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Archive for 30 septiembre 2009

muñoz rojas.-c.-rtpa.es

“A mí me ha sucedido muchas veces

buscarme inútilmente, y no encontrarme

aunque estaba citado en la esperanza

de una ternura fija, y ver pudrirse

las rosas que llevaba entre las manos.

 

Y hallar que la palabra no servía

que era inútil el canto, derrotada

la palabra en los labios, miel sin nadie,

en busca de su labio”. (“Canciones”) (1933-1940)

Muñoz Rojas.-1-en 2006.-elmundo.es

“Divinamente dulce y bien plantada,

en el florero, en las habitaciones

como que tienes tierra en las honduras

del corazón cantor, de la honda pena

donde nacen las rosas de este mundo,

la angustia que estercola la belleza,

el temblor que te presta los colores,

el rozar a que pides suavidades

y la esperanza que te lleva aleve,

ala sobre las cosas, tan sin peso,

tan con suspiro, prisa, tan diciendo:

¿Estás bien? Tengo prisa. ¿Soy hermosa?”. (“Cantos a Rosa“) (1954)

(A la memoria del excelente poeta José Antonio Muñoz Rojas que ha muerto el 29 de septiembre y al que me referí hace unos meses en Mi Siglo)

(Imágenes.-José Antonio Muñoz Rojas.-1.-rtpa.es/2-elmundo.es)

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Tarkovski.-GG.-solaris.-uv.es

“El pesimismo tiene muy poca relación con el arte – escribía Andreï Tarkovski en su Diario del 9 de septiembre de 197o (“Journal 1970-1986“) (Cahiers du cinema) – La literatura, como el arte en general, es de esencia religiosa. En sus más altas manifestaciones, ella da fuerzas, inspira la esperanza frente al mundo moderno tan monstruosamente cruel y que, en su desatino, llega al absurdo. El verdadero arte moderno tiene la necesidad de una catarsis que purifique a los hombres ante las catástrofes ( o la catrástofe) que vayan a llegar. Tanto peor si esta esperanza es un señuelo, pero ella da la fuerza de vivir y de amar lo bello. Sin esperanza, el hombre muere. Conviene, en el arte, mostrar este horror en el que viven los hombres, pero solamente para encontrar un medio de expresar la Fe y la Esperanza. ¿En qué? En que, a pesar de todo, el hombre está lleno de buena voluntad y del sentimiento de su dignidad. Justo ante la muerte. En que él nunca traicionará su ideal, su milagro, su vocación de hombre”.

Tarkovski.-C.-Nostalghia.-applescript.extracts.de

“La humanidad – escribía el mismo día – ha hecho todo para destruirse. En primer lugar moralmente – y la muerte física no es más que el resultado. Como los hombres son pequeños, lamentables y sin defensa, cuando ellos piensan en el “pan”, y solamente en el pan, no ven que esta manera de ser sólo les conduce a la muerte. (…) La hora de la virtud personal ha sonado. Es el banquete en los tiempos de la peste. No se puede salvar a los otros sin salvarse uno mismo. En el sentido espiritual, naturalmente. Los esfuerzos colectivos son estériles. Somos hombres y hemos perdido el instinto de conservación de la especie que poseen las hormigas y las abejas. En cambio, hermos recibido un alma inmortal – pero la humanidad escupe encima de ella con una alegría malsana. El instinto no nos salvará. ¡Y nosotros hemos escupido sobre las bases espirituales y morales!”.

Tarkoski

Varias veces he hablado de Tarkovski en Mi Siglo. De Nosthalgia“. De Solaris“. DeSacrificio“. Y de las relaciones indirectas de la epoca de Stalin con el gran director ruso. En este Diario que tantas aportaciones interesantes ofrece, Tarkovski anota el día 8 de marzo de 1982 los problemas que ha tenido el día anterior en la aduana de Cheremetievo antes de salir para Roma para prepararNosthalgia“: “En la aduana he tenido mucho miedo. El funcionario me ordena abrir mi maleta y extrae uno de mis carnets. Inmediatamente lo pasa a su superior para que lo examine. Yo desconocía que se necesitaba una autorización especial para transportar manuscritos: no la tenía. Entonces se aleja un poco y en ese momento su colega, hojeando mi cuaderno, descubre la foto de Soljenitsin con su hijo. Yo le aclaro, puesto que ellos exigen muchas explicaciones, que esa foto se encuentra ahí por casualidad. Él la vuelve a guardar y cierra mi cuaderno. El primer funcionario vuelve entonces – el segundo no dice nada- para preguntarme si yo llevo iconos. Le he contestado que no tenía nada de eso, aunque él ciertamente ha visto mi crucifjo con su detector. Y ya no me pregunta nada más…¡He tenido suerte!”.

