«CIUDAD EN EL ESPEJO» (4)

 

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (4)

 

«Está brillando el día por la calle de Trafalgar esquina a la plaza de Olavide, coches que entran veloces por el subterráneo que alcanzará la calle de Eloy Gonzalo, automóviles que van y vienen bajo las planchas de acero y de tierra ignorantes de que un hombre queda perplejo ante el espejo de esta pensión, nunca serán conscientes de lo que ocurre. Hay un aroma a fritos de los primeros desayunos, cucharillas y tazas en cafés de Chamberí, tintineo musical en mostradores, la prisa de la hora, máquinas de café que humean su sofoco, voces, gritos, mandatos, órdenes de camarero a camarero, el Madrid de la lengua y de los ruidos, Ese ruido, doctor, me aturde, dirá Ricardo al médico. Yo amo el silencio, amo la soledad, amo el mutismo, lo aprendí en mi trabajo en la Biblioteca Nacional. Madrid no se oye a sí misma a causa de los ruidos. Parece que estuviera preparando su concierto de la jornada, el desconcierto de su concierto, no la calidad del rumor, no el ronroneo orquestado sino la algarabía envuelta en humo y coronada por la polución con la que no podrá ya la mansa primavera. Una gruesa paloma, pequeña, hinchada e impasible, recorre oronda, lanzando sus patas finas y sonrosadas, casi en carne viva, el borde del balcón de esta pensión en donde «Las Meninas» están apareciéndose, Fueron primero los blancos, don Pedro, le dirá Ricardo al psiquiatra, la amplia falda con guardainfante de la Infanta Margarita lo que me deslumbró, Al doctor Martínez Valdés le asombrará la expresión, «falda con guardainfante», pero nada dirá. Tiene a un guía ante sí, guía del Prado, hombre que ha debido estudiar, que tiene sus expresiones peculiares, que posee, en fin, formas de expresarse. Fue la cara luminosa de esa infanta de cinco años, nacida en 1651, Velázquez pintó el cuadro a fines del verano del 56. Está hablando trastornado Ricardo Almeida, estará ante el psiquiatra mirándole, pero seguirá ante el cuadro, el pincel de Diego de Silva Velázquez aún en el aire parece a punto de tocar la paleta para pintar ese rostro demudado del guía, la palidez de sus mejillas, sus manos hundidas en el agua, los ojos desorbitados. Aparece inclinada y arrodillada en el espejo del lavabo una de las meninas de las que habló ya Ricardo, doña María Agustina Sarmiento, que queda de perfil y ofrece por los siglos de los siglos, hasta que acabe el mundo, hasta que arda el Prado, hasta que Madrid salte por los aires, Que ofrece, fíjese don Pedro, le dirá Ricardo Almeida a su médico, Ofrece a doña Margarita, la Infanta, encima de una salvilla plateada, un búcaro o harrita de barro coloreado, he ahí el contraste. Por qué contraste, interrogará en un murmullo Valdés, poco sabe de pintura este doctor pero está ya interesado, no apresado aún, todavía no imantado, pero sí interesado, Por qué contraste, vuelve a preguntar.

Todo el espejo del lavabo de este pequeño cuarto se ha ido llenando muy lentamente de personajes. Los blancos son distintos, la luz que ciega a Ricardo Almeida cuando mira fijamente el cristal, desvela una tonalidad muy clara en los trajes de las dos meninas que acompañan a la Infanta y un mayor esplendor, una rotundidad de tono crema en la anchura central del vestido que cubre a Margarita.

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

Hay blancos también, salpicados y punteados, deslizados suavemente por el pintor, en las mangas y en los lazos conque se adorna Maribárbola, la enana macrocéfala, Usted sin duda la conocerá, doctor, seguro que la recordará, agrega Ricardo al médico, es Maribárbola, la enana de origen alemán. Por la derecha del espejo, saliendo de lo opaco e iluminada extrañamente por el resplandor de una alta ventana que alumbra el cuarto de esta pensión en la plaza de Olavide, Diego de Silva Velázquez, a las siete y diez de la mañana, va pintando sin querer, rápida y velozmente, con un realismo y precisión pasmosos, esta cabeza hinchada y a la vez aplastada, el rostro enorme y lleno, los ojos diminutos sobre los labios y la nariz juntos y machacados por la deformidad, el cabello largo y suelto, la estupidez, la inexpresividad. Me miró Maribárbola, don Pedro, le dirá Ricardo al psiquiatra, y entonces fue cuando saqué las manos del agua, empecé a no tener miedo, sabía que no me podía afeitar y que debía mirar todo lo que apareciera en el espejo, me aparté un poco. Ahora habla con naturalidad, como si lo viera, con un asomo de valentía. Y cuando menos puede esperárselo el médico, añade:

– Entonces, empecé a andar por el cuadro.

Y entonces usted empezó a andar, repetirá en su momento el psiquiatra Martínez Valdés, y lo dirá con toda sencillez, sin la menor extrañeza. A los pacientes hay que seguirles la conversación y el raciocinio, a los supuestos locos no hay que forzarles nunca, tampoco a los cuerdos, a los supuestos cuerdos de la vida, que la existencia es un ir y venir de asentimientos: el río de las conversaciones se desliza en un abrir y cerrar de labios, las conciencias suelen derramar casi sin querer cuanto llevan dentro y lo hacen con una ligereza y suavidad tan inauditas

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

que los médicos están para eso, para dejarse invadir por sus conversaciones y monólogos, los buenos médicos deberán ser, como así lo es el doctor Valdés, oídos atentos, órganos perceptibles y repetitivos, extremadamente sensibles cuando haga falta, aptos, muy preparados, años de consulta han hecho que lo más inverosímil de la existencia de un salto de repente y en su voltereta quede todo tranquilamente en pie, veraz, y tal y como si siempre hubiera ocurrido. Y es que ha ocurrido así: tiene esta galería de «Las Meninas», dirá Ricardo Almeida a su médico y enseguida se corregirá, Pues de este modo lo escribe Palomino, y habrá de preguntar de inmediato, Sin duda, doctor, habrá leído usted a Palomino, su obra se titula El Museo Pictórico, e insiste, fijos los ojos en el médico, La leyó o no la leyó, es esencial. Don Pedro Martínez Valdés no sabe esta vez cómo escabullirse: No, no la ha leído, responde. Pero es como si nada hubiera dicho: seguirá su discurso Ricardo Almeida, le sale de dentro su erudición de guía, lo que aprendió, aquello que estudió, el poso de sus conocimientos. Tiene esta galería, sigue Ricardo mirando al médico, varias ventanas, así lo describe Palomino, ventanas que se ven en disminución y que hacen parecer grande la distancia; es la luz izquierda que entra por ellas, y sólo por las principales y últimas. El médico no se atreverá a interrumpirle y es Ricardo invadido de ideas y de luces el que proseguirá: el pavimento es liso, y con tal perspectiva, que parece se  puede caminar por él. Y el doctor Valdés aprovechando esta frase última, sugerirá:

– Y fue cuando usted se puso a caminar, me decía.

– Sí, don Pedro – dirá Ricardo -. yo eché a andar por el cuadro.

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

 

Quédase embobado Ricardo Almeida García, va en pijama, son las siete y diez de la mañana en Madrid, las siete y diez en el espejo del lavabo de esta pensión en la plaza de Olavide número nueve, El perro no se movió, don Pedro, Me refiero al gran mastín echado a la derecha del cuadro, sus patas alargadas, soportando en su lomo el pie del enano Nicolasico Pertusato. Ahora hay un gran silencio en el cuadro, Las figuras que miran a los reyes que a su vez las están mirando o que quizá miran al pintor, tal vez al propio espectador, eso nunca lo sabrá nadie, dejan pasar inmóviles a este guía de cuarenta y seis años que avanza hacia el fondo. El autor de Museo Pictórico, Antonio Palomino de Castro y Velasco, no sabrá contar de modo preciso que entre las figuras maravillosas que hizo don Diego Velázquez, una fue la del cuadro grande con el retrato de la señora Emperatriz, entonces Infanta de España, Doña Margarita de Austria, siendo de muy poca edad, pero que hacia ella y sin inmutarse marcharía tres siglo después el guía del Prado Ricardo Almeida García, natural de Madrid, vecino siempre de la capital, hombre de contextura redonda y cabeza hinchada y muy grande, trabajador como pocos a fuerza de codos, autodidacta casi, estudioso a la luz de una lámpara en infancia y adolescencia, atormentado por su padre al que a la vez admiraba, maestro que fue de profesión, llamado su padre José Almeida López, hombre serio, enjuto y reconcentrado, que rumió muchos pensamientos y que poco dijo en la vida a su hijo, sumido en personales tenebrismos. A los pies de Doña Margarita de Austria está de rodillas Doña María Agustina, menina de la Reina, hija de Don Diego Sarmiento, como también contará Palomino, Pero fue por el otro lado, don Pedro, fue por entre el perro y entre la enana Maribárbola, apenas rozando la gran falda marrón de la otra menina y que luego sería dama, Doña Isabel de Velasco, hija de Don Bernardino López de Ayala y Velasco, Conde de Fuensalida y Gentilhombre de cámara de su Majestad, le dirá Ricardo a su médico, fue por allí por donde yo me metí, y lo hice muy despacio, no tenía prisa, sí, no lo escondo, algo había que me llamaba, algo me acuciaba, yo no tenía, sin duda, más que llegar.

Se queda, pues, a la derecha de este guía del Prado que hoy es paciente del doctor, en término más distante y en media tinta, en lo profundo del cuadro, Doña Marcela de Ulloa, señora de honor, y junto a él, en sombras, un guardacamas, como entonces se llamaba a esta penumbra que el pintor revela. Muy al otro lado, a la izquierda, está el mismísimo Don Diego Velázquez, en apariencia inmóvil, pintando: tiene él la tabla de colores en su mano siniestra, y en la diestra el pincel, y la llave de la cámara y de Aposentador en la cinta, que no sólo lo dice Palomino, sino que personalmente yo lo vi, dice Ricardo Almeida, y eso lo admiran todos, don Pedro, así como el hábito de Santiago, que después de muerto Velázquez, le mandó Su Majestad le pintasen.

