EL HÉROE QUE SURGIÓ DEL FRÍO (2)

Tracemos ahora un arco, ganemos tiempo. Este arco desciende hasta las lindes de nuestra época. Nuestra   época no oculta a ningún Lazarillo ni esconde a ningún Cid; el héroe que ella descubre es un personaje normal y banal, enterrado en un pulgar paisaje. Dos ejemplos: el héroe puede llamarse Bloom y ser un pequeño agente de publicidad extraído de la vida de Dublín; el héroe puede llamarse Maigret y ser  un sencillo policía destinado en París.  Entre los dos se abren las diferencias de un tono y de una calidad literarias;  pero a los dos les une un relevante detalle: son simples  individuos, cuyas vidas alcanzan lo epopéyico precisamente a través de lo insignificante.

Lo insignificante, ése es el secreto. Este siglo ha tenido que transformar la rutina en hazaña, la nimiedad en leyenda. No hay más que contemplar al héroe de Joyce: un ciudadano despojado de gloria. Ofendido y humillado,  llevando en andas su destierro, Bloom atraviesa Dublín entreabriendo sus calles: lo absorbe y se lo traga. Lo banal le rodea: ese día en Dublín nada ha pasado:  buen tiempo en la mañana, tarde calurosa y lluvia nocturna; se han anunciado rebajas de verano, y en el teatro se presenta una ópera: tal puede ser una jornada anónima de una ciudad cualquiera. Ante Maigret, la impresión será idéntica. Si alguien pregunta dónde encontrar lo insólito, el policía habrá de contestarle:  soy la simplicidad; un empleado en medio de empleados, una pipa, la manía de atizar la estufa, horario de oficina, zapatos pesados, un abrigo con el cuello de piel. Es la epopeya de la monotonía. Maigret sueña con el retiro, Blooom con una casa en las afueras;  Maigret tiene como escudero a su esposa, Bloom es el escudero de su mujer.

Sobre todo, los dos personajes son reales. La épica moderna ha prescindido de lo grandioso para dar paso a lo verdadero: un realismo tremendo en París y en Dublín. Nos  hemos alejado de lo sobrehumano, de lo sagrado, de lo increíble; nos hemos alejado de lo invencible. Ese hombre que pasa puede ser oprimido o engañado, sentirse insatisfecho o caer en el ridículo. No   importa. Todo eso no le impide ser héroe. Se encuentra solo;  burlón o taciturno, aspira a conseguir el heroísmo en la trivialidad.

José Julio Perlado

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EL HÉROE QUE SURGIÓ DEL FRÍO (1)

No es nuestro héroe James Bond . Tampoco lo es el astronauta. Yo diría que esa precisamente debería ser nuestra gran dicha: mirar la ascensión sin muerte de James Bond, mirar la ascensión al espacio del astronauta, saber que ninguna de las dos nos representa. Convencernos de que en nuestro tiempo los héroes, en vez de urdir hazañas extraordinarias, batallan en la extraordinaria hazaña de lo ordinario. Los verdaderos héroes —esto no puede suscitarnos  vanidad, sino meditación — somos nosotros mismos.

Observemos al héroe. Viene del horizonte de la épica, vive en tierras de grave inmensidad, nace en vastas extensiones de tiempo. Lo que arrastra mientras cabalga hacia nosotros es ese resto de decorado antiguo, su aire de fábula, el carácter sagrado que va perdiendo por el camino. Cuando llegue a nuestro siglo XII, el héroe conservará casi intacta su grandeza. Gesto, vestido, movimiento, energía, serenidad, solemnidad en el rito,  dimensión exaltada, maravilla: todo esto nos llevará al Cid. Nuestro Rodrigo lleva a cabo proezas increíbles, se recorta entre la tierra y el mito, pone un pie en la realidad y da un paso hacia la fantasía. Sobre todo, ha  adquirido  humanismo: este héroe español, que puede fascinarnos por su impulso, nos subyuga principalmente por la sobriedad:  sus victorias nos dejan más vencidos porque poseen ternura. 

Pero pasemos a otro siglo. Estamos  en un suburbio:  sea en 1599 o en 1540, con Lazarillo de Tormes o con Guzmán de Alfarache, lo cierto es que el aire huele a campo y a arrabal. Al menos es lo primero que se advierte; y enseguida, la insignificancia de una sombra que va trepando como protagonista. ¿Qué es lo que aporta? Nadie lo sospecha, va a ser una sorpresa:  para la sociedad, constituirá la rebelión; para las letras, la novela moderna. Se ha derrumbado la épica de la caballería, y el ‘pícaro’ va a suplantarla. A pesar de los triunfos del amor, en contra de los valores de la fama, de la hidalguía y del señorío, el ‘pícaro’ desnuda sus vergüenzas, sabe que son sus glorias y las muestra, con cinismo mordaz se vale de sus hambres para escribir la propia biografía. Naturalmente no llegará a héroe:  será su antípoda. Pero esta figura humilde, nacida como reacción del siervo  más que del servidor, no carece de peculiar dignidad: su fuerza es el sarcasmo, y su móvil el reverso de la proeza.

José Julio Perlado

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VOLÁTIL ESCRITURA

Nuestros estados de ánimo no creen los unos en los otros —decía el filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo  Emerson —. Hoy me siento lleno de ideas y puedo escribir lo que me plazca. No veo  razón alguna por la que no vaya a tener las mismas ideas mañana, y el mismo poder de expresión. Lo que escribo me parece, mientras lo escribo, lo más natural del mundo;  pero ayer veía un vacío aterrador en la misma dirección en la que hoy me parece ver tanta abundancia. Y dentro de un mes, no me cabe duda, me preguntaré quién fue el que escribió tantas páginas seguidas. Ay, esta débil fe, esta voluntad que nada tiene de firme, este gran reflujo de un flujo igual de grande. 

