FILMAR A UNA FAMILIA (1) : MIS HERMANAS Y MI MADRE


 A mí me  gustaría hablar de todo esto antes de empezar a rodar con Ettore Scola, el director de “La familia”, y que me ayude a a tomar este pasillo con las voces y las puertas y las entradas y salidas para rodar bien  la pelÍcula, es director admirable por su conocimiento de la intimidad y yo puedo también presentar mi pasillo de intimidad con puertas y ventanas, el momento en que entra mi tío Adolfo que suele pasar temporadas con nosotros, las cabezas de los novios de mis hermanas, cabezas distintas porque cambian mucho de novio, cabezas alargadas, rubicundas, sin pelo, con pelo, cabezas asustadas, cabezas sonrientes, cabezas lisonjeras con mi madre, mi madre que entra como una estrella de cine, una Ana Magnani con los ojos fieros detrás de la sopera, “Toma, hijo, que tienes que comer”, le dice mi madre al novio de Sofía, es el tercer novio que come varios meses en casa, los otros dos anteriores ya comían bastante, yo creo que venían a comer más que a enamorarse, “¡qué rico está esto, doña María!, decían, ¿cómo consigue usted estas cosas?”, mi madre adivinaba sus gustos, unas croquetas de jamón para el primer novio, unas chuletas de cordero para el segundo, al tercero lo está engatusando con los dulces, todo esto tengo que rodarlo, hay que poner una cámara en la puerta de la cocina y seguir despacio a las chuletas de cordero hasta el comedor, luego, con otra cámara ya muy cercana a la mesa se une el primer plano de las chuletas con el de los dulces y se da paso con enorme continuidad a la cara del tercer novio, el tercer novio aparentemente es un poco bobalicón, tiene los ojos saltones, pero es muy listo, para la película da muy bien porque es la fantasía celeste, ojos que van del dulce a mi madre y de mi madre al dulce. “Come, Rubén, come, le dice mi madre, que un padre de familia necesita comer. Porque, digo yo, un día querrás ser padre de familia, ¿no?”, Pero no, Rubén por ahora no quiere ser padre de familia, solo le interesa un restaurante que ha montado a las afueras de Madrid, un restaurante donde prueba cosas famosas de la gastronomía y también un homenaje a los grandes gastrónomos de la Historia, porque es un apasionado de la gastronomía,  me lo ha dicho a mí en una esquina del pasillo, un día tienes que venir a ver mi restaurante, me ha dicho, no se lo ha dicho a Sofía, a Sofía la tiene engañada, estas conversaciones entre hermano y hermana en el pasillo son muy inútiles, no llevan a ninguna parte, no sé si las pondré en la película porque son conversaciones muy cortas, apenas nada, más incomunicación que comunicación, Antonioni reflejaba muy bien la incomunicación, lanzaba unos silencios infinitos y las pupilas de los enamorados se quedaban como traspasadas, cada una en su isla, podían estarse mirando una eternidad y a la vez mirar al espectador sin decirle nada, absolutamente nada, yo no sé si el espectador se aburría algo con aquello, pero yo con Sofía no puedo aburrir, Sofía es una chica alegre, encantadora, con el pelo rubio cayéndole sobre los hombros, pero que está engañada, yo se lo he dicho, Bergman no sé qué haría con esta incomunicación de mi hermana conmigo, sin duda haría algo admirable, Bergman lograba una incomunicación con la ciudad, con el universo, con la vida, con la muerte, con cualquier cosa, yo no sé si lograré filmar estas conversaciones de la incomunicación, ella y yo no nos entendemos, Sofía no entenderá nunca mis proyectos cinematográficos y yo no entiendo lo que le pasa con sus novios que van y vienen entre engaños y que la tienen enloquecida el seso.

Otra cosa muy distinta es lo de mi tío Adolfo. Podría ser un personaje interesante en la película.

– ¿Se puede? – pregunta cada vez que viene a casa.

– ¡Claro que se puede, Adolfo, eres mi hermano! ¿Cómo no se va a poder? – dice mi madre.

El tío Adolfo deja su gabardina en el vestíbulo, toma con vigor sus modernas maletas, tiene un perfil elegantísimo, es delgado, con bigotito recortado, presume de su monóculo azul,  el pelo algo ensortijado, alto, enjuto de cara, siempre ha jugado en Bolsa, no se ha casado, tiene dinero.

– Mamá – le susurra Paula a mi madre – ¿cuánto se va a quedar el tío Adolfo? Lo digo por si tengo que cambiar toda mi ropa del armario.

– Sí, naturalmente que tienes que cambiarla. Yo no sé cuánto se va a quedar el tío Adolfo. Esta es su casa. Bueno, no exactamente su casa pero como si lo fuera.

– Es que la última vez se quedó tres meses.