Nos olvidamos quizá de cómo eran algunos férreos sistemas políticos no hace muchos años. Así intentaba salir hacia Italia el director deStalkery de “Andreï Roublev“, cuyas últimas notas deDiarioestán fechadas el 15 de diciembre de 1986 en París.

(Imágenes:-1-Kelvin (Donatas Banionis) y Hari (Natacha Bondartchouk) en “Solaris”/2.-una escena de “Nosthalgia”/3.-Andreï Tarkovski)

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TURNER.-Rain, Steam, and Speed.-1884.-Museum Syindicate

 

         ” Me preguntan ustedes cómo ha sucedido y, la verdad, yo no sé qué decirles. Es la cuarta conferencia de prensa, ven ustedes que yo vivo humildemente, retiradamen­te, sólo Erika, mi mujer, es mi ayudante. Ella es la que les ha abierto la puerta y a ella la ven aquí, a mi lado. Ni a ella ni a mí nos gustan las entrevistas.

          Les diré lo que ustedes ya saben. Que fue el miércoles. A media mañana. Estaba limpiando este Turner. Este Turner ha dado ya la vuelta al mundo con tantas fotografías como le han hecho, y sin embargo no tiene nada de especial. Al menos, aparentemente. Es una copia de una copia. Una copia aceptable del célebre cuadro Lluvia, vapor, velocidad que pintó Turner en 1843. Yo tengo cuadros de ferrocarril por todas partes, como ustedes ven. Motivos de trenes. Otros tienen miniaturas, se dedican a otros coleccionismos. Yo escribo. Indudablemente colecciono cuadros de trenes, pero mi tarea –de lo que vivo y de lo que comemos mi mujer y yo– es escribir libros y dar clases en la escuela del pueblo de aquí al lado. La Selva Negra no da para más. Tengo mi pipa, mi cojera –mi reuma– y mi amor por la soledad. Ando todos los días. Desde hace años camino dos horas bajo los árboles. Quizá eso me hace amar el silencio y el paisaje. A mis alumnos en la escuela, cuando les interpreto el paisaje –cuando les hablo sobre el paisaje– les digo siempre que hay un paisaje exterior y uno interior, un paisaje presente cargado del pasado –del peso del pasado– y un paisaje futuro, que no vemos. Pero hay más. Hay un paisaje alto y un paisaje bajo, y sobre todo existe una densidad en el paisaje, algo que no sabemos apreciar porque no lo conocemos bien, nadie nos lo ha enseñado. Cada vez que hacemos una fotografía le robamos un instante al paisaje y a la vida, abrimos un hueco y lo absorbemos, nos llevamos algo fugaz para intentar fijarlo y ese segundo que creemos retener ya no volverá. Lo mismo ocurre con la pintura, aunque con un espacio mayor, con otras técnicas y otras características. Eso lo saben muy bien los fotógrafos y los pintores. O no lo saben, pero lo hacen.

          ¿Para qué les digo todo esto? Porque desde el miércoles me están llamando “El Loco”. No, yo no estoy loco. Soy el profesor Martin Benn, un hombre sencillo, de sesenta y ocho años, metido entre libros, árboles genealógicos, un hombre al que la prensa de los últimos días ha calificado de huraño y que ustedes han podido comprobar que no lo soy. Les he invitado a café y mi mujer les ha puesto estas sillas para que estén más cómodos. Sólo les pido preservar mi intimidad. Siento no poder recibirles más que en este pequeño cuarto en el que hace frío, pero –les ruego– acérquense, acérquense más a esta chimenea.