– ¿Y qué hizo usted, Ricardo?- le dirá el médico muy interesado.

Hay que llamar por su nombre de pila a los pacientes,  así parece recomendado, hay algo singular en cada nombre, ellos mismos se muestran singulares, nunca se creen multitud.»

José  Julio Perlado

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(Continuará)

 

 

Pale Blue II 1970 by Jules Olitski 1922-2007

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm/4.-Sandy Skoglund-all-art-org/ 5.-Jules Olitski.-1970)

 

HISTORIA Y PERIODISMO

 

Prácticamente todo cuanto está escrito en el periódico de hoy es historia, lo que aparezca en cualquier jornada sea cual sea el diario, la revista y su periodicidad, la grabación televisiva o radiofónica, muchos de los textos distribuidos por las nuevas tecnologías, todo ello es utensilio capital en el taller del historiador. El historiador investiga, rastrea los hechos ocurridos, compara, coteja versiones, acumula y selecciona, complementa lagunas, descubre indicios reveladores y, entre mil operaciones más, a veces se queda con la incógnita en el aire, tal y como si el enigma, a pesar de los datos, no consiguiera desvelarse.

Recordaba todo esto cuando hace algún tiempo leí el libro de Raymond CartierHitler:  al asalto del Poder”. Allí aparecía un párrafo inicial del doctor judío Eduard Bloch: “En mis cuarenta años de práctica médica nunca había visto un dolor tan desgarrador como el del joven Hitler”. Naturalmente, Adolfo Hitler tenía en ese momento diecinueve años y la fecha era el 23 de diciembre de 1908. Acababa de enterrar a su madre en el cementerio de Leonding.

 

 

Cartier intentaba culminar una obra de histora ayudándose con el amplio bagaje del periodismo. Se le había proporcionado la documentación que provenía de multitud de fuentes en gran número de países, especialmente de archivos privados y de colecciones de diarios y revistas del mundo entero. Flor de un día parecía una noticia en cualquier periódico del mundo, pero no era así. La noticia y sus variadas interpretaciones, las omisiones y deformaciones, así como las fidelidades a la verdad se entrecruzaban continuamente. El periodismo, a veces sin darse mucha cuenta, lleva consigo el peso enorme de una responsabilidad inmediata, asimismo proyectada hacia el futuro. El pasado se va reconstruyendo pieza a pieza por el historiador que puede ir hasta el escondite de los archivos secretos cuyo sello en silencio el tiempo desvela y hasta hace poco consultaba esas hemerotecas quizá ya polvorientas y hoy sustituidas por bancos de imágenes.

Cartier, como tantos otros grandes periodistas, entregaba en aquel libro su gran caudal de amplios estudios y lo hacía con la minuciosidad y el rigor que une al periodismo con la Historia, reflejada en una de sus frases: “Nunca he tenido otra profesión que la de periodista”. Y sin embargo era con esa profesión cuando cruzaba el umbral del historiador.

 

 

(Imágenes- 1- webdeapplecom 2- Stuart Davis- 1924 -artnet/3- Alain Pontecorvo)

«CIUDAD EN EL ESPEJO» (5)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (5)

 

«- ¿Qué hizo usted, Ricardo? – insistirá el doctor Valdés.

El médico sabe bien lo que hizo, pero a Ricardo Almeida lo han traído hasta alí para hacer confesión personal, que es la que vale, el vómito de la conciencia, la palabra en coágulos, frase en borbotón. Ricardo Almeida no parece ahora estar en el despacho del psiquiatra, avanza, se adelanta, Sobre la profundidad de Velázquez, añade el guía, se han escrito artículos, estudios, libros, hay infinidad de pareceres, yo andaba sobre esa profundidad, por encima de ella, don Pedro. Marcha ahora en pijama este hombre al que alumbra el resplandor último de esa puerta desde donde José Nieto le mira. Es que acaso va a cerrarse esa puerta del fondo, o tal vez es que se quiere abrir aún un poco más, entonces qué hace esa figura en el dintel, es que acaba de llegar o es que se marcha ya, quizá ni siquiera esperará a que avance este hombre, cómo es posible que Velázquez no la retenga. Pero Velázquez lo retiene todo, No le miraba yo a Velázquez, don Pedro, ni Velázquez tampoco me miraba, ese cuadro de «Las Meninas» posee tal profundidad y transparencia, añadirá Ricardo Almeida, y ahora ya no fija la vista en su médico sino que queda aturdido en lo infinito. Me miró entonces el paciente – querría escribir en su informe el doctor Valdés pero no podrá redactarlo nunca – con un estrabismo convergente y con beatífica sonrisa, y parecía, (así le hubiera gustado relatar cualquier ponencia), justamente el  bufón Calabacillas sentado ante mí, el llamado erróneamente Bobo de Coria. Me pareció un ciego feliz y acorralado por la vida que me dijo:

– Don Pedro, yo ya no sé si estaba en el espejo del lavabo del cuarto de la pensión, o caminaba hacia el espejo que hay al fondo del cuadro…

– ¿Pero dónde creía estar usted de verdad, Ricardo? – le preguntará realmente el psiquiatra.

Una iluminación desciende de los techos del Museo. Así al menos lo cree el enfermo. Espejos grandes, enmarcados en escudos dorados y emblemas bicéfalos, estampan un tibio vaho de empañado cristal. Hay finos aparatos modernos, estratégicamente situados a media altura en la mente de este hombre, aparatos que mantienen en perfecto equilibrio clima y ventilación en todas las salas. El Museo, dentro de la cabeza de Ricardo Almeida, tiende, de cuando en cuando, cordones de separación ante lienzos valiosos. Grandes losetas cubren el suelo y llegan los primeros adormilados vigilantes vestidos ya con su uniforme: blanca camisa, corbata, chaqueta azul, hombres de cuyos pantalones cae de la cintura hasta el pie una raya dorada. Aún no habían llegado, don Pedro, mis clientes, dice el guía, los de las lenguas extranjeras, Me aturde el inglés, doctor, más aún el alemán y el japonés, del japonés nada sé, conozco sólo el italiano y el francés, y comienza a balbucear este bobo de Coria ante la mesa del psiquiatra, Diego de Silva, né à Seville en 1599, mort à Madrid en 1660, àgé de 61 ans, elève de Francois Herrera le vieux et de Francois Pacheco, y con los ojos extraviados

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

del Calabacillas y las manos crispadas y con la estúpida sonrisa de bufón, añadirá presumiendo, Ma quello che si è tenuto, e si tiene in grande stima, si è l`eccellente quadro istoriato della Infanta Donna Margherita Maria d`Austria ancor bambina assistita da altre della medesima età, e da differenti personagi, con due figure di nani, e dietro Don Diego Velázquez, che la ritrata.

Y calla Ricardo.

Ha aguantado Don Pedro Martínez Valdés toda esta retahila de cosas porque todo, o casi todo, en el despacho de un médico suele ser escuchar y atender, a veces asentir, siempre esperar. Es como si el paciente se encontrara ahora en la sala número quince de la planta principal del Museo del Prado, allí donde reposan «Las Meninas». Mira el enfermo con ojos deslumbrados al doctor y sus pupilas parece que le gritan: Oh Velázquez, sus tres dimensiones, Sevilla, Madrid, Italia, los viajes, la Corte, O acaso ustedes no recuerdan que a Velázquez lo visitó Rubens en 1628 y que fue éste el que debió aconsejarle que viajara a Italia, Porque al principio, fíjense, Acérquense más aquí, lo escucharán mejor, En Sevilla, con el maestro Pacheco, fue el naturalismo tenebrista, propio de la mitad del XVll, Y luego sería la plenitud barroca de la segunda mitad del siglo…

Hasta que de repente arranca igual que un toro, a una velocidad increíble. Va por dentro del espejo, deja a un lado meninas, infantes, trajes y personajes. Van cayendo figuras mientras hunde su navaja de afeitar. Cree ver en el fondo a José Nieto inundado de sangre y es él quien está ya encharcado y dolorido, el espejo del lavabo se ha hecho añicos.

– Lo recogieron a usted medio muerto esta mañana, Ricardo.

Y el enfermo asiente.

-¿ Y por qué lo hizo?

Pero aún no estamos entre psiquiatra y enfermo. Son las ocho menos veinte de la mañana de un martes ocho de mayo, a la hora en que ocurrió el suceso. Don Pedro Martínez Valdés, que nada sabe, baja camino del garaje a sacar su coche, un Opel-Corsa blanco, pequeño, apto para conducir en la ciudad.

Mientras tanto se ha oído un chillido tremendo en la pensión «Aurora», en la plaza de Olavide número nueve, en la otra punta de Madrid. Y un perro abandonado, quizá estremecido, ha levantado su cabeza y se ha quedado inmóvil, tan sólo un segundo, mirando al balcón.»

