“Vuelvo a verme una mañana soleada en un café…— cuenta Simenon en el prólogo a sus “Obras completas”— ¿He bebido una, dos o incluso tres pequeñas ginebras coloreadas con algunas gotas de bitter? Lo cierto es que, después de una hora, un poco somnoliento, empecé a ver dibujarse la masa poderosa e impasible de un señor que me pareció que resultaría un comisario aceptable. Durante el resto de la jornada, añadí al personaje algunos accesorios: una pipa, un bombín, un grueso gabán con cuello de terciopelo. Y como hacía un frío húmedo en mi barca abandonada, le otorgué para su despacho, una vieja estufa de hierro fundido.”
En 1929, en “L’ Amant sans nom”, Simenon dibuja al agente número 49 que nos acercará de algún modo a la presencia futura de Maigret. “ Era alto, vigoroso, no se parecía en nada a la imagen que solemos hacernos del perfecto detective. No tenía nada tampoco del personaje de novela policiaca. Su cara era redonda, algo roja. Un rostro de campesino bonachón. Los ojos eran más bien ingenuos, y esa ingenuidad quedaba reforzada por una nariz muy chata. Meneaba la cabeza al caminar, como si estuviera hablando constantemente consigo mismo. Y los brazos que balanceaba eran enormes. Sería difícil dar una imagen más fuerte de la paciencia tranquila y fría, de obstinación, de flema, al hacer un retrato del agente que a las diez, subió a su cuarto con pasos pesados. Era un hombre enorme y pesado. Rasgos inmóviles, marcados. Un aire de ingenuidad palurda. Un aire terco también,cabezón, obstinado (…) Llenó su pipa con el cuidado que ponía en todo, la encendió y se puso a fumar paseando arriba y abajo por la habitación.”
José Julio Perlado
(Imágenes- 1- Paris— wikipedia/ 2- Jean Gabin – wikipedia)
Vincent, en la época en que llegué a Arlés — cuenta Gauguin en su “Diario íntimo” —, estaba en plena corriente de la escuela neoimpresionista. Encontró muchas dificultades, sufriendo como consecuencia de ello. Con todos esos amarillos sobre violados, todo este trabajo en colores complementarios, un trabajo suyo desordenado, no realizaba nada sino las más suaves de las armonías, incompletas y monótonas. Faltaba en ellas el sonido de la trompeta. Emprendí la tarea de ilustrarlo: fue una tarea fácil, por cuanto encontré un suelo rico y fértil, como todas las naturalezas originales que están marcadas con la estampa de la personalidad. Vincent no tenía miedo a los demás y no era testarudo. Desde ese día vivimos progresos asombrosos; parecía adivinar todo lo que tenía ante sí, y el resultado fue aquella serie de efectos de sol y más sol a plena luz. Cuando llegué a Arlés, Vincent estaba tratando de encontrarse a sí mismo, mientras yo, que era mucho más viejo, era un hombre maduro. Pero debo algo a Vincent, y es la conciencia de haberle sido útil, la afirmación de mis propias ideas originales acerca de la pintura. Y también, en momentos difíciles, el recuerdo que se guarda de otros más desgraciados que uno mismo. La última carta que recibí estaba fechada en Auvers, cerca de Pontoise. Me decía que había esperado en recuperarse lo suficiente para reunirse conmigo en Bretaña, pero que ahora se veía obligado a reconocer la imposibilidad de su cura. “Querido maestro” (única vez que haya usado esta palabra), “después de haberte conocido y causado sufrimiento, es mejor morir en un buen estado mental que en uno degradado”.
Buscad la armonía — sigue anotando Gauguin en su “Diario” — y no el contraste, lo que concuerda y no lo que choca. Es el ojo de la ignorancia el que asigna un color fijo e invariable a cada objeto; tened cuidado con este obstáculo. Practicad pintando un objeto en conjunción con otros objetos de colores similares o diferentes. De esta manera gustaréis por vuestra propia variedad y veracidad. Pasad de lo oscuro a lo claro, de lo claro a lo oscuro.
El ojo busca renovarse mediante vuestro trabajo; dadle alimento para su goce, no excrementos. Sólo el pintor de letreros copia el trabajo de otros. Si reproducís lo que otros han hecho no sois sino hacedores de remiendos.
Dejad que todo en torno a vosotros respire la calma y la paz del alma. Evitad, pues, el movimiento en una pose.
Cada una de vuestras figuras debe estar en una posición estática. Estudiad la silueta de cada objeto; la claridad de los contornos es el atributo de la mano que no está debilitada por ninguna vacilación de la voluntad.
José Julio Perlado
(Imágenes- 1- paisaje de Martinica – 1887 – National Gallery/ 2-la cosecha de mangos- 1887- museo Van Gogh- Amsterdam/3- orilla del mar- 1887- colección privada/ 4- página del Diario de Gauguin-museo del Louvre/ 5– Primavera sagrada- 1897- museo de Le Hermitage)
Se ha estudiado muy bien los sueños de los niños porque ellos no oyen las puertas, no sienten las manos de las madres cuando les arropan la garganta porque es un sueño profundo, no sienten los párpados, no notan que se han dejado los labios entreabiertos, que su respiración va y viene acompasada, que las voces, las guerras, los portazos, no alteran un milímetro la profundidad de su sueño porque es un sueño plácido, reparador, profundo, necesitan olvidarse de la fatiga de los nueve meses de gestación y adelantarse a la fatiga que vendrá después, en cuanto abran los ojos y necesiten beber, llorar, ser traídos y llevados de cuna en cuna y de habitación en habitación, ser besados, estrujados, contemplados por tantas caras desconocidas que les miran pero que nunca llegarán al secreto de su sueño. Las veces en que se ha colocado el sueño de un niño en medio de un campo de batalla, en la intemperie de la barbarie, se ha comprobado que los misiles no les alteran. Los fogonazos y las carreras en llamas no han movido sus párpados ni sus labios entreabiertos, ni siquiera los han estremecido, porque su sueño es la profunda serenidad, un reposo posterior y anterior a la vida que vivirán, y los párpados ni siquiera se inmutan ante las barbaridades de los hombres. Duermen y duermen y nunca nos contarán qué soñaron porque ni ellos mismos lo recuerdan.
José Julio Perlado
(Imagen – Francisco Gimeno Arasa- retrato de su hijo Francisco – 1899 -conservado en la biblioteca Víctor Balaguer)
“Han nombrado embajador a un poeta. Una dramaturga ha sido elegida presidenta —escribe Ursula K. Le Guin—.Los obreros hacen cola al lado de ejecutivos para comprar una nueva novela. Los adultos buscan guías morales y desafíos intelectuales en historias sobre monos guerreros, cíclopes y caballeros locos que luchan contra molinos. La alfabetización se considera el principio, no un fin.
En Estados Unidos, se considera que la imaginación puede ser útil cuando la tele se ha estropeado. La poesía y el teatro no tienen relación con la política fáctica. Las novelas son para estudiantes, amas de casa y gente que no trabaja. La fantasía es para niños y pueblos primitivos. La alfabetización te sirve para leer un manual de instrucciones. Creo que la imaginación es la herramienta más poderosa de la humanidad. Es mejor que el pulgar. Me puedo imaginar una vida sin pulgares, pero no sin mi imaginación.”
Es curioso el destino de Hemingway a la luz de las explicaciones que da Philip Young sobre su vida y su obra . Al parecer la herida recibida en Italia se le queda grabada física y mentalmente y se transforma en un casi “leiv- motiv” de sus libros; así en “Adios a las armas” y en algunos de sus cuentos. En “El viejo y el mar” se dice que el viejo tiene el cuerpo cubierto de cicatrices: es el último recuerdo a la herida sufrida al principio de la carrera de Hemingway. Por otro lado, en el cuento “Las nieves del Klimanjaro” está demostrado que Hemingway sugiere un nuevo rumbo para su vida. Es un cuento amargo por toda la decepción que lleva consigo la mirada al pasado, pero los párrafos finales indican que Hemingway está dispuesto a cambiar su orientación y lograr ser un hombre y un escritor completo. Así lo consigue en los años posteriores. Tras “Al otro lado del río y entre los árboles” — una de sus novelas más flojas—, parece debilitarse su potencia de escritor. Pero de pronto surge “El viejo y el mar” y queda totalmente restablecida su primacía. En “El viejo y el mar” da la impresión de que Hemingway ha superado la amargura y entra por los caminos de esperanza. Entre otros detalles, su protagonista Santiago, no muere sino que queda, tras su derrota, sumido en la humildad y soñando —- satisfecho de su esfuerzo, haya o no haya tenido feliz resultados —con los leones marinos.
Y de repente, sin embargo, el disparo que acaba con Hemingway y que trunca de improviso la línea de esperanza hacia lo que parecía dirigirse el escritor. Philip Young recuerda en su libro que el padre de Hemingway se suicidó de un disparo de rifle y anota, creo, alguna frase del propio Hemingway sobre el suicidio.
Por todo esto, el destino de Hemingway — y lo sabemos de él en estos últimos años—se presenta aparentemente en contradicción. La actitud de Santiago, el viejo pescador, no encaja con el disparo solitario que acabó con la vida del novelista.
No me gusta la noción de una relación sentimental entre un personaje y una actriz — decía Jeanne Moreau en 1997–.Al iniciar una película no sé quién es esa persona que interpreto. Y mi relación con el personaje, con la película,es como mi relación con el mundo: está fundada en la tolerancia. Por eso no creo que tenga sentido decir que un personaje me resulta simpático o antipático. Lo que cuenta es ser humano, ser demasiado humano, y en ello radica mi tesoro, ésa es mi tierra, eso es lo que mantiene esa avidez y esa pasión que siento por el cine. Hubo un periodo en mi vida en que me afectaba profundamente la interpretación,me sumía en un mimetismo demasiado profundo, no conseguía distanciarme, pero ahora ya no experimento esas transformaciones un poco esquizofrénicas, sino que suelto a la presa, la dejo irse, digo adiós a todas esas personas que he conocido ( no sólo a los personajes
que encarné sino también a los personajes que encarnaron otros actores con los que viví ese momento) y sé que entonces estoy lista para emprender un nuevo viaje
José Julio Perlado
Imágenes- 1- Jeanne Moreau en 1958 / 2- Jean Moreau y Juliette Binoche en 2009
La imaginación de Edgar Allan Poe le lleva a decir en uno de sus cuentos que «al llenar un recipiente con esta agua, el líquido estaba hecho de un conjunto de vetas distintas, cada una de un color» y en «Las aventuras de Arthur Gordon Pym», Poe habla de un agua misteriosa que se podía cortar, sobre la que se pasaba un cuchillo y los rastros de la hoja se borraban inmediatamente. García Márquez, por su parte, dentro de sus «Doce cuentos peregrinos» escribe el titulado » La luz es como el agua», relato en que «uno abre el grifo y sale luz. Un chorro de luz dorada y fresca que empezó a salir de la bombilla». Luz y agua que ya había tratado ampliamente el arquitecto Le Corbusier.
Hay fotografías nítidas. Está mi madre sentada en una barca frente a mí, en el norte de España, en aguas de Zumaya. Ella no sabe que va a morir. Morirá en 1969 de un ataque fulminante de corazón. En esta barca — es una pequeña barca blanca y azul — mi madre tiene 45 años, trece años antes de morir. Es rubia, alegre, guapa, sonriente, feliz. Yo estoy al otro lado de la barca, sentado, mirándola, tengo 17 años, no imagino que a los 87 escribiré esto, y sin embargo escribiré sobre mi madre y sobre los tablones de esta barca y sobre el agua mansa como la espuma que nos roza. A los 87 años se escribe ya sin comas, con comas, con admiraciones, sin admiraciones, las reglas de la sintaxis se las lleva la ría de Zumaya tarde adentro y escribiré entonces con la libertad de espíritu que da la edad aunque este muchacho de 17 años, sentado en la barca, ahora no lo imagine.
Me he apoyado en Darío de Regoyos para escribir todo esto y Darío de Regoyos se apoya en mí. Es el Norte. El Norte nos une a los dos, pintor y escritor, como a tantos otros. Darío de Regoyos pinta los trajes de la fiesta vasca danzando, los tamboriles, las faldas, las vueltas. Darío de Regoyos pinta los sombreros femeninos en la Concha de San Sebastián, pinta el azul oscuro de la noche. Pinta una época. Lo que no puede pintar Darío de Regoyos es el encanto de la bahía porque es eterno, el encanto de la bahía está por encima de cada época, como está por encima de cada época esta barca blanca y azul en aguas de mi mente, desde donde me mira mi madre y yo le miró a ella.
El Norte. El Norte. El Norte se detiene en la fotografía. Enterrado en el Norte, en el cementerio de Guetxo, a 14 kilómetros de Bilbao, hay un amigo mío. El único amigo que he tenido. ¿Qué es un amigo? Si nos adentráramos un momento en la cultura nos encontraríamos con la amistad de Tácito y Plinio, de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, de Montaigne y La Boétie, de Boswell y Johnson, de Carlyle y Emerson, pero no queremos adentrarnos. Eso sería como contemplar la amistad de los otros desde el patio de butacas. ¿Qué es un amigo? Yo he tenido un solo amigo en mi vida, el resto han sido conocidos. Un amigo es alguien que me ha abierto el alma sin yo preguntar, que yo le he abierto mi alma sin que él me preguntara. Nadie enseña estas cosas. Ni en el colegio, ni en la Universidad, ni en la familia. En ningún libro se aprende a no interrumpir, a guardar silencio, a esperar, a escuchar, a respetar la intimidad. La intimidad aflora dentro de un amigo a veces a borbotones, a veces entrecortada, a veces anhelando desahogarse. La intimidad aflora dentro de mí mismo deseando ser recibida por la amistad del único amigo que tengo y que aguarda, espera, escucha, no interrumpe, no pregunta. La intimidad se ha ido madurando durante años, sin forzar, mi amigo madurando hacia mí y yo madurando hacia mi amigo. En ningún libro está eso. Mi amigo enterrado en el cementerio de Guetxo ha viajado conmigo por toda Europa, se ha reído, nos hemos reído, él ha escrito, los dos hemos escrito, cada uno ha escrito cosas distintas, cada uno tiene una forma de vida, siempre la hemos respetado. El silencio de oro es la llave para una verdadera amistad. Me acuerdo de un paseo por El Escorial en que él me estuvo hablando hora y media de un tema que a mí no me interesaba en absoluto pero que a él sí, y no le interrumpí, no le pregunté. Él necesitaba desahogarse y yo le ofrecía, como siempre, el silencio de oro de mis pasos, a veces deteniéndonos los dos, yo asintiendo con mi silencio de oro y él hablando continuamente. Recuerdo los recuerdos. Ningún médico ha conocido las dolencias de mi amigo como lo he hecho yo. Como no soy médico, no las podía reparar pero sí las escuchaba. Escuchar bien y atentamente es una forma de curación. También unir las alegrías, las carcajadas. Las alegrías compartidas se hacen más alegrías. Recuerdo siempre los recuerdos.
El Norte. El Norte. La barca con mi madre en Zumaya y el cementerio de Guetxo.
José Julio Perlado
(Imágenes- : Darío de Regoyos : 1-la fiesta vasca- (baile en el antiguo San Sebastián) – 1890- MNAC/ 2- la Concha (nocturno) 1906- museo Carmen Thyssen -Málaga/ 3- el puerto de Bilbao- 1910- museo BBVA/4 Pancorbo – el tren que pasa- 1910- MNAC)
Yo, en mis libros, no hablo jamás de psicología— decía Natalia Guinzburg — , no comento psicológicamente mis personajes. No muestro los mecanismos internos que explican sus conductas. Jamás describiría hechos de la infancia buscando explicar conductas de hoy. Prefiero que se les vea vivir. A veces los escritores dicen que escriben para entender el mundo, que describiéndolo lo entienden. No, no es mi caso, yo escribo sólo para comunicarme. El mundo se ha transformado en algo incomprensible. Ya vimos la estupefacción de Kafka. No intento entenderlo. Solamente describirlo.
José Julio Perlado
Imágenes: 1- Natalia Guinzburg- sin fecha/ 2- wikipedia
Todas las ciudades tienen una nube de fotógrafos retratando su historia, recogiendo misterios, los misterios del país, sus comercios, fuentes, escaparates y contrastes. Sobre todo, las sorpresas que el propio fotógrafo descubre tan sólo inclinando un poco su cabeza y retorciéndose el cuello para captar ese instante que parecería nimio y que en cambio será deslumbrante.
Atget es uno de esos fotógrafos por encima del tiempo. Las ciudades guardan muchos recovecos que los fotógrafos descubren. Son pequeñas cosas que sorprenden desde las plazas, las aceras, gentes que van y vienen y quedan inmortalizadas por el ojo despierto, atento y singular.
Ocurre así, por ejemplo, en París. París ( que parecería una ciudad tan conocida por el mundo durante siglos) esconde muchos otros París muy distintos, cada uno con su rostro y costumbres. Si eso sucedía ya en tiempos de Atjet, tiempos de blanco y negro, no digamos nada ahora con el multicolor recorrido de acentos y vestidos, pasos que da el habitante cuando camina con sus lenguas y rostros diversos, y enarbola el legítimo brazo contra las desigualdades suscitado en un París tantas veces violento.
José Julio Perlado
(Imágenes—Eugene Atget-: 1 – place Saint- Sulpice -1910-1911/ 2- organillero – 1898/ 3-avenida de los Gobelinos 1925/4- intentando ver el eclipse de 1912)
Marie Curie encontró un cavernoso hangar en la escuela en que su marido daba clases anteriormente a los estudiantes de medicina. Lo habían usado como sala de disección hasta que se consideró que el espacio no era apto para ello. Apenas había ningún mueble, el techo tenía filtraciones y la única fuente de calor era una vieja estufa de hierro. Parecía una cuadra o un almacén de patatas. Desde el inicio Pierre se concentró en la física y Marie se encargó de la química, lo que requería horas de trabajo físico y agotador.
“Cada vez tenía que usar por lo menos veinte kilos de material — decía Madame Curie—por lo que el hangar quedaba inundado de recipientes llenos de precipitados y líquidos. Mover los contenedores por la sala era agotador así como transferir los líquidos y remover durante horas el material incluyendo el recipiente de hierro fundido con la ayuda de una barra de hierro. Al inicio del proyecto a veces me pasaba todo el día de pie vigilando el material, hirviendo y removiendo una barra de metal que pesaba lo mismo que ella. Al final del día estaba completamente agotada. Fue una época heroica de nuestra existencia común. A pesar de las dificultades de nuestras condiciones de trabajo nos sentimos felices. Los días transcurrieron en el laboratorio. En nuestro mísero hangar reinaba una gran tranquilidad. A veces, al atender alguna operación,nos paseábamos de arriba abajo, hablando de la labor presente y futura. Cuando teníamos mucho frío, una taza de té caliente, tomada cerca de la estufa, nos confortaba. Vivíamos en una preocupación única, como en un sueño. “
José Julio Perlado
Imágenes- 1- los esposos Curie- wikipedia / 2 y 3 _ Marie Curie y sus hijas en 1908 – Portrait Wellcome Library, London.
«La nave de los locos», el cuadro de El Bosco, ha supuesto diversos estudios sobre la relación entre locura y agua, tema que trata Foucault en su Historia de la locura». Aguas tumultuosas en «La balsa de la medusa» , de Gericault, considerada por el gran crítico ingles Kenneth Clark como una obra maestra. Y de las conchas marinas habla Ovidio en «La Metamorfosis». Como del misterio de las conchas, su simbolismo y su relación con el mar harán un estudio el antropólogo francés Roger Caillois o el historiador rumano Mircea Eliade
Entre las criaturas del agua tratadas por las artes están las Náyades y ninfas que pueblan fuentes , lagos y ríos y que aparecen a través de los siglos; hijas del Océano son llamadas por poetas anteriores a Cristo y llegarán a lienzos de Renoir o de Picasso. Como también las Nereidas, nietas del Océano, que viven en el fondo del mar y que pintará Delacroix, esculpirá Rodin y pondrá música Dvorak en una balada. Plinio el Viejo, en su «Historia natural «, habla de la aparición de «un hombre marino», un hombre-pez en la bahía de Cádiz, uno de los innumerables «hombres-peces» que asoman a lo largo de la Historia. En el teatro, el francés Giradoux, en «Ondine» (1933) nos llevará hasta la historia dramática de un espíritu del agua .También en el teatro, una criatura del mar como la sirena en «La sirena varada» (1934) de Alejandro Casona nos acercará a las ensoñaciones del mar.
Jane Austen nunca vivió sola y no tenía apenas ocasión de estar a solas en su vida cotidiana. Su último hogar fue una casita en la aldea de Chawton, en Inglaterra. Allí vivió con su madre y su hermana y con una amiga íntima y tres sirvientes, aparte del flujo continuo de visitantes, a menudo inesperados. Allí revisó sus primeras novelas, “Juicio y sentimiento” y “Orgullo y prejuicio” y escribió otras tres, “ Mansfield Park” , “Emma” y “Persuasión”. Se cuidaba de que los sirvientes, o cualquier otra persona ajena al círculo de su familia, no sospecharon cuál era su ocupación. Escribía en hojitas de papel que podían guardarse fácilmente, o cubrirse con un trozo de papel secante. Entre la puerta de entrada y las estancias había una puerta de vaivén que crujía al abrirse, pero ella nunca quiso reparar aquella pequeña molestia, pues le avisaba cada vez que se acercaba alguien. Jane Austen se levantaba temprano, antes que las demás mujeres y tocaba el piano. A las nueve organizaba el desayuno familiar, su única tarea doméstica significativa. Luego se ponía a escribir en el salón, a menudo con su madre y su hermana cosiendo en silencio junto a ella. Si llegaba alguna visita, ocultaba sus papeles y se entregaba a la costura. La cena, la comida principal del día, se servía entre las tres y las cuatro. Después había conversación, juegos de naipes y té. Por la noche se solía leer en voz alta trozos de novelas, y entonces Austen le leía a su familia pasajes de la obra que tuviera en marcha. Su familia respetaba su trabajo, y su hermana Casandra asumió el grueso de las tareas de la casa, un alivio inmenso para la novelista, quien una vez escribió: “Me parece imposible componer con la cabeza llena de trozos de cordero.”
José Julio Perlado
Imágenes- 1 Jane Austen/ casa de Jane Austen- wikipedia
Este señor que ha pronunciado tantas conferencias en su vida y que ha preparado también ésta de hoy con enorme cuidado, se asombra de no tener público esta tarde en el auditorio. El público, piensa este señor con absoluta tranquilidad y serenidad de ánimo, ha debido de escoger otras opciones y este señor lo admite con esmerada educación, porque él es muy educado, y lo importante para él es que se ha preparado muy bien esta conferencia, como hace siempre, esta vez sobre la moda en la Corte de Felipe ll ; y por tanto, y como ya lo tenía previsto y lo ha hecho tantas veces en su vida, se sienta primero en la altura de la tribuna de este gran auditorio ahora vacío, extrae despacio unas hojas muy ordenadas que lleva en su cartapacio, se anima a beber un sorbo de agua, acerca más la lamparita de luz para ver mejor las cuartillas, se pone unas gafas y comienza a hablar. Le anima mucho, que ha distinguido al menos, en el centro de la cuarta fila del gran auditorio, al único oyente que tiene esta tarde, un hombre solitario, de chaqueta oscura y pantalón gris, que ha acudido a esta conferencia, y que parece ser un señor muy similar físicamente a él, al conferenciante, un señor de mediana edad,que da la impresión de ser también muy educado, y que ahora le está mirando fijamente, dispuesto a escuchar. Entonces este señor que tantas conferencias ha pronunciado en su vida, comienza dirigiéndose directamente al único oyente que tiene: “Buenas tardes: como usted sabe muy bien (se atreve a decirle fijando en él su mirada y procurando modular las palabras para parecer más amable), “las características de la moda en la corte de Felipe II son las siguientes: la supresión del escote, los cuellos altísimos, las gorgueras rematadas por pedrería, el predominio de los tonos oscuros, la rigidez de la línea, la profusión y riqueza de los adornos y los sombrerillos que se unen a los chapines en las damas para prolongar su silueta y obtener así un conjunto de suntuoso y severo refinamiento.”
Entonces este señor que tantas conferencias ha pronunciado en su vida, se detiene un momento, levanta la vista hacia el auditorio y, mirando fijamente al único oyente que tiene, intenta averiguar qué efecto han podido producir sus palabras. Pero sus primeras palabras, por ahora, no han producido el menor efecto. Son palabras introductorias, se dice el veterano conferenciante a sí mismo, palabras que por un lado resumen y por otro anuncian lo que aún le falta por decir. Pero le extraña que el único oyente que tiene esta tarde no se ha movido ni siquiera un milímetro de su asiento, no ha tosido, no se ha cambiado de postura. Sigue en el centro de la cuarta fila del gran auditorio vacío mirando con fijeza al conferenciante y dispuesto a continuar escuchando.
Entonces este señor que ha pronunciado tantas conferencias en su vida, bebe un sorbo de agua, se limpia los labios con una pequeña servilleta, vuelve a ponerse las gafas y continúa: “”El traje femenino se componía de jubón, saya entera, cuya parte superior se llamaba cuera, lo mismo que en el traje masculino, y falda cuya línea marcaba el verdugado; capas cortas, sobretodos y galerillas; altos chapines, y para la cabeza cofia y sombrerilllo a la usanza masculina. El traje masculino, por su parte, se componía de calzas, jubón, cueras, y como prenda de abrigo, el tabardo y la capa. Entre los accesorios, los guantes era imprescindible complemento de todo atavío elegante, ya fuera femenino o masculino.”
Vuelve a detenerse este señor que ha pronunciado tantas conferencias en su vida, se vuelve a quitar las gafas y mira al auditorio; se ha detenido un momento por si detecta alguna reacción, aunque sea mínima, en el único oyente que tiene esta tarde, pero nada detecta, todo sigue igual: el señor del centro de la cuarta fila sigue mirándole fijamente, quizá está esperando más de la moda en la Corte de Felipe ll, no se sabe bien qué.
Entonces el señor que ha dictado tantas conferencias en su vida, bebe un poco de agua, se pone de nuevo las gafas y se lanza ahora algo más animado a explicar el traje de la reina Isabel de Valois cuando el 28 de marzo de 1560 llega a Guadalajara procedente de Francia. Y esto lo hace con cierto ánimo porque cree que ello ilustrará mejor su relato y seguramente despertará algo más la atención del único oyente que tiene, sobre todo cuando él le explique el tema de los lazos, de las mangas y del tocado. Por tanto, este señor tan experto en conferencias, reanuda con cierto ímpetu sus palabras: “Las mangas se confeccionaban por separado, dice, y se anudaban después al traje y sus formas eran variadísimas. En el inventario de ropa que trajo la reina Isabel de Valois a España se citan “mangas a la española, a la piamontesa, a la milanesa, seis pares de mangas de tela y oro y plata, mangas de raso de diversos colores y cuatro pares de brazaletes. Y entre los distintos adornos se dice también que traía doce docenas de lazos de seda”.
“Esto de las mangas, se dice a sí mismo el veterano conferenciante, ha tenido que interesarle algo a este señor que está ahí, porque a mí al menos sí me interesó cuando lo descubrí, aunque no sé si interesa a todo el mundo.” Pero en eso pone toda su esperanza. Sin embargo, cuando levanta otra vez la vista y comprueba que el oyente no se ha movido en absoluto, que tiene su pierna derecha cruzada sobre su pierna izquierda y que sigue mirando fijamente al conferenciante, este señor que tantas conferencias ha dado en su vida, se queda algo perplejo porque piensa que este oyente solitario lo único que debe estar esperando es saber algo más sobre la moda en la Corte de Felipe ll.
Entonces este señor que ha sido siempre un maestro y experto en dar conferencias durante toda su vida, toma una importante decisión. Se salta a conciencia varias páginas del texto que tiene preparado porque, piensa, y así le parece bien, que puede haber cosas quizá demasiado aburridas para el único oyente que tiene y que no puede perder, y por tanto separa a un lado todas las cuartillas referentes a la basquiña de alcuza y al verdugado, y no habla, pues, de la basquiña de alcuza, que era una falda cortada por la misma traza que el manteo y en realidad de forma muy semejante a nuestras actuales faldas acampanadas, y el verdugado, en cambio, que era una saya interior para debajo del vestido, como un corsé de falda y efectos contrarios al corsé de busto y su papel era ahuecar y mantener tenso el vestido exterior. Todo esto se lo salta muy a pesar suyo.
En cambio ahora este señor que ha dado tantas conferencias, se centra directamente en el traje masculino encarnado en la persona de Felipe II. “Yo — dice muy decidido este conferenciante —hubiera querido traer aquí esta tarde ( y eso lo dice sin dejar de mirar fijamente al solitario oyente de la cuarta fila), una imagen del retrato que Tiziano pintó de Felipe ll; eso hubiera querido hacer, pero no me ha sido posible. Como usted sabe bien, le continúa diciendo directamente al único espectador solitario, en ese retrato de Tiziano, Felipe ll viste unas calzas, un ropón ancho y suelto, el tabardo o gabán que comenzó a llevarse a finales del siglo XV como prenda de abrigo, confeccionado en géneros costosísimos,como son siempre el brocado de oro guarnecido de pasamanos también de oro y forrado de pieles riquísimas. Y allí se ven también adornos en oro y en las aberturas asoma el raso blanco y sobre el pecho el Toisón.
Y aún añade este señor que tantas conferencias ha dado en su vida, algo sobre la capa y el ferreruelo, las calzas y los gregüescos, pero sin insistir demasiado porque ha pensado dedicarle a su fiel oyente una inesperada sorpresa final, un regalo como premio a su completa atención. Así le empieza a hablar de cómo doña Isabel de Valois, cuando en 1560 llega a Guadalajara, ella tiene 18 años y don Felipe 33. Pero el conferenciante aún quiere sorprender más a este señor del centro de la cuarta fila del auditorio, y sorprenderle con algo que esté más alejado del tema de su conferencia, y tras describir que el Rey vestía entonces calza y jubón blanco, cuajados de oro de canutillo y piezas de martillo, ropa francesa de terciopelo morado toda llena de oro y muchas piedras, le cuenta brevemente el viaje a Toledo de los Reyes. Toledo , dice el conferenciante, echó ese día la casa por la ventana para recibir a la nueva reina. Su galante esposo, el día adelantado quiso que todo lo que estuviera aparejado se dedicase exclusivamente a la joven soberana. Por eso a las puertas de la muralla, muy hermoso y sosegado caballo blanco guarnicionado de terciopelo morado, con oro y perlas, frenos y estribos de plata dorada, riendas de oro, arzones esculpidos en plata, tomó sobre sus lomos a la Reina y la paseó en triunfo por la población, bajo improvisados arcos monumentales. Y visitando la catedral por Zocodover arriba, alcanzó así Isabel la morada regia donde, ya de noche, le esperaba su marido.
En ese momento este señor que tantas conferencias ha pronunciado en su vida, se quita las gafas, bebe un sorbo de agua, ordena las cuartillas para meterlas de nuevo en su cartapacio, y mira al fondo del auditorio. Da por terminada su actuación. Por primera vez en la tarde advierte que el único oyente que tiene se ha movido: ha movido su pierna derecha, la que tenía apoyada sobre su pierna izquierda, y la ha enderezado un poco. Luego, lentamente, ha levantado las manos y, con las palmas abiertas, ha aplaudido. No ha aplaudido mucho pero sí lo ha hecho con ímpetu, al conferenciante incluso le parece que ha aplaudido con convicción.
Entonces este señor que tantas conferencias ha dado en su vida, le dice “buenas tardes”, a este único oyente, le da las gracias, se levanta de la silla, apaga la luz que iluminaba la mesa, y, de pie,hace una ligera inclinación de cabeza mirando siempre al oyente, lo que es un leve reconocimiento de gratitud hacia el único espectador que ha tenido.
Luego da media vuelta y con un gran paso tranquilo desaparece por la parte del fondo.