          Les contaré una vez más mi pequeño descubrimiento. Se trata de la luz. Estaba yo, como les digo, limpiando este Turner que ven apoyado en esta mesa. ¿Qué se ve aquí? Un tren en la lejanía, una máquina que viene sobre un puente, difusa, luminosa, azotada por la lluvia y la niebla. Un tren que viene de la luz. Es la luz envuelta en la tormenta, diría que traspasando la tormenta, transgrediéndola, porque la luz, como ustedes saben, es devoradora, la luz aliada con el color prende en llamas la fantasía como se están prendiendo ahora estos troncos en esta chimenea que ahora ustedes miran fijamente. La luz me ha sorprendido a mí muchas veces en mi vida. No sólo la luz del bosque al amanecer o al atardecer, sino la luz en los cuadros, la luz que nace del amarillo de cromo, la luz del blanco de plomo, las luchas, los combates de la luz contra el bermellón, contra la laca roja, contra el violeta, contra el azul ultramar. Y sobre todo, las luchas de la luz contra el negro. La vida no es negra, a pesar de mi cojera, a pesar de la noche. Cada mañana, puntualmente, nace la luz sin que nosotros hagamos nada, hayamos trabajado o descansado, seamos heroicos o ruines. La luz viene del mundo de la noche, del caos, y cuando vi el miércoles esta máquina de Turner avanzar con su pitido de luz y rasgar la naturaleza como se rasga una gasa, expandiendo luz difuminada y envolviendo al mundo, me di cuenta de que esta copia que yo tenía guardaba algo escondido y me acerqué para mirar. Hay que mirar los cuadros como se mira la vida, y la vida hay que mirarla a la vez con unos ojos de sorpresa nunca habituados a la costumbre. Así acerqué mis pupilas a esta fría luz del cielo de Turner y, abandonando toda distancia y negándome a la perspectiva, entré en esas pálidas pinceladas en donde el rostro del día es abofeteado por la lluvia y el aire aparece como un gran estanque. Viajé en esa máquina de luz, pero al contrario de lo que me pasó hace un año con un célebre Monet –el de la Estación de Saint‑Lazare–, con sus nubes caracoleadas en el andén como cuerpos de ángeles, los mofletes de color gris, las volutas de la máquina fumando, el gas violeta, París entrevisto y plateado entre nácares y techumbres, ahora el cuchillo de la luz helada de Turner abría una herida en la neblina y no sólo atravesó el puente sino que se adentró en el tiempo, llevándome consigo. ¿De dónde venía aquel tren, de qué pasado? Son preguntas sin respuesta que me hago ahora ante ustedes como me las hice en aquel momento. Como les dije antes, la fotografía y la pintura pretenden arrancar un trozo de la tela de la vida y fijar la fugacidad enmarcándola en un lienzo o en un papel. Eso ya lo sabía. Sabía de la existencia de agujeros negros arrancados a la historia por los fotógrafos y los pintores. Lo que no conocía era la velocidad de la luz. Subido en aquella máquina fulgurante, el tren abandonó el puente y se precipitó tiempo abajo, hacia la Inglaterra del futuro. Entró en los verdes prados del porvenir. Así fue tocando la luz las campánulas azules, las anémonas, las violetas. Después, las luces mortecinas y húmedas de los pueblos al anochecer, las veredas, las granjas, la paz aldeana. Luego, como si fueran campanillas, hizo vibrar aquí y allá arbustos, las hojas de parra de un verde transparente, las hojas brillantes de un manzano, los sauces, los arroyos. Entró la espada de luz por los caminos amarillos y rodeó los maizales dorados y penetró en los mundos que ustedes conocerán sin duda directamente pero que yo tan solo puedo seguir por las películas inglesas en mi modesto televisor: tocó la luz el juego de criket en el prado, la falda de volantes de color cobrizo, las medias blancas, la labor de lana, los dibujos malvas de la taza de té, los pasteles, los bollos, las tartas, el tronco de chocolate. Tocó las sortijas en los dedos, la papada inglesa, el puente de Westminster, los autobuses rojos, el wisky con agua, las gaviotas. Tocó el enrejado con rosales, el frac, el sombrero hongo, el bastón de puños de oro, el día sulfuroso, la niebla espesa. Tocó la pamela violeta y un caballo al trote que pasaba montado por una gorra roja. Tocó la polvera dorada, la caja de música, los páramos, las marismas, las rocas blancas y los grandes ramos de claveles en la biblioteca. Tocó las cortinas de brocado verde y la cama con dosel de seda rosa. Tocó los labios húmedos de aquella muchacha que se giraba soltándose el moño de su pelo castaño sujeto con horquillas y en ese momento sentí el pinchazo.

