“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (20) -ROMA, PIAZZA NAVONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (20):  Piazza Navona, Via Margutta

 

 

—Singulares experiencias, sin duda, las de sus años romanos…
Me ha hablado usted varias veces estos días del paso de tiempo, no sólo en los libros sino en muchas otras cosas. ¿Le interesa el tiempo, le obsesiona el tiempo?

 

— Bueno, esto está también relacionado de alguna forma con mis años en Roma. El tema del tiempo es algo que siempre me interesa. No creo que exactamente me llegue a obsesionar, pero sí me interesa mucho, me intriga, usted me lo ha recordado. He escrito varios libros que de uno u otro modo giran en torno al tema del tiempo, en torno a la superación del tiempo. Hace unas semanas, creo, si no me equivoco, cuando le hablaba a usted de Madrid, de la calle en que nací cerca de la Gran Vía, pero también de aquella casa de la calle de Goya, la primera casa en la que viví, de las grandes habitaciones de aquella casa, me refería al tiempo pasado, a la superposición de distintas épocas sobre esa casa. Esto me ha sucedido muchas veces: el pensamiento del paso de las épocas sobre las ciudades y los hombres.

Recuerdo, por ejemplo, en Roma cómo me impresionó una manifestación comunista de los años sesenta a la que tuve que asistir por obligaciones periodísticas y cuyo escenario fue la Basílica de Majencio, a un paso del centro del Foro. Allí, ante las ruinas de la célebre Basílica civil del siglo lV comenzada por Majencio y terminada por Constantino, pensé también en la superposición de las épocas, en el pasar de los siglos. En aquel anochecer romano de antorchas y de cánticos se estaba pidiendo a gritos la libertad y la paz. Y mi mirada, recuerdo, iba contemplando atentamente aquella gigantesca escena entre las sombras, y al evocarla, mi memoria marchaba igualmente hacia atrás, me llevaba sin querer hasta una acuarela a lápiz que yo había descubierto hacía años entre las páginas de un libro. Se trataba de una “vista de Roma” del arquitecto y dibujante inglés John Goldicutt, pintada hacia 1820, y allí aparecía también aquella Basílica de Majencio reencarnada en tonos ocres y amarillos y llena de luminosidad. Pero la luminosidad de aquella noche de los años sesenta con las antorchas en penumbra y alumbrando de algún modo las tres bóvedas, las imágenes de la Basílica del siglo lV y a la vez la “vista de Roma” de Goldicutt , fueron las que se unieron de pronto en mí en un instante mientras seguía escuchando los vibrantes cánticos comunistas. Y eso aún pervive en mi memoria.

De todos modos con Roma, ya que volvemos a ella, me ha pasado como con muchas otras ciudades: el interés o la evocación, casi sin querer, como digo, por la superposición de muchas épocas. Eso quizás ha ampliado mi mente de escritor, no lo sé, tal vez algo la haya enriquecido y le haya dado otra dimensión; pero eso no soy yo quien debe decirlo. Es como si volviera de alguna forma al título de aquel libro de Mujica Láinez del que un día le hablé, el “aquí vivieron”, el saber de algún modo que en esas ciudades y en esas casas, hace muchos siglos, ellos – sean quienes sean -, “aquí vivieron”. Acabo de referirme a esa acuarela de Goldicutt representando a la Basílica de Majencio. Pero yo he sido siempre muy aficionado, además de a la pintura y a los buenos cuadros, también a las fotos antiguas: me han intrigado esas amarillas imágenes. Ellas me han ido abriendo a otros mundos. Pienso que son la historia de una ciudad, la vida de las generaciones. En el caso de Roma, cuando yo la viví en los sesenta, también las viejas fotos me intrigaban mucho. Recuerdo una en la que se veía el Foro Romano, cuarenta años después de la acuarela de Goldicutt, es decir, en 1860, una fotografía extraordinaria de un italiano de origen alemán afincado en Nápoles, Giorgio Sommer, que recogía el paso de unas yuntas de bueyes caminando pesadamente por entre las ruinas del Foro, poderosos y mansos animales transportando enormes carromatos cargados de maderas, imagino que aportaban su esfuerzo para alguna construcción, y esos bueyes entre las celebres ruinas me iban llevando hasta tiempos en los que el Foro, ya en la Edad Media, se había utilizado como feria de ganado y luego, a mitad del XlX, cuando llegó a llamarse “campo vacuno”. Nunca habría podido imaginar a unos bueyes paseando ante la Columna Trajana pero allí estaban. Roma es así, imprevisible. Como decía Fellini, esa ciudad es una gran plataforma que sirve para emprender vuelos fantásticos y esos vuelos a mí me han llevado calles abajo, por plazas y rincones de Roma, gracias a las grandes fotografías y a los grandes fotógrafos. También Giorgio Sommer , el mismo fotógrafo que retrató el Foro con los bueyes y en el mismo año en que lo hizo, había querido recoger los numerosos carromatos cargados de frutas y verduras que invadían plaza Navona, desperdigados y semiapoyados en torno a las fuentes y al obelisco, testimonio sin duda del bullicioso mercado que allí había existido desde el siglo XV y que en el XlX ofrecía diariamente sus provisiones a los romanos. Y así, cuando yo muchas veces me acercaba en aquellos años, sobre todo en verano, hasta aquella plaza sentándome bajo el toldo de la heladería “Tre Scalini” para saborear una “cassata” o un “tartufo”, los avatares históricos de plaza Navona venían hacia mí, pero como podía venir igualmente el tapiz del pasado en Madrid, en París o en cualquier otro sitio. Eso, de una forma o de otra, en las ciudades siempre me ha ocurrido.

