“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (30): LOS PAISAJES INTERIORES

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (30): Los paisajes interiores

 

 

19 mayo

 

– Me gustaría que me hablara usted uno de estos días, cuando quiera -me dice hoy la periodista -, de los que usted llama sus “paisajes interiores”, creo que es así como los llama…

-Sí, así es. Los llamo los “paisajes interiores”.
Pues mire usted, igual que recuerdo perfectamente, porque me interesó mucho cuando la leí en su día, la descripción de los muebles y objetos tan valiosos que narra minuciosamente Mario Praz – no sé si usted conoce a este gran crítico italiano – en su singular libro autobiográfico “La casa de la vida” cuando va invitando a recorrer el laberinto de su residencia romana de Vía Giulia y se detiene en la descripción pormenorizada de sus comedores, vestíbulos, dormitorios, pasillos y salitas de paso, pero sobre todo, algo que es más importante, cuando se detiene en la historia, en el volumen y la importancia de los objetos, en esa presencia viva de los objetos que él posee y que ha ido acumulando a lo largo de su vida, así yo – guardando todas las distancias que se quieran de evocación y de literatura con Praz, naturalmente -, acumulo también en mi memoria la presencia de algunos pequeños objetos muy concretos en torno a los cuales se han desarrollado escenas de mi vida y de donde han surgido
muchas historias. No es la mía por tanto la historia de una casa especial, como así quiso hacerlo Praz, sino la sucesión de objetos entremezclados y variados en casas muy diferentes. Uno de esos objetos, aunque quizá a usted pueda asombrarle hoy y le parezca casi increíble, es nada más y nada menos que un sencillo brasero antiguo, un brasero simple y corriente de los que antes se usaban en algunas casas cuando no había calefacción. Aún lo veo cómo viene por el largo pasillo de madera de aquella casa de la calle de Goya en Madrid de la que ya le he hablado varías veces. Era un brasero de hierro dorado que Berta, la muchacha de servicio, traía cogido con ambas manos por las asas, un brasero medio encendido que avanzaba hasta el comedor donde yo estaba, y aún recuerdo perfectamente su tapa, su badila y sus tenacillas. Luego Berta, lo recuerdo también, se arrodillaba en la alfombra, levantaba las faldas de la mesa camilla, colocaba y encajaba el brasero en el centro de la tarima perforada que igualmente servía de reposapiés, y con la paleta redonda de la badila removía poco a poco, de uno a otro lado, las blancas cenizas, escarbando y avivando bajo ellas las ascuas de granos rojos encendidos como tesoros diminutos que luego calentarían los zapatos y los calcetines de mi abuelo, el poeta y escritor, que solía acudir, como todos los domingos hacia las seis acompañado de Lola, su mujer, es decir, de mi abuela materna. Siempre que ahora recuerdo todo esto , veo que el poeta y escritor se sienta en ese amplio sillón de espaldas a la ventana que da a la calle de Goya, coloca los codos en los brazos del sillón, levanta un poco las manos, estira los dedos y sobre todo escucha. Esta mañana ha recibido una postal de Juan Ramón Jiménez y lo que está escuchando en este momento junto al brasero es la voz de Juan Ramón que le sigue hablando desde la postal : “mi querido amigo, llegaría uno a escribir sin gritos, a escuchar solamente el enorme rumor del gran silencio de oro del día, el hervidero de plata de la noche sin fin. Mándeme sus poesías. Crea usted, mi querido poeta, que yo no estoy bien ni mucho menos, y, lo que es peor, que nunca estaré bien; he jugado mucho con las sombras de la muerte. Le abrazo con todo mi cariño. No deje de escribirme”. La voz de Juan Ramón se extendía entonces sobre el tapete granate en aquellas tardes de mesa camilla, y aunque a aquella voz aún le faltaban cuarenta y siete años para morir, ya era una voz entre firme y doliente, resonando las erres y las eses en un eco contenido hasta los bordes de la postal, las nubes de las enfermedades inventadas por el autor de “Platero” pasaban por encima de las palabras y las palabras las iba pronunciando y repitiendo Juan Ramón en la mente de mi abuelo hasta que éste casi se las aprendía de memoria ( tanta veneración tenía por aquel poeta), y por lo tanto en aquel comedor, ausente él de todo otro tipo de conversaciones, mi abuelo seguía escuchando atentamente la voz de Juan Ramón y Juan Ramón le seguía hablando en prosa y en verso, permaneciendo siempre mi abuelo en silencio, las manos juntas, los codos sobre los brazos del sillón, los ojos entrecerrados, a lo largo de aquellas tardes en las que se congregaba a merendar parte de la familia.