          El resto ya lo saben. Estaba solo. No pude llamar a nadie. Erika había salido al pueblo y no volvería hasta media tarde y yo, despacio, intenté volverme y recuperar­me sin un grito porque creía saber qué debía hacer en esos momentos. Ya me había pasado algo parecido hacía tiempo ante una pintura de una vela roja y ante un cielo tratado con plata bruñida. Pero esta vez no ocurrió así. Como ustedes saben, la luz no tiene edad. Carece de anchura, de hondura. ¿Qué significan años de luz? ¿Por qué no decir en cambio milenios de luz? ¿Y qué son los milenios? ¿Dónde comienzan? Cuando uno es pequeño, en la oscuridad, se toma la mano de la madre llamándola en la distancia y se espera angustiado salir de la pesadilla. Cuando uno ya no tiene madre, da igual, se sigue llamando –más aún cuando se acerca la vejez– y se sigue gritando “¡Mamá, mamá!”. Pero todo eso sucede en la oscuridad, cuando uno palpa las telarañas de la negrura y no se sabe cómo salir. Uno, sin embargo, siempre sale porque siempre existe una puerta. Pero, ¿y la puerta para salir de la luz? ¿Es que hay una puerta? ¿A quién se llama?

          Me encontré entonces muy lejos de Inglaterra, muy lejos de Turner, solo, envuelto en luz total, luz como techo, como suelo y como pared. No se oía ningún ruido y no entraba ni una rendija de sombra ni un mínimo contraste. Intenté moverme para orientarme, y como no estaba acostumbrado a la luz desnuda me asombraron los pequeños granos iridiscentes y pulverizados que despedían los haces. Estaba en una especie de bosque petrificado, que tampoco era bosque, sin espacio, ni redondez, ni relieve. La máquina de Turner había vuelto al tiempo y me había dejado allí, en aquel agujero blanco, un sumidero de energía que se había tragado toda oscuridad. Entonces, como quería huir de allí, moví delante de mí los bastones de mi retina para no tropezar con las fuentes de luz y procuré hurgar el hueco de un claroscuro. No lo conseguí. No había nada. Los agujeros blancos carecen de paisaje. Les aseguro que es un tormento sentirse completamente solo y olvidado así, en plena luz, sin ninguna esperanza de salida. Recordé entonces aquella pregunta de Dios a Job: “¿Cuál es el camino para las moradas de la luz? Y las tinieblas, ¿cuál es su sitio para conducirlas a sus dominios y enseñarles los senderos de su casa?”. Yo desconocía el sendero para volver y no sabía dónde me encontraba. ¿Dentro del sol? ¿Alrededor del sol? ¿Más allá del sol? Aquello era una estancia cerrada y tardé en acostumbrarme a aquel agujero blanco que se movía conmigo.

          Eso fue el miércoles.

          Sigue siendo miércoles.

          Sigo estando ahí, señores. Sigo aquí, en el agujero blanco.

          No sé, no me imagino dónde están ustedes, ni en qué día están.

          No les veo. No puedo verles. No puedo ver a nadie. No puedo salir.

          Sé que están ahí, delante de mí ahora, seguramente en esta habitación, porque mi mujer me lo ha dicho, porque ella les ha convocado para que me vean.

          Pero no estoy ciego.

          Es lo contrario de la ceguera.

          Es el fulgor.

          Por eso llevo estas gafas negras.

          No puedo. No puedo salir de aquí. Estoy encerrado en la luz. No puedo salir.

          Y ahora, para acabar con todo esto –y para que nadie se acerque ya a esta pintura–, Erika, mi mujer, arrojará este Turner a las llamas de la chimenea”.