José Julio Perlado

Imágenes- wikipedia

LA FLOR DE LA JARA

Ponte de blanco, vida, para

 ver en el monte la flor de la jara.

 Ponte de blanco, pena, para 

ver en el monte la flor de la jara.

 Ponte de blanco, sombra, para

 ver en el monte la flor de la jara.

Ponte de blanco, ilusión, para

 ver en el monte la flor de la jara.

Ponte de blanco, sueño, para

 ver en el monte la flor de la jara

Juan Ramón Jiménez
Baladas de Primavera, 1910

imáqenes- wikipedia

LO GRIS EN PLA

Cuando el 8 de marzo de 1918 —el día en que Pla cumple sus 21 años —comienza ese Diario riquísimo en sabiduría y sentido común y teñido  ya de escepticismo que es el “Cuaderno gris” confiesa entre millares de observaciones: “ He  mirado por todos los rincones familiares, he revuelto mi árbol genealógico, he interrogado a los más viejos y  he encontrado bien poca cosa. Evidentemente, en casa, lo que abunda es lo gris. “ Pero lo gris, que para otros sería lo anónimo y lo ordinario, la aburrida cáscara de lo normal, aquello que no dispararía el resorte de la noticia, para Pla cobra el valor y el color de lo gris en la paleta humana, con todo el encanto para contar aquello que aún no se ha dicho. Es la extraordinaria naturalidad del vivir gris de unos payeses, su filosofía al cruzar la existencia, las respuestas y las preguntas de un país y de un pueblo.

 “Los ojos de los becerros son bellísimos — escribirá en “Un viaje a pie” – Hay un mundo de cosas admirablemente dibujadas dentro del cristalino de estos animales tan graciosos, tímidos, indescriptiblemente tercos, negros, con unas manchas blancas, de una ternura infinita. Este animal puede valer treinta duros.  Tiene seis días o siete. Hay en mí un cierto sentido que me lleva a apreciar estas pequeñas cosas, estas maravillas. Contemplo,  con un payés al lado, un gallinero. A  mí un gallinero me hace pensar en la obra pictórica de Joaquín Mir. Casi  todo lo que pintó Mir contiene, flotando, las plumas, los colorines, de las aves de corral y de los animales domésticos. Posiblemente, Mir llegó a dar el color de la cresta de un gallo con exactitud perfecta. En Mir está el grisáceo de los conejos, la gamuza de los cuellos de tórtola, los blancos de los pichones, las plumas de las gallinas negruzcas o pintarrajeadas.”
Adjetivos, toques de prosa, matices de estilo en Pla:  la vida del campo dibujada con la pluma, la vida del mundo fija y clavada gracias a la observación de las cosas. 

José Julio Perlado

imágenes- 1 y 2: Joaquín Mir- wikipedia

FILMAR UNA FAMILIA (4): LA “BRASSERIE” LIPP

Entonces la cámara va lentamente hacia atrás, tal como me señaló mi madre al contármelo, y va dejando a un lado las mesas de la “brasserie” Lipp con sus asientos de piel púrpura, las cristaleras, los techos pintados por Garrey y los rincones  que ocuparon hace siglos Verlaine y Apollinaire, pero sobre todo el olor a chucrut mezclado con el codillo de cerdo que humea en las mesas,  aunque el olor no pueda transmitirse al cine, yo no podré, nadie puede, el cine es visión, sonido, pero no olor, aunque  mi madre decía que aquellas noches, al salir de Lipp en compañía de mi padre, llevaba consigo durante mucho tiempo aquel olor crudo, ácido, de la col, que tanto le gustaba, y el sabor espumoso de la cerveza en sus labios. La cámara recoge,  retrocediendo un poco, apartando al gentío que se asombra de que estemos rodando a estas horas una película,  y ya vamos, lentamente, poco a poco,  hacia la salida, hacia la calle, yo dirigiendo los enfoques que hace David, el fotógrafo, que retrata ahora el cercano mostrador dorado de Lipp donde un denso grupo de gente aguarda a que le designen mesa, porque esto está abarrotado como siempre, no tan abarrotado como me contaba mi madre en aquel viaje de novios de mis padres en París, con el bulevar Saint Germain iluminado, los cines repletos, la plaza de Saint- Germain con su histórica iglesia tan dibujada, las terrazas y toldos de “Les Deux   Magots”, el blanco cruzar de las chaquetas de los camareros, el cielo azul y oscuro de París, pero cuando se está de viaje de novios, hijo, me dice mi madre, uno no ve más que manchas generales de las ciudades, no se acuerda de muchos detalles porque desaparecen enseguida, son sombras, zapatos, luces y sonrisas, yo tenía ganas de sentarme en un cine cercano para  ver con tu padre  “Un hombre y una mujer” de Claude Lelouch y oír la música de Francis Lai, con Anouk Aimée y Jean- Luis Tringtignant , una música cadenciosa, que me ha devuelto imágenes durante muchos años, me ha hecho bailar yo sola en la cocina, movía las piernas, movía la falda, olía otra vez la atmósfera de aquel París, y yo creo que todo esto tu lo sabrás crear muy bien en tu película, porque los directores, aunque seáis jóvenes, acertáis con las notas para conmover a la gente, así que  olerás tú también Paris, olerás la atmósfera de aquel París que yo olía entonces, y que no venía del Sena, venía quizá de las profundidades, no sé, en un viaje de novios, hijo, no se aprecian los detalles, pasan rapidísimos, son  manchas agrupadas, los tienes que descubrir tu como director, tienes que esforzarte para recrear el ambiente, y sobre todo mostrar en tu película, la somnolencia de una ciudad en un viaje de novios, una nube, ir de aquí para allá al lado de tu padre en volandas de la vida, tu padre entonces tenía un bigotito fino porque así era la moda, y yo, me acuerdo y no me acuerdo, no sé, no sé si te lo explico bien, iba con  un vestido blanco vaporoso, aún no me había obsesionado con la idea de llevar pantalones, y entonces mi cámara sigue ahora a esa  falda blanca de mi madre, que había cumplido el mes anterior veinticuatro años y era joven, rubia, despreocupada,  recorría, cogida de la mano de mi padre, la noche de París, con unos tacones altos y elegantes como se llevaban entonces, y por eso filmo todo esto, así, con soltura, pero,también despacio, voy apartando a la muchedumbre que sale de Lipp y avanzo detrás del tiempo de mis padres, tan jóvenes, por Saint Germain des Pres, ruedo al fondo las casas de los intelectuales, las fachadas y la librería “La Hune” , a la que mi padre iba tanto y que ya no existe.

