VIAJES POR ESPAÑA (11) : GRANADA

 

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«He venido por un instante a visitar el viejo paraíso moro. He venido por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas talladas; he pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido muy amables imaginaciones (…)  Desde la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta  Granada y su vega deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio  actual del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas, su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva, en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños de billlar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En verdad, se sienten saudades del pasado. Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a recibir una nueva revelación de la belleza de la vida.

 

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El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques que reproduce las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como las que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga la fatal desaparición».

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(Imágenes.-1.-Granada- Joaquín Sorolla– reproducciones com pinturas/ 2.-El patio de Comares- Joaquín Sorolla- cultura en Andalucía/ 3.-La torre de los Siete Picos- Sorolla- cultura en Andalucía)

RENÉ MAGRITTE

 

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«Una noche de 1936 – confesaba René Magritte – yo me desperté en una habitación donde se habían colocado una jaula y un pájaro dormido. Un magnífico error me hizo ver en la jaula el pájaro desaparecido y reemplazado por un huevo. Allí tenía un nuevo secreto poético sorprendente, pues la impresión que yo recibí estaba provocada precisamente por la afinidad  de dos objetos, la jaula y el huevo, mientras que anteriormente esta impresión había sido provocada por el encuentro de objetos  extraños entre elllos».

Estas palabras del pintor belga  aparecen en la actual exposición que sobre su figura dedica El Centro Pompidou titulada «la traición de las imágenes«. Sombras, perfiles, siluetas, fuegos, simulacros, cegueras, cortinas, bellezas fragmentadas, Magritte va presentando su «ver para creer», los signos arbitrarios que envuelven  las palabras y las imágenes.

 

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«Las imágenes pintadas que evocan el misterio –señalaba Magritte – afirman la belleza de lo que es y siente y también de lo que no es. Todo esto parece darnos un cierto sentido a nuestra existencia. (…) La costumbre  de hablar por las necesidades inmediatas de la vida impone a las palabras que designan a los objetos un sentido limitado. Da la impresión de que el lenguaje corriente establezca fronteras a la imaginación. Pero se puede crear entre las palabras y los objetos nuevas relaciones y precisar qué caracteres del lenguaje y de los objetos generalmente quedan ignorados en el desenvolvimiento de la vida cotidiana».

 

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«Creo que el mejor título de un cuadro es un título poético.  El título poético nada nos enseña, pero nos debe sorprender y encantar».

Como recordaba el crítico del Time Robert Hughes, Magritte con su técnica seca, práctica, pintó cosas comunes que bien podían provenir de un libro de lectura: una manzana, un peine, una chistera, una nube, una jaula, una calle de pulcras casas suburbanas, un comerciante, un abrigo negro. No había muchas de este repertorio de imágenes, que un oficinista belga del montón no hubiera podido ver en el transcurso de un día normal en 1935. «Pero las combinaciones que Magritte hacía con ellas era algo completamente diferente. Su poesía era inconcebible sin su trabajo con y a través de la banalidad subvertía las denominaciones ordinarias».

 

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«La única pintura que merece ser contemplada – decía Magritte-  tiene la misma razón de ser que la razón de ser del mundo, es decir, el misterio».

 

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(Imágenes.- 1.-autorretrato- 1936- art Tumblr/ 2.-le beau monde- 1962- colección particular/ 3.-elogio de la dialéctica- 1937- National Gallery of Victoria- Australia/ 4.-el arte de la conversación- 1963/ 5.- le souvenir determinante- 1942- colección privada)

LA VOZ DEL ESCRITOR

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«Se reconoce a un escritor por su voz – recuerda Pierre Assouline en su «Diccionario de escritores» -. No hay más que leerlo para identificarlo. Un libro que transmita la voz, o lo que otros llamarán estilo, tono o pequeña música, más que entregarnos a un escritor nos entregará a un autor. Una página, un parágrafo, incluso a veces una sola frase es suficiente para colocar un nombre sobre un texto, y desde ese momento prestar oído al sonido que emite. Si es un desconocido que firma su primera novela, la voz es suficiente para definir a un nuevo autor. O no. La voz permite saber a qué se dedica y en qué trinos trabaja. Se trate de Modiano o de Proust, la voz que surge del libro no se equivoca. Con los extranjeros, es algo más delicado puesto que la voz puede variar según el traductor, que superpone la suya propia sobre la del novelista que interpreta. Pero de los escritores que uno tiene el privilegio de amar, se retiene en el fondo la voz de la persona más aún que aquella de sus escritos».