(José Julio Perlado: “Los agujeros blancos”, finalista en el Premio de Narraciones “Antonio Machado” 1996.-Publicado en “Narraciones breves “Antonio Machado”.-Fundación de los Ferrocarriles Españoles.-1997)

(Imagen: W. Turner.-“Rain, Steam, and Speed”.-National Gallery de Londres.-Museum Syndicate)

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escribir.-12 

“Aunque no podamos seguir a los grandes escritores, aunque ninguno de nosotros sea, quizá, muy enérgico, muy original o muy sabio, aún así sostengo que, incluso con la más humilde de las obras literarias, está en nuestra mano tanto hacer mucho daño como hacer mucho bien. (…) No hay ni una sola vida en las crónicas del pasado que, debidamente estudiada, no pueda proporcionar consejos o ayuda a algún contemporáneo nuestro. No hay ninguna coyuntura en los asuntos de actualidad sobre la que no pueda decirse algo útil.(…) Un buen hombre, una buena mujer, pueden mantener a un chico durante cierto tiempo en aires más puros, pero la atmósfera contemporánea resulta finalmente todopoderosa para la mayoría de caracteres mediocres. La extrema vulgaridad del reportero (…) debe ejercer una influencia perniciosa incalculable: tratan todos los temas, y todos con la misma mezquindad: incitan a las mentes jóvenes e inexpertas a considerarlo todo con un espíritu indigno; a todo añaden una cierta mordacidad para que la citen los tontos.(…) El desdén, el egoismo y la cobardía se despliegan con las grandes hojas de los diarios sobre todas las mesas, mientras que su antídoto, en pequeños volúmenes, yace sin leer en los estantes”.

Frases éstas de hace casi dos siglos. Escritas por el autor deLa isla del tesoro” o de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde“,  Stevenson las publicó en abril de 1881 en Fortnightly Review bajo el título “La moral del hombre de letras” (“El arte de escribir”) (Artemisa) y parece que fueran de hoy.

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Lorca.-B

A veces desde la gruta de la garganta del Cante Jondo nace una soleá” que cruza el aire y se encuentra con que la están escuchando nada menos que don Manuel de Falla y Federico García Lorca. Fue en Granada, en 1922, en el patio de la Casa de Ángel Barrios. Manuel Orozco, en su libro “Granada y Manuel de Falla” (Ayuntamiento de Granada- Fundación Caja Granada) evoca los prolegómenos de aquel día. Falla junto a Miguel Cerón, paseando por el Generalife, decide convocar un Concurso de Cante Jondo, para recuperar la pureza del mismo.Los dos se encuentran pronto con el entusiasmo de todos: con los amigos de Barrios y Falla, desde  Zuloaga, Rusiñol y Ramón Gómez de la Serna, amigo de Barrios, a Stravinsky y Ravel, junto a todos los músicos españoles.

cante jondo.-1

Pero quizá el relato más vivo y pintoresco de aquella memorable tarde consagrada a las pruebas del  Concurso es el que hiciera Manuel Ángeles Ortiz : “Ya estábamos cansados todos-dice.-  Federico García Lorca a mi lado casi se aburría. Entrada la tarde, apareció por el portón de la taberna entornado un vejete estirado con su sombrero de ala ancha y su bastón de pastor. Llamó nuestra atención su facha de gañán o buyero viejo y que vino a sentarse al rincón del patio. Parecía como ausente y sin embargo llevaba el compás de la guitarra con el pie. Nadie se había fijado en él. Pero de pronto y como un trallazo, se oyó un largo grito o lamento tremendo que nos dejó asombrados de emoción por su grandeza y fuerza. Todos se volvieron al lugar de aquella voz y oímos una soleá estremecedora. Aquello fue la “potosí” como dijo la Mejorana. Rusiñol gritaba de emoción, Falla sonreía como un niño y Federico se cubrió la cara casi llorando. ¿Pero de dónde ha salido este tío?, nos preguntábamos. Luego supimos que se trataba de Diego Bermúdez, un viejo cantaor medio retirado a consecuencia de una “puñalá” en el costado por una reyerta en un pueblo de Córdoba. Supimos luego que había venido andando desde Puente Genil, atrochando por los olivares. Era un tipo raro que luego nos llevábamos Falla, Federico y yo por el Barranco del Abogado para oirle decir esos viejos cantos”.