José Julio Perlado

(del libro “Carnet de un director de cine”)

relato inédito

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

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ENSEÑANZAS DE VISCONTI

La enseñanza de Visconti —decía el director de cine  italiano Francesco Rossi —consistió exactamente, en especial para quienes trabajaron en la personalidad de un artista, en algo intransferible y que no puede ser materia de enseñanza. En cambio, el método de trabajo constituye para Visconti, la base de una actividad formativa. La característica fundamental de Visconti es que puede poner a sus colaboradores en la situación más difícil, pero también más exaltante:  la de  aprender. Rara vez se dirigía a profesionales ya consagrados. Su mérito radicaba en detectar las posibilidades de una persona, llamarla para que trabajara con él, y llevarla, conforme a una disciplina muy peculiar hecha de rigor, orden y competencias cuidadosamente delimitadas, con el fin de asignarle a cada individuo las máximas responsabilidades. Era un maestro en el sentido literal de la palabra, un hombre que enseñaba, educaba y ayudaba a conocerse a uno mismo y explicaba cómo veía cierta imagen en todos sus detalles; se hacían los diseños siguiendo sus indicaciones,  se discutía el color, y también, cuando tenía en mente un color determinado no había modo de engañarlo: por ejemplo, el vestido rojo que lleva Claudia Cardinale en “El Gatopardo” : solo ese rojo podría expresar lo que él quería. Por último estaba la documentación. Con él se aprendía desde el principio a cuidar todos los detalles, él conocía con exactitud el color de la época. Un día fue a casa del pintor Giorgio Morandi que estaba rodeado de floreros, gruesos cristales y rosas en los que se inspiraba para pintar sus piezas de  naturalezas muertas, y de Morandi conservó los ocres de la tierra, las paredes rosadas y el cielo azul claro. Visconti detectaba a primera vista los defectos de cada actor, su vanidad, su histrionismo, su rebeldía, todo lo que él llamaba el “desorden” y provocaba horas y horas de ensayo. “Si ustedes se fatigan tanto peor, dormirán más tarde. Si no aguantan y no tienen nervios de acero, cambien de oficio.”

José Julio Perlado

imágenes- 1- una escena de “Obsesión” / visconti- wikipedia

LEER LAS FOTOGRAFÍAS

Las fotografías testimonian una elección humana en una situación determinada —decía John Berger —.Una fotografía es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento o ese objeto se han visto. Si todo lo que existe se fotografiara continuamente, las fotografías carecerían de sentido. Las  fotografías no celebran ni el  acontecimiento ni la facultad de la visión en sí. Son un mensaje  acerca del acontecimiento que registran. La urgencia de este mensaje no depende enteramente de la urgencia  del acontecimiento, pero tampoco es completamente independiente de éste. En su forma más sencilla significa: “ He decidido que merece la pena registrar lo que estoy viendo.”

 La pintura interpreta el mundo traduciéndolo a su propio lenguaje. Pero la fotografía no tiene un lenguaje propio. Se aprende a leer las fotografías de la misma manera que se aprende a leer las huellas o  un electrocardiograma. El lenguaje en el que opera la fotografía es el lenguaje de los acontecimientos. Pensamos en las fotografías en cuanto a obras de arte, en cuanto pruebas de una verdad particular,  en cuanto réplicas exactas o en cuanto nuevos objetos. Cada fotografía es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión total de la realidad. De ahí el papel crucial de la fotografía en la lucha ideológica.  De ahí la necesidad de que entendamos un arma que estamos utilizando y que puede  ser utilizada contra nosotros.

José Julio Perlado

Floyd Burroughs, algodonero de Alabama. Su retrato es una de las fotos más emblemáticas de las captadas por Walker Evans.

Imágenes— 1- foto Margaret Bourke- White/ 2- foto James Nachtwey/ 3- foto WalkerEvans

ATARDECER EN CAMBADOS

Veo Cambados en el atardecer con un sol rojo, que se desangra por todo su cuerpo, se derraman como manchas rosadas en brochazos de luz que alguien ha dado en el cuerpo redondo con enorme fuerza. Estaban aquella tarde las nubes grises, blancas, lejanas, cortando la cintura al sol, rasgando aquella rueda que descendía. Había grises en el cielo, en el muelle, manchas de gris en tapias y tejados alargados hacia el mar, en la izquierda. Había grises y blancos en vientres y alas de gaviotas planeando, ondulándose en el aire, atentas al vaivén del mar y al secreto de sus peces invisibles. Había alguna primera luz encendida, alguna bombilla que aportaba su luminosidad extraña a aquella hora. El conjunto de este rojo de sol, esta gama de blancos, azules y grises, el recorte de tierra y el gran campo de cielo cruzado por los gritos de las gaviotas, me hizo pensar en el gran espectáculo de la naturaleza ofrecido a los hombres. ¿Para qué? ¿Qué utilidad tiene esa riqueza de colores, esta puesta de sol presentada despacio, a la hora en punto, reuniendo todos los contrastes? Todo tiene utilidad para algo, pero hay cosas creadas que — además de su utilidad— nos ofrecen aún con mayor fuerza, su misterio de simple belleza. 