José  Julio  Perlado

(Continuará)

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figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm)

CIUDAD EN EL ESPEJO (6)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (6)

 

“Por las mañanas los médicos aún no tienen la cabeza poblada de enfermos. A decir verdad, los médicos no quedan absorbidos  por los enfermos ni por la mañanas, ni por las tardes, ni siquiera a veces  por las noches: hay una agenda , un recorrido, se sabe que Jacinto Vergel, menudo nombre colocaron los padres a tal apellido, le han logrado al fin sentar en bata, con una bata azul celeste en el extremo de un pasillo del Doctor Jiménez, el sanatorio situado al fin de la calle Méndez y Pelayo, regido por unas monjas. El jardín es pequeño, pero lo que son largas y brumosas, inquietantes y plácidas a la vez son estas avenidas de cristal interior, puros cristales esmerilados en forma de intestinos en donde la luz de las residencias psiquiátricas son un fanal de miel alucinada, las cabezas y las vidas recorren o se quedan quietas en un punto, el punto se agranda, la grandeza adquiere dimensiones irreales y majestuosas. En lo que el cerebro del doctor Martínez Valdés  no se detiene ahora, mientras pasa con su coche al lado de la auténtica Puerta de Hierro de Madrid, la que fuera entrada al camino de acceso al coto real de caza, granito y piedra blanca pulimentada de Colmenar, tiempos aquellos del Rey Fernando Vl, cuando el coto real de El Pardo estaba vallado por un muro, conforme el doctor Valdés está remontando en estos momentos el tráfico por la Ciudad Universitaria, su pensamiento no está en Jacinto Vergel, o en Concha Cañas, o en Aurora Rodríguez Sanjuán, o en Máximo Silvestre, o en Lucía Galán, o en Alicia Madurga, o en Eufrosio López Sevillán, o en Don Pablo Ausin, o en Carmelo Torrent, o en Laureana Bosch, o en Silvia, o en el marqués de

 

 

Brujas. Hay  tantos nombres repartidos, tantos apellidos, se han concebido tantos seres, existen tantas camas, están bordados tantos  números en las solapas de las batas, las lavanderías de los hospitales giran en espuma, los ascensores de los sanatorios huelen a cenas y a comidas, cada uno posee sentimientos y pensamientos, los años pasan sobre la capital de España, una bruma delicada, primero vagorosa, nube enfermiza y doliente, viene muy suave por entre las rendijas del recuerdo y la memoria de Jacinto Vergel, mientras el doctor Martínez Valdés alcanza ya la Moncloa, subirá la Gran Vía hacia la Puerta de Alcalá, el vapor de los automóviles  esconde bajo una castiza capa al rey Carlos lll, el mejor alcalde de Madrid, el que dotó a la ciudad de alcantarillados y pavimento e iluminó sus calles, evocación de Carlos lll, halo misterioso que mirará el doctor desde el edificio de Correos, le llegará  desde el Museo del Prado y desde el Jardín Botánico, silbido oloroso de esta primavera que sube por los vericuetos de las calles desde la Puerta del Sol.

 

 

Jacinto Vergel casi no ha dormido. Al alba, mucho antes de que entraran las monjas en su habitación, ėl mismo se ha puesto la bata azul y ha empezado a caminar muy deprisa por los pasillos, casi siempre está en los pasillos, se acostó muy tarde, tienen que obligarle a que se acueste, acecha a cualquier viajero, interlocutor o trashumante que le escuche, Jacinto Vergel Palomar nació en Manzanares el Real hace setenta y seis años, es hombre flaco, nervudo, tieso, necesita gruesas gafas, parece solamente aldeano y en cambio tiene mucha sabiduría popular, ha leído algo, caminó mucho, es inquieto, sobre todo amoroso, el corazón se le escapa con picardía, guarda una risa seca e irónica como un tic que acompañara a sus silencios, un empujón de sorna igual a una tos. Cuando Jacinto Vergel Palomar se tumba en la cama de su habitación del Doctor Jiménez no puede cerrar los ojos de tanto que anduvo. Tiene en la cabeza todos los caminos de las cercanías de Madrid, sale de Manzanares el Real, al lado mismo del castillo, y echa a andar muy joven, Mire hermana, le dice en cuanto puede a Sor Benigna, Usted se viene conmigo hacia Cerceda, luego nos vamos los dos a Cercedilla, después doblamos tranquilamente a Miraflores y llegamos a Lozoya, a la izquierda dejamos Oteruelo del Valle, Alameda, Pinilla del Valle y Rascafría. A Sor Benigna no le encaja el nombre, es monja alta, austera, con un temple de acero y dirige el sanatorio del Doctor Jiménez con mano firme y sin contemplaciones. Mire, Jacinto, quédese quieto de una vez, usted y yo no nos vamos a ninguna parte, le dice la monja a Jacinto, déjeme en paz que tengo mucho que hacer, y sobre todo deje en paz a  Luisa. Luisa Baldomero González es mujer oronda y de anchas piernas, muy gruesos y encarnados tobillos, rostro redondo, sus varices le hacen caminar despacio por el sanatorio, nunca podrá seguir a Jacinto ni por el Soto del Real, ni llegará a Guadalix de la Sierra, ni menos alcanzará hasta Bustarviejo, ni tocará Valdemanco ni rozará Canencia. Son pueblos estos del noroeste de la provincia madrileña. Mire hermana, le repite incansable Jacinto a Sor Benigna en un rincón del pasillo, Mi padre me enseñó tan bien el castillo de Manzanares, que es como si fuera mío, Usted se coge de mi brazo y nos asomamos juntos a las torres para ver bien limpia la Pedriza, es decir, la piedra, esas paredes enormes que yo he subido hasta con mochila, y como la monja no le contesta y le dice que se calme, Jacinto se va pronto a la parte del sanatorio donde están las mujeres, su corazón sube y baja las escaleras cuantas veces sea necesario, es montañero, asciende escalones, baja peldaños, únicamente con Luisa Baldomero del brazo y con un amor y una dedicación pasmosos, tal como si llevara un cristal a punto de romperse, se mete en el ascensor y la acompaña igual que si fueran a casarse.”

 

 

José Julio Perlado

(Continuará)

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(Imágenes —1-Jerzy Grabowsky/ 2- Louise Bourgeois)

ANTONIO MACHADO, A LOS 80 AÑOS DE SU MUERTE

 

 

 

“… Visto desde nosotros, observado a nuestra luz medio falsa – escribía de Machado Juan Ramón en “Españoles de tres mundos” – , era corpulento, un corpachón naturalmente terroso, algo de grueso tocón acabado de sacar; y vestía su tamaño con unos ropones negros, ocres y pardos, que se correspondían a su manera extravagante de muerto vivo, saqué nuevo quizás, comprado de prisa por los toledos, pantalón perdido y abrigo de dos fríos, deshecho todo, equivocado en apariencia; y se cubría con un chapeo de alas desflecadas y caídas, de una época cualquiera, que la muerte vida equilibra modas y épocas. En vez de pasadores de bisutería llevaba en los puños del camisón unas cuerdecitas como larvas, y a la cintura, por correa, una cuerda de esparto, como un ermitaño de su clase. ¿Botones? ¿Para qué?  Costumbres todas lógicas de tronco afincado ya en cementerio.

 

 

(…) Y no hubiera sido posible una última muerte mejor para su extraña vida terrena española, tan mejor, que ya Antonio Machado, vivo para siempre en presencia invisible, no resucitará más en genio y figura. Murió del todo en figura , humilde, miserable, colectivamente, res mayor de un rebaño humano perseguido, echado de España, donde tenía  todo él, como Antonio Machado, sus palomares, sus majadas de amor, por la puerta falsa. Pasó así los montes altos de la frontera helada, porque sus mejores amigos, los más pobres y más dignos, los pasaron así. Y si sigue bajo tierra con los enterrados allende su amor, es por gusto de estar con ellos, porque yo estoy seguro de que él, conocedor de los vericuetos estrechos de la muerte, ha podido pasar a España por el cielo de debajo de tierra.”

 

 

“(…) Y mire, él quería vivir – le decía Madame  Figueras a Joaquín Gómez Burón cuando éste la entrevistó para escribir suExilio y muerte de Antonio Machado” -: se le notaba, porque alegraba sus ojos cuando llegábamos a verlo y a interesarnos por ellos. Luego, al marcharnos, muy entrada la noche, el semblante se le ensombrecía, como si temiera que esa fuera la última vez que podría vernos. A su madre la trasladaron a otra habitación, poco después, para que no viera morir al hijo. A la pobre mujer, cuando preguntaba que dónde estaba “su Antonio”, le respondíamos que lo habían llevado a un sanatorio. ¡Qué hombre tan educado! Agradecía todo y sentía no poder correspondernos como hubiera querido. Merci, merci, decía continuamente, ante cualquier gesto amistoso o cualquier palabra de aliento. Le disgustaba no disponer de dinero para cubrir los gastos que estaba ocasionando el Hotel; sin embargo, aunque había traído mucho dinero, ¡mucho! – y me contaba este detalle abriendo los brazos y alzándolos sobre la mesa junto a la que estábamos conversando – era dinero de la República, y no valía nada. Parece mentira, pero ese hombre supo ganarse el afecto de todos los que le tratábamos. Y es que era muy bueno. Pregunte, pregunte usted a quien quiera y le dirá lo mismo, lo mismo que le estoy diciendo yo.”

 

 

(Imágenes -1- Antonio Machado con Margarita Xirgu en el Teatro Español el 26 de marzo de 1932/ 2-Antonio Machado – por Joaquin Sorolla- wikipedia/ 3- Soria – el semanal/ 4- Antonio Machado en los últimos días de su vida -Nueva tribuna)

CIUDAD EN EL ESPEJO (7)

 

CIUDAD EN EL ESPEJO  (7)

 

 

“El doctor Martinez Valdés conoce estos amores de Jacinto Vergel Palomar pero no se detiene ahora en ellos mientras espera que un atasco desanude sus nudos a la altura de la Puerta de Alcalá. Cómo sentir desde el coche la brisa del Retiro, qué hacer con el corazón acelerado de Jacinto Vergel que declaró su amor dos veces a Luisa Baldomero, los dos viudos, los dos solos, los dos trastornados. Los trastornos, Sor Benigna, le dijo una mañana el doctor Valdés a la monja,  no crea usted que son tan fáciles de solucionar, los trastornos, hermana, como muchos otros males de la vida, uno los escucha, los contempla, ha de admitirlos, intenta de algún modo curarlos, porque de qué modo se va a solucionar esa tremenda inquietud de Jacinto, cómo darle, en cambio, vida y compañía a Luisa. A veces, el doctor Valdés piensa que esos trastornos estarían mucho mejor unidos. Y si se casaran, se dice,  e incluso lo habló con la monja. Se casarían, don Pedro, le contestó Sor Benigna, únicamente por lo civil, Jacinto no pisa la iglesia. Pero en ocasiones el doctor Valdés deja que la imaginación vaya vigorosa, y mientras ahora su automóvil sube lentamente por la calle de Alcalá bordeando el Retiro, del Retiro y de sus frondosos árboles que encierran las verjas llega un aroma inusitado de comprensión, un aire extraño que intenta no contaminar a Madrid.

