
Había trabado amistad con una criatura extraña, minúscula. No tenía cuerpo, solamente cara,una cara redonda,no más grande que una cabeza de alfiler — y siempre riente. Vivía en el espacio de una carta geográfica — más bien: orográfica — abierta perpetuamente sobre la mesa de mi cuarto. Se desplazaba entre los relieves y las sombras, pequeño punto luminoso revoloteando como uno de esos insectos ínfimos que, a la orilla del mar, se enredan entre las pestañas. ¡Cuánto quería a esa molécula radiosa, a esa porción de ágata! ! La luz era nuestro lenguaje, su risa nuestra complicidad. Me angustiaba si a veces, ya por ligereza o para reírse de mí, se demoraba en una hendidura donde yo no podía
verla. Desconfiaba sobre todo de las corrientes de aire y nunca me olvidaba de cerrar bien la ventana. Pero ella volvía siempre, emergiendo de pronto del fondo de un valle o deslizándose por el filo de un desfiladero, saltando como un yoyo fosforescente. Iba y venía a lo largo de los ríos, se ocultaba en los repliegues, reaparecía de repente y, pequeña esfera loca, recomenzaba su alegre carrera, arremolinándose, girando en espirales imponderables, jovial, irisado meteoro. Su risa en zigzag repercutía en las montañas.

Un día, al regresar a mi cuarto, sentí un golpe de viento helado entrando por la ventana de par en par abierta. He pasado mucho tiempo acechando su regreso. Ya no rebotan los ecos en los valles, el mapa está deshabitado, recubierto por un silencio de era glaciar. Todavía hoy escruto con ansiedad cada vez que en un rayo de luz veo danzar átomos de polvo.
Yesé Amory

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