El supersticioso es tal —dice el filósofo griego Teofrasto —que lavándose las manos y rociando todo con agua bendita, sale del templo llevando en la boca unas hojas de laurel, y todo el día se pasea sin dejarlas. Si ve que una comadreja atraviesa el camino que él lleva, no lo pasará hasta que otro pase primero o tire tres piedras sobre ese camino. Si ve en su casa una culebra, levantará allí mismo una capilla. Arrimándose a las piedras ungidas que están en las encrucijadas, derrama sobre ellas aceite, y al retirarse se hinca de rodillas. Si un ratón casualmente roe el saco donde tiene la harina, va a ver al adivino y le pregunta qué es lo que debe hacer. Si acaso le responde que lo dé al costalero para que lo remiende, no se conforma con esto, sino que, mirándole con aversión, se deshace de él. Purifica su casa con frecuencia. No va a entierros. Cuando tiene algún sueño, va de casa en casa a que los que los interpretan, los adivinos y los agoreros, le digan a qué dios o diosa debe hacer sus oraciones. Para salir de una encrucijada, el supersticioso se lava la cabeza y pide que le purifiquen aplicándole una cebolla. Y si ve un loco se paraliza de miedo.
Una Guía” de 1863 nos dice que en Ávila hay calles de Barruecos, Caballlero, Cozuelo, Cuchillería, Maldegollada, Tallistas, Tres Tazas, Muerte y Vida, Tejares. En Ávila existen muchas plazuelas. Las plazuelas son el encanto de las viejas ciudades españolas—así nos lo recuerda Azorín—. La piedra de los edificios es cenicienta en Ávila. El silencio, hoy, en las plazuelas es profundo. Lo gris de la piedra hace resaltar más lo azul del cielo. Las plazuelas se llaman de la Catedral, de la Feria, de Fuente el Sol, de Magaña, de Ocaña, de Pedro Dávila, del Pocillo, del Rollo, de las Vacas, del Rey Niño, de Nalvillo, de Zurraquín…
El autor de la “Guía” nos da una relación con nombres y domicilios de los administradores que las grandes casas españoles tienen en Ávila en 1863: Su Majestad la emperatriz de los franceses, los duques de Abrantes, Alba, Medinaceli, Roca, Tamames; los marqueses de Cerralbo, Fuente el Sol, Obieco, San Miguel de Gros; los condes de Campomanes, Parsent, Polentino, Superunda, Torrearias; la condesa de Montijo. En Ávila se ven infinidad de escudos. Se los ve en las fachadas, en las puertas, en los esquinazos. Esos escudos son de los Heredias,los Acuñas, los Bazanes, los Mújicas, los Guevaras, los Bracamontes, los Castrillos, los Salazares, los Cepedas, los Ahumadas. Ávila es la ciudad de los caballeros. El ambiente es aristocrático. Y un momento hay en la vida de Ávila en que esta modalidad culmina en una fórmula viva y espléndida: Teresa de Jesús.
Seguramente se olvidará en este recorrido algún manjar, pero sobre la piel de España pueden perfectamente extenderse olores y sabores de las guindas de Toro, uvas de Totana y de Cebreros, sandías de Utrera, batatas de Nerja, higos de Lepe y de Villajoyosa, melones de Villaconejos y de Guardamar, naranjas de Tarifa, damascos de Bornos, garbanzos de Fuentesaúco y Alfarnate, zanahorias de Lillo, repollos de Melgar, arroz de Callosa, papas de Sanlúcar, granadas de Alcira, truchas de Viana, del Barco de Ávila y de Lerma; anguilas del Duero, sábalos de Sevilla, sardinas de Pontedeume y de Laredo, salmón de Santander, atún de Conil, bocas de la Isla, pescadilla de Cádiz, capones de Vergara, salchichón de Vich, chorizos de Castuera, jamón de Montánchez, butifarra catalana, sobreasada mallorquina, queso manchego, miel de la Alcarria, mostachones de Utrera, chocolate de Orense, mantecados de Estepa, bizcochos de Monforte y Guadalajara, almíbares de Granada, conservas de Vitoria, tartas reales de Motril, alpisteros de Chiclana, cantos de Calatayud, limoncillos de Sagunto, calabazate de Onteniente, gazpacho andaluz, paella, caldereta asturiana, almendras garrapiñadas de Alcalá, churros madrileños..
