
Aprender a ver. Sorprenderse dentro del mapa de lo conocido. No aburguesarse en las costumbres de lo cotidiano. La novelista norteamericana Flannery O’Connor comentaba: “Tengo una amiga que está tomando clases de actuación en Nueva York con una dama rusa de gran reputación en su campo. Mi amiga me escribe que, durante el primer mes, los alumnos no hablan una sola línea, sólo aprenden a ver. Y es que aprender a ver es la base de todas las artes, excepto de la música. Conozco a muchos escritores de ficción que además pintan, no porque posean talento alguno para la pintura, sino porque hacerlo les sirve de gran ayuda en su escritura. Los obliga a mirar las cosas. “ Esto nos lleva casi de la mano a lo que Picasso le dijo un día a Sabartés sobre Cézanne. “Si Cézanne es Cézanne, es porque cuando está frente a un árbol mira atentamente lo que tiene ante sus rojos ; lo observa fijamente como un cazador que apunta al animal que quiere abatir. Muchas veces un cuadro no es más que esto… Hay que poner toda la atención”.
El ojo de Picasso mirando el ojo de Cézanne y el ojo de Cézanne mirando a su vez el ojo de Monet. “Monet — dirá Cézanne — es sólo un ojo, pero ¡qué ojo!“. Era aquel Monet que manifestaría haber deseado nacer y recuperar repentinamente la vista para no saber nada de los objetos y hallarse en estado virgen ante las apariencias.
Aprender a ver. Ejercitar el ojo para abrirse al asombro. Nuestra pupila ve los telediarios y no los mira, los mira y no los comprende. A la pupila le falta muchas veces la comprensión, ese ponerse en lugar del otro, no recibir tan solo sino aprehender imágenes y sonidos que nos desvelan lo que ese otro lleva dentro. A ese otro, en directo y mientras cenamos, le están acribillando con los ojos vendados ante un pelotón de fusilamiento.
José Julio Perlado

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