 

 

Son las ocho y media de la mañana y Juan Luna Cortés está vigilando en la puerta del Museo del Prado, la ambulancia que le llevó desangrado y moribundo a Ricardo Almeida García entró hace diez minutos  por el portón de urgencias del Hospital de la Cruz Roja en la calle de Reina Victoria, y Jacinto Vergel Palomar, en bata azul y zapatillas, acaba de descubrir a Regino Cruz Estébanez, uno nuevo, grueso, con gafas y una herida en la frente, que intentó tirarse hace tres días por el puerto de la Morcuera y en el que anida, tierno y amargo como un gusano en su cerebro, la atracción por el abismo, por el veneno, hacia la  muerte. Mi hermano es dentista, le ha dicho a Jacinto en cuanto le ha visto en el pasillo, y en un armarito de cristal, sé que guarda el veneno, yo lo he tenido en la mano, lo he probado, mi hijo mayor me descubrió, él me salvó esta vez. El doctor Martínez Valdés aún no sabe estas cosas, ya se las contarán, ahora vuelve a arrancar despacio su coche intentando avanzar en el denso tráfico y sigue con paciencia el hilo de su fila, va camino de la calle de Menéndez y Pelayo, marcha junto a la verja del Retiro, por el lado derecho de la calle de Alcalá, pasó la famosa Puerta,  el doctor don Pedro Martínez Valdés, va inmerso en una vena circulatoria de Madrid, la palabra africana Magerit quiere decir venas, conductos de agua, desde hace horas saltan en el aire las aguas de las fuentes de la plaza de Colón, forman penachos, suben y se derriten con fuerza, se derraman las aguas en la fuente de Neptuno, mojan la pétrea carroza que conduce a la Cibeles, pero y si Madrid  no fuera vena, y si las disputas por ese nombre nos llevaran hasta Matritum, madre o matriz en el centro de España, matriz del cuerpo de la nación, abertura por la que nace la criatura de España, muchos la quieren dividir, otros tantos la quieren desgarrar, don Pedro Martínez Valdés tiene sus propias ideas políticas, no le gustaron nunca las dictaduras y no aprecia tampoco las democracias engañosas, queda asombrado del eterno amor al buen vivir y la impaciencia en paz del español, su sangre hirviente, el mundo parece imantado por el oro, dinero, posesiones, este país pasó tanta hambre en la última  guerra, sufrió tantos asaltos y quejidos, murieron en tres años tan gran cantidad de hombres, niños y mujeres inocentes que la existencia se acaricia ahora con refinado placer,

 


 

España en este final del siglo XX es tierra de conquistas multinacionales informáticas, tierra de sol para muchísimos, y desconocida tierra que han de explorar otros, por qué no llamar entonces Ursaria al actual Madrid dados los muchos osos torpes, lentos, veloces, en ocasiones voraces, que llegan de todas partes, osos que corren hacia el madroño verde con el fruto rojo, y oso trepando hacia sus ramas, orla azul con siete estrellas de plata, escudo blanco, y encima de él una corona real así son las armas de Madrid, cuánta gente armada  a lo largo de los siglos, qué armaduras y cuánto armamento,  dicen que el oso es recuerdo de cuantos animales con su nombre áspero y salvaje poblaban el término de la ciudad, No he visto osos por él Manzanares el Real, dirá en cuanto le pregunten a Jacinto Vergel, si, en cambio, hermana, mosquitos, no lo niego, le comentará a Sor Benigna, que el embalse de mi pueblo los congrega aunque ellos sean mansos y no piquen, sabe usted, no son mosquitos de agua. Hay ahora, en la esquina del comedor de la planta Segunda del sanatorio Doctor Jiménez, una conversación entrañable, rara y tierna a la vez. Porque el doctor Martínez Valdés sigue atrapado en el tráfico de la calle de Alcalá, mientras Regino Cruz Estébanez, que parece apacible y sin embargo busca en su cerebro el gusano de la muerte, escucha e interrumpe de vez en cuando a Jacinto Vergel, que habla de sus amores con Luisa Baldomero. Están los dos sentidos frente a frente en este comedor alucinado, cristal esmerilado que alumbra tibiamente los tazones del desayuno rebosantes de pan desmenuzado.”

José Julio Perlado

(continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1-Chiharu – Shiota -2016/ 2- Cara Barer- artnet)

PEQUEÑOS OBJETOS

 

 

”Mis contemporáneos aman los objetos pequeños,

secas estrellamares que olvidaron el mar,

relojes tristes, parados, postales

enviadas desde ciudades que ya no existen

con una letra ilegible,

donde sólo se adivinan las palabras

añoro, o enfermo, o fin.

Admiran los vocablos extinguidos.

No quieren resplandor.”

Adam Zagajewski – “Antenas” – (traducción de Xavier Farré)

 

(Imagen -lynne parques)

CIUDAD EN EL ESPEJO (8)

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (8)

 

”Hay rostros y cataduras extrañas, ángulos de sombra y ojos aún adormecidos. Se han subido por el montacargas, desde las cocinas, los grandes cubos metálicos en los que se esconden apiladas y ordenadas las jarras de leche caliente. No hay café. Hay un tono ligeramente oscurecido que simula el café y engaña la vista, es malta, o café descafeinado, algo que parece y no es, hombres en batas, todas de color azul y envolviendo a pijamas antiguos , de tonos chillones, están acodados, desayunando en largas mesas y sentados en bancos que parecen interminables. No van atados como en las cárceles, pero sí están encadenados a su obsesión personal, cada uno a la suya. Mira Jacinto, le dice Regino Cruz Estébanez, yo ahora no tengo el picor de la depresión, no quiero morirme,  es por días. Es hombre grueso Regino, de buen cuerpo, con enorme papada. El doctor Martínez Valdés, cuando recibió la ficha de Regino de manos de Sor Benigna, no se asombró al leer: ingeniero industrial, experto en informática, especialista en ordenadores. Llegó el momento de preguntarle en la consulta y ya leyó que Regino Cruz tiene cuarenta y cinco años cumplidos, dos hijos, es hombre apacible y cariñoso con su mujer y con sus chicos, profesional atento y competente. Es una chispa, sabes, le está diciendo ahora a Jacinto Vergel Palomar, de Manzanares el Real, que sigue mojando mansamente su pan en el tazón de leche. Es una chispa que salta de la pantalla, generalmente un número que brilla igual que una estrella, una estrella vibrante y fugaz, y eso me golpea. Le golpea a usted el cerebro, Regino, le preguntará con paciencia en su consulta el doctor Valdés. Sí, así es, cómo lo sabe, le dirá Regino Cruz Estébanez. Quedará asombrado de que alguien le adivine el pensamiento, se adelante a él y le descubra.

 

 

Sí, contestará al doctor Martínez Valdés, la chispa que tintinea en la pantalla tintinea también en mi cerebro. Entonces, proseguirá diciéndole el psiquiatra, noto que todo tiembla dentro de mi cuerpo, yo nací en Madrid, en la calle de Génova, cerca ya de la plaza de Colón, usted no sabe lo que siento, siento que me evaporo, que me esfumo, que no soy nadie, que desaparecí, nadie se acuerda de mí. Es un nombre, un apelllido entre millones de apellidos, se llama Cruz y la  cruz   precisamente es que sabe, no sólo que tiene que morirse, sino que se va a morir, Madrid es una luz pálida y ceniza que inunda la calle de Goya, es un riego de automóviles bajando y subiendo, oscurece ligeramente el día, la jornada empieza y parece que se va. Pero quien no se va por los siglos de los siglos es exactamente la ciudad de Madrid, que ha cambiado los dibujos, los trazos, las fotografías  primeras, el cinematógrafo en el inicio de su movimiento, por este zumbido de tráfico trepidante, vidas que pasan envueltas en carrocerías y deslizando veloces sus neumáticos. Y usted qué piensa en ese momento, Regino, le preguntará el doctor Valdés, piensa acaso que todo va a desaparecer o que desaparecerá usted. Sí, las dos cosas, pero cómo lo sabe, le repetirá al psiquiatra Regino Cruz. Y se le quedará mirando, ensimismado un momento en la consulta. Y entonces, Valdés, hará una pausa, echará un poco su sillón hacia atrás y le insistirá: Vamos a ver, Regino, le preguntaba si piensa en esos momentos que todo va a desaparecer o que el que desaparece es usted.

— Es Madrid —le dirá Regino al médico —. Es Madrid la que me ignora. Como si yo no hubiese nacido.

Efectivamente, las ciudades se tragan a los hombres, y las generaciones pasan igual que sombras, se creen algo, nada son, las ciudades tampoco.