Esta mañana nos hemos entretenido —yo diría más bien que nos hemos angustiado — con el tema de los laberintos. Naturalmente uno se pierde siempre en ellos, aunque esté en la eternidad, y uno no sabe salir del laberinto univiario porque lo confunde con el laberinto manierista y a su vez se tropieza con el laberinto rizoma. Borges, que ha escrito mucho sobre laberintos, nos acompañaba hoy muy temprano y nos ha pedido que en la fila que habíamos creado para no perdernos, nos tomáramos todos de las manos y no nos soltáramos, aunque eso ha sido realmente difícil. El llamado laberinto univiario produce pánico cuando uno se mete en él porque es como un ovillo con dos cabos. Pero si uno entra en el laberinto manierista es peor, y así nos lo advertía hoy Umberto Eco que iba el quinto de la fila, exactamente dos pasos delante de mi. El hilo de ese laberinto, me decía Eco mientras andábamos, se enreda y ramifica. Aunque es mucho más temible, me añadió, el laberinto rizoma, que es una red infinita donde cada punto puede conectarse con todos los restantes y la sucesión de las conexiones no tiene término, ya que no hay un exterior o un interior. Yo le he dicho a Eco que para eso estábamos acostumbrados porque en la eternidad tampoco existe un exterior ni un interior, todo es plano, inmenso, pero en la fila, todos cogidos de las manos, iba también Paolo Santarcangeli, un escritor que iba tres pasos detrás de Eco y que es especialista en el tema. Santarcangeli estaba interesado en cambio en el laberinto íntimo que todos llevamos dentro y en cómo nos espera al fondo de él el Minotauro, al que hay que vencer con nuestras fuerzas especiales. Con eso nos hemos quedado no mucho más tranquilos, pero sí paralizados y pensativos.
También en nuestra fila— yo creo que iba la segunda o la tercera — caminaba una mujer valerosa y sabia, una mujer francesa, enamorada y defensora de Grecia, Jacqueline de Romilly, académica y siempre entusiasta, que nos ha recordado el palacio de Knossos en Creta y su laberinto. Nos ha ido hablando de la infinidad de puertas e increíbles escaleras que existen en ese recinto, y lo ha hecho con gran pasión. Entonces nos hemos sentado todos en el suelo a esperar y sobre todo a pensar cómo podíamos salir de aquel lugar, cosa realmente difícil. Los laberintos dan un poco de dolor de cabeza, son enigmáticos y yo diría que bastante opresores. Hemos estado hablando de un laberinto que hay en el país de Gales, en Caerdonia, y de los laberintos construidos con setos o con hierba y del secreto que guardan para confundir, engañar, desconcertar o equivocarse, y así hemos pasado un largo rato hasta que alguien, no sé cómo, ha conseguido sacarnos de allí.
Siempre en las ciudades hay un cerco indefinido que dibujar, una hora que cabalga en la duermevela, un cinturón geográfico y social que tiñe de dormitorios la zanja de las horas lívidas, el paso de los primeros bostezos. Siempre en los desmontes de las capitales hay un ojo literario enfundado en un abrigo negro, un ojo lúcido que es testigo de cuanto ocurre en la frontera entre vicio y bondad, sobre la línea de un horizonte donde las cercanías del desamparo hurgan en el cúmulo de la miseria. Los personajes de Baroja en “La Busca” cruzan Madrid sin sentido del tiempo, bajan las calles del espacio entrando por una página, interviniendo en una escena y desapareciendo. La filosofía de Baroja es la del “ transeúnte y paseante en corte” y si Unamuno lucha contra el tiempo y contra la muerte, si Azorín trata de inmortalizar el instante y si Valle-Inclán, al estilizarlo, lo hace atemporal, Baroja consigue la permeabilidad del tiempo, dejar siempre “una ventana abierta”. Los personajes barojianos del Madrid de “La Busca” bajarán con frecuencia hacia el paseo de las Acacias, hacia el Puente de Toledo, los veremos cerca del Manzanares, saldrán a la carretera de Andalucía. El “Bizco”, Vidal, Manuel, el señor Ignacio… La Petra se muere y su hijo entra en la habitación de al lado para pedir auxilios: “Manuel entró en el comedor. En la atmósfera espesa por el humo del tabaco, apenas se veían las caras congestionadas”. Es el paisaje interior, el umbral entre noche y vida, el día y la muerte entre las palmas y las castañuelas del Domingo de Piñata en la casa de huéspedes, pared con pared con la Petra que se muere. Siempre hay esa hora sin agujas del estertor inesperado, el áspero sabor de boca que muestra el contraste definitivo de la existencia.