– ¿ Y su abuelo nunca hablaba?

– Casi nunca. Dejaba que Lola, su mujer, se fuera peleando con las enormes pilas Tudor de su aparato de sorda que pitaban casi constantemente sobre el tapete granate y dejaba también que mi tía Amparo y su hermano Moisés discutieran de la sal y de las cuentas siempre oscuras que arrojaban unas salinas poco trabajadas que la familia mantenía a duras penas en Castilla.

– ¿Qué edad tenía usted entonces?

– Diecinueve, veinte años.

—¿Ya había comenzado a escribir?

—Sí, precisamente en ese comedor de que le estoy hablando, sobre ese tapete granate, ya había comenzado a escribir. Naturalmente, siempre que estaba solo y en silencio, que era en muchas ocasiones.

—¿Escribía un libro o cosas sueltas?

— Un libro. Una novela entera.

—O sea, su primera novela. ¿Usted no empezó como tantos otros por la poesía?

—No, la verdad es que a la poesía no le he dedicado prácticamente ningún tiempo. Me refiero como creador. He leído mucha poesía, he hablado mucho de ella. Pero en toda mi vida he escrito solamente dos poemas.

—Y esa novela suya, la primera, ¿de qué trataba?

—Era una novela con un fondo muy madrileño, muy de ciudad. La titulé “La vida de nadie” y era la historia de un chico sin documentación y sin apellidos, perdido por la ciudad por culpa de la guerra. Cuando la acabé – recuerdo que la escribí en unos largos cuadernos de anillas, naturalmente a pluma y, como le digo, sobre aquel tapete granate del comedor- , era casi  el día en que cumplí veintidós  años, la presenté ese año al Premio Planeta y sorprendentemente quedó finalista, quedó en el segundo puesto.

—¿No la publicó?

—No, tal como estaba al fin preferí no publicarla. Hoy tendría que volverla a leer y retocarla mucho.

—Y no se ha animado a ello…

—No, no me he animado.

—Volvamos, entonces, si le parece, a esos “paisajes interiores” de que me habla, a esas reuniones familiares y dominicales….¿Usted, siendo tan joven, no se aburría en ellas?

