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Posts Tagged ‘“Relatos”’

 

 

“El viernes pasado nos sentamos Olga y yo en una cafetería, como hacemos siempre, para repasar toda la semana.

— El martes, a media tarde, ¿sabes? – me confió Olga de repente  mientras se bebía una naranjada  -, vi una nube. Era una nube en forma de animal, yo diría que de caballo. Había posado su grupa encima de mi ventana. Tenía una pigmentación oscura y una especie de pelos blancos. El blanco lechoso de la crin se extendía en el cielo e iba cambiando de modo muy gaseoso hasta hacerse mate, yo diría que algo leonino. La nube no se movió durante mucho tiempo de mi ventana. Ya sabes que las nubes apenas se mueven. En ésta sus articulaciones estaban quietas sobre el marco. Las patas traseras eran muy cortas y su hocico era blanco. No daba la  impresión de caminar. Ninguna nube camina. El blanco mate de la gasa se fue haciendo lentamente gris hierro y poco a poco dorado. Ten en cuenta que era el atardecer. Después, por la parte de la cola, el gris moteado pasó a ser pardo y luego acabó en un puntito negro. Más tarde se fue agrandando el pecho de aquella nube, sus riñones se fueron deshilachando, desparramándose en círculos con gran lentitud hasta irse separando en muy pequeñas nubes transparentes, cada vez más gaseosas, cada vez un poco más lejanas hasta que yo ya no las pude seguir con la mirada. Eran diminutos círculos dentro de otras nubes diminutas que giraban muy despacio, ya irreconocibles hasta desaparecer. Entonces empezó la tormenta. ¿Te acuerdas de la tormenta del martes? Pues ahí empezó la tormenta. Tuve que cerrar enseguida la ventana. ¡Pues todo eso me pasó el martes, fíjate!

—¿Y en la oficina? ¿Qué tal en la oficina? ¿Has tenido mucho jaleo? – le pregunté.

—No. Lo más importante para mí en toda la semana ha sido esa nube. Esa nube en mi ventana. Esa nube no se me va de la cabeza,”

José Julio Perlado ( del libro “Relatos”) (texto inédito)

(Imagen – foto -:  George Hurrell- 1936)

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“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas  visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto  en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste.  Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

 

 

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros;  repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto.

 

 

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade”.

José Julio Perlado( del libro “Relatos”) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Abby library st Gallen/ 2-biblioteca/ 3- biblioteca palacio convento de Mafra/ 4-Antonio Mancini – 1875)

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“Dio un vistazo último a su librería a la luz de aquellas lámparas iluminadas aun siendo primera hora de la tarde. Las estanterías ya no las vería más. Sentado o paseando don  Bernardo Cortés había visto cómo la ciudad se había ido extendiendo hacia uno de sus lados, hacia el norte: la moda estaba ahora en vivir cara al futuro, cara a la imagen. Pocos habían leído en la comarca y los más viejos habían muerto. Los jóvenes  leían sólo por obligación en las escuelas, leían sobre todo en el móvil, en la pantalla : cosas útiles, avisos, mensajes, anuncios; escuchaban y no leían, miraban y no leían, viajaban y no leían: leer profundamente siempre suponía tiempo y reflexión; se tiraba el tiempo, el ocio de la ausencia del trabajo lo dedicaban a mirar aburridamente la naturaleza, a mirar aquel pájaro que cruzaba, aquel avión… Pero la naturaleza no era un libro : se contemplaba – cuando eso se hacía – sin reflexión, sin pensamiento alguno.

Miró el librero aquella estancia suya en donde ya nadie entraría a comprar y vio cómo se llevaban las cajas  llenas de libros, cómo las subían a un camión….. Guardó algunos de ellos y se dispuso a hacer lo que había decidido hace tiempo: ir de casa en casa, leer a los demás en voz alta, igual que se hacía hace siglos. “Aquí viene, señor, el lector”, dirían los criados a los  millonarios . Y el librero, tan amante de los textos, comenzó una de aquellas tardes su nueva vida: leía  a domicilio, de calle en calle y de familia en familia, pero sólo cuando le llamaban y quienes lo pedían. ¡ Un lujo para entonces! Ancianos aburridos le permitían leer un rato junto a la ventana. Y no se sabía a quién compadecer más: si permitir a aquel librero que  aprovechara su tiempo y leyera, o  que el otro ser anónimo escuchara, adormilado en un sillón, cómo le iban contando y leyendo historias en voz alta, cosas que a él ya  le parecían pura arqueología, cosas para muy iniciados, cosas muy de minorías…”

José Julio Perlado – ( del libro “Relatos”) (texto inédito)

(Imagen –Naoko Matsubara– oakville galleries)

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“Cuando uno está cansado y tiene la suerte  de poder ir a algún hotel del mundo siempre ocurre  ese mismo fenómeno que nunca figura en las guías de viaje. Hay una serie de habitaciones en el último piso en cuyas ventanas aparece a media noche la luna de verano. Es una luna redonda y solitaria, colgada sobre el océano. Desde la cama, con la ventana abierta, uno sigue el silencio blanco de esa luna omnipresente que se va desplazando muy despacio, casi intangible. Suele eso suceder hacia las tres. Es el momento en que parece haberse parado el tiempo. El tiempo se para, se detiene la atmósfera. La brisa refrescante del mar asciende hacia la luna y toca  las nubes. Por la ventana abierta llega la suave humedad nocturna hasta la cama. Uno se adormece, o al menos cierra los ojos. El cansancio, la polvareda de gases del invierno, la precipitación de escaleras y ascensores, el vibrar de los móviles, el centelleo de ordenadores, los gritos de los niños, las copiosas comidas, todo queda bajo los párpados. También el  ruido de las autopistas y el zumbido de los aviones. Da la impresión de que uno se haya quedado adormecido y de que guarde con los ojos cerrados la tensión del invierno. Desde la cama, de nuevo la luna inmóvil, la luna blanca en el centro de la ventana. El mar azul oscuro y la humedad azul oscura de la noche. Son ya las cuatro de la mañana. Parece mentira que en alguna parte del mundo donde se esté viviendo el Invierno, suban y bajen a esta hora inmensas multitudes por las escaleras del metro”.

José Julio Perlado – (del libro “Relatos”) (texto inédito)

(Imagen  – Anton Pieck)

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