Hubiera seguido evocando aquellos andenes que ahora se empezaban a mover suavemente conforme el tren arrancaba, o mejor aún, hubiera querido escribir sobre ellos mientras él se movía ya y se alejaba de pie en la plataforma del vagón, pero no consiguió hacerlo. Le empujaban las gentes hacia un pasillo que enseguida vio también como tema literario, un pasillo misterioso que le recordaba enigmas de Agatha Christie. “Todo es literatura” –se dijo mientras iba buscando su asiento–, sí, todo tiene una gran emoción”. Nada más sentarse en su butaca y cruzar las piernas se quedó subyugado por cuanto le rodeaba. “Todo, todo es literatura –se repitió mirando en derredor–. Pero, ¿cómo voy a poder describir todo esto?”. Sin embargo, por un impulso de su vocación, se inclinó de inmediato sobre el papel y, como había hecho siempre en su vida, se puso a escribir febrilmente. Escribía ahora de aquella velocidad alada en los cristales de las ventanillas, de los rostros de los viajeros, del horizonte de las tierras, de nuevo de la velocidad, otra vez de los ojos y los labios de los que viajaban, del rumor de sus conversaciones, del suave y acompasado traqueteo, y fue precisamente aquel rítmico traqueteo moviendo imperceptiblemente su cuerpo el que le fue transmitiendo poco a poco una somnolencia benefactora y un sueño horizontal, rectilíneo, vertiginoso y a la vez muy plácido que le hizo abandonar suavemente la pluma de sus dedos y recostar la cabeza en el respaldo de su asiento. Soñó entonces que no escribía, que no podía escribir. El tren se lanzaba sin él por caminos desconocidos y él se quedaba viéndolo partir sin poder hacer nada, sin poder registrar su movimiento. Él, que había soñado tantas veces con poder escribirlo todo, ahora no conseguía describir un simple sueño en forma de tren, con sus ventanillas iluminadas y sus viajeros moviéndose. El tren se iba alejando de su realidad e iba haciéndose sueño difuso que Leocadio no podía atrapar, lo onírico se le escapaba burlándose de él. “¡No puedo, no puedo escribir lo que sueño, únicamente puedo soñar!”, se decía angustiado sin lograr despertarse. El tren proseguía la marcha a la misma velocidad que el sueño y así la mantuvo todo el tiempo y sólo se detuvo al final, al abrir Leocadio los ojos y recuperar la pluma entre sus dedos.

Entonces bajó del tren. Tenía ya poco tiempo para entregar su cuento. Sabía dónde estaba reunido el jurado y a qué hora exacta terminaba el plazo. Corrió y corrió por las calles con la pluma y el papel en la mano, sin mirar a los lados para no ser tentado por la literatura. “¡He de llegar!” –se decía sin dejar de correr– “¡he de alcanzarlo!”. Corría y corría en un esfuerzo titánico por dar intensidad a su final, por dar tensión a su relato. Al fin vio la gran casa iluminada donde estaba reunido el jurado, empujó de un golpe la puerta y entró. El jurado repasaba a esa hora los cuentos presentados y lo hacía en una mesa larga y solemne; apenas advirtió la presencia de Leocadio. Leocadio quedó en la puerta subyugado. Le estaba fascinando aquella imagen literaria de la gran habitación, aquella larga mesa repleta de relatos y aquellos hombres deliberando, meditando y sopesando. “¡Ah, los jurados!” –se dijo allí Leocadio completamente paralizado por el espectáculo, contemplando absorto a aquellos hombres –“¡Ah, los grandes jurados de Dostoievski, de Dürrenmatt, de Kafka…!”, suspiró. Se acercó cauteloso a la primera silla que encontró, y antes de que pudiera escapársele aquella estampa literaria que él consideraba única en su vida, se puso a describirla. Escribía, como siempre, febrilmente. Escribía, escribía, escribía.

Mucho tiempo después, cuando ya iba a clausurarse todo e iban a cerrar el edificio, el presidente del jurado se levantó y desde lejos, contemplando al escritor solitario y tenaz, le advirtió en alta voz:

–Vamos a concluir, caballero… Parece que es usted el último que falta… Si tiene la amabilidad de entregarnos…

Pero Leocadio no entregaba, no, no entregaba nunca. Le fascinaba ahora aquella imagen del presidente en pie y aquella voz armoniosa que estaba resonando en la habitación enorme. Él escribía, escribía, escribía…”

José Julio Perlado : “Todo es literatura“- finalista del Premio Narraciones Breves “Antonio Machado”.- Fundación de los Ferrocariles Españoles.-2001

(Imágenes.-1.-tadega.net/ 2.-poquoson.K.12.va.us)

TULIPANES, ABRIL

Ahí, ahí está, al fondo, el tulipán, al fondo los tulipanes, entrando en la luz de la Terraza de los Cuadros, en el Botánico de Madrid, en el silencio y el color de las flores. Ahí están en abril los pétalos jaspeados, las pequeñas manchas, los tallos de las palabras sosteniendo al turbante.

Vienen atravesadas ramas en soledad de pasos, en el remanso de Madrid.

De pronto, esculturas aladas en los paseos, hojas que imitan a la Naturaleza.

Y luego, como siempre, otra vez la Naturaleza que no imita a nadie, la Naturaleza en equilibrio, el equilibrio de la Naturaleza, el silencio, la soledad, las avenidas, los árboles.

Madrid.

Abril.

(Imágenes: Botánico de Madrid.-7 de abril de 2010.-fotos JJP)

DESCONGELADAS PALABRAS

“Antífanes, el fámulo de Platón, habló de un país donde los inviernos eran tan crudos que las palabras se congelaban en el aire. Cuando se derretían en verano, los lugareños se enteraban de lo que se había dicho durante el invierno, al igual que sólo en el umbral de la vejez los discípulos de Platón empezaban a comprender el significado de las palabras del maestro que habían escuchado de jóvenes“. Cuando leo estas frases del médico polaco Andrzej Szczeklik en su libro Catarsis (Acantilado) en donde trata del poder curativo de la naturaleza y del arte, evoco la vida de las palabras en el arco de cualquier existencia, palabras – y hechos también – pronunciadas por nuestros abuelos o por nuestros padres – palabras igualmente escondidas en libros que un día leímos -, y que sólo con la sabiduría de la experiencia ( con los dolores, con las vicisitudes), se van descongelando poco a poco en nuestro entendimiento, deshaciéndose como nieve en la memoria y haciéndose transparentes igual que el cristal para que las pueda atravesar bien nuestra comprensión.

Recuerda igualmente Szczelklik el caso relatado muchos siglos después por Baldassare Castiglione, en el que un mercader italiano organizó una expedición a Ucrania para adquirir pieles de marta. “Se quedó atascado en los hielos de la orilla del Dniéper, y desde allí, intentó negociar con unos comerciantes moscovitas que habían acampado en la otra orilla. Sin embargo, los gritos del mercader no llegaban hasta tan lejos: se congelaban por el camino y quedaban suspendidos en el aire en forma de carámbanos“.

Palabras y gritos congelados durante años, signos petrificados y opacos en libros y en labios, verdades que tardan casi una vida en comprenderse. Al fin se comprenden. Los clásicos, en la segunda, a veces en la tercera lectura, nos abren el secreto que parecían negarnos al principio y el contenido de la voz del corazón de nuestros padres se nos vuelve de repente diáfano, entregándonos su profundo sentido.

(Imagen.- el monte Fuji, en Japón, cubierto de nieve.-foto Toru Hanai.-Reuters.-TIME)