José Julio Perlado

imágenes- wikipedia

LOS RETRATOS DE ZULOAGA

Para Zuloaga, — decía el historiador Lafuente Ferrari — el retrato no se agota en la representación del personaje. Todo retrato lleva consigo, primero, caracterización, o sea acentuación de lo individual; segundo, simbolización, suma de notas que, asociadas al retrato mismo, pueden darnos idea de la proyección de su personalidad sobre el mundo, de sus pre- ferencias o su fisonomía social; tercero, composición, o sea valor puro de la pintura, relación de la figura con el fondo y unificación total del retrato en un esquema que lo convierta propiamente en cuadro.
La caracterización comprende, pues, la operación que el pintor realiza para extraer del modelo aquellas notas que expresen mejor su carácter, aún a costa de eliminar otras se- cundarias; en el carácter entran, no solamente los rasgos de parecido, sino los de gesto, mirada, acción, etc. Segundo, simbolización: la calidad especial del hombre o de su vida, su valor social, ha de aludirse en lo secundario, es decir, en la indumentaria del personaje, en las cosas que le rodean, en el paisaje del fondo …Tales notas actúan muchas veces como de refuerzo para caracterizar ai personaje.


Los espectadores o los modelos de Zuloaga sentían siempre que, de una manera misteriosa, el artista transfundía en sus efigies una vida poderosa e imperativa, en la que se insertaba algo de la fuerte personalidad y de la intensa energía del propio artista. Por otra parte, Zuloaga otorgaba a sus modelos una cierta grandeza de representación, una monumentali- dad de forma que, animada por la fuerza y la vida, suele hacer de sus retratos algo inolvidable. Ante sus modelos el pintor se sentía siempre tentado a eliminar notas del complejo individual.

Para Zuloaga — sigue diciendo Lafuente Ferrari — el carácter lo es todo; a ese carácter sacrifica detalles, rasgos y delicadezas, y, en cambio, subraya con atroz energía, gesto, acción y mirada. La mirada sobre todo. Se dijo que Zuloaga era el pintor de los ojos; pero esos ojos no nos invitan a penetrar en un alma, sino que nos imponen su personal y peculiar carga de fuerza. Carácter y vigor expresivos son, pues, para Zuloaga las notas que interesan en un retrato. Por ello, hasta en sus más lánguidos, exquisitos y delicados modelos femeninos, como la Condesa de Noailles, nos ofrece, como notas capitales, no el abandono ni la refinada negligencia, sino la tensión vertical de su erguida cabeza y la mirada profunda de sus grandes ojos negros de oriental, de enigmática penetración.

José Julio Perlado

Imágenes- 1-zuloaga – Valle Inclán / 2- Zuloaga- el enano Gregorio el Botero- Museo de l Hermitage/ 3-Zuloaga- autorretrato/ 4- Zuloaga- Condesa de Noailles)

FILMAR UNA FAMILIA (3) : EL TÍO ADOLFO

Hoy me paseo esperando y pensando en los actores. Hace buen día y he quedado con el tío Adolfo para intentar probarle como actor, y sé que él está emocionado tan sólo por poder participar en la película. El tío Adolfo sabe contar  historias. A mí y  a todos los demás  suele contarnos, por ejemplo, que él desciende del dueño del caballo blanco con el que Felipe ll en 1560 quiso honrar a doña Isabel de Valois, la que sería pronto su mujer, en su entrada en Toledo. Era un caballo guarnicionado, nos dice siempre el tío Adolfo,  de terciopelo morado, y con oro y perlas, frenos y estribos de plata, riendas de oro y arzones esculpidos en plata. No se ahorra nada en la descripción de detalles. Yo no dudo de que fuera de ese modo el caballo  porque yo no estaba allí, pero el tío Adolfo todos sabemos que tiene gran imaginación.  Si pudiera dibujaría permanentemente ese caballo blanco que tanto  le obsesiona.  De hecho, muchos años, en Navidad,cuando en familia estamos reunidos y tras los brindis nos encontramos algo más exultantes, el tío Adolfo nos entrega a cada uno un elegante tarjetón color crema, fechado y firmado por él como recuerdo, con el dibujo de la figura de ese caballo blanco de Isabel de Valois. Mi tío dibuja muy bien ese caballo, lo ha hecho siempre. Lo ha perfeccionado. Cada año le da un toque distinto a las riendas y a los arzones, o les pone más oro o les quita perlas a los estribos, depende del humor en que esté. Yo tengo en mi armario desde hace años, metidos en carpetas, los sucesivos caballos blancos que,según mi tío Adolfo,montó  aquel día la reina.  No me sirven de mucho pero son un ejemplo de su imaginación desbordante. Lo que más posee, y no puede dominar sino que es ella la que le domina a él, es su imaginación, y eso, como director de cine, a mí me interesa, quisiera aprovecharlo. Pero a la vez lo temo.  Porque en el momento en que le digo que quiero hacer una película de familia, me empieza a hablar impetuosamente de “El Gatopardo” y del palacio de Donnafugata, como si él estuviera allí, como si estuviera hablando con Angelica o con Tancredi y entonces tengo que pararle para decirle que no, que no es eso,  porque me está dibujando enseguida, en el primer papel que encuentra, el esplendor del palacio y hasta algún mueble de la casa, y naturalmente a toda la familia Salina, que se la conoce de memoria, y me dice inmediatamente que él estuvo un día de verano en Sicilia y que  conoció personalmente en el banco de un parque al propio Giuseppe Tomasi de Lampedusa, que le pareció un hombre solitario y enfermo, a quien no acababan de publicar su novela,  y yo le digo que tampoco es eso, que no se trata de eso, que no quiero meter en mi película  ni a Lampedusa, ni tampoco a la aristocracia. Nada de nada de lo que me cuenta. Yo le escucho siempre con gran respeto, porque me parece un hombre digno, y además es un familiar, y puede que sea verdad lo que me dice, pero ahora intento hablarle directamente de lo que quiero: quiero  simplemente probarle como actor. “Pues yo he conocido a muchos y grandes actores”, me interrumpe enseguida, y se lanza a hablar impetuosamente de los actores que ha conocido, muchos de los cuales, me dice, poseían una enorme vanidad. “Al lado de mi casa, por ejemplo, me comenta,  vivía un gran actor que cuando por las noches volvía del teatro, de hacer un Shakespeare o un Beckett, aún llevaba encima la máscara del genio y no miraba los semáforos, los despreciaba, era un hombre pequeño, nervioso, vocacional, todo ojos y concentración, hasta que un día, en una de aquellas vueltas, cuando iba ensimismado, lo mató un coche. “.