– No, no me aburría. En absoluto. Observaba. He observado siempre. Observaba, por ejemplo, los movimientos que unos y otros daban de vez en cuando a aquel brasero para avivar el calor, levantando un momento las faldas de la mesa camilla y dando un empuje más al cisco con la badila y observaba también a mi abuelo el escritor en charla siempre muda con Juan Ramón, como antes le decía, una conversación que excepto él nadie oía. Observaba igualmente, además del brasero, otro objeto situado frente a mí. Era un pequeño cuadro colocado al lado del pesado cortinaje que protegía del frío de la ventana y era obra de un gran pintor español, Benjamín Palencia. Siempre me lo quedaba mirando. Como aquellas reuniones eran largas, duraban toda la tarde, y yo estaba sentado en una silla entre mi abuelo el escritor y mi tío Moisés, frente por frente al cuadro, me acostumbré a mirarlo atentamente. El cuadro era una copia bastante buena de una pintura de 1945, empleando la técnica de óleo sobre el papel, titulada “La era” que había recibido la Tercera Medalla de la Exposición Nacional en 1941 y que, por lo que supe después, mi abuelo el escritor le había querido regalar a su hermana Amparo para que la pusiera en el comedor. Benjamín Palencia había pintado aquel cuadro en el jardín de su casa de Villafranca de la Sierra, en la provincia de Ávila, desde donde contemplaba con frecuencia una era que tenía delante. A veces la completaba con otras eras que observaba en pleno campo. Todos aquellos paisajes de lomas, cerros, árboles, labriegos, arrieros, también truchas y perdices, también cielos y vacas y cabras, él no sólo los pintaba sino que los tocaba a lo largo de su vida, y yo no podía imaginar mirando aquel cuadro con el intenso ocre de los bueyes y de los caballos, el blanco de las camisas de los hombres y el amarillo de las pajas, que Palencia, diez años después, en su casa madrileña de la calle de Sagasta, me lo iba a confesar directamente : “Mi pintura – me dijo entonces, en 1967, cuando fui a visitarle -, es eminentemente táctil. Yo pinto tocando, yo voy buscando los cuerpos y los miro como si los tocase…, por eso también soy muy terrestre, y muchas veces, en verano, no solamente toco con los dedos, sino que me descalzo para andar por todos los caminos de España, para coger esta aspereza, este calor que tiene el paisaje español para llevarlo a mi pintura”. Era el tomillo, la labranza, las bestias casi minerales, las rocas como animales, el pastoreo y la tierra intacta junto a zagales, trashumantes, serranías y sembraduras. Todo lo tocaba con las manos y con el pincel. Sentado en unas rocas, Palencia colocaba el lienzo aún virgen sobre unas grandes piedras verticales e iba sacando de sus tubos la pintura que manejaba y mezclaba luego entre sus dedos y ya con los dedos manchados iba marcando el borde inferior de las mesetas, redondeando la curva de unos caminos que daban la vuelta a unos árboles. Escogía a veces unos colores tan violentos que parecía arder la tierra y me viene a la memoria cómo resplandecía “La era” en aquel comedor bastante oscuro del brasero y las alfombras de la calle de Goya. Pero como me enteraría mucho tiempo después por uno de esos cruces inesperados que da la vida, descubrí a través de unos papeles y lecturas, que precisamente Benjamín Palencia, el autor de aquel cuadro que ahora contemplaba en el comedor, se había encontrado muy joven, cuando sólo tenía dieciséis años, con Juan Ramón Jiménez, que entonces tenía treinta y nueve, el poeta que en aquellos momentos también seguía susurrándole palabras a mi abuelo en lo profundo de la habitación. Palencia, al parecer, se había acercado un día de 1920 hasta una librería de la calle Caballero de Gracia a la que también acudía el poeta y allí el librero no dudó en poner en contacto a los dos, al pintor y al poeta, por la admiración mutua que se tenían: iniciaron entonces una cordial amistad y pocos meses después Palencia dibujaría por primera vez unos poemas de Juan Ramón titulados “Fuego y sentimiento”. Por tanto, y aunque en aquel momento yo no me diera exacta cuenta de todo aquello, y reconozco que sólo llegaría a comprenderlo mucho más tarde, lo cierto es que en aquellas tertulias de la mesa camilla que teníamos la familia se estaba de algún modo entrelazando el tiempo, y por encima del tapete granate que cubría el brasero, se unían las palabras de un gran poeta con los colores vivos de un gran pintor, es decir, se unían a través de los años las obras de dos grandes amigos.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (29) : EL SOL, LOS LIBROS, BEETHOVEN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (29):  El sol, los libros, Beethoven

 

 

18 mayo

en casa. 10, 25

Una jornada solitaria. Una jornada de descanso. Soliloquios. Lecturas. Apuntes.

Quizá tal vez influido por la conversación de ayer con la periodista, he aquí mi sueño de la noche pasada:
Estoy dormido y sueño que me levanto, me pongo a escribir y escribo que hace poco que he dormido y que quiero escribir un libro de interés. En ese momento me detengo y me pregunto si estaré despierto de verdad y no estaré soñando que escribo; pero no, ya no estoy dormido, escribo y escribo intentando escribir un libro de interés, deteniéndome a cada trecho para comprobar si no estaré dormido. Así, una y otra vez hasta que realmente me despierto y me decido a escribir que he estado soñando.