Cuando en 1956, acercándose aquel 30 de octubre en que Baroja se fue de este mundo, la Muerte se iba acercando a la calle de Alarcón donde el novelista vivía con su sobrino Julio Caro, las volteretas de las anécdotas daban su adiós despidiéndose. Una vez, comiendo algo, Pío Baroja comentó desde su ancianidad: “este pescado tiene buen sonido”. Y otro día, mirando a una visita que se reía, viéndolo todo de color de rosa, Baroja comentó a su sobrino: “Oye, eso que hay ahí: ¿ es un plato de arroz con leche?”.
Iba dejando la muerte como anticipo una huella de comicidad, la socarronería de un viejo escritor desde la última vuelta del camino, antes de desaparecer de nuestra vista.
Baroja andando por los desmontes de Madrid en la época de “La busca” parece un aguafuerte goyesco. Embutido en un abrigo negro, ligeramente encorvado, el sombrero — negro también — bajo un cielo en contraste rayado, la claridad del papel de la vida y el rasgo del dibujo a carbón nos dan la pintura de este hombre de 32 años que avanza por los cortes del pesimismo, sobre los cascotes de la crudeza, esa frontera — no del “golfo” madrileño— sino del claroscuro entre el trabajador y el ocioso, el que formará en “La lucha por la vida” — la trilogía de “La busca “, “La mala hierba” y “Aurora roja”—el personaje central —Manuel — y su unidad novelística.
Este Baroja que anda por las afueras de Madrid nace en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872
, hijo de don Serafín y de doña Carmen con tres hermanos más — uno de ellos, Ricardo, excelente pintor y autor de un delicioso libro revelador de una época, “Gente del 98” —-, Pío Baroja a los 45 años tendrá el bigote espeso y la nariz gruesa, la barba corta y rojiza, los labios rojos y la sonrisa melancólica, un esqueleto fuerte, manos grandes y poco hábiles, y se refugiará en los paseos solitarios. Mientras a Valle-Inclán le gustarán los paseos interminables y fabuladores donde creará historias de increíbles protagonistas, a Baroja le atraerán los tipos y sus detalles acumulados como escombros, existencias en el umbral incierto del dolor, cavernas de humorismo agridulce, vidas sombrías, canciones de un suburbio áspero y a veces irónico, cerros de Madrid contemplados desde la altura de la distancia. “ En el sotillo próximo al Campo del Moro — escribirá en “La Busca” — algunos soldados se ejercitaban tocando cornetas y tambores; de una chimenea de ladrillo de la Ronda de Segovia salía a borbotones un humazo oscuro que manchaba el cielo, limpio y transparente; en los lavaderos del Manzanares brillaban al sol ropas puestas a secar, con vívida blancura “Baroja— murmurará Valle-Inclán —quiere que la realidad sea fotográfica, y de este modo escribe libros que sólo le gustan a un perro que tiene que se llama “Yock”. Dirá esta frase en el café de Fornos, en un banquete en honor de Galdós. Baroja, que está cerca, lo oye. Como había oído un día a Blasco Ibáñez decirle sobre su trilogía “ La lucha por la vida”. “Eso que ha hecho usted en las tres obras son estampas, pero hay que pintar el cuadro”. Y Baroja le respondió: “Es probable. Mas no por ello todos los cuadros son buenos. Hay cuadros que son deplorables”.
Pintar cuadros. Acumular infinitos detalles minúsculos. Conservar la distancia como estilo. Eso hará Baroja. Los paisajes de Madrid en muchas novelas suyas — como sucederá con Londres en “La ciudad de la niebla” — se intercalarán con las situaciones y los diálogos, irán dejando brochazos de prosa sobre la intensidad dramática. La Puerta del Sol cierra la última página de “La Busca” en los lindes de la madrugada: “Danzaban las claridades de las linternas de los serenos en el suelo gris, alumbrado vagamente por el pálido claror del alba, y las siluetas negras de los traperos se detenían en los montones de basura, encorvándose para escarbar en ellos. Todavía algún trasnochador pálido, con el cuello del gabán levantado, se deslizaba siniestro como un búho ante la luz, y mientras tanto comenzaban a pasar obreros… El Madrid trabajador y honrado se preparaba para su ruda faena diaria”.