Y fue precisamente en una de aquellas mañanas, como le digo, en plaza Navona, en uno de aquellos paseos míos siguiendo la forma oval de aquel lugar donde había estado emplazado hacía siglos el estadio de Domiciano, y mientras admiraba una vez más la célebre Fontana de los Cuatro Ríos con el gran obelisco egipcio coronado en su cielo por la paloma que lleva una rama de olivo en su pico y en el momento en que bajé la mirada y la extendí de nuevo sobre la multitud, cuando me topé casi de bruces, inesperadamente, con un viejo colega mío, un excelente periodista y corresponsal francés, Jean D ‘Hospital, con el que no había logrado coincidir, aún no sé bien por qué, desde hacía muchos meses y en las pocas ocasiones que habíamos charlado lo habíamos hecho en los despachos de la Prensa Extranjera, en Plaza de San Silvestro. A los dos nos sorprendió aquel encuentro y pienso que a los dos nos proporcionó también una gran alegría. Y sin duda para recuperar el tiempo perdido empezamos los dos a hablar enseguida de muchas de nuestras cosas, y como ocurre con las conversaciones entre antiguos conocidos, casi sin darnos cuenta, fuimos cruzando callejuelas y atravesando plazas sin dejar de hablar, deteniéndonos en las esquinas para reforzar nuestros argumentos y volviendo de nuevo a andar hasta llegar así, paso a paso y casi sin querer, hasta vía del Corso, y de allí, con una conversación casi interminable ( él acababa de publicar su libro “Roma in confidenza”, y deseaba, me dijo, regalarme un ejemplar ), nos acercamos hasta vía Margutta que era donde Jean D’ Hospital vivía.