– por la tarde-17, 20

Al sol ahora, el de las 17, 20 de la tarde se le ve venir muy despacio. Viene de las zonas lejanas de Madrid, toca los barrios de las afueras, luego las casas más cercanas. Tuerce siempre por los tejados y enfila luego la recta que conduce hasta este cuarto donde escribo. Es un sol pálido en invierno y en primavera, sus cristales entran hasta el comedor. Estoy aquí como en un andén, desde hace años: el jarrón con flores, mi retrato cuando cumplí los cincuenta, otra fotografía de A. y yo sentados y contemplando la vida, el mueble de laca que sostiene a la estación inventada, una imagen, y a sus pies, una flor. Este sol de las 17, 20 se detiene siempre en este lado del cuarto, hay un baño de resplandor en las ventanillas del sol, los cristales se quedan quietos ante las puertas, no baja nadie, no sube nadie, no hay ruido alguno, es una sucesión de vagones transparentes que dejan en el suelo sombra y luz. Quedo siempre admirado. Excepto los días de lluvia en que el comedor se encuentra apagado y moribundo, las demás tardes aguardo inmóvil esta llegada liviana del sol que permanecerá aquí unos diez o quince minutos, el tiempo que se dedica a brillar con mayor fijeza sobre los marcos de las fotografías, el tiempo que pasa sobre las flores y el jarrón. Sé que el sol está lanzándome su señal. Mi mujer y yo mudos en el retrato nos dejamos bañar por este singular momento. Poco a poco las sombras se endurecen, los rayos se evaporan. Todo este andén del comedor va quedando suavemente gris, recién visitado, ya solitario. Casi no me doy cuenta cuando el sol se va, se está yendo del cuarto, se ha ido, la luz se disuelve, el sol volverá mañana a las 17,20. Aquí seguiré muchas tardes del año, sin moverme.

Por la tarde – 19, 00

Al fin de esta larga jornada solitaria, interrumpidos los diálogos con la periodista, me refugio hoy en la música. Escucho ahora, a las siete de la tarde, en el silencio del despacho y en estos ratos en que la casa está vacía, la Séptima de Beethoven, esa Sinfonía que tantas veces me acompañó. Especialmente ese segundo movimiento tan lento y dulce que siempre me sobrecoge. Este “Allegretto” lleno de ternura, subidas y bajadas llenas de matices, acunarse de tristezas y alegrías. Casi lo conozco de memoria. Con él he ido conduciendo mi automóvil muchos años por las carreteras de España. Con él también, con este “Allegretto”, trabajé una larga temporada. Fue mi reiterada compañía cuando estaba escribiendo sobre el ocaso de la vida, sobre la paralización de la muerte, sobre la paralización del tiempo. Una novela. Una utopía. Y allí escribí: “… como esos salmones que van tenazmente, determinantemente, casi a pesar de ellos, con una fuerza interior que les empuja y les invade de valor remontar el riachuelo preciso que les vio nacer, y ello lo hacen casi de modo ciego, por su impulso y su energía incansable, y de modo asombrosamente lúcido en su búsqueda de orientación…, sin dudar en medio del laberinto de aguas, volviendo una y otra vez a elegir el exacto camino entre mil caminos desorientadores…, así el hombre vuelve- lo perciba o no, lo desee o no – hacia su principio y su origen. Y tras largas ausencias físicas y espirituales, tras alejamientos que han llegado a durar una vida entera, el hombre se siente impelido a retornar al inicio de donde surgió. Y remontando todo ese río de vida al revés, todos volvemos doblando las embocaduras de la vejez y de la fatiga, arrastrados por el fluir de las edades imparables, como absorbidos por algo que nos vuelve a llamar y que, para atraernos, va despojándonos de vitalidad y de energía. Y son algunos de entre nosotros, los que retornan con pasión por volver; y son otros los que emplean un natural vigor en resistirse a todo ese gran vigor indomable, y aún hay otros, que no encuentran la esencia de ese olor que impregna el retornar de su camino (aturdidos por mil perfumes de la vuelta, y desconcertados mientras se agotan por no desconcertarse), exprimidas todas sus fuerzas, y sin darse cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos, han llegado a su fin, a su final”.

Continúo escuchando este gran Movimiento de Beethoven.

Por la noche – 21,00

Paseo por la casa antes de cenar entre libros y libros. Recuerdo aquella película: “El año pasado en Marienbad”:

Los pasos del que camina entre libros son absorbidos por las maderas, acogidos por las puertas que crujen conforme avanzan los pasos, habitaciones antiguas que reciben pasos interminables, libros interminables, libros y pasos que suceden a otros pasos y libros, cuartos cargados de autores amontonados, alineados, puertas y maderas que hacen resonar los pasos entre libros, autores encuadernados, autores deshojados, autores recobrados, autores vencidos, suelas de zapatos ligeros, pesados, tacones que aplastan las maderas, manos que empujan las puertas, silencios que abren el picaporte de los ruidos, que abren los labios de los autores, cabecean los lomos, duermen las páginas, los pasos del que camina entre libros rozan los índices, los prólogos, los pasos del que camina entre libros recorren ahora, sí, el costado de las hileras, los títulos, los hombros de los autores escuchan los pasos con sus espaldas unidas en las estanterías, las cubiertas unidas, las líneas también unidas y apretadas, los lenguajes mudos, los idiomas callados, los pasos del que camina entre libros van tocando los bordes de las investigaciones, los ingenios, las ficciones, las manos acarician al pasar la superficie de los ensayos, las imaginaciones, los argumentos, las ilustraciones, picotean los tacones sobre el tablón de las maderas y en esas maderas resuenan poemas de siglos de oro, siglos de plata, prosas, géneros, escuelas, generaciones, crujen estas maderas sobre escenarios de libros de teatro, filman los ojos mientras pasan secuencias y guiones, puntas de pies avanzan entre libros que danzan ante páginas de ballet, dedos mueven las hojas conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, sí, del que camina entre libros como lo hago ahora yo, tal y como me va llevando esta madera que cruje conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, volúmenes amontonados, portadas, espacios reducidos, fábulas en el suelo, tramas hasta el techo, discursos, narradores, personajes, poéticas, retóricas, las lenguas del lenguaje, rimas, pausas, versificaciones, monólogos, polifonía, tramas, los pasos del que camina entre libros apenas se oyen al final, silencios, silencios… libros que se van apagando tras los pasos, libros que se quedan solos, libros reinando en el tiempo, libros del año pasado, del siglo pasado, libros de todos los siglos cubriendo las estanterías hasta que mi ojo vuelva a cruzar otra noche el paso del que camina entre libros.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (28) : LOS SUEÑOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (28) :  Los sueños

17 mayo

– He traído aquí – me dice al entrar hoy la periodista y sentarse en la butaca, a la vez que me muestra unas páginas – unas anotaciones suyas sobre los sueños que están tomadas de una novela que usted publicó no hace muchos años. Hablaba usted de las noches en Nueva York, de la gente dormida, y decía así: “Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha. Muchos no pueden dormir por preocupaciones, por disgustos, porque les dan vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver”.
Le he leído estos párrafos porque varias veces ha escrito usted sobre los sueños y creo que es algo que le interesa. ¿Por qué no me habla de ello?

– Bien. El mundo de los sueños, sí, siempre me ha interesado. He escrito sobre ello en varias ocasiones. Lo cierto es que sobre el sueño en la literatura se ha escrito muchísimo. Un autor francés comentaba que es asombroso que cada mañana nos despertemos cuerdos, después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños. Borges por su parte, como usted sabe, aseguraba que el sueño es una obra de ficción y que posiblemente sigamos fabulando en el momento de despertarnos y también después, cuando contamos los sueños . Quizá en el sueño seamos “la cosa que soy”, añadía Borges, quizá seamos nosotros. Esto se olvida al despertar. Sólo podemos examinar de los sueños su memoria, su pobre memoria, concluía el gran escritor argentino. A ese mismo sentido de relación entre creación y sueño se refería un día en Madrid el psiquiatra Rof Carballo cuando me comentaba que todos nosotros somos creadores en el sueño y que en el fondo, lo mismo que el misterio del sueño, la creación es muchísimas veces vaticinadora, es decir, anticipatoria, reveladora. Recuerdo también la pregunta que un novelista quiso hacerse: ¿qué soñaré mañana? Eso no podría nunca contestarse, es una pregunta casi surrealista, pero en cambio muchas veces uno puede sentirse atado por lo que soñó anoche, si es que lo recuerda, que a veces es difícil recordarlo. Me viene ahora a la memoria, en el momento en que usted me habla de ello, una curiosa historia que me contó un amigo mío, al menos me dijo que así había sucedido, no sé si había sucedido así o no, porque yo siempre pensé que me la contó por si quería aprovecharla para algún relato o para algún cuento.

-¿Y la aprovechó?

-No, no lo aproveché porque, tras escucharla, me pareció una historia casi imposible, una historia casi anclada en el absurdo. Para mí, algo difícil de escribir, y además con ciertos tintes de terror que no me gustaron.

-¿No le gusta el terror?

-No, no me gusta. A pesar de que mi mujer suele decirme que me gusta el terror, el terror en sí no me gusta. Me gusta la intriga, lo policíaco, lo misterioso, los caminos que llevan a un complejo desenlace, el suspense, pero no el terror. Me acuerdo, por ejemplo, cuando me salí del cine viendo “El resplandor”, que no aguanté.