Los libros me despiden en todos los idiomas. Es una forma curiosa de despedirse. Antes de que yo les tienda la mano para saludar sus páginas, las letras vienen a mí para rogarme que no las despida, que ellas van a seguir conmigo. Siempre me ha ocurrido así. Me acuerdo de un gran libro tumbado en Roma, en 1964, en una librería de Piazza Navona, que estaba echado sobre las Meninas y palomas que pintara Picasso en 1957 y que me miraba con sus ilustraciones claras y rojizas, los trazos de las palomas aparecían en su portada, y cuando lo tomé para abrirlo él me enseñó que los libros vivos están extendidos sobre las mesas de las novedades y los libros muertos se hallan ya en las estanterías. Cuando uno pisa los claustros de las librerías hay que ir lápida a lápida, buscando a Dickens, a Defoe o a Auster, porque sus cuerpos residen desde hace años en su lugar correspondiente, algunas manos les llevan flores al tomarlos y el libro se deja extraer para la lectura y sale del silencio a la voz. Recuerdo en París, en la orilla izquierda, en la librería “La Hune”, cómo las tentaciones de un libro empezaron a salir sugerentes desde la cubierta hacia mi : era un libro en francés que hablaba de Japón, yo no pensaba escribir nunca sobre Japón, pero el libro sí lo sabía. Me impresionó que un libro supiera tanto de mí. Entonces lo tomé entre mis manos, abrí sus páginas, y tal como estaba, de pie, a media tarde, y entre la multitud de la tienda, el libro me fue diciendo que cincuenta y cuatro años después yo escribiría una novela sobre Japón, y que aquellas hojas me servirían.
Entonces compré aquel libro. Aún no me he despedido de él. Para resistirse a las despedidas, los libros suelen viajar detrás de uno en los automóviles, toman los mismos trenes que nosotros, nos indican los secretos del mundo desde los subrayados y los tatuajes que hicimos durante años en sus márgenes. Eran y son tatuajes cifrados. Algo que nos gustó y que admiramos, acotaciones de lectura, asombros y descubrimientos. Recuerdo también la bellísima y copiosa nevada que descendió en agosto sobre mí desde las páginas de un libro. Estaba sentado en la terraza de un hotel de montaña, “El Rebeco”, a gran altura, a los pies de los Picos de Europa. Hacía calor. De pronto empezó a nevar en el libro que leía. Joyce me iba nevando con su cuento “Los muertos” : “Había comenzado a nevar nuevamente — me decía el libro- . Los lentos copos, plateados y oscuros, caían oblicuamente en el haz de luz. Había llegado el momento de emprender su viaje hacia el oeste. Sí, los diarios tenían razón: la nevada era general. Caía en toda la extensión de la oscura meseta central, sobre las colinas desnudas. Su alma desfallecía lentamente mientras oía caer la nieve sobre el Universo. Caía suavemente, como si se tratara del advenimiento, de la hora final, sobre los vivos y los muertos”. Así me fue despidiendo poco a poco aquel libro.
Con la temperatura serena y fría — escribe el capitán inglés George S. Nares contando la expedición del “Alert” y del “Discovery” en 1876– vemos una niebla suspendida a menos de un centenar de pasos de hielo y sobre ella una atmósfera maravillosamente límpida donde se distinguen las montañas de Groenlandia, cuyas altas cimas atraviesan la superficie completamente plana de la niebla.
Como el termómetro se cubre de hielo apenas se retira del agua, no es muy fácil determinar exactamente la temperatura del mar. Los cristales se acumulan sobre la cuerda tan pronto como se retira del agua, se derriten cuando la sumergimos de nuevo en el mar. Ahora tenemos un tiro de nueve perros bastante buenos y robustos; y nos sería difícil alimentar mayor número. Los más débiles han muerto, habiendo sido necesario deshacernos de algunos este invierno por ser completamente inútiles.