 

 

Don Pedro Martínez Valdés dobla ahora, por fin, la curva que le lleva a la calle de Menéndez y Pelayo, dejó la calle de Alcalá, ignoró los aromas que llegan este martes de mayo desde el rincón dela Retiro, todo el olor del gran parque que fue inmenso en su día y que hoy quedó reducido, intenta acercarse como puede a la avenida de Menéndez y Pelayo, al costado de esa larga calle, como si un olor de mar de flores asomara hacia las casas. Poco se puede hacer, sin embargo. La capital está tan sofocada de humos que las flores se quedan atrapadas en sus macizos, habría que entrar por las avenidas y caminos hasta el corazón del quiosco musical del Retiro, ese quiosco que la pasada noche sirvió de refugio de trashumantes y mendigos, y el coche pequeño y blanco del doctor Don Pedro Martínez Valdés deja muy a la derecha ese quiosco, las estatuas mutiladas  de los Reyes blanqueados, avanza un poco más hacia ese comedor del  sanatorio del Doctor Jiménez en donde Regino Cruz Estébanez esta ayudando a recoger los tazones de leche mientras tras los gruesos cristales de sus gafas, Jacinto Vergel observa a este hombre y piensa qué sorprendente es la vida al ver cómo ayuda a la limpieza y al aseo su amigo Regino”

José Julio Perlado

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Coninuará)

 

 

(Imágenes —1-Dan Flavin/ 2- Marily Minter – 2013/ 3-Jackson Pollock – 1947)

CIUDAD EN EL ESPEJO (9)

 

CIUDAD EN EL ESPEJO (9)

 

“Luisa Baldomero González también ha acabado de desayunar en el pabellón de mujeres. Hay un jardín verde y fresco en el centro del sanatorio y una pequeña estatua  elevada al doctor Francisco Jiménez, muerto ya en el siglo XlX, y que fundó este recinto de trastornados. No son trastornados feroces ni peligrosos. Madrid, Magerit, Ursaria, todos los nombres de esta gran ciudad ignoran que existe este sanatorio, no se piensa en los dementes, se cree que no los hay, ninguno dirá que existen. Viven los trastornados apaciblemente, mansamente, discurre su vida por pequeñas o grandes desviaciones, no por vías muertas sino tan sólo trastocadas, algo, alguien modificó los cruces y las encrucijadas por algún motivo inesperado y amparado en el misterio. Luisa Baldomero González se ha casado tres veces, enviudó, tiene hijos repartidos por el mundo y nietos que no la vienen a ver, es quizá lo que más siente, aquel olor tibio de los pañales de sus nietos, el sentido del olfato está desarrollado en ella como en la gran abuela única y desamparada que es, novia hoy, a sus setenta y tres años, del espigado mozo Jacinto Vergel tan alto y enderezado aún para su edad. Ahora, a las nueve menos cuarto de la mañana, Luisa le está preguntando a la monja, Oiga, Sor Benigna, usted nos dejaría salir un rato, a Jacinto y a mí, hasta la plaza del Niño Jesús, hasta la calle de Samaria. A Luisa Baldomero le gusta pasear siempre que puede con este hombre pícaro y tieso como una estatua que la ronda y que le dice cosas galantes y no cursis en cuanto están solos. Pero usted, Jacinto, le dirá en la consulta el doctor Valdés, realmente quiere casarse con ella. Luisa Baldomero suele ponerse el mismo vestido de flores estampadas que viste con Jacinto siempre que la llama el doctor Valdés. A mí, no; a mí no me importaría casarme con él, le responderá al médico Luisa Baldomero, y añadirá, Pero siempre que me dejen estar con mis nietos.

 

 

Entonces contará la verdad. Mire, doctor, yo siento aquí, y se señalará  el pecho, y la nariz, y los ojos, Siento aquí el olor de cuando ellos eran pequeños, me necesitan, yo soy su abuela, yo los bañé y los enjuagué a todos, siento el olor de la leche materna dentro de mi, alrededor mío. Una mañana Luisa Baldomero se escapó  sola del sanatorio del doctor Jiménez y cruzó la calle de Menéndez y Pelayo a la altura de la Puerta de Granada, y se internó en el Retiro, creyó que todos los niños que jugaban en los jardines de Cecilio Rodríguez, jardines famosos y afamados del Parque de Madrid, eran nietos suyos. Y sentí el olor, doctor, le dirá a don Pedro Martínez Valdés, Sentí el olor a la leche materna y a pañales que me atraía desde el fondo del Retiro, y vi cómo los bañaba a todos, y de qué modo se escurrían sus carnes junto a mí y yo los secaba, todos, todos nietos míos.

 

 

Qué hacer con esta gruesa mujer que tiene un atisbo de demencia, una obsesión, una preocupación intensa. Puedo, entonces, salir, hermana, le insistirá  Luisa a Sor Benigna, puedo salir con Jacinto hasta  la calle de Samaria. La monja le negará el permiso. No hay permiso del doctor Valdés, el doctor ahora viene. Y efectivamente es así. Bordeó el coche del doctor Valdés la Montaña Artificial, la Antigua Casa de Fieras del Retiro, rejas que contuvieron panteras y tigres y ancianos leones cansados ante el asombro de los niños, rejas y fosos y cuevas de las que salía el cuello de las jirafas, monos obscenos y chillones, Casa de Fieras hoy ya vacía, bordeó el automóvil blanco del doctor Valdés los Jardines de Cecilio Rodríguez, la Puerta de Granada, la Puerta del Niño Jesús, no alcanzó con el coche el Jardín de las Plantas Vivaces, giró a la izquierda donde pudo, entró al fin a las puertas del sanatorio.

Van a dar ya las nueve de la mañana, pocos minutos faltan. En la Avenida de Reina Victoria, en el Hospital de la Cruz Roja, a Ricardo Almeida Garcia, vendadas las tremendas heridas de sus brazos y su cara, lo meten en la camilla de una ambulancia.

—Al Doctor Jiménez —dice alguien.

Va tumbado, vendado, semiinconsciente, viendo con sólo un ojo el techo de esta ambulancia que dispara al aire el sonido de su sirena. El doctor don Pedro Martínez Valdés entra en el sanatorio del doctor Jiménez, saluda a una monja en el vestíbulo. Es un viejo vestíbulo sombrío, sembrado de maderas, antiguo, como un viejo palacete de otro tiempo. Nadie se puede imaginar lo que hay en el piso de arriba, ni la ambulancia que viene velozmente hacia el sanatorio, ni el olor a nietos recién bañados que sigue notando en su nariz Luisa Baldomero González, ni el afán amoroso de Jacinto Vergel Palomar, que limpia los gruesos cristales de sus gafas y echa a andar deprisa, siempre montañero, incluso en el llano del pasillo, buscando a quien hablar. Nadie ve la blanda fatiga en la papada de Regino Cruz Estébanez, ese hombre que parece haber olvidado el veneno.

Sor Benigna entrega un montón de ropa limpia a otra monja.  El doctor don Pedro Martínez Valdés entra en su primer despacho del día, su jornada habitual de los martes y jueves, se quita la chaqueta y viste su bata blanca.

 


 

Al otro lado del sanatorio del doctor Jiménez, al final de la calle de Menéndez y Pelayo, respira misteriosa la hondura del Parque del Retiro. Buen Retiro, así se llamó, y empezó su decadencia con la muerte de su Majestad el Rey Felipe lV.

Es la familia del Rey, la familia de Felipe lV, la que está pintando Velázquez en el techo de ese ojo que ve Ricardo Almeida García mirando semidormido el interior de la ambulancia. Son ya las nueve, exactamente nueve y cinco del martes ocho de mayo. Las Meninas se mueven un poco en el ojo de Ricardo Almeida, él no puede hacer ya nada, ya las acuchilló, o peor, se acuchilló a sí mismo hace hora y media en su pensión. Unos pájaros igual que motas negras, diminutas, sobrevuelan los tejados de Madrid.”

José Julio Perlado

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(continuará)

(Imágenes—1-Twombly- 1983/ 2 y 3- -Mark Rothko/

COSAS QUE NO PUEDEN COMPARARSE

 

 

“El estío y el invierno. La noche y el día. La lluvia y el sol. La juventud y la vejez. La risa de alguien y su ira. El negro y el blanco.  El amor y el odio. La plantita de índigo y el gran filodendro. La lluvia y la neblina. Cuando uno deja de querer a alguien, uno siente que es otro, aunque sigue siendo el mismo.

En un jardín de plantas perennes, los grajos están todos dormidos. Hacia la medianoche, se despiertan en uno de los árboles con mucha agitación; y se echan a volar de un lado para otro. Su inquietud se contagia a los otros árboles y en breve, todos los pájaros se despiertan y graznan alarmados.¡Qué diferencia con los mismos grajos durante el día!”

Sei Shônagon – “El libro de la almohada” – (traduccion de Jorge Luis Borges y Maria Kodama)

 

 

(Imágenes -1- foto Harry Packard para The New York Times/ 2- Yakoi Kusama- museo Reina Sofía)

CIUDAD EN EL ESPEJO (10)

 

Ciudad en el espejo (10)

“Lucía Galán tiene unos ojos negros como cerezas jóvenes y redondas, es lo más bello que tiene. Las mujeres de veinte años como ella dejan que el pelo se les desordene y caiga en bucles y en hilos, se lo recogen con una goma de colores en la nuca, y la cabeza entonces, esa cabeza y ese óvalo femenino del rostro tan hermoso porque aún no ha sido marcado por el peso de la edad, queda confirmado en el espejo con una autenticidad y una firmeza inexpresables. Lucia Galán Galíndez es la primera enferma que ve esta mañana del martes el doctor Valdés. Le ha dicho él buenos días al cruzar por el pasillo, luego la ha invitado a entrar en la habitación sin forzarla en nada, Vamos, Lucía, ha dicho como el que no quiere la cosa, él va ya con bata blanca, lleva su nombre bordado en lo alto de su bolsillo, se enamoró hace mucho, se casó, pasó años de matrimonio junto a Begoña Azcárate, tuvo a Miguel y a Lucía, por eso quizá se estremece, porque es el mismo nombre de su hija, pero sólo es un momento, cuando la ve, luego se olvida, son los ojos grandes y negros que le miran, las cejas muy finas, ninguna arruga, una cabeza y un semblante y unas mejillas redondeadas, finas, parecerían perfectas, nadie es perfecto en este mundo, sin embargo en Lucía Galán Galíndez, con la cola de caballo en su pelo castaño y la boca muy suave, los labios delgados, sonriendo de vez en cuando y dejando asomar cuatro o cinco dientes grandes, blancos y graciosos, la curiosidad y la inquietud por todo lo que ocurre es lo que realmente vale. Qué tal doctor, cómo está , qué hizo ayer, Y esa corbata, es que es nueva, quién se la ha regalado, su mujer. Don Pedro Martínez Valdés se ha sentado detrás de la mesa en su despacho de consulta del sanatorio del Doctor Jiménez y ha de adelantarse a preguntar, él lo sabe, si no Lucía se lo devorará rápidamente. Qué tal todo, Lucía, comienza tranquilo, con una pausada sonrisa el doctor Valdés. Pero conoce vale menos que la mirada, mira Valdés a esta chica de veinte años y no tiene que leer su historia clínica para repasar su verdadera historia humana, ese amor desesperado por las cosas, la concreción de las mujeres, los detalles exactos, la observación, algo que los hombres no tienen. Siempre observó a su vez don Pedro Martínez Valdés el mundo de la mujer, siempre le intrigó, le atrajo, quedó prendido por el tejido de ese mundo.