-¿Y cómo era esa historia a la que usted se refiere?

-Pues sencillamente una tremenda historia de celos: una mujer que intentaba dominar a un hombre controlándolo hasta el límite, controlando incluso sus sueños, entrando en ellos.

-¿Cómo entrando en ellos?

-Sí, entrando en sus sueños. Aquella mujer poseía, podríamos decir, una disposición especial para absorber cuanto le iba contando su marido. Ella lo asimilaba, lo engullía todo. Estaba obsesionada. Quería saber todo lo de él. Como naturalmente no podía saber en qué soñaba, le preguntaba continuamente, al día siguiente ¿qué has soñado hoy? Le asediaba : ¿ qué has soñado esta noche pasada? ¿qué soñaste ayer? Generalmente el marido no recordaba apenas nada, hacía especiales esfuerzos por complacerla, aunque no recordaba sino cosas muy generales, pero otras veces, quizá porque estaba ya cansado del asedio de su mujer o tal vez por tener especiales momentos de lucidez, intentaba describirle el sueño que había tenido y lo hacía lo mejor que podía, aunque ella seguía siempre adelante, incansable, preguntándole una y otra vez,: ¿y con quién estabas? ¿cuánto duró ese sueño? ¿qué hiciste? ¿era el mismo lugar que me contaste el otro día? ¿estaban las mismas personas? ¿qué te decían? ¿qué les decías tú?, cuéntame como era el sitio, los detalles … Un enorme agobio. Quería saber qué había estado haciendo su marido mientras soñaba. En el fondo pensaba en su infidelidad, estaba obsesionada con su infidelidad incluso en el sueño. Una noche, sin embargo, el marido, al cerrar los ojos y disponerse a dormir y nada más abandonarse durante un rato a la tranquilidad del sueño, se incorporó de improviso en la cama con un grito angustioso, un tremendo grito de sobresalto y se quedó allí, sentado encima de la cama, temblando. Acababa de verla. Acababa de ver a su mujer de pie dentro del sueño de él. Estaba esperándole. Le esperaba con una sonrisa enigmática, casi siniestra. “Aquí estoy”, le había dicho mirándole fijamente, “ Aquí estoy esperándote “. Espantado, se despertó, se volvió al lado de la cama donde tenía que estar su mujer y allí no había nadie. Su mujer, me dijo mi amigo, seguía dentro del sueño de él. Y ese hombre nunca volvió a soñar más.

-¿Pero qué sucedió después, no le contó qué pasó con ese matrimonio? –

. No. No me contó nada más..

-¿Y no va usted a escribir nada sobre eso?

-No. No voy a escribir nada.

-Indudablemente, como usted dice, esa historia tiene un cierto punto de terror ¿ Nunca se ha animado a escribir algo de terror?

-No. Ya le he dicho que no me gusta el terror.

– ¿Y el humor? En cambio he leído cosas suyas escritas con gran sentido del humor…

– ¡Ah, el humor es una cosa muy distinta! Se lleva o no se lleva dentro. Se tiene o no se tiene. Creo que tengo sentido del humor, es una realidad, no es ningún mérito, pero nunca sé ni me planteo cómo he podido conseguirlo. El humor nace o no nace. No se puede inventar.

-¿Alguien en su familia tiene también sentido del humor?

-Sí, mi padre  en cierto modo lo tenía. También mis hermanos. Mis  tres hijos creo que también lo tienen, unos más que otros. No sé si lo han heredado de mí. Pienso que muchas veces están esperando una respuesta mía o una visión mía con algún rasgo de humor para saber que estoy perfectamente vivo, que soy yo, para reconocerme enseguida y comprobar que no estoy enfermo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” -Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (27)—CALIGRAFÍA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (27) :   Calígrafía

Tal como me prometí el otro día aquí está mi relato “CALIGRAFÍA”  :

 