Han comenzado los ejercicios preparatorios para emprender un viaje a la Bahía de la Descubierta, el cual se efectuará si es posible, en los primeros meses de marzo. Hemos conducido a nuestros perros más allá del cabo Rawson, y sólo uno ha sufrido ataques nerviosos durante este trayecto de once kilómetros por un terreno erizado de obstáculos. En los alrededores del promontorio el camino ha parecido menos malo; las largas pendientes de nieve que se extienden en la base de las rocas no son tan rápidas como durante el otoño. Hoy los perros han recorrido en tres horas diez y ocho kilómetros. El termómetro marcaba cuarenta y ocho grados bajo cero. Dos perros han padecido convulsiones; ahora damos a cada uno su ración cotidiana de dos libras de carne en conserva. A mediodía el sol está a cinco grados bajo el horizonte; no vemos estrellas; los tintes azules del cielo de hielo se pronuncian cada vez más.
Después de tres días de caza a la luz del crepúsculo, el doctor Moss ha matado su liebre; está en muy buen punto, y según se ha reconocido, se alimentaba de hojas, de sauce y de liquen. ¿Como vivió este animal durante la larga noche del invierno? ¿Cómo soportaron las plantas una temperatura que, aun al abrigo de la nieve, se mantiene normalmente inferior a menos dieciocho grados bajo cero? Son cosas que no me explico. Se ha observado una pista de armiño, pero sin descubrir ningún agujero o madriguera.
El plató es al mismo tiempo la parte más concreta y más inestable de la filmación de una película— decía Almodóvar—Es el punto donde se toman todas las decisiones y también donde puede suceder cualquier cosa para bien o para mal . La gente suele hablar de “ pre visualizar” cosas y algunos directores aseguran tener toda la película en la mente un tiempo antes. Aún así, muchísimas cosas solo surgen en el último minuto, cuando todos los elementos de una escena se juntan en el plató.
Podría intentar hablar de la dirección de actores, pero sinceramente creo que es un ejemplo típico de lo que no puede enseñarse. Es una cosa totalmente personal que implica ser capaz de escuchar a los demás, entenderlos y entenderse a sí mismo. Es inexplicable. En cualquier caso, ensayo una última vez con los actores y hago ajustes finales a sus papeles, normalmente acortándolos para ir al grano. A continuación, ruedo una escena, pruebo varios tonos. No ruedo la escena con varias cámaras en el sentido clásico, utilizando diferentes ángulos. Sin embargo, lo que sí hago es orientar la escena en una dirección distinta en cada toma. A veces, pido a los actores que repiten la escena más rápido o más lentamente. Otras veces, la rehago con un tono más cómico o más dramático. Y, después, en la sala de montaje, elijo el tono que mejor se adapte a la película en su conjunto. Resulta extraño pero la mayoría de las ideas que se me ocurren en el plató son cómicas y, a veces, me debato entre el miedo a perjudicar el tono serio del film y la frustración que supone perder los momentos cómicos . En consecuencia, este método me permite probarlo todo y elegir más tarde.
Hoy el escritor francés François Rabelais ha querido que bajáramos a un gran templo subterráneo llamado Oráculo de la Botella que está debajo de la eternidad. Yo no había entrado nunca en un templo así, pero todos los que estamos aquí la verdad es que hemos pasado un rato muy agradable visitando este sitio inesperado y tan singular.
El Oráculo de la Botella se encuentra en una isla del mismo nombre que está debajo de la eternidad y que naturalmente no está en ningún mapa y algunos dicen que sólo existe en la imaginación, pero Rabelais nos ha insistido en que eso no es verdad: que existe ese templo subterráneo, nos ha dicho, pero únicamente hay que tener la paciencia de buscarlo, como así hemos hecho nosotros esta tarde.
Se entra en ese templo, y así lo hemos hecho todos detrás de Rabelais, tras cruzar un viñedo plantado por Baco. Este viñedo da hojas, flores y frutos en todas las estaciones y posee todas las especies de viñas: Malvasía, Moscatel o Anjou.