 

Escuchó en los bares y restaurantes cuando estaba solo, escuchó y miró ese mundo de dos mujeres hablando, la conversación cruzada de  un grupo femenino. Y lo mejor, hija, decía Margarita, es aprovechar ahora que tienes a mano el piso, y arreglarlo y venderlo, Pero Conchita, escucha, decía la otra, tú piensa que este traje me lo compré en Londres, en un viaje que hice con Jaime, Y mira, de este color pero de la misma talla no lo había, tuvimos que recorrernos cinco almacenes, Pues te ha quedado muy bien, Lourdes, Y mira, este dobladillo tiene para sacar, Por cierto, qué va a hacer este verano tu hijo Alfonso.  Los colores, las formas, las posturas de hombres y de mujeres, esos gestos al mover una pierna o al estirarse el pelo,  las admiraciones e interrogaciones, las imperativas señales de los hombres mandando, el asentimiento de la mujer criticando , todo, todo desaparece en la vida, lo ha pensado muchas veces Valdés paseando solo o meditando, toda esa pomposidad, esa satisfacción , el fluir de los acontecimientos discutidos, tan discutibles, todo queda barrido por el siglo, por el vivir, por el morir, muchos muerto ha visto el doctor Valdés, muertos arrojados a su muerte, muertos voluntarios que de repente le han perseguido en sueños y aún le persiguen.

 


Lo mejor para no suscitar el fantasma de la muerte, su espectro, la vivencia tremenda de la muerte para quienes oscuramente quieren morirse, es no hablar de ella, el doctor Valdés lo sabe. No hablará nunca de la muerte ante Lucía Galán, esta hermosísima muchacha de veinte años que con el rostro límpido y cuajado de suaves colores, con la cereza de sus ojos redondos y negros, sabe que, en el fondo, lo que quiere es morirse.

Porque lo que no hemos visto hasta ahora en el pequeño cuarto de esta consulta del sanatorio del doctor Jiménez, lo que por fin estamos viendo es una no correspondencia entre el rostro bellīsimo y el cuerpo esquelético, como un alambre, unos hombros raquíticos, un pecho plano, unas caderas escurridas y afiladas, unas piernas larguísimas y huesudas, enfundadas en una especie de mono azul que no tiene botones ni lazos, ni atadura, ni tan siquiera cremallera para que no pueda atentar contra su vida con nada de eso, al fin unos tobillos y unos pies grandes y delgados, encajados en unos altos zapatos de color rojo, como si se tratara de una jovencísima prostituta que engañará no a los hombres sino a su misma existencia.

El doctor Valdés parece que contempla la belleza de ese rostro de veinte años, pero lo que su experiencia  de psiquiatra le dicta es observar atentamente, no de modo directo sino de forma ladeada, como si nada ocurriera, ese cuerpo esquelético de Lucía Galán que no corresponde con su rostro, Lucía Galán Galíndez se niega a comer por un desengaño amoroso, No come absolutamente nada, doctor, le ha dicho tantas veces Sor Benigna al médico que éste no las cuenta ya pero no las ha olvidado.

—¿Y anoche? ¿Qué cenaste? —le pregunta suavemente Valdés —¿Cenaste bien, Lucía?

Por qué, responde ella retadora, siempre contesta con una pregunta, quiere saber, no es altanera, no es orgullosa, es esencialmente curiosa, quisiera desentrañar el fondo de las cosas. Quiere saber Lucía Galán por qué don Pedro, como ella le llama a veces, pregunta tanto y por qué  lo pregunta. Ha devuelto toda la comida y la cena, parte de las cenas y de las comidas, conoce todos los trucos, los infinitos resortes para vomitar y no alimentarse, odia cada partícula de pan, simula ante cada plato, se escabulle en todo momento, el agua es su única fuente. Y con el agua solamente, doctor, le preguntó un día Sor Benigna al médico, solamente con el agua puede mantenerse. No habló la monja del rostro ni de la belleza de las facciones de la chica. Se sorprende ante esa falta de unión entre cabeza y cuerpo, Cómo hará esta mujer para, sin comer nada, tener esas facciones. Es una especie de milagro humano, no es lógico que la anorexia, así se define en los libros médicos y se estudia en los volúmenes y facultades, No es lógico que la anorexia, es decir, la enfermedad de no comer ni alimentarse, el odio hacia todo alimento, deje tan redondos y sutiles esos pómulos de Lucía, las mejillas como hinchadas por el aire de la hermosura y su soplo, el mentón delicado y firme a la vez, las pupilas no hundidas sino enmarcadas bajo las finas líneas de las cejas, la cabeza redonda y proporcionada, las cerezas negras de los ojos nunca ocultas en un más allá sino en un más acá, la cercanía de la juventud, tan fresca y tan próxima, una aparición de rostro y de semblante que no se concierta con su cuerpo.”

José Julio Perlado

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(Continuará)

(Imágenes—1- Jeon  Gwang Young/ 2-Alex Olson – 2013

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Lo mejor para no suscitar el fantasma de la muerte, su espectro, , la vivencia tremenda de la muerte para

EL TESTAMENTO DE SHAKESPEARE

 

 

Mario Praz, en su insólito y completísimo recorrido por las habitaciones, muebles y objetos de su famoso apartamento romano de Vía Giulia en “La casa de la vida” se asombra de no encontrar un solo libro citado en el testamento de Shakespeare. “Habla en él, aunque sea en general – dice Praz, el gran crítico de arte – de trajes, de muebles, de joyas, menciona entre la plata una ancha copa o vasija de plata dorada, adjudica a su esposa aquella cama segunda en calidad, que ha hecho especular a la posteridad sobre los méritos o los deméritos de la señora Shakespeare, pero de libros ni una palabra. Y tan extraño parece pensar en una señora Shakespeare como un Shakespeare ( o en un Dante) sin libros: junto a estos dos genios nos parece cómica una mujercita, pero nos parece igualmente incongruente no verlos rodeados de libros. A Dante nos lo imaginamos muy bien contra un fondo de estanterías como el San Jerónimo de los pintores antiguos, y el busto de Shakespeare lo vemos bien colocado como en una efigie de bronce de principios del siglo XlX que adornaba el tintero de Keats, sobre una pila de libros. Que serán tal vez sus propias obras, pero reflexionemos en lo que dijo aquel otro gran inglés, que se ufanaba de su propia biblioteca, Geoffrey Chaucer: “ Porque de los campos antiguos, como suele decirse, viene todo este nuevo trigo año tras año, y de los libros antiguos, en verdad, viene toda esta nueva ciencia que los hombres aprenden”. Pero Shakespeare no habla de su biblioteca  ni en su testamento, ni en ningún otro lugar”.

Y  el gran crítico de arte italiano y extraordinario coleccionista se asombra de ello.

 


 

(Imágenes -1- Henry Fuseli – Macbeth – Shakespeare library / 2- George Rommey – el Rey Lear-Shakespeare library)

CIUDAD EN EL ESPEJO (11)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (11)

“Pero él no está aquí para asombrarse sino para discernir, para descubrir. Si alguien entrara ahora con nosotros en esta salita de consulta del sanatorio del doctor Jiménez al final de la madrileña calle de Menéndez y Pelayo, advertirá que don Pedro Martinez Valdés, con su bata blanca y sus gafas de concha, su gran espalda apoyada contra el respaldo del sillón, permanece atento al sufrimiento. Estudió los pliegues del aburrimiento en los seres humanos, intentó conocer lo que es la angustia expectante, también los complejos, esas vueltas y revueltas que suelen dar las distintas conciencias, el carácter de los conflictos, lo que algunos llaman las deficiencias del espíritu, se examinó y obtuvo brillante nota hace muchos años respecto a la frustración existencial, se asomó al pozo en que se hunde la imagen del hombre. Qué es, se pregunta muchas veces cuando está solo, el inconsciente colectivo, cómo atraparlo, de qué modo ver la luz al otro lado de su sombra, cuáles son las mordeduras de los instintos, y sobre todo, cómo abrazar de modo apasionado la libertad humana dejando tan suelto su abrazo que ella quede libre, y así humanidad y libertad se hermanen siempre, qué métodos para aplicar todo esto son los apropiados. Hay tantas cosas en los libros, tantas en la mente, las mentes son tan diversas, la vida luego enseña lo que las letras no dijeron, por ejemplo, que las neurosis no marchan nunca solas, no son singulares, hay neurosis dominicales y neurosis que asoman su cabeza por el alba de días como éste, hubo, y seguirá habiendo neurosis de guerra, las paces también propician neurosis propias, existe el nihilismo en este tiempo de fin de siglo, danzan locas por los vericuetos del cerebro en los hombres las obsesiones más dispares, se escondió el vientre de muchos siglos, el placer y los placeres, pasaron anteriores épocas de psicoanálisis y se prolongan, turbias o claras, eficaces o engañosas, las diversas terapias tan distintas, se alzan tan variadas las psicologías que una llámase analítica , otra de altura, hay una más que denominan profunda, otra aún individual, por fin la psicología psicosomática, y un hermano extraño, quizá bastardo, el psicologismo, y si se sigue en este despacho del sanatorio del doctor Jiménez con el índice del dedo del recuerdo y de la ciencia la tabla de todas las materias, alcanzaremos las psicosis, y luego la psicoterapia dirigida al hombre, porque a quién sí no va a estar dirigida la psicoterapia sino a un humano, y poco a poco nos adentraremos en el racionalismo y con un paso más serio en la razón del ser, y después no olvidaremos nunca, no podrá olvidar el doctor Valdés, la religión, el re-ligare, la relación con Dios. Dios que creó Madrid, y España, y el mundo, y creó la vida de don Pedro Martínez Valdés y la existencia de Lucía Galán Domínguez, y la mantiene y la conserva cada segundo, a pesar de que esta belleza de las negras cerezas en los ojos quiera morirse.