Contándome todo esto, mi tío Adolfo me mira desde su elegancia distinguida, diría que exquisita, casi sin moverse, observándome irónico desde  su monóculo azul. Él es un hombre alto, enjuto, que viste siempre de azul, corbata azul, traje azul. “Entonces, me pregunta  serio e intrigado, ¿ y yo qué tengo que hacer?”. “Nada, le digo, tú no tienes que hacer nada, tú haces de Adolfo, que ya es bastante, haces de lo que eres tú, simplemente de Adolfo.” Se desconcierta y le parece algo decepcionante y extraño. “ ¿Pero entonces no puedo cambiar papeles como hace Vittorio De Sica?”. Es un apasionado de Vittorio De Sica. “No, tu no eres Vittorio De Sica, no tienes por qué. Tú simplemente eres  tú. Con eso me conformo y me basta.” Entonces aprovecha ese pequeño resquicio de la conversación y me cuenta, de nuevo impetuoso, como hace siempre, cómo conoció a Vittorio De Sica en un viaje de dos semanas que hizo hace años a Roma y allí lo conoció, en Via Veneto, bajo las luces, los toldos y los “paparazzi. “Vittorio De Sica, me dice, estaba sentado en una de las terrazas junto a Claudia Cardinale, que es una chica que no me gustó nunca, con toda la belleza que dicen que tenía. A mí la Cardinale, con su voz ronca y su figura siempre tan arreglada, nunca me gustó. A mí, en cambio, me gustó Sylva Koscina, que luego la gente habló poco de ella, pero Sylva Koscina era una belleza, la auténtica belleza italiana.” Procuro cortarle en cuanto me deja y en cuanto puedo  y le insisto: “ pero tú solamente haz de Adolfo, ¿comprendes? No te tienes que preocupar por nada.  No tienes que hacer nada más.” “Pero entonces, me razona él, tendré que quedarme unos meses más en tu casa, porque si lo que quieres es filmarme, pues tengo que quedarme.” Entonces pienso en Sofía, en Paula, en Irene, en los armarios. “Sí, naturalmente”, le digo, “pero si es que esta es tu casa, Adolfo, ya lo sabes, no sé por qué me lo preguntas. Habla con tu hermana y lo arregláis entre los dos.” “¿Y el coche? ¿Qué hago con el coche?” “¿Qué coche?“ “He venido con el descapotable”, me dice. “¿Dónde meto tantos meses el descapotable? Porque, ¿ cuánto va a durar la película?” “Yo no sé lo que puede durar el rodaje. Un mes, quizá dos meses.., no lo sé.” La verdad es que es algo complicado dirigir a familiares que no son actores, y en esos momentos siempre me acuerdo de Pasolini cuando rodaba su “Evangelio” y escogía a amigos para que interpretaran. “No interpretes — les decía— .Sé tú mismo. Eso es lo único que me importa. “ . Eran escritores, críticos de cine, intelectuales, por ejemplo Natalia Ginzburg que hizo allí el papel de María de Betania, o gente de los suburbios. “Tú tienes que ser lo que eres habitualmente”, les repetía como yo hago con Adolfo, confraternizaba con ellos, les miraba a los ojos. Sobre todo les daba libertad. Yo le doy una libertad total a mi tío Adolfo, pero le veo un poco nervioso porque él no sabe, y así me lo ha confesado, en qué momentos le estoy filmando y en qué momentos no. Como suelo llevar mi cámara conmigo, pues me mira a hurtadillas en el desayuno, mientras me unto la mantequilla en el pan, y de reojo mira a ver si la cámara la he dejado reposando encima del aparador. Si está encima del aparador, respira tranquilo. Y entonces desayuna despacio, procurando no mancharse la corbata azul, porque va ya impecablemente vestido desde que sale de la ducha, una camisa blanca de dibujos con modernos gemelos, una chaqueta corta muy elegante para estar por casa que él abrocha con un cordón de terciopelo azul y una corbata también azul. Un dandy. Debe gastarse un dineral en colonias porque como es soltero y rico y puede hacerlo, pues huele siempre a colonia fresca, y hasta a juventud, y a mi madre eso le encanta. “Entonces”, me dice al acabar el desayuno, “si no me necesitas para nada, me acerco a la Bolsa”. “¿Vas mucho a la Bolsa?, le pregunto. “Casi todos los días””¿Y tienes beneficios? ¿te compensa?” “ No, si yo a la Bolsa no voy a jugar. Voy a ver a mis amigos. Tienen muchos problemas.” Me empieza a hablar de sus amigos y de sus problemas y pasamos al salón. Entonces le pido suavemente:  “Siéntate Adolfo”. “¿Me vas a filmar?, me pregunta inquieto, “¿me cambio de ropa?”” No, no te cambies de nada. Cuéntame lo de tus amigos y sus problemas que me interesa, ¿qué hacéis allí, qué problemas tienen? Tú sé tu mismo y olvídate de mí”. Le cuesta olvidarse de mí, naturalmente. Cuando tomo la cámara y me siento en un ángulo del salón y tranquilamente le voy filmando con toda naturalidad, aún está inquieto algunos momentos, pero luego se suelta como siempre. Se lanza muy seguro, como si lo viviera. Tiene ahora un amigo reciente, me dice, que se llama Sebastián Roig y que es aficionado al arte, pero que tiene muchos problemas. Va detrás de comprar un paisaje de Corot, concretamente el “Paisaje del Morvan”, que le gusta, y para el que tiene un dinero reservado. Es un óleo sobre lienzo de 1842 que cree que está en el inventario del Louvre, pero no está seguro. Él sabe que estuvo en la subasta Cognacq, de 1952, porque sigue todo el mundo de las subastas y se sabe de memoria los precios y las ofertas. Y yo le hablé, me dice Adolfo, de que podía ocuparme de hacerle una gestión escribiendo a la Fundación Cognacq o al museo del Louvre para averiguar todo eso, y escribí a un amigo mío del Louvre que tengo allí, en los talleres de restauración, por si podía investigar algo, pero no me contestó. En cambio, en la Fundación Cognacq sí me dijeron que allí tenían seis Corot, cuatro Sisley, dos Manet y un pastel de Degas, además de muchas otras cosas. Nos hicimos muy amigos Sebastián y yo cuando le conté que mi abuelo Adelardo, ¿ tú te acuerdas del abuelo Adelardo?, me dice, estuvo precisamente en París, en mayo de 1952, en aquella subasta Cognacq, a la muerte de Gabriel de Cognacq, y donde se expusieron telas importantes, pero también esculturas de Rodin y de Maillol  y de otros. Fue muy importante aquella subasta Cognacq, no tan famosa como  la de Kahnweiller en 1921, pero parecida. Gabriel Cognac se había hecho un nombre en los almacenes de “La Samaritana” en París y tras mil peripecias políticas murió y sus descendientes tuvieron que ir a la subasta. Yo le digo a Sebastián que mi abuelo Adelardo aún se acordaba de aquella subasta porque allí unas “Manzanas” de Cézanne se adquirieron por 33 millones de francos, una cantidad que entonces pareció astronómica. Habla y habla Adolfo y la verdad es que da gusto oírle porque lo hace con una pasión y una seguridad total, como si le fuera la vida.