No sé si usted conoce bien la ciudad de Roma pero vía Margutta por aquellos años seguía siendo, y yo creo que lo sigue siendo ahora aunque quizá con más avalancha de turistas, una pequeña calle deliciosa, muy cercana a la Plaza de España, una pequeña calle célebre por su arte al aire libre, decorada muchos días y a muchas horas de cuadros espontáneos. Y eso es lo que vi nada más llegar al portal de mi amigo. A pesar de la hora – era más de mediodía – ya estaban los muros y las aceras de la calle casi completamente invadidos de pinturas y esculturas de todos los tamaños, unos cuadros descansando en el suelo, otros a media altura presentando dibujos sin marco, abigarradas litografías que se alternaban con figuras en yeso, mascarillas, bocetos, toda clase de objetos artísticos colocados entre sillas y mesitas cubiertas con pequeños tapices familiares, en el fondo todo un museo improvisado y viviente. D ‘Hospital me contó, mientras yo contemplaba todo aquello asombrado, que hacía diez años, en 1953, se había creado en esa calle la “Feria de arte de la vía Margutta”, una muestra anual muy celebrada en la ciudad y que a él todo aquel tráfico de gentes y de vendedores a veces le perturbaba en su trabajo periodístico pero que no dejaba de mostrar indudablemente, y así lo reconocía, una gran belleza. Luego, cuando subimos a su apartamento en el segundo piso – una superficie de tres habitaciones que daba a un pequeño balcón cuajado de flores – D ‘ Hospital, entregándome su último libro acompañado de una dedicatoria cordial y expresiva, me estuvo hablando, aunque de manera muy general, de las costumbres romanas, de las gentes y de la vida pública, cosas que él había vivido y observado muy bien, pero sobre todo lo que me intrigó enseguida y me dejó asombrado fue el descubrimiento de su extraordinaria colección de fotos antiguas de la ciudad que muy pronto quiso mostrarme con una mezcla de orgullo y de satisfacción. Escondía la colección, muy bien clasificada y ordenada, en una pequeña habitación contigua a su estudio y allí me hizo pasar. La había ido acumulando, según me dijo, durante veinte años, exactamente desde que en 1944 había llegado a Roma procedente de Argel, entrando en la ciudad en plena noche conduciendo un jeep y vistiendo el uniforme militar con las insignias de corresponsal de guerra de una Francia dolorida. Y allí, ante mi sorpresa, encontré el mayor archivo fotográfico de Roma que nunca he visto ni hubiera podido imaginar y que ya desde el primer vistazo constituyó para mí una auténtica delicia. Eran numerosas imágenes de tipos muy diversos captados a lo largo de años por los más grandes fotógrafos no sólo italianos sino americanos y de diversos países europeos, y revelaban la pasión de todos los devotos observadores de la ciudad. Allí encontré, por ejemplo, instantáneas conseguidas por los célebres Cartier- Bresson y James Anderson o fotos logradas por el calabrés Mario Carbone o por los hermanos D’ Alessandri, pero más aún que esos nombres, siendo importantes, impactaban las imágenes. Recuerdo de manera especial los testimonios gráficos de la época del fascismo que él había reunido gracias, como me dijo, a amigos suyos del Instituto Luce, la gran Agencia oficial estatal, y donde se veía a los romanos de 1942 leyendo en las calles, entre la curiosidad y la desesperanza, el periódico mural “Notizie da Roma”, un enorme papel pegado y arrugado que había ido colocando en las esquinas la Federación Fascista de la Urbe, o también la visita de Hitler y Mussolini a la Galleria Borghese de Roma en 1938 con la pétrea mandíbula de Mussolini disparada con enorme poderío sobre la “ Paolina Borghese” de Antonio Canova mientras Hitler, a su lado, la vigilaba y calibraba sin mover apenas su famoso bigote. Eran muy valiosos testimonios de una época ya pasada pero a la vez intensa, que, como quiso comentar D ‘Hospital conforme pasábamos las hojas de su archivo, hacían surgir las preguntas que los romanos frecuentemente se hacían: “¿la guerra?, ¡bien, ya pasó! ¿Los fascistas? ¿Pero es que alguien alguna vez había sido fascista?”, se preguntaban. Eran cuestiones sin respuesta y que a la vez definían a los italianos. En uno de aquellos momentos aproveché para preguntarle al periodista : “entonces, tu que los conoces bien, ¿en qué están interesados los romanos?”, y enseguida me contestó: “ Pues creo que principalmente en su madre, en sus hijos, en la mesa, en los cantantes de moda, en las bodas reales, en las aventuras de las estrellas de cine, en la temperatura y en el fútbol. Como habrás visto, añadió, hablan a una velocidad endiablada, porque su lenguaje está basado en tres expresiones fundamentales: “Aoh!”…”He!”… “Mha!”… La primera, no es que yo lo haya indagado mucho, me añadió D ‘Hospital, pero creo averiguar que puede ser una manifestación de sorpresa, una oposición, o tal vez una defensa, a veces incluso una prohibición, aunque yo no consigo adivinarlo bien del todo; la segunda puede ser también una interrogación o una aceptación, y la tercera, cualquier forma inspirada de un lenguaje suyo muy propio y muy personal. Es un lenguaje inimitable el de los italianos y casi siempre sostenido por gestos. A veces ese lenguaje, como has visto, queda resumido en un solo gesto porque no necesitan más: hacen un movimiento con las manos o alzan las cejas. Pero con eso ya lo han dicho todo: desde las protestas en la ventanilla de su coche a las conversaciones más banales. Se comunican perfectamente. Y como anotaba un gran novelista, el pueblo romano goza con el estrépito y con el ruido, con ese ruido producido con la boca o con las manos, y eso ya contribuye a su felicidad de vivir.”