 

 

Pero lo que el doctor Valdés busca en esos ojos de Lucía en cuanto la ve, o mejor aún dentro de esos ojos, en la cavidad de su ser, lo que don Pedro Martínez Valdés indaga en los enfermos, por eso se hizo médico, por ello es psiquiatra y de este modo se encuentra como pez en el agua en este despachito de la consulta, lo que intenta extraer del fondo de los pacientes es el sentido o la carencia de sentido, que de todo hay, respecto a la responsabilidad de la existencia, qué responsabilidad tiene el enfermo, y el hombre mismo, el hombre sano, es que acaso está ausente el individuo de esa responsabilidad, cómo inflamar esa llama de lo responsable, cómo despertar ese pálpito, qué se puede resucitar en lo que parece casi ya moribundo, qué hacer, cómo hacer, cuál es la fórmula más eficaz.

Hay una sensación de falta de sentido  en muchas vidas de Madrid y del mundo, se huye como se puede y en cuanto se puede del sentido del dolor, quién puede señalar hoy, en estos tiempos, cuál es la brújula personal que marca el rumbo para dar  sentido a la vida, cuántos sueños vagan a tientas entre las sombras dormidas de los seres humanos, cuántas sugestiones disfrazadas de sueños, qué imágenes tan grandiosas del super- yo en el recinto de los individuos cuando estos se crecen, qué variadas técnicas para los disimulos y las simulaciones sintiéndose a sí mismos, cuántas transfusiones  de ideas falsas, cómo contar todos los traumas psíquicos que existen si quedan esparcidos y pulverizados en los campos salvajes de los seres que todo lo esconden, que incluso se esconden dentro de ellos mismos, envueltos en una capa negra de mutismo o de interrogación continua, como eso suele hacer Lucía Galán Galíndez, esta belleza de veinte años que ahora mira al doctor Valdés, qué tipo de vacío hay en ella, acaso vacío existencial, se dice el médico, y de qué tipo será ese vacío, cuáles son los valores de Lucía Galán Galíndez  si es que ella tiene escala de valores, cuántos son ellos, en qué orden quedan establecidos los escalones, quizá guarda en su fondo una voluntad de dominio, anida en esta jovencísima mujer una voluntad de placer, tal vez se puede definir en Lucía su voluntad de sentido.

Pero pasa en este momento Sor Benigna, rápida, con cierto nerviosismo, y al lado de la puerta del despacho, se asoma un instante y dice:

—Doctor, en cuanto pueda tiene que ver a Luisa Baldomero.»

José Julio Perlado

(continuará)

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(Imagen —Jasper Johns)

 

 

CIUDAD EN EL ESPEJO (12)

“Se refiere, claro está, a Luisa Baldomero González, que parece le ha dado un ataque de los suyos y se encuentra al otro lado del pasillo. La han tenido que sentar con su vestido estampado de flores y ella ha entornado los ojos pensando en sus nietos. Es que acaso tuvo nietos Luisa Baldomero, podría alguno preguntarse. No, jamás los tuvo. Amamantó a muchos, fue una de esas antiguas amas de cría que ya casi no existen en España, entre santanderina y asturiana, de Caín, un pueblo cercano al divino Cares, río célebre de los Picos de Europa. Recibió de las montañas la potencia que la hicieron fuerte y brava, capaz para sacar adelante a muchas criaturas. Cree ella que tuvo nietos, sí es verdad que casó tres veces y que las tres enviudó, y que tuvo hijos, pero ninguno de los hijos le dio hijos propios, por tanto nietos no tiene, y sin embargo de sus pechos y de sus brazos se agrandaron vidas como recuerdos, y eso la ha obligado a sentarse, desvarió, piensa extrañamente en las montañas que la vieron correr siendo niña, los dos pueblos, Caín de arriba y Caín de abajo, nombres éstos del Génesis, ella no conoce el libro, nunca leyó nada, jamás se habría dicho Abel de arriba y Abel de abajo entre las nieblas y las nieves de los inviernos cántabros, tempestades que forman parte de su hogar, ha entornado los párpados, se ha abierto de piernas en el pasillo, sus gruesas piernas sembradas de varices, y el roble y el abedul, él haya, el fresno, el tilo y el acebo, selváticos bosques de los que Luisa Baldomero no sabe los nombres ni los distingue, sólo admiró extasiada su belleza, pasan ahora bajo los puntos irisados de sus cerrados ojos, y ha entreabierto la boca, no sale espuma, no es mujer de espumas rociando los labios Luisa Baldomero, torció los gruesos labios, está deformada y a pesar de ello apacible, no es histerismo, el médico lo dirá, aquí, aquí viene el médico.

 

 

El doctor Valdés ha dejado por un momento a Lucía, la tranquiliza sonriente, Ahora vuelvo, Lucía, espérame un momento. Los psiquiatras no deben correr, deben andar pausados. Sólo en momentos críticos, y éste no sabemos aún si lo será, los psiquiatras toman una decisión fulminante y hacen una seña en las vidas, la señal de mando que decide dividiendo o uniendo. Mientras tanto, los psiquiatras marchan por Madrid, por España, por el mundo, a su paso propio, sin correr, a veces y a pesar de la angustia de las existencias y de las transferencias de esas mismas angustias, hay psiquiatras que se escapan los fines de semana y huyen en moto por carreteras secundarias y abandonadas, disfrazados en sus cascos veloces, protegidos de todos los miedos gracias al poder alocado de la celeridad, sumidos en lo profundo del aire libre y empapados de naturaleza, la libertad es un don precioso, hay que conservarlo, hay que protegerlo aunque sea con un casco metálico, máscara de acero que oculta todos los rasgos del rostro, sus inquietudes, gozos, temores o fracasos.

Qué le pasa Luisa, qué le ocurre, pregunta inclinado Valdés ante el cuerpo sentado de Luisa Baldomero, La tumbamos, doctor, interroga la monja, a lo mejor está más cómoda tumbada. Las monjas no se atreven demasiado cuando está don Pedro, como ellas lo llaman, él es quien manda en el sanatorio y no otra persona, sólo cuando se encuentran solas las monjas, que son muchas las horas de la tarde y alguna de la noche en vigilia, horas de silencios y de charlas, ellas deciden. Qué, qué le pasa, Luisa, repite el doctor Valdés, inclinado sobre esa boca torcida pero mansa, la postura algo curvada, ojos cerrados, respiración tranquila.

Está entrando ahora por el portón del garaje del sanatorio del doctor Jiménez la ambulancia que llegó desde la Cruz Roja de Reina Victoria y trae el cuerpo vivo y en postura yacente de Ricardo Almeida García, vendadas las manos, vendado el ojo izquierdo, el derecho semidespierto, y fija la pupila en su obsesión. Su obsesión sigue siendo, no hay que asombrarse, ese caballero vestido de negro que él quiso acuchillar al fondo del cuadro de “Las Meninas”. Vamos, ánimo, le dice un enfermero, Dáme el brazo, muchacho, le dice quitando importancia, levántate ya. Pero no puede levantarlo de la camilla, él parece inerte, se hace inerte su cuerpo. Y si tiene algo roto por dentro, le pregunta un enfermero al otro, no sin tono de displicencia. No lo mueven, ni le hablan, lo sacan tal como está y como viene, horizontal, tienen cuidado de que no roce su cabeza con la puerta de la ambulancia, y lo llevan en andas, con cuidado pero con precisión y habilidad.

 

 

 

Es difícil expresar lo que ocurre en este momento en Madrid porque parece que no ocurriera nada. Pero si alguien tuviera que anudar los hilos y tejer el tapiz invisible de las circunstancias, se vería muy claro y en especial relieve, ese ojo derecho y abierto y aún sano que asciende horizontal mirándolo todo. Por qué estoy aquí, qué es esto, adónde me llevan, ojo que habla en el fondo de la cuenca de Ricardo Almeida Garcia, entrando en el sanatorio del doctor Jiménez. De vez en cuando, ese ojo, que a causa de las heridas le duele en el mismo instante en que pestañea, ve al fondo de cuanto mira la figura vestida de negro que le persigue siempre, o quizá es el otro el perseguido, esa figura en lo hondo de un espejo y de un cuadro y que tiene un nombre que Ricardo Almeida conoce muy bien, José Nieto, el Aposentador de la reina Mariana de Austria, esposa de Felipe lV. José Nieto, al que Velázquez pintó en la sala donde la familia del Rey estaba siendo pintada por el pintor, no ha conseguido escapar de dentro del ojo de este guía del Museo del Prado. Estudió y explicó muy bien Ricardo Almeida a los turistas, mientras se acercaba y se alejaba  del lienzo de “Las Meninas”, conforme tomaba las correspondientes distancias, tal como un buen torero suele hacer o como un cuidadoso artista lo compone, con ese esmero de las cosas que se hacen bien, que el Aposentador del Palacio, entonces, en aquel siglo XVlll español, tenía por encargos cuidar de que los barrenderos tuvieran muy limpia la casa y todos los muebles, recibiendo órdenes del llamado Contralor o Controlador para saber la cantidad de carbón y de leña que había que gastarse en las chimeneas de la Cámara y de la Mayordomía, Y fíjense bien, añadía el guía a quien le rodeaba, este hombre que ven aquí, José Nieto, maravillosamente pintado por Diego de Silva y Velázquez,  éste que parece irse y quedarse, este esbozo rotundo que se asoma y se esfuma, aposentaba, como el propio nombre de Aposentador indica, a las Personas Reales y a su séquito, y también era encargado de repartir ventanas en la casa de la “Panadería”, la que ustedes  sin duda habrán visto en la Plaza Mayor de Madrid desde cuyos balcones se contemplaban las fiestas públicas de la capital. Y acérquense más, solía aún decir Ricardo Almeida García, a españoles, italianos y franceses, Este hombre, José Nieto, también acomodaba a los Grandes, Títulos y Consejos, es decir, llevaba en cierto modo el protocolo en Palacio.”