“¿Te aburro?, se interrumpe y me dice de repente, ¿te interesa?” “ Naturalmente que me interesa, Adolfo, tú sígueme contando”. “¿Pero me estás filmando?”, me pregunta aún con un poco de prevención. “Esto son pruebas, le digo para tranquilizarle, en el cine hay que rodar muchos metros para luego elegir. Tú sígueme contando lo de tus amigos y lo que hacéis en la Bolsa”. Y entonces me habla de los problemas que tiene otro amigo suyo, Antonio Cruz, al que intenta ayudar. Me cuenta que su amigo es un apasionado de la ilustración en todo tipo de cosas, pero sobre todo en los libros, y a la vez un apasionado del campo. Son los dos amores que tiene. Está buscando una edición que sea rara de dibujos del campo, especialmente del campo de Castilla, porque le apasiona Castilla, un libro en donde estén bien dibujados los páramos, veredas, ribazos y los pueblos en la lejanía, y tantas cosas más, no la fotografía, la fotografía a Antonio no le interesa tanto, me dice, le interesa el dibujo, el grabado, la ilustración  de Castilla, y si además está bien escrito el libro, pues mejor que mejor. Y yo entonces me ofrecí a Antonio, me sigue diciendo Adolfo, porque me acordé enseguida de uno de los sobrinos del gran grabador e ilustrador catalán, Jaume Pla, porque había coincidido con él casualmente en las reuniones de la comunidad de mi casa porque el vivía en mi misma casa, y un día, charlando, me había contado una curiosa anécdota que tenía de su antepasado: pues parece ser que Jaume Pla, hacía muchos años, debió ser esto  al final de los cincuenta, había terminado unos diecisiete grabados al buril de paisajes castellanos y estaba buscando un escritor que con su texto acompañase a los grabados, es decir, lo contrario a lo que ocurre habitualmente, que el escritor escribe y busca un ilustrador, pues aquí no, aquí era lo opuesto, el ilustrador buscaba a un escritor. Y Jaume Pla se decidió a visitar al escritor Miguel Delibes en Valladolid para enseñarle los dibujos. Tardó bastante en convencer a Delibes, pero su criterio exigente le seguía diciendo  que un libro era la suma del valor literario del texto, su perfección tipográfica y el acierto ilustrador, y le insistió tanto a Delibes  que lo convenció. Me contaba este sobrino de Pla que Delibes decía luego que los grabados sobre Castilla habían sido muy  persuasivos y convincentes, y que no fue Pla quien ilustró sus textos, sino sus textos los que ilustraron los grabados de Pla. En resumen, diecisiete dibujos admirables de aquellas largas extensiones castellanas que a Antonio tanto le gustaban, y además el libro de Delibes, que era “Castilla” en su primera edición de 1960, y que aún ahora estoy buscando.”¿Te aburro?, me dice de pronto Adolfo, ¿de verdad te interesa?”. Es Adolfo en estado puro, un hombre elegante, incansable, que habla como una catarata, gran amigo de sus amigos, que se mete por mil vericuetos sin ser llamado, que inventa y cuenta, unas cosas son verdad y otras no, pero él no lo sabe, va hasta el final, entusiasta, yo creo que se entusiasma con cualquier cosa e intenta, si le dejan, entusiasmar a los demás,  se lanza a contar, a resolver, desde que se jubiló de notario, pues era uno de los notarios más valorados de Madrid, no le gusta nada estar en casa, va a tertulias, a la Bolsa, a museos, a la hípica, se sienta en alguna de las terrazas, se pone cómodo, escucha, interviene, aprende, interroga, todo le parece interesante. “Si te parece, me dice de repente levantándose ahora del sillón del salón, me voy a la Bolsa. No sé si me has filmado o no, eso ya no lo sé, ni si te ha servido algo de lo que te he contado, pero con tu permiso, voy a cambiarme y me voy a la Bolsa, que he quedado con mis amigos.”