Tuvimos, recuerdo, una larga y agradable conversación, y cuando le comenté, casi al despedirnos, aquella fotografía del Foro que a mí me había sorprendido tanto – la fotografía del Foro con los bueyes en 1860 – , D’ Hospital no se asombró en absoluto. Me enseñó otra aún más antigua: una imagen del mismo Foro tomada tres años uantes, en 1857, una instantánea de la ropa puesta a secar, extendida sobre las famosas columnas históricas; unos pantalones blancos, unas camisas y sábanas colgadas en lo que habían sido las ruinas quizá más célebres del mundo, unos colores amarillentos igual que si el tiempo hubiera dorado la fotografía, y un color blanco en cambio extendido en los vestidos bajo el sol. Como digo, toda aquella charla fue muy agradable. Nos prometimos repetirla y así lo hicimos unas semanas después, yéndonos a cenar al aire libre al barrio del Trastevere, ese barrio tan típico donde la chiquillería corre entre las mesas y casi no le dejan hablar a uno. Pero pudimos hablar de muchas cosas. Con la gran cultura que Jean D’Hospital tenía sobre la ciudad, recuerdo que me aconsejó el libro de Jérôme Carcopino sobre la vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, desmenuzándome muchas anécdotas, por ejemplo, las intensas diferencias que, precisamente allí, en el Trastevere, habían existido entre el día y la noche, en el marco de históricas tabernas permanentemente abiertas y tantas veces cercadas por embaucadores, raptores e incluso asesinos que en tiempos del Imperio atacaban de modo casi continuo a paseantes nocturnos.

José Julio Perlado— “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (19) – FEDERICO FELLINI

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (19) :   Federico Fellini

 

 

– Volvamos ahora, si le parece, a su encuentro con Federico Fellini, del que aún no me ha hablado, y de sus años romanos…

 

-La primera vez que llegué a Roma, como antes le decía, fue en 1963. Tras dejar mi equipaje en un hotel de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre, aún lo recuerdo, en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel primer viaje mío estaba previsto como una estancia rápida y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita muy provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego tan habitualmente. Pero los giros de la vida son imprevisibles, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional estable y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como via Condotti o via Frattina, via della Mercede o via del Tritone y tantas otras más. Tenía entonces mi despacho de corresponsal en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil italiano, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima via Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas diarias y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido, solía detener mi coche cerca de aquellas Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora o algo más dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en mi casa de Madrid, diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la esquina con via Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en uno de sus cafés bajo los toldos, en “Canova”, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde las reuniones variadas de gentes del cine y de la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando también Federico Fellini.

 

Conocí a Fellini en los estudios Rizzoli en 1965, cuando estaba rodando “Giulietta de los espíritus”. Pero sigo teniendo en la memoria, como digo, ese café “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en las charlas de ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse un día precisamente qué era Roma para él. En el fondo es algo parecido a lo que usted me acaba de preguntar. Y él mismo quiso responderse: Pienso – dijo el director italiano – que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

Naturalmente que voy a hablarle ahora de Fellini. En primer lugar, usted muy posiblemente no sabrá nada, o muy poco, de un monje italiano del siglo Xl llamado Hildebrando. Hildebrando Aldobrandeschi era su nombre completo. Nacido en Sovana, en Toscana, en 1020, murió en Salerno, a los 65 años, en 1085. Y aquel monje Hildebrando llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio Vll y su nombre, Hildebrando, significó para quienes le amaron una brillante llama, según dicen, y para quienes lo odiaron una señal del infierno. Pues bien, Federico Fellini, en las nieblas de su cabeza creadora y efervescente, durante la larga entrevista que mantuvimos aquella mañana me estuvo llamando constantemente Hildebrando, aún no sé por qué, y lo hizo todo el tiempo y durante más de la hora que duró la entrevista, reemplazando continuamente mi auténtico nombre ( pienso que lo hizo de modo inconsciente, porque si no no se me ocurre otra explicación) por el nombre de aquel monje del siglo Xl.

 

-¿Y usted no le corrigió?

 

– Sí, naturalmente que le corregía de modo casi continuo y protesté claramente las primeras veces, pero luego, quizás al primer cuarto de hora, viendo que él no cambiaba, lo dejé ya por imposible. Me cansé. Prefería escucharle las respuestas. ¿Qué importancia tenía que me llamara de un modo u otro si me estaba contando cosas interesantes? Lo importante eran sus respuestas, lo que me comentaba de su cine.

 

-Che effetto, Fellini, le fece “La Strada“? – le preguntaba yo por ejemplo.

-Adesso, Hildebrando, “La Strada”…

 

– Ma, scussi – le respondía yo enseguida en italiano – mio nome non é Hildebrando.