Falla,.A.-juntade anadalucía

Siempre que leo este relato y camino a través de su prosa, veo otra vez en  aquella tarde granadina a don Manuel de Falla y a García Lorca sentados en aquel patio. Ninguna  garganta ni ningún prolongado lamento pudo soñar con tener tal jurado. Con su cara impasible y sus ojillos pequeños, claros, un poco perdidos – como Miguel Cerón dibuja a Diego Bermúdez “El Tenazas” -, canoso, con sombrero cordobés destartalado que no se quitaba jamás, aquella figura artística y humana que esperaba en un  rincón, guardaba dentro y de pronto soltó para curvarla en el aire aquella “soleá” estremecedora que quedaría en la historia.

(Imágenes:-1.-firma de Federico García Lorca/.-2.-caricatura sobre el Concurso de Cante Jondo.-Alhambra-Patronato/3.-Manuel de Falla)

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niños.-sueño.-ZZ66.-por He Zubin.-2007.-Art Space.-Virginia Miller Galleries.-Coral Gables, Miami, USA.-artnet“Las flores los jardines los surtidores las sonrisas

Y la dulzura de vivir

Un hombre está ahí en el suelo y se baña en su sangre

Los recuerdos las flores los surtidores los jardines

Y los sueños infantiles

Un hombre está ahí en el suelo como un fardo sangrante

Las flores los surtidores los jardines los recuerdos

Y la dulzura de vivir

Un hombre está ahí en el suelo como un niño dormido.

Jacques Prévert: “El fusilado

(Imagen.-He Zubin.-2007.-Artspace/ Virginia Miller Galleries.- Miami.-Florida.-USA.-artnet)

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música.-874.-foto por David Leventi.-Opera de Estocolmo.-2008.-Bonni Benrubi Gallery.-photografie.-artnet

Las ondas de la música se concentran poderosamente en el oído, y el ojo se cierra a veces para recibirlas mejor, cabecean los párpados en la tiniebla y vienen y van los movimientos acompasados, vienen y van las olas del concierto. Hay videntes que nos hacemos ciegos para gozar intensamente de la música y hay ciegos que al escuchar o componer música entran inmediatamente en la luz. Jacques Lusseyran, escritor y héroe de la Resistencia francesa, que tenía un gran talento musical y tocaba el violonchelo de niño, antes de quedar ciego a los siete años, cuenta la importancia que tuvo para él la música después de perder la vista:

La primera sala de conciertos en la que entré, cuando tenía ocho años, significó más para mí en el espacio de un minuto que todos los reinos legendarios (…) Entrar en esa sala fue el primer paso de una historia de amor. La afinación de los instrumentos fue mi noviazgo (…) Lloraba de agradecimiento cada vez que la orquesta comenzaba a cantar ¡Un mundo de sonidos para un ciego, qué repentina bendición! (…) Para un ciego, la música es el sustento (…) Necesita recibirla, que se la administren periódicamente, como la comida (…) La música fue hecha para los ciegos“.

musica.-1166S.-Soft Viola Island.-2001.-foto Sheldan C. Collins.-The New York Times

 Relata esto Oliver Sacks en “Musicofilia” (Anagrama) recordando algunos músicos ciegos en el mundo del  góspel, el blues y el jazz de la larga lista que podría elaborarse: Stevie Wonder, Ray Charles, José Feliciano y tantos otros. Evoca también la figura de María Theresia von Paradis, pianista y compositora, amiga de Mozart, a la que Mozart admiraba enormemente. Ciega desde la infancia, era famosa por su oído y su memoria musical casi mozartianos. Todos nosotros bloqueamos alguna vez nuestro mundo visual para concentrarnos en el del oído. Cuando cerramos los ojos para escuchar a Mozart nos adentramos, tal como los ciegos, en amplias estancias invadidas de música, avanzamos con la seguridad del invidente por un camino de luz. Esa luz parece que nos llevaría de una habitación a otra. Pero no salimos de la misma habitación: es la habitación de la música. La música es la misma luz.

(Imágnes:1.-Royal Swedish Opera.- por David Leventi.-2008.-Bonni Benrubi Gallery. NewYork- artnet/2.-Soft Viola Island.-foto:  Sheldan C. Collins.-2001.-The New York Times)

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