José Julio Perlado

(del libro “Carnet de un director de cine” )

relato inédito

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ASCENSIÓN

El caserío anidó en el acantilado.

Entre nubes y nieblas la posada :

Atalaya para ver la caída del sol.

Abajo el agua repite montes ocre.

Se encienden las casas de los pescadores.

Un bote solo, anclado. Los pájaros regresan.

Soledad grande. Se apagan cielo y tierra.

En calma, frente a frente, el ancho río y el hombre

 Wang Wei

 poeta chino – 760 después de Cristo

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VIEJO MADRID (105) : LOS BODEGONES

En los bodegones — escribía Ramón Gómez de la Serna en su “Elucidario de Madrid”—palpita el elemental apetito primero. El que lo tenga perdido, sólo con asistir al espectáculo del bodegón lo irá recobrando mejor que con otros estimulantes, entre ellos la copa amarga, que parece el recurso último y supremo. Ya quedan pocos bodegones con ese aire sin engaño del verdadero bodegón; pero de vez en cuando se inicia alguno o se realza la taberna que llevaba vida oscura, y su lombarda vuelve a ser la lombarda enajenadora— por el ajo que la sonríe— y el chico del bodeguero —- ¡nada de menús escritos! —repite toda la tirada del verso de lo que hay, repitiendo la lista en todas las mesas y evitando así que la cartulina se manche de aceite y vino. El mediodía es la hora típica del bodegón, cuando se observa la espera típica del hambre, que es espera sin lectura, echado de manos el que espera, con los ojos fijos en el horizonte por el que ha de aparecer el cocido. Ya no hay en el escaparate del bodegón aquel barreño con fuego en que se iban haciendo y recociendo los pucheros del cocido.


Los días optimistas busco mi bodegón y me mezclo a los arrieros, que comen con el látigo abrazado al cuello, y observo a esos tipos con mirada de perro que no acaban de saber quién es el prójimo. El bodegonero me trae la olla con la misma prisa y cuidado que a los demás, y cogida la tapadera contra el cuello y el asa del puchero, como si abriese una castañuela, deja salir sólo el caldo , para que después figure en vez aparte lo que es más sólido en el cocido.

José Julio Perlado

Imágenes- 1- wikipedia/ 2- arte rural / 3- bodegón- paseos Madrid com)

OJO GALDOSIANO SOBRE MADRID

 El ojo galdosiano comienza su paseo en la Plaza de Oriente para contemplar el Palacio Real y al otro extremo de la Plaza, el Teatro Real. El ojo camina por la calle del Arenal para llegar hasta la iglesia de San Ginés donde los personajes de Galdós acuden a oír misa. Se adentra luego el ojo en la Puerta del Sol y toma la carrera de San Jerónimo, hace un alto en La Fontana de Oro, donde existe una placa que recuerda la novela del mismo título. Sigue el ojo hacia “Lhardy”, y luego se dirige a la calle de los teatros, la calle del Príncipe, para encontrarse con el Teatro de la Comedia y el Español , donde Galdós estrenó sus obras y fue recibido entre vítores y aplausos. Sigue el ojo galdosiano por la Plaza de Santa Ana y luego va por la calle de San Sebastián hasta llegar a la de Atocha. Allí está la iglesia de Santa Cruz, donde tenía su sede la cofradía de la Paz y Caridad y que se encuentra situada en el solar que ocupaba el convento de Santo Tomás. Continúa el ojo galdosiano hasta la plaza de Provincia, emplazamiento de la Cárcel de Villa, ahora convertida en sede del Ministerio  de Asuntos Exteriores. Después el ojo pasa por la calle Imperial, que le lleva a la de Cuchilleros, momento para tomar un refrigerio en la  casa de comidas Sobrino de Botín. El ojo galdosiano  llega así a la Cava de San Miguel, donde Fortunata tenía su domicilio y desde donde oía el piar de los pajarillos que tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las crines de bronce del caballo de Felipe IIl. Aún el ojo se distrae con los ecos de la antigua plaza, con sus tiendas de gorras y paños del Reino, como las de Albert o Estupiñá,  salidas de la pluma de Galdós, y los ilustres cafés del Gallo y de Platerías, ambos desaparecidos. 

Y aún el ojo recuerda  la Posada del Peine, El Botijo, el Teatro de la Zarzuela, la Academia de San Fernando, Conde Duque, el Congreso y el Museo Del Prado antes de retirarse a descansar.

 

Es todo un Madrid encerrado en unas grandes novelas, abierto a una época y a unas costumbres.