Rabelais nos ha encendido su linterna porque no se distinguía todo muy bien, y nos ha contado que aquí el visitante debe comer tres racimos, meterse pámpanos en los zapatos y coger una rama verde con la mano izquierda para dar a entender que desprecia el vino, que lo domina y que lo sojuzga con sus pies. Al salir del viñedo hemos pasado bajo un arco antiguo sobre el que está esculpido el trofeo de un bebedor; a un lado había una larga hilera de frascas, botellas, pellejos, barriles, toneles, jarros y pintas antiguas; en el otro lado había una gran cantidad de ajos, jamones, quesos, lenguas de buey ahumadas y confituras de pámpanos. El arco terminaba en un tonel hecho de cepas de viñas adornadas con racimos de quinientos colores y formas diferentes. Cerraban la boca del tonel tres hiedras antiguas. Aquí el visitante, nos ha dicho Rabelais, debe hacerse un sombrero albanés con esta hiedra y ponérselo en la cabeza. Eso significará que el vino no le domina y que su espíritu está tranquilo y libre de toda perturbación de los sentidos.
Nadie se ha atrevido a preguntarle nada a Rabelais sobre esto. Hemos cruzado este templo subterráneo que está debajo de la eternidad y de este modo hemos descubierto una vez más un mundo distinto. Siempre estas tertulias nos revelan cosas nuevas.
“San Petersburgo en verano es triste, sucia, podrida. Se adapta a mi humor y podría ofrecerme alguna falsa inspiración para la novela”, dice Dostoyevski en una de sus cartas cuando está escribiendo “Crimen y castigo”. Años antes, en otra carta a su hermano Miguel redactada en febrero de 1854, el novelista evocará cuando abandonó la ciudad en la Nochebuena de 1849 camino de la prisión, conmutada su pena a muerte por trabajos forzados por haber difundido una carta de Bielinski:”Me puse a mirar con interés el San Petersburgo que atravesábamos. Las casas estaban iluminadas por la fiesta, y yo decía adiós a cada una. Pasamos delante de tu casa. La de Krayevsky estaba toda iluminada. Tu me habías dicho que él tenía una fiesta, con un árbol de Navidad y que Emilia Fiódorovna iba a llevar a los niños. Yo me sentí mortalmente triste cuando pasamos ante esa casa. ¡Cuánto los echaba de menos, y cuántas veces aún varios años más tarde, lo he recordado con lágrimas en los ojos…!”
“Crimen y castigo” tendrá como paisaje la gran ciudad del siglo XIX, la metrópoli que es escenario de existencias y de aspiraciones de vidas quebradas y de relaciones de caídas y de redenciones sucesivas. En los suelos de las habitaciones y en las calles de San Petersburgo sucederán esos momentos cruciales que marcan unas vidas: Sonia en la calle, Marmeladov en la calzada, Caterina Ivánovna, Svidrigajlov y el disparo, Raskolnikov y sus paseos con la pregunta a cuestas, perseguido por la sombra del remordimiento, dudando, defendiéndose, entregándose al fin. Se ha dicho que las mentes de muchos lectores podrían estar divididas por esa elección — los que aman aTolstoi y los que prefieren a Dostoievski —, pero en ambos (mucho más en Dostoievski) la ciudad con sus arterias abre caminos de soliloquios angustiados a personajes que el paisaje enmarca. La complejidad urbanística de las ciudades es el telón de fondo del autor de “Crimen y castigo” en donde los humillados y ofendidos tendrían junto a los puentes de soledad el diálogo sentimental de sus noches blancas.
En 1851 Tolstoi abandonará San Petersburgo por el Cáucaso, en 1849 esa ciudad la tendrá que dejar Dostoyevski para ir a prisión. La ciudad al fondo. Rusia al fondo. “A fines de noviembre, en época de deshielo, a las nueve de la mañana, el tren Petersburgo- Varsovia, se acercaba a todo vapor a San Petersburgo”, comenzará “El idiota”. San Petersburgo acompañará continuamente a ese escritor que viajó por Europa de ruleta en ruleta, el autor de “Demonios” o “El jugador”. “Vete a una encrucijada, haz una reverencia a las gentes, besa la tierra, porque también ante ella has pecado, y dile a todo el mundo en voz alta: ¡Soy un asesino!, le dirá Sonia a Raskolnikov.
Dos meses antes de morir, Dostoievski envía los últimos capítulos de “Los hermanos Karamazov” al “Mensajero Ruso”: “Mi novela se ha terminado, hace tres años que trabajo en ella y dos años que la estoy publicando. Para mí es una minucia significativa. Tengo la intención de vivir y de escribir aún veinte años”. La vida, sin embargo, le despedirá el 31 de enero de 1881. Será enterrado en el cementerio del convento Alexandro Nevski y San Petersburgo quedará en el recuerdo.
José Julio Perlado
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