VIAJE DE LOS TRES REYES

«Entre las urgencias de estos días, no es la menor preguntar de cada y cuándo por dónde andarán los tres señores reyes del Oriente, si van subiendo o bajando, pasan un puente o coronan una colina, moran en almenado castillo o levantan tiendas en el campo, o hacen noche en un oasis del desierto. Lentos paisajes del Sur, como en el hermosísimo verso de Cernuda «dormidos en el aire», parecen tener la necesaria sabrosa nostalgia para tal viaje.

(…)

Pero, ¿por dónde andarán, amigos? ¿Dónde están, al alba y a la noche? Quién pudiera, como Jacopone en el camino de Milán, verlos pasar por el silencio de la noche, por el filo del silencio como por por el borde de una copa llena de sombra: unas alegres luces bajando hasta un puente de madera, y oir el ligero trote en la tablada, como un tambor de fiesta, y verlas perder luego, las luces, por el camino que cruza un  castañar, y preguntar a un paje que va retrasado – un pajecillo de oscuro rostro, que lleva una dalmática roja y si te habla se quita una gorra blanca, una monterilla con plumas, y va perfumado con agua de canela -, quiénes son aquellos altos, nobles y poderosos señores, y oírle ceceando decir que son don Melchor, don Gaspar y don Baltasar, que van camimo de Belén por mor de una estrella que corre a trasmano por la banda del cielo. Y tú pasmas, porque aprendes que el camino que pensabas iba a Betanzos o a Tuy, resulta que va a Belén, y miras la estrella, caminera y dorada, y le agradeces al pajecillo, que ya se va, corriendo, a tomar la brida del palafrén de su señor. Yo sé de cierto que en algún camino, en algún apartado lugar, cualquiera, a esta hora en que Dios anochece sobre el mundo, podrá ser vista la incomparable comitiva».

Álvaro Cunqueiro: «El viaje de los tres Reyes».- de la serie «Retratos imaginarios«.- «Viajes imaginarios y reales« (Tusquets)

(Imagen: Charles Martin.-The New Yorker.-1968)

EL MANDARÍN MARAVILLOSO

El mandarín maravilloso de Bela Bartók eleva en su soledad blanca los trazos negros y afilados de pies y manos, los saltos de las sombras, el perfil de la danza, el ritmo y sus desviaciones sincopadas. El mandarín maravilloso bailará entre los ángulos hirientes de la coreografía, entre la geometría de los signos, entre el vuelo violento de las capas, los movimientos del conflicto y el contraluz de muñecas, piernas y brazos. El bailarín maravilloso estará de pronto invadido de colores y alejará y acercará los rostros ante un espejo invisible enmarcado en la gran expresión orquestal.

Sucederá esto en 1919. Casi veinte años después, en 1936, el mandarín maravilloso dará paso a una fantasía sonora, sólida arquitectura de la «Música para cuerda, percusión y celesta«. Arpa, piano, timbales y tantos otros instrumentos se fundirán en unidad extraordinaria y en fascinante y dinámica  disposición. «A  menudo se viaja con él sobre las aguas negras de un río subterráneo – dirá Julien Green en su «Diario» al hablar de esta obra de Bartók -, pero hay también sobre las aguas el resplandor de los fuegos de Bengala y por encima de nuestras cabezas la bóveda de una belleza mágica; también podemos sentirnos en un templo plenamente sonoro con el ruido de los gongs, en medio de una jungla donde la fieras rugieran sordamente en la noche».

«Que mis exequias – dirá Bartók en su proyecto de testamento – se celebren lo más sencillamente posible. Si por casualidad, después de mi muerte, quiere darse mi nombre o erigirse un monumento en mi honor en una plaza pública, he aquí cuáles son mis deseos: en tanto que las plazas de Budapest antiguamente llamadas Plaza Oktogon y Plaza Eorönd lleven los nombres de estos hombres (léase Mussolini e Hitler), en tanto que haya en Hungría una plaza o una calle con esos dos nombres, yo deseo que no haya en el país ninguna calle, ninguna plaza ni un monumento público que lleve mi nombre y que ninguna placa conmemorativa sea colocada en lugar público«.

«Nuestra situación empeora de día en día – escribirá desde Estados Unidos el gran compositor meses antes de morir -. Nunca en mi vida, desde que me gano el pan, me he visto en una situación tan terrible. Mi mujer lo soporta todo heroicamente. Hasta ahora habíamos tenido gratis dos pianos. Pero acabo de recibir el aviso de que se van a llevar uno. Naturalmente, no tenemos dinero para alquilar un segundo piano. Por lo tanto, no tendremos posibilidad de estudiar las obras para dos pianos. Y cada mes recibo un golpe por el estilo. Me rompo la cabeza preguntándome qué me va a ocurrir el mes que viene…».

«Es la hora de la séptima puerta…», le dirá al fin a un visitante el 26 de septiembre de 1945 en el West- Side Hospital de Nueva York.

Allí es donde murió.

(Imágenes: videos.-1.-«El mandarín maravilloso» (1919).-Angers Nantes Opéra Au Theâtre Le Quai/ 2.-«Música para instrumentos de cuerda, percusión y celesta»(1936).-Filarmónica de Berlín, dirigida por Pierre Boulez/ 3.-«Sonata para violín solo»(1944), por Ivry Gitlis)

PASOS

Estos pasos continuos que aparecían en la película de Robert Z. Leonard, «Dancing Lady«, pasos decididos, pasos incansables, abren el año sobre la acera del tiempo, lunes y martes, miércoles y jueves y viernes caminando sobre tantos problemas y tantos trabajos, pasando más que paseando, yendo y viniendo de quehacer en quehacer, recorriendo calles, recorriendo carpetas, paseando despacio tan sólo sábados y domingos, pero pasando y pisando ràpidos el resto de la semana, de aquí para allá, de las salidas a las entradas, de los sótanos a los rascacielos, bajando y subiendo escaleras, andando, caminando, viviendo.»Se me curva la espalda – decía Robert Walser -, porque a menudo me paso horas inclinado sobre una palabra que tiene que recorrer el largo camino que va desde el cerebro al papel«. Entonces uno se levanta y echa obligatoriamente a andar. Pasos. Pasos continuos y absolutamente necesarios. Pasos imprescindibles. Cada uno de ellos delata que estamos vivos.

(Imagen: «Dancing Lady»  1933.-de Robert Z. Leonard )