— ¡Ah, vero!…¿Lei e francese…?

– No, non sono francese…. Sono spagnolo.

– ¡Ah, va bene, va bene…! Allora, Hildebrando, “La Strada”, como ogni altra espressione artistica…

—Ma, scussi un altra volta, Fellini, mío nome non é Hildebrando..

– ¿Lei e francese, vero?

– No, son sono francese…Sono spagnolo. Allora, Fellini, fantasia, cos’é?

— La fantasia, Hildebrando, é una parte fundamentale dell’esistenza…Nulla si sa, tutto sí immagina…

-Ma io non sono Hildebrando, ripeto; mío nome non é Hildebrando.

—¡Va bene, va bene..! Adesso stiamo registrando o no?

—Sí.

— Allora, Hildebrando, mi sia permesso un recordo personale, che inmediatamente mi è tornato in mente…

Y así continuaba Federico Fellini despojándose ya de la gabardina y recostándose en aquel sillón de los estudios Rizzoli escondidos en una bellísima callecita que pasaba junto a la iglesia de San Giovanni e Paolo. Como digo, esos días él estaba completamente inmerso en el rodaje de “Giulietta de los espíritus” y desconozco qué nieblas surcaban su cabeza. Cuando vi más tarde la película y a la vez recordé nuestro diálogo volví a pensar que por aquel despacho y en aquella mañana cruzó entera la fantasía : en aquella hora y mientras hablábamos, parecía que estuviera descendiendo Giulietta Masina de la casa en ramas recién aparecida en el film y que aquel despacho de los estudios cinematográficos, como así lo escribí en una crónica de aquel tiempo, oliera a bosque, el bosque oliera a decorado, el decorado diera la impresión de que lo estuvieran clavando continuamente los carpinteros y a los carpinteros a su vez los iban pagando los productores. Todo era fantasía. Y siguiendo con esa fantasía escribí entonces que los productores también podían oler a bosque, esperaban en la sombra a que acabáramos nuestra conversación, humeaban sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad y la verdad era que todo era fantasía, todo, hasta la lluvia de Roma que empezó a caer tras los cristales era ya pura fantasía : se notaba que la lluvia entraba dentro del cuarto, dentro de las palabras de Fellini, tal vez los hombres de los efectos especiales estaban volcando cubos de lluvia sobre aquella habitación donde estábamos, y empezaba a salir agua por el auricular del teléfono. Sí, era el reino de la fantasía. Mientras escuchaba a Fellini pensaba que yo no era ni había sido nunca francés, que tampoco me llamaba Hildebrando, pero que pacientemente escuchaba y escuchaba, a la vez que Giulietta Masina seguía bajando y subiendo del árbol de su película asombrada de cuanto estaba diciendo en aquellos momentos Federico, su marido, y de cómo dirigía aquel bosque de los espíritus que era real e irreal a la vez igual que aquel despacho, igual que los árboles que sostenían los decoradores, igual que los decoradores que irían a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esos decoradores que esperarían ante las ventanillas donde volaban los billetes de banco que a su vez repartirían los productores. Yo veía perfectamente los ojos de los productores cegados por el incendio de sus habanos, aquellos habanos que crujían en sus dedos, y mientras tanto Fellini hablaba y hablaba y seguía hablando llamándome Hildebrando, y yo seguía escuchando y escuchando, y a la vez un monje del siglo Xl entraba y salía de vez en cuando de aquella habitación y de aquella conversación mientras continuaba cayendo lluvia de fantasía en aquel cuarto.

– Pero sin duda Federico Fellini le diría, como usted dice, cosas interesantes. ¿De qué hablaron?

— Naturalmente hablamos de muchas cosas apasionantes y muy variadas. Creo recordar que de la libertad en general y en concreto de la libertad creadora, de su resistencia a las entrevistas y de su resistencia a las preguntas. También de Rimini, el lugar de su nacimiento, y de los dibujos que él solía hacer antes de empezar sus películas. Pero lo más importante para mí de aquel encuentro, lo que más me ha quedado en la memoria, fue el envoltorio, el escenario, el modo cómo, sin querer y sin prepararlo, estuvimos rodando los dos una secuencia imprevisible de una película sorprendente, irreal y real a la vez dentro de un despacho, aquel despacho que era todo un film, los grandes ojos blandos de Fellini me miraban y su voz le hablaba siempre a un tal Hildebrando que simplemente le miraba. Mi nombre, como digo, nunca acertó a pronunciarlo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

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