José Julio Perlado

Imágenes- 1- comercio del mundo de Galdós/ 2- la ilustración española y americana-1875/3 – Plaza Mayor

SOBRE FAULKNER

 En el “William Faulkner”, de Millgate, hablando de sus dos libros mejores para él, “El  ruido y la furia” y “Luz de agosto”, y comparándolos con otras obras suyas, Faulkner dice: “ Un día pareció como si se hubiera cerrado una puerta para mí y todos los teléfonos y direcciones de las editoriales”. Me dije: “Ahora puedo escribir:  ahora puedo hacerme un florero como el que aquel viejo romano mantenía al lado de su cama y lentamente consumía el borde besándolo. Así yo, que nunca había tenido una hermana y fui condenado a perder a mi hija en mi infancia, me dispuse a crear una niñita hermosa y trágica.” Y prosigue Millgate: “la niña fue Candy, la heroína de “El ruido y la furia”. Faulkner declara también que “El ruido y la furia” es la única entre las novelas que tenía entonces terminadas y ello se debía a que él la había escrito sin ninguna sensación de obligación o esfuerzo, sin ningún sentimiento interior de cansancio, alivio o disgusto. Cuando la comencé no tenía plan alguno. Ni siquiera  estaba escribiendo un libro. Sólo pensaba en libros o publicaciones de una manera negativa, diciéndome que no debería preocuparme si las editoriales aceptarían el texto o no. Únicamente “El ruido y la furia”, dice Faulkner,  me proporcionó “esa emoción definida y física y sin embargo difícil de describir: ese éxtasis, esa ávida y jubilosa fe y anticipación de la sorpresa que la inmaculada  hoja mantenía esperando ser desencadenada”. Una vez rechazada y al fin admitida por los editores, Faulkner vuelve a caer en la tentación de especular sobre los libros como posibles fuentes de ingresos y escribe “Santuario” en unas tres semanas, que bien pudieron ser cinco meses. Pero sin esa sensación vivida al escribir “El ruido y la furia”. Esta novela se vendió  mal en una época en que Faulkner estaba muy necesitado de dinero para mantener a su nueva familia,  aunque hubo críticos que la acogieron calurosamente.

 “Por ser artista — decía Faulkner— entiendo a cualquiera que ha tratado de crear algo que no se encontraba allí antes, sin otras herramientas y materias primas que aquellas, no comerciales, del espíritu humano.”Declaraba asimismo que el artista siempre tiene que fracasar en su esfuerzo por llegar a la perfección, pero “aún el fracaso es meritorio y admirable, siempre y cuando el fracaso sea espléndido,  inalcanzable y sin embargo valioso, ya que es el sueño de la perfección. Tal vez lo que necesitamos es un puñado de mártires pioneros que entre el éxito y la humildad, opten por lo segundo.”

José Julio Perlado

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EVA Y LA SOLEDAD

Entonces Eva entró mientras yo estaba trabajando y se sentó en una silla de mi despacho con ánimo de contarme algo. Venía con una de esas historias de sus amigas tan importantes para ella y por las que necesitaba desahogarse. Y yo dejé todo, me incliné un poco en mi sillón  de orejeras, y presté atención. Se trataba de Inés, que cruzaba medio sonámbula la calle con riesgo de que la pillara un coche, la cabeza abarrotada de pastillas anti depresivas. para superar el tema de su marido. Pero Eva no lo contaba así ; tiempo después pude recuperar su voz: “¿Inés?, no te imaginas cómo estaba hoy, iba con el carrito de la compra como si lo arrastrara, no miraba los semáforos, yo la llevé casi de la mano de una acera a otra, porque un día, le dije, te mata un coche, tienes que reaccionar, hay gente en la vida mucho peor que tú, no puedes ir como una borracha de pastillas, pero ella no me escuchaba, seguía y seguía hablando del infierno que vive con  su marido.“Ahora tengo dos enfermeros, me decía, pero aún así no aguanto más,  un día se me escapa de casa, mi hijo mayor no me apoya, se ha puesto de parte de su padre. “ Yo creo, ¿ sabes  que pasa?, me decía Eva, que ella siempre se ha ocupado de sus nietos, ellos han sido su salvación, años y años trayendo y llevando a sus nietos al colegio, pero eso ya se acabó, los nietos han crecido como todos los nietos del mundo, no quieren saber nada de su abuela, son mayores, vienen los domingos a darle un beso y a pedirle dinero, y eso se acabó, todo ese tiempo en que ella se refugiaba en sus nietos ya no existe”. “Tengo que ir al psiquiatra,me decía Inés esta mañana, y yo le he dicho, No, Inés, tú no tienes que ir al psiquiatra, lo que te tienes que ir pensando es cómo internar a tu marido en una residencia, hay residencias buenas por aquí, algunas son un poco caras, pero encontrarás una cercana y barata, allí tienes que meter a tu marido, pero no por egoísmo sino por él, por él y por ti, tienes que quitarte de las pastillas… “ Y la voz de Eva proseguía en una historia que yo ya conocía porque la había oído muchas veces y entonces puse menos atención y ladeé un poco la cabeza en una de las orejeras del sillón, y pensé que si algún día me quedo  solo en este piso  me arrepentiré de no haber escuchado bien, porque ¿a quién le va a contar todo esto Eva si no a mí? , y ahora, cuando abro las puertas de las habitaciones vacías, y veo lo larga que se hace la tarde en este piso sin nadie, y veo el sillón de orejeras, pienso en aquellos momentos desperdiciados, en la voz de Eva contándome las mismas historias de siempre, la voz , la voz de Eva, la voz…, y doy una vuelta  más por el pasillo interminable y apago la luz. 

José Julio Perlado

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