– ¿Y qué si se quedó tres meses? ¡Como si se quiere quedar toda la vida!

– Bueno, pero es por lo de la ropa de invierno y la de verano. Si se queda tres meses, la de verano la tengo que poner en sillas.

– ¡Pues la pones en sillas, Paula! ¡Y ahora no me entretengas que tengo que prepararle la habitación a tu tío!

– Entonces, ¿la ropa de verano la pongo en las sillas del cuarto de Irene?

– ¡Habla con Irene! ¡En las sillas de Irene y también en las tuyas!

– ¿Y los horarios del cuarto de baño?

– ¡Bueno, Paula, ya no me saques más de mis casillas! ¡Ayúdame a vaciar estos armarios!

El tío Adolfo – el hermano más joven de mi madre – necesita dos amplios armarios para su ropa. Trae siempre preciosas camisas planchadas, pañuelos con sus iniciales, media docena de pantalones, dos batas, tres pijamas, numerosos calzoncillos, un gran surtido de corbatas azules y una docena de trajes enteros también azules. Yo creo que, como hizo Alexander Sokurov en “El arca rusa”, se podría empezar aquí empleando una cámara digital de alta definición para intentar filmar en una sola toma toda la vida del pasillo y de la casa, pero haciéndolo despacio y con cuidado, partiendo precisamente de los dos armarios abiertos de mi tío Adolfo, que les de bien la luz de la ventana a toda la variedad de camisas y corbatas y a la gama de colorido de jerseys e incluso de calcetines, para ir retrocediendo poco a poco y a la vez elevándose la cámara para pasar sobre el marco de fotografías de la familia, esas en las que estamos todos durante los veranos en las piscinas, siempre morenos y siempre  sonrientes, para pasar luego sobre los cuadros que nos regaló el tío Víctor, hay un cuadro pequeño pero muy bonito que es un atardecer, no vale demasiado, pero que es misterioso, yo lo considero misterioso, representa una casa de campo y un camino, y junto al camino el mar, y por ese camino anda el perfil de una figura en sombras, y ahí la cámara podría detenerse un momento porque ese perfil siempre me ha parecido extraño, como si nos quisiera decir algo del camino de la vida, y luego, ya en el montaje posterior, se puede incluir algo de música, unos acordes, por ejemplo, del Adagio de Albinoni, o no poner nada, porque Sokurov a veces no pone nada, pero otras veces sí, introduce a Chaikovski mientra giran y giran los bailarines en las salas del Hermitage, giran y giran las luces de las lámparas y también los techos y las molduras de las puertas, y toda la belleza de la historia de Rusia y del gran Museo, también nosotros tenemos nuestra pequeña historia, este es un piso un poco grande, heredado de mis abuelos, la terraza de la cocina da a un patio interior donde cuelga la ropa de mi madre, de mis hermanas y la mía, y aquí está también la belleza de la vida, el color de la fantasía, la luz de la mañana atraviesa la tela de las blusas blancas y azules y el viento las va hinchando, las transforma, el viento ruge desde la cumbre de los trasteros de las terrazas, cerca de las chimeneas, en esos trasteros duermen restos de naufragios de muchos años, regalos inservibles, las ruedas de una bicicleta, tres muñecas antiguas, la primera radio que tuvimos, unas cortinas, un antiguo baúl desvencijado, toda esa niñez y esa primera juventud que suele bajar muchas noches hasta mi imaginación, y eso he de filmarlo en una única secuencia, como cuando el director ruso deja asomar el río Neva por una ventana del Hermitage, una imagen del río nevado atravesando San Petersburgo, así quiero yo que asomen mis sueños, podría hacerse aquí una mezcla de Sokurov y de Fellini, yo amo a Fellini, es un personaje que me sirvió para soñar, y ahora Fellini me hará bajar sobre el aire del patio las ruedas de la bicicleta, las ruedas girando en el aire con música de Nino Rota, la gente de la casa no puede verlas porque es de noche y están todos durmiendo pero toda la terraza del patio se ilumina de pronto y en una luz difusa se mueven las blusas de mis hermanas como si fueran fantasmas femeninos, son los sueños, bailan los sueños en mi cerebro, todo esto es cine, una casa apagada, se oyen los ronquidos en algunas ventanas entreabiertas, las blusas bailan, las ruedas giran, el tío Adolfo duerme con su pijama de seda bordada en la que se destaca su escudo, él no tiene título nobiliario, no sé dónde ha podido encontrar un escudo que no es suyo, la cámara deberá pasar lentamente por su escudo, luego por su frente y por su pelo ensortijado para salir despacio hasta el comedor, hasta las bandejas imitando la plata que hay sobre el aparador, hasta las sillas perfectamente colocadas, hasta la butaca de mi madre y la casa que duerme.

José Julio Perlado

(del libro “ Carnet de un director de cine”)

relato inédito

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