José Julio Perlado

(continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Mark Rothko – 1968/ 2 – Howard Hogking)

ENFERMEDADES EN EL MAR Y EN LAS CIUDADES

 

 

Escribía Camba : “hay un argumento muy sencillo para desacreditar al mar y al campo como elementos terapéuticos: el de que en el campo y a orillas del mar existen las mismas enfermedades que en Madrid. Parece que los médicos de Madrid se han puesto de acuerdo con los de provincias para enviarse unos a otros los enfermos incurables. Estos enfermos se van a Madrid atraídos por el prestigio científico de los médicos madrileños, los cuales los devuelven al poco tiempo a provincias, diciéndoles  que les hace falta paz, oxígeno y yodo. Por mi parte, yo nunca he creído en más yodo que el de la tintura de yodo. Si efectivamente sirvieran para algo el yodo marino y el oxígeno serrano, aquí no habría tisis ni neurastenia; pero llega uno aquí y se encuentra inmediatamente con veinte escritores regionales, que le dicen a uno:

—Este medio me ahoga. Tengo una neurastenia horrible…

 

 

¿Qué pensar de la terapéutica del mar y del campo?  Los madrileños se vienen a provincias a aspirar las emanaciones de los pinos y el yodo del mar, mientras los provincianos se van a Madrid a tomar el yodo en gotas de tintura y la savia de los pinos y de las hayas en un jarabe. Hay un doctor en Madrid  que ha establecido un consultorio de enfernedades pulmonares, a las que trata haciéndole respirar al enfermo aires marinos que el doctor dice que son frescos porque los fabrica a diario. Me parece un poco ridículo eso de que se ponga a soplarle a los tuberculosos con un fuelle lleno de sales y de algas. Si lo hace por distraerlos, muy bien; pero, en este caso, mejor sería que los mandase al estanque del Retiro.

El procedimiento de los medicamentos me parece bastante razonable. Yo gozo mucho con los medicamentos, sobre todo por la lectura de los prospectos. No conozco filosofía más consoladora que la de los prospectos de los medicamentos. Son siempre optimistas , y, si no curan, entretienen. Le recomiendo especialmente al lector los anuncios a base de creosota, en los que hay poéticas descripciones de los bosques septentrionales.”

 

 

(Imágnes-1- Aksell Gallen – Kallela/ 2-Amir Singray – 2008-craig Scott gallery – artnet/ 3-Jack Spencer)

CIUDAD EN EL ESPEJO (13)

“Van subiendo ahora, en el gran montacargabbs del sanatorio, la blanca camilla en la que sigue pensando en todo esto, e incluso sigue viéndolo y escuchándolo, Ricardo Almeida. Dónde lo ponemos, hermana, pregunta un enfermero a una monja. La monja no se impresiona por el recién llegado, abre una puerta, señala una habitación. No se interesa demasiado por qué le ha pasado exactamente, hay tantos casos diarios en este sanatorio, todas las monjas y los celadores están acostumbrados a llegadas e idas, incluso más acostumbrados a recepciones bruscas que a las altas que se dan a los pacientes. Póngalo aquí, dice la monja, y observa cómo el cuerpo del nuevo visitante es trasladado con cuidado, dejándolo suavemente resbalar desde la camilla hasta la primera cama vacía. Déme el papel, continúa la monja, y el camillero se lo enseña, ahí están los datos, nombres, apellidos y razones del caso, la monja lo lee, luego firma, se queda con la copia, y los camilleros se van.

No, no se puede bien contar qué pasa esta mañana en Madrid. Aparentemente es lo que se cuenta y cómo se cuenta, aparentemente es sólo esta entrada de un paciente, inexplicablemente herido y mutilado, es solamente esta conversación, más bien monologo reiterativo, que está teniendo lugar en un extremo del pasillo entre el doctor Valdés y el cuerpo doblado, blanco y curvado de Luisa Baldomero que sigue sin hablar, aparentemente son sólo esos ojos de cereza montados sobre una estructura de alambre, que así es de huesuda a Lucía Galán Galíndez, sentada ahora a esperar a Don Pedro en una salida blanca y que mira el reflejo de la vida en el cristal esmerilado. Pero hay cosas que no se pueden contar y que sin embargo vibran y viven y que han de contarse. A José Nieto, el Aposentador o Guarda- Camas de doña Mariana de Austria, que seis años estuvo como Aposentador de Palacio, cosa que sabe muy bien y no sólo lo sabe el guía  del Prado Ricardo Almeida, le llevaron a su casa, en 1651, diecisiete mujeres que pudieran servir como nodrizas posibles o amas de cría para las hijas de los Reyes de España : de entre ellas, ocho fueron destinadas a amamantar a la Infanta María Margarita, esa infantina fina y rubia, inmortalizada como figura central de “Las Meninas”. Si oyera esto Luisa Baldomero González, que lo oirá en su momento, le daría un vuelco el corazón. Lo oirá, no hay duda, porque se le escapará en cuanto pueda al propio Ricardo Almeida, y saltará no la leche, que no la tiene, sino la evocación en el pecho de Luisa Baldomero, que no conoció a Velázquez ni lo conocerá, que nunca oyó hablar del pintor. Todo su cuerpo, el cuerpo enorme de esta mujer, escapará de nuevo hasta Caín, hasta el pueblo de los Picos de Europa cuando allí fueron a buscarla hace sesenta años. Estuvo primero a Luisa Baldomero en un palacete de Santander, junto a la Bahía, cerca del Sardinero, los ojos y las manos y el pecho no mirando a la mar sino al infante que tenía que criar, como así harían tres siglos antes y en otro marco bien distinto, en el Alcázar de Madrid, ya incendiado, ya destruido, en el lugar que hoy ocupa el Palacio Real, amas de cría perdidas en la historia, pero cuyos nombres conoce incluso Ricardo Almeida, y explica bien, Once amas tuvo la Infanta Margarita, dirá ante el asombro de los turistas, Once amas de cría tuvo esta Infanta bellísima que ven aquí, l primera se llamaba a Manuela Laso, y sirvió  esta mujer algo más de dos meses, y la última fue Bernarda de Quevedo y Salcedo, una de las dos primeras admitidas al parto de la Reina Mariana de Austria.

 

 

Quédanse los turistas perplejos y pasmados de la sabiduría de este guía. Primero entre los libros de la Biblioteca Nacional, luego bajo la  triste y pobre lámpara de su cuarto, siempre en la pensión “Aurora” de la plaza de Olavide número seis en Madrid, Ricardo Almeida estudió y aprendió de memoria, tal y como si pudiera palpar y tocar a Velázquez, cuantos acontecimientos y sucesos rodeaban los cuadros del pintor sevillano, aunque su obsesión fuera José Nieto. Pero de repente le han dejado ahora solo, vendado y malherido en la blanca cama de este sanatorio. Sigue estando a veces en el apurado con la memoria, y los psiquiatras tardarán en leer las letras del recuerdo de los hombres enfermos, suele ser alfabeto cifrado que existe sólo en las pantallas de las mentes, en su interior, en su intimidad, y los médicos tienen que profundizar, tienen que esclarecer, han de esforzarse mucho, Lucía Galán Galíndez, con su cuerpo raquítico y su rostro ovalado y hermoso, acaba de levantarse ahora de su silla y como una sonámbula, va hasta el pequeño brote de fuente clara que se encuentra a la vuelta del pasillo, se inclina hacia el borde de ese aparato mecánico y oprime el botón, sale un leve chorlito de agua, salta en el aire y entra en la boca de esta muchacha. No se puede decir, porque sería desentrañar la vida, que ese ruido del agua, ese manar fluido, salta a su vez en la cabeza de a Ricardo Almeida. Mientras alguien bebe en el pasillo de este sanatorio alimentándose del líquido que genera una pequeña máquina, en las tibias entrañas del cerebro de este guía del Prado, en los pliegues de su obsesión y en sus rincones últimos, Ricardo Almeida Garcia recuerda un cuadro de Velázquez, un lienzo que él no pudo explicar nunca y que pudo ver únicamente como espectador en tantas reproducciones y litografías. El Aguador de Sevilla, llámase el cuadro, y está colgado en el Museo Wellington de Londres, y muestra el lienzo ese volumen del cántaro en primer plano y la fragilidad de la copa de cristal sostenida por las manos de un muchacho que se la está entregando en misterioso pacto al aguador anciano. Sigue bebiendo el chorro de agua Lucía Galán Galíndez, ve entre nieblas al aguador de Sevilla de Velázquez el guía del Prado, está corriendo el agua por todas las fuentes , las cisternas y los conductos de Madrid. La historia no puede explicarse siempre. Vamos, ya está bien, le está diciendo el doctor Valdés a Luisa Baldomero, que levanta un poco la cabeza sostenida por cuatro monjas: tiene los ojos aún nublados y el cuerpo entumecido. Vamos, arriba, le anima don  Pedro Martínez Valdés, luego la veo.

Ahora son casi las diez de la mañana en el sanatorio del doctor Jiménez. Jacinto Vergel, con sus gruesas gafas caladas, anda y anda incansable junto a a Regino Cruz Estébanez, ambos montañeros por el pasillo llano.

—Buscaré el veneno en casa de mi hermano — le está diciendo Regino Cruz a Jacinto Vergel mientras dan y dan vueltas interminables — Buscaré el veneno y me mataré. Ten por seguro que me mataré.”

José Julio Perlado

(Continuará)

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(Imágenes —1- Rachel Davis-hartmanfineart)