He intentado esta mañana hacer una pausa en la oficina, tomar aliento y no contestar mal al subdirector general y pensé en mi madre, en aquella cocina bajo la campana de la chimenea, los cacharros limpios y refulgentes colocados en las paredes, las sartenes, las ollas, los cuchillos y en el centro la mesa con su mantel de hule y la lámpara de pantalla verde con la luz cayendo sobre mi mano y también sobre su mano, rodeándome su mano los nudillos, la mano de mi madre es sonrosada y cálida, nunca me ha dado una bofetada, la mano de mi madre me cubría la mía sobre el cuaderno de caligrafía y la voz de mi madre hablaba muy cerca de mi oreja, tiene una voz firme y suave a la vez, cuando quiere se enzarza con los vecinos e incluso les grita, tiene razón, porque la convivencia es difícil y ella sabe defender su territorio, defender a mi padre, a mi hermano y a mí, aunque cuando me cubre con su mano y me lleva el pulso de la caligrafía en el cuaderno cuadriculado su voz junto a mi oreja es decidida y dulce, más decidida que dulce, ten cuidado con las eles, hijo, me va diciendo, tienes que seguir hasta arriba sin separar el lápiz del papel porque son como árboles, ¿ los ves?, son palos, hay que subir despacio, así, ahora te llevo yo, no, no sueltes el lápiz, luego afinaremos la punta porque se está poniendo gruesa, pero ahora estate en lo que estás, tiene que subir hasta arriba la ele y luego bajar sin parar ni separarte, así, bien, yo creo que ahora sí lo estás haciendo bien.

He intentado luego salir del despacho del subdirector general sin dar un portazo, procurando incluso que encajaran bien las hojas de las puertas al cerrarse y no soltar el pomo de la puerta bruscamente como hago siempre, dejar que los nudillos se apartaran del pomo suavemente, como si no pasara nada aunque todo está pasando, porque me han encargado por cuarta vez el mismo informe, había que repasarlo y consultarlo en el ordenador y además él dejó caer la crisis de la empresa, que, en principio, dijo, no me afectaría a mí porque llevo ya años, pero que las empresas, y eso sí lo dijo mirándome a los ojos, no son sitios para toda la vida, tienen sus vaivenes igual que las personas, y así salí caminando deprisa por los pasillos, no quise bajar por la escalera principal para no encontrar a compañeros, iba nervioso y bajé la escalera lateral que casi nunca uso, bajé con las páginas del informe en la mano descendiendo deprisa, huyendo de no sé qué, sin duda de mí mismo, con esta vena que se me pone en la sien y esta aceleración del corazón como si se desbocase, como si me fuera a caer por la escalera, y aquello me hizo otra vez volver a los recuerdos.

Recuerdo la paz de aquella cocina en la noche, la cortinilla que nos separaba de los dormitorios, el silencio de la casa y la pausa, la pausa con la que mi madre acercaba su silla a la mía, acercaba su olor limpio a mi cuerpo, a mí me tiraban un poco los pantalones cortos, había veces en que me caía de sueño, intentaba apoyar mi cabeza doblada en el hombro para escribir más descansado pero mi madre, recuerdo, con su mano izquierda me iba enderezando la derecha mía, nada decía, no me regañaba, comprendía que no eran horas para estar atento, pero había que hacerlo, repetir una vez más el trazo de la ele como repetiría yo ahora por cuarta vez el mismo informe mientras bajaba deprisa las escaleras. Pero no corras, hijo, no vayas deprisa, recuerdo que ella me decía, tengo el recuerdo de mi madre a mi lado sujetándome el pulso, no es cuestión de correr sino de hacerlo bien, ahora vamos con la b, que tiene un trazo grueso, ¿lo ves?, has de apretar aquí el lápiz sobre el papel, nos saldría mejor con una pluma, mañana lo haremos con una pluma, pero yo ya me aterrorizaba de pensar que al día siguiente, a la noche siguiente después de cenar, tendría otra vez que enfrentarme con la b, ya estaba avisado, había que repasarlo con la pluma, volver por el mismo camino y a lo mejor mancharse de tinta, pero lo importante no era la pluma ni tampoco la tinta sino repetir, repetir, que me anunciaran ya el día anterior que había que hacer lo mismo al día siguiente ¿por qué me lo decías madre?, mi madre no contesta, la veo ir y venir de la lavadora al lavaplatos, inclinarse a coger la ropa, dar un vistazo al horno, sacar las ropa al patio e ir cargada con el cesto en la cadera, tender, meterse las pinzas en la boca mientras estira los brazos y abre las sábanas, al otro lado de la cuerda se ven las montañas y el mar, el mar hoy está azul y manso, transmite una ligera brisa y una leve espuma, pero