Voz de Faulkner, voz de Conrad, voz de Proust.

Tardó años en encontrar la voz para uno de sus libros Yourcenar, años para encontrar la voz para otro de sus libros García Márquez.

A veces hay que esperar – trabajar – pacientemente hasta encontrar la voz.

(Imagen.-Cy Twombly- 1983)

MALRAUX Y MITERRAND : RECUERDOS

 

 

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El otro día me preguntaban por el Miterrand joven al que yo conocí  en París y no lo pensé en ese momento pero recordé después que mucho más interesante para mí fue observar el rostro de Malraux en el gran salón del Elíseo, en una de las solemnes conferencias de prensa que celebraba De Gaulle. Tenía entonces Malraux 67 años y hacía un año había publicado sus «Antimemorias«. En medio de la «revuelta de mayo del 68» él había dicho que la imaginación al poder no quería decir nada, porque no era la imaginación la que tomaba el poder, sino las fuerzas organizadas. El rostro de Malraux, al que yo veía asomar entre las sillas doradas de los ministros del General, era ya un rostro ajado en su expresión, un rostro fatigado de tanta acción anterior, de tantos hallazgos en el campo estético, pero detrás de aquel rostro había muchas aventuras vitales e intelectuales, mucha meditación y reflexión sobre el arte, muchas obras escritas. Mucho más interesante para mí era esa cabeza y figura de André Malraux que la de Miterrand, al que conocí el día del vacío de poder en Francia, en la última semana de aquel mayo parisino, en uno de los salones del hotel Lutetia. Aquel día contemplé un Miterrand combativo pero desorientado respecto a su contrincante político que había desaparecido de repente del escenario y sobre el que Miterrand ignoraba dónde estaba. Miterrand tenía entonces 52 años y no podía imaginar – aunque aspirara a ello – que trece años después sería Presidente de la República.

José Julio Perlado (del libro inédito «Relámpagos»)

(Imagen.- André Malraux.- 1968- foto Cartier Bresson)

SOBRE BOB DYLAN

 

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«Los amigos lo describen como tímido y a la defensiva, nervioso, despreocupado por su salud, un poco asustado por la fama, nada materialista pero sagaz en su relación  con el dinero, un profesional absorto en su trabajo». Estas palabras de 1967 sobre Bob Dylan las incluye Alex Ross en «Escucha esto» (Seix Barral)  y se unen a unas declaraciones de Dylan en 1991: «Ya hay de todo. Piense en cualquier cosa, ya tenemos bastante. Ya ha habido más que suficiente con la electricidad, quizás hay personas que ya lo han dicho. Algunos dijeron que con la bombilla ya estaba yéndose demasiado lejos».

 

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Ross dedica varias páginas no sólo a las canciones de Dylan sino a los abucheos que sufrió, a sus grabaciones piratas, a su personalidad y por supuesto a sus letras. «Cuando otros – dice Ross– han intentado leer a Dylan verso a verso, generalmente han acudido en busca de referencias (Él ha hecho mención de ¡la bomba atómica! ¡T S Eliot! ¡Joan Báez!) El modo en que cada verso concluye en muchas de sus canciones con una parte débil produce una sensación de indefensión, y es aquí donde parece radicar la clave: grita todo lo que quieras, las personas dulces sufren (…) En algunas canciones – sigue Ross – Dylan está dirigiéndose a los «izquierdistas que se apuntan al carro de determinadas cosas, que se preocupan por temas que se ponen de moda pero que no sienten ninguna verdadera empatía por las personas».

 

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«El propio Dylan rehúsa la aproximación intelectual, aunque se tiene la sensación de que no le importaría recibir el Premio Nobel. Incluso en los años sesenta, afirmó lo siguiente respecto de quienes le llamaban poeta: «Genio es una palabra terrible, una palabra que se creen que conseguirá que ellos me gusten» (…) Dylan tiene un dominio apabullante de la lengua inglesa. La agudeza y precisión de las rimas te mantiene interesado a lo largo de todos los saltos de sentido y los cambios de escena. Posee también un don para los astutos encabalgamientos, versos que parecen completos en sí mismos pero que se ven trastocados por lo que llega a continuación. Se trata de efectos para el oído, no para el ojo, y Dylan los vende en sus conciertos».

(en medio de las opiniones varias sobre si el Premio Nobel de Literatura ha debido ir o no para él, un pequeño recuerdo sobre su figura)

 

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(Imágenes.-Dylan- 1967- Daniel Kramer/2.- foto Richard Avedon/3.-Dylan- 1965- foto Fred Mcdarrah – Nueva York- 1965/4,. foto Barry Feinstein)

CABALLOS Y GATOS

 

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«Cuando observes moverse a los caballos – dice el gran escultor y dibujante Alexander Calder -, fíjate en dónde están las articulaciones, hacia dónde se mueven, qué tipo de articulaciones deben ser para permitir ese tipo de movimiento.

Fíjate en qué están haciendo las otras tres patas cuando una hace una cosa u otra, en qué hace la cola, en si la cabeza se mueve, en si el cuerpo está animado por algún movimiento. Estudia las diferentes formas de andar del animal, el paso, el trote, el galope. Por ejemplo, cómo el caballo cambia de uno a otro según su velocidad. Observa de cerca algunas estatuas ecuestres. ¿Todas las patas hacen lo mismo? ¿ O trotan las patas delanteras mientras las traseras están quietas?».

 

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«Recuerda que la «actividad» en el dibujo no se corresponde necesariamente a una actividad física. Un gato dormido tiene una intensa actividad.

Por cierto, los gatos son unos modelos excelentes. La silueta ágil y la ductilidad de los miembros felinos son mucho más gráciles que los movimientos más bruscos de otros animales. Con los gatos casi es posible saber en qué están pensando.

Si un gato está dormido, dibújalo completamente, voluptuosamente dormido, el vientre sostenido por el suelo, las patas inertes, los músculos caídos. Si está despierto y alerta, capta esa actitud; todos los músculos en tensión, las orejas tiesas, los ojos vigilantes, la cola en suspensión para asegurar el mejor equilibrio en caso de que le sea necesario saltar».

Alexander Calder – » Dibujando animales» (Elba)

(Imágenes.-1.-Rosa Bonheur.- posterluenoco/ 2.-Kellas Campbell)

EL OBSERVADOR EN LA VENTANA

 

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En el prefacio a «Retrato de una dama», Henry James alude a esa mirada distinta del artista, una mirada que los otros no tienen, una mirada que él llama la del «observador en la ventana»: «él y sus vecinos – comenta el novelista inglés – están observando el mismo espectáculo, pero uno ve más allí donde otro ve menos, uno ve negro donde el otro ve blanco, uno ve lo grande donde otro ve lo pequeño, uno ve vulgaridad donde otro ve belleza (…)  El campo que se extiende, la escena humana, es la «elección del tema»; la abertura perforada, sea amplia o con balcones o sólo con una rendija o como una fisura, es «la forma literaria»; pero, estén juntas o separadas, no son nada sin la presencia apostada del observador, dicho en otras palabras, sin la conciencia del artista. Decidme que es el artista y os diré de qué ha sido consciente».

Es siempre el reino de la mirada, por donde todo comienza. De la mirada del observador en la ventana se despliega todo el abanico de posibilidades de crear, más aún, la observación atenta y contemplativa es ya creación. Cuando uno se aleja de la ventana y se acerca a la mesa de trabajo muchas veces la mitad de la creación está ya hecha.

(Imagen.-Andrew Wyeth– 1947)

LAS FLORES Y EL LIBRO DEL TÉ

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«Decidme, gentiles flores, lágrimas de las estrellas, que estáis en el jardín, inclinando la cabeza hacia las abejas que cantan sobre el rocío y los rayos del sol, ¿sois conscientes del terrible destino que os espera? Soñad, balanceaos y retozad mientras podáis en la suave brisa de verano. Mañana una mano despiadada se cerrará alrededor de vuestras gargantas. Os arrancarán de cuajo, os despedezarán miembro a miembro, y os llevarán lejos de vuestro tranquilo hogar. Y puede que la desgraciada sea sumamente bella. Puede que diga lo hermosas que sois mientras sus dedos todavía están húmedos de vuestra sangre. Decidme, ¿será eso bondad? Vuestro destino será tal vez estar aprisionadas en el cabello de una que sabéis que no tiene corazón, o clavadas en el ojal de uno que no se atrevería a miraros a la cara si fuerais un hombre. Incluso puede que vuestra suerte sea estar confinadas en algún estrecho jarrón con sólo agua estancada para apagar la sed enloquecedora que advierte que la vida se va consumiendo».

Okakura Kakuzo- » El libro del té»

(Imagen.-Kawase Hasui)

EL LIBRO EN LA CABEZA

 

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Aquel cuaderno que yo tenía entonces sobre mis rodillas era para mí, por fin, como un imán. Tantos ratos perdidos en otras cosas, en gestiones múltiples, por ejemplo, o en relaciones sociales, o en idas y venidas banales y superficiales que me llenaban la cabeza sin aportarme nada, habían dejado que el cuaderno ( o la pantalla, cuando en ella trabajaba ) permaneciera estéril, abierto y abandonado en aquella mesa y en aquel cuarto en donde casi nunca me sentaba a escribir. Y recuerdo perfectamente el momento en que, no supe bien por qué, un día, a media mañana, me acerqué decididamente a aquel cuaderno, tomé la pluma, y sentí que tenía la imperiosa necesidad de escribir sobre cuanto llevaba dentro. Desde ese instante tuve el libro en la cabeza.

Es esencial tener el libro en la cabeza. Que la cabeza gire, por encima de los necesarios   e imprevisibles avatares del día, en torno al libro, que vuelva al libro que uno está escribiendo o que uno quiere escribir y acuda a él impulsado por el imán de la creación. Cuando uno relee las apasionantes páginas de Thomas Mann, «La novela de una novela», en las que cuenta los pasos diarios de su escritura en torno a su «Doktor Faustus«, uno queda admirado de tantas lecturas preparatorias, de tantas consultas, de tantas indecisiones y decisiones, pero todo ello es porque el escritor alemán llevaba «el libro en la cabeza». Cuarenta y dos años después de la idea inicial de la novela – el pacto de un artista con el diablo -, su Diario es testigo de sus inquietudes: «ayer por la tarde -apunta-, mientras leía y escuchaba música, me sentí extrañamente cerca de la idea de continuar aquel libro, especialmente desde el punto de vista de la unidad de la vida. Tenía su encanto reanudar aquel libro en el punto en que lo había dejado antes de escribir «La muerte en Venecia«.

 

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«Cuadros de Durerodice Mann , datos biográficos y nombres, reunión de conceptos útiles, notas para fijar el tipo musical de Leverkühn, de Schönberg obtuve muchos datos sobre la música y la vida de los compositores… Al fin, un domingo por la mañana, el 23 de mayo de 1943, comencé a escribir el «Doktor Faustus».

Desde ese momento, el libro que llevaba en la cabeza pasa a la pluma y al papel pero su gran fuerza será mantenerlo siempre en la cabeza.

(Imágenes.- 1.- Travis Stearns/ 2,- Howard Hodgkin)

SOBRE LA CRÍTICA Y LOS CRÍTICOS

 

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«Puede suceder – recuerda el intelectual italiano Alfonso Berardinelli en«Leer es un riesgo» (Círculo de tiza) – que el crítico deba reconocer que los mejores poetas, novelistas o ensayistas contemporáneos no son aquellos que escriben como él prefiere, o como él se esperaba. El crítico debe saber aceptar que los hechos le sorprendan y le contradigan. Debe saber amar algo que no esperaba poder apreciar.

Es necesario ser capaz de admiración. El crítico necesita tener autores preferidos, a los que se admire, que le inspiren, que exciten su inteligencia. Sin embargo, también necesita autores que enardezcan su hostilidad y su agresividad. En ocasiones puede resultar algo inútil e incluso aburrido hablar de autores y de libros que nos gustan: nos basta con leerlos y no sabemos qué decir, qué más añadir a lo que hemos leído. Personalmente, a mí me estimula mucho más intentar hacer comprender por qué es malo un libro que todos consideran bueno, o por qué es bueno un libro que se ha pasado por alto. Para un crítico es importante ser iconoclasta. Derribar los falsos ídolos libera la mente y la prepara para apreciar lo mejor».

El novelista alemán Robert Musil quiso también recordar : «La crítica es algo que no está por encima de la escritura literaria, sino entretejido con ella. Es una interpretación de la literatura que se traspone en interpretación de la vida, y una celosa custodia del nivel alcanzado».

(Imagen.-Sol Lewitt)

PALABRAS, PALABRAS

 

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«Y palabras, todo eso, palabras, pues en verdad, compañeros, ¿qué otra cosa poseemos? Palabras que se encorvan bajo nuestra pluma, como insectos aniquilados en masa, palabras con grandes espinas que nos despellejan, palabras que arden bruscamente, y tenemos que aplastar ese fuego con nuestras manos desnudas, no es fácil.

Palabras cuyo amasijo disimula algunos agujeros en los que perdemos pie y resbalamos, dando gritos, pero no importa, nuestra vida está tan poco hecha de pensamiento, no os parece. Nos recobramos enseguida, continuamos hablando.

Y ya os decía yo, compañeros, ya os lo decía, ¿no es cierto que está despuntando el día? Adelante, sigamos avanzando, reunamos todos nuestros anhelos, todos nuestros recuerdos, vosotros esos gritos, esas llamadas, esos alaridos, esos sollozos, y yo con vosotros esas carcajadas, esas grandes carcajadas tan distantes desde todas partes bajo el cielo tan bajo que lo tocamos con nuestras manos tendidas. Es evidente que el día se alza, amigos míos, es evidente que rompe contra nosotros, todo lo colorea, todo se lo lleva y lo dispersa».

Yves Bonnefoy– «Ir, seguir yendo» – «La hora presente» (2011)

(Imagen.-Robinson- nascimento)

ESCRIBIR UN POEMA

 

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«Escribir un poema: marcar la piel del agua.

Suavemente, los signos

se deforman, se agrandan,

expresan lo que quieren

la brisa, el sol, las nubes,

se distienden, se tensan, hasta

que el hombre que los mira

–adormecido el viento,

la luz alta —

o ve su propio rostro

o — transparencia pura, hondo

fracaso — no ve nada».

Ángel González – «Poética a la que intento a veces aplicarme»

(Imagen.- John Grant)

EN LOS CIEN AÑOS DE BUERO

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«Yo empiezo una obra por una etapa mental- decía Buero Vallejo – . Concibo la obra globalmente y tomo bastantes notas. Después intento un guión donde ya están los actos o partes que la comedia va a tener, pero sin diálogos o sólo con conatos de diálogos. Luego empiezo a escribir la obra en sí. Escribo siempre a mano. Siguiendo el guión, por supuesto, hasta completar la primera versión. Cuando la primera versión está terminada, la repaso, la corrijo y la reescribo completamente. Y sobre la segunda versión hago la primera copia de máquina. Si la obra no se estrena, así queda. Si se estrena, vuelvo sobre ella, a lo largo de los ensayos. Y cuando se levanta el telón, aparece la comedia o el drama definitivo».

 

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Raúl Cremades y Ángel Esteban en «Cuando llegan las musas» (Verbum), han indagado en distintos procesos creadores, entre ellos el de Buero, anotando, por ejemplo, unas declaraciones del dramaturgo en la última etapa de su vida: «Sólo sé – dijo Buero- que necesito expresarme escribiendo, y que necesito comunicarme con los demás de ese modo. Después creo saber también que escribo para plantear problemas, para buscar verdades, para abrir ojos, para ayudar, para criticar, para otras muchas cosas…» Carlos, uno de los hijos de Buero – y así lo recoge en su estudio Patricia W O Connor (Fundamentos) – hablaba sobre la angustia personal del dramaturgo ante su trabajo de creación : «Si se le ocurría o no se le ocurría un tema, que parecía que sí, pero que no estaba convencido o no acababan de encajar todas las piezas… Recuerdo que antes de que se le ocurriese una idea, mi padre se mostraba agobiado y deprimido. Luego, cuando empezaba a manejar las cuartillas, eso quería decir que lo peor ya había pasado, aunque todavía quedaba la redacción (…) La creación era la parte más horrorosa, pero ya acabada la obra empezaban otros problemas: que el reparto no fuera el idóneo o el local no fuese lo mejor o que el presupuesto era escaso y eso afectaba a la escenografía pero que no había otra cosa. Entonces venían los problemas del montaje y los ensayos, y cuando al final todo salía entonces había que esperar las críticas (…)  Después de lo de la crítica venía la marcha de la obra, si tenía éxito o no y luego el seguimiento de la recaudación con sus altibajos, que era importante, no sólo como síntoma de la aceptación de la obra, sino también desde el punto de vista estrictamente económico, porque mi padre no contemplaba la posibilidad de otras fuentes de ingresos alternativos, cómo podían ser artículos de prensa, conferencias, etc. En definitiva, que había un montón de vicisitudes capaces de comprometer la realización de una obra y cada obra, dependiendo de su éxito o no, era capaz de comprometer toda una carrera profesional, creo que con un margen de incertidumbre superior al de otras profesiones».

Todas las tensiones acumuladas antes y después de levantarse el telón.

 

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(pequeño recuerdo en el centenario de nacimiento de Buero )

 

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(Imágenes.- 1.-cervantes virtual es/ 2- El concierto de San Ovidio- cervantes virtual/ 3.- Los sueños de la razón- valencia teatros/ 4.- Buero Vallejo- ABC)

ENTREVISTAS EN RADIO Y TELEVISIÓN

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«La televisión se presta a la polémica, a la confrontación, a la dramatización – recordaba el gran entrevistador Jean-Pierre Elkabbach – . Cada medio tiene su estilo, su decorado, su luz. En la radio existe una presencia casi física, pero es necesario que haya un contenido. Una persona habla con otra persona y las dos se dirigen a una tercera persona que es el oyente. En la radio hay un lado muy intimista, se mira derecho a los ojos, se habla en mangas de camisa. Por ejemplo, cuando entrevisté en la radio a Miterrand le pregunté si podía quitarme la chaqueta y desanudar mi corbata; él también lo hizo; no lo supo nadie. Fueron dos horas con el presidente, sin fotógrafos ni colaboradores, únicamente nos acompañaba un técnico.

En televisión se tiene tendencia, en cambio, a sustituir la imagen y el espectáculo por el contenido de la palabra. Pero en los momentos donde la televisión es verdadera, auténtica, y cuando ella pone en confrontación a las gentes, entonces es sublime. A veces me he sentido bloqueado, ya que si mi interlocutor no quiere responderme, ostensiblemente cambio de tema. Pero en la primera ocasión que puedo y cuando el personaje no espera ya mis palabras, vuelvo sobre la cuestión enfocándola desde otro punto de vista. Nunca la dejo. Y siempre pienso además: cuanto más corta sea la pregunta ella será más eficaz».

 

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Otro excelente entrevistador, Patrick Pesnot, recordaba que «la entrevista en televisión es más rica que en la radio puesto que muchas veces es la búsqueda de la emoción antes que de la información. Una voz que falla un poco en la radio lo pasa mal; mientras que un rostro que vacila, un silencio que se alarga, eso es formidable en la televisión. Y también unos ojos que rehuyen nuestra mirada. Pero es necesario olvidar todos los instrumentos y aparatos que hay detrás. Si esto ocurre, se consigue que sean muy auténticas las gentes a quienes preguntamos. Recuerdo una de mis mejores entrevistas: una mujer que iba a morir de cáncer. Ella lo sabía. Era un prodigio de vida, de calor, de fuerza, de humor. El día de la entrevista se maquilló cuidadosamente hasta transformarse en una mujer hermosa. Nunca se me olvidará».

 

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En el campo de la literatura, Bernard Pivot, el magnífico presentador de «Apostrophes», anotaba para la entrevista televisiva una serie de reglas: 1.- hacer preguntas cortas; 2-  considerar que cualquier respuesta, aunque sea decepcionante, es más importante que la pregunta; 3-  no olvidarse nunca de que también es el telespectador quien hace la pregunta y que también él escucha la respuesta. «Tengo una forma de ser, de escuchar, de hablar y de replicar que forma parte de mí , que ya existía antes de meterme en la televisión y que seguirá existiendo cuando la deje – añadía Pivot -. Mucha gente piensa que por el modo de hacer preguntas y conversar delante de las cámaras, el periodista debe comportarse de forma distinta a como lo haría cuando habla con alguien en su vida cotidiana. Yo, en cambio, no veo más que puntos  en común entre ambas situaciones, salvo que, obviamente, en la televisión el tiempo siempre se te echa encima y tienes que darte más prisa que si estuvieras en tu casa o en la calle, y que todas las palabras deben ser «útiles». Pero en el trajín de la conversación, ¿cómo  puede uno ser distinto a como es en su fuero interno? A menos que sea un actor fabuloso».

 

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(Imágenes.- 1- Jean -Pierre Elkabbach y Giles Bouleau  entrevisando a Putin- 2014/ 2.-  Alejandra Laviada/ 3.-Sipho Mabona– 2014/ 4.-Adolph Gottlieb -1962)

EN TORNO A LE CARRÉ

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«Algunos rezagados que todavía insisten en considerar a la novela de espionaje como un género obligatoriamente menor- señalaba Jean Bourdier en «L Express», en 1969 -, deben preocuparse por conseguir lo más pronto posible «La gente de Smiley«. Su calidad literaria y su íntima nobleza los obligarán sin duda a reflexionar». Ahora, con la aparición de «Volar en círculos», las Memorias de John Le Carré , pueden evocarse una serie de opiniones sobre su figura y el mundo del espionaje. «El mundo del espionaje – confesó el autor inglés –  es para mí sólo la extensión del mundo en que vivo. Por eso lo he poblado con mis propios personajes. Pues en definitiva soy un novelista. Yo produzco obras de imaginación. Relato historias».

«De Moscú a la Habana o la Viena tan dura de la posguerra – señala Ignacio Peyró en «Pompa y circunstancia» -, el espionaje, tan viejo como el interés político o la debilidad humana, nos remite aún a ese momento de privilegio de los agentes dobles que fue la Guerra Fría. Es un mundo inmejorable para la mezcla de realidad y ficción: si tenemos las novelas de Graham Greene y sus perfiles de misterio, él mismo no dejó de estar al servicio de Su Majestad en trabajos de inteligencia, ahogado de asco en Sierra Leona. Lo mismo sucedió con Le Carré. En verdad, el espionaje ha sido terreno habitual para el

 

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claroscuro, para la indefinición y la volubilidad ética, pero – por mucho que predicara el propio Le Carré – nunca fue lo mismo trabajar para el mundo imperfecto pero libre que obedecer las órdenes de Karla en pos de la perfección totalitaria. Al final, esa elección fue la guía que sostuvo toda la ambientación de encuentros en hoteles, miradas oblicuas, paquetes de tabaco que disparan balas, teléfonos rojos y despachos «burbuja» elevados sobre el suelo para evitar micrófonos (…)  Al joven David Cornwell, cuando todavía no había pensado en ser John Le Carré, siempre le asaltaba una duda: si por momentos el MI16 era tan dado a ineficiencias, ¿no habría otro servicio secreto real, del que el MI16 sería no más que una tapadera?».

La penumbra está en la misma raíz del espionaje. «Si tuviera que elegir entre traicionar a un amigo y traicionar a mi país – había dicho el novelista Forster -, espero tener el valor de traicionar a mi amigo». Y a su vez Graham Greene había confesado: «el juego se hace tan sofisticado que el que juega pierde de vista sus valores».

 

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(Imágenes.- 1-John Le Carré.-2008- Wikipedia/ 2.-Tadasuke Kuwayama– 1965/ 3.-  Johannes Itten– 1915)

FOTÓGRAFOS Y ESCRITORES

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«El silencio interior de una víctima que consiente». Esto es lo quería captar Henri – Cartier Bresson cuando retrataba a un escritor – así lo recuerda el periodista francés Pierre Assouline -. A pesar de sus descripciones limitadas, Bresson nunca fue anecdótico. Había conocido a Truman Capote en Nueva York a finales de los años cuarenta. Capote en aquel tiempo no había publicado más que cuentos. El escritor tenía admiración por el fotógrafo. Y fue un Capote vegetal el que Bresson quiso  ver.

 

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Por otro lado, Cartier- Bresson nunca ametralló con su fotografía, no agredía, no bombardeaba. Apenas veinte minutos con cada escritor, una simple visita de cortesía, el tiempo de una conversación para conseguir mejor lo insólito.

 

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A Ezra Pound lo encontró Bresson en un palacio veneciano, en 1971, donde un aristócrata le estaba dando a Pound asilo poético. El fotógrafo se arrodilló casi una hora a los pies del poeta alucinado, sin que ni uno ni otro pronunciaran palabra. Una hora de silencio absoluto, cara a cara, mientras Pound se retorcía las manos y cerraba los ojos.

 

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Cartier-Bresson fue igualmente un gran lector. Amaba a los escritores y éstos le apreciaban puesto que el fotógrafo hablaba siempre bien de sus libros. Nunca había dejado de leer y sobre todo de releer. El gran fotógrafo llevaba siempre un libro de 10 francos en el bolsillo dispuesto a releerlo o a ofrecerlo a quienes visitaba.

 

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Como también una gran lectora y extraordinaria fotógrafa de escritores fue Gisèle Freund, que afirmaba: «el ojo no es nada si no hay alguien detrás«. Cada uno de sus rostros – así lo sigue recordando Assouline– cuenta una historia. Había planeado sus retratos una tarde de 1939 en la librería de Adrienne Monnier, en la rue Odeón. No usaba estudio, ni aplicaba retoques, solamente una cierta mirada. Su ambición era realizar una galería de retratos en colores de los escritores que se mostrara hoy como cuadros: el escritor destacando sobre el aspecto técnico de la fotografía.

Se ha dicho que la historia literaria del siglo XX tiene una deuda con estos retratos ya que lo que Freund  ha captado y restituido ningún otro lo ha sabido hacer, ni siquiera los ensayistas, los periodistas o los críticos. Ella leía a los escritores y los escritores lo sabían, siempre lo notaban cuando ella hablaba inteligentemente de sus libros. Victoria Ocampo, Henri Matisse, Marguerite Yourcenar, Eliot, Malraux, Virginia Woolf, Joyce… son algunos de sus ejemplos.

 

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(Imágenes- 1- Truman Capote- Cartier Bresson/ 2.- Carl Jung- mientras 59 rssing/ 3.- Ezra Pound- Cartier Bresson/ 4.- Henri Cartier-Bresson/ 5.- Henri Matisse- Gisèle Freund- intercepted by gravitation/ 6.- Virginia Woolf- Gisêle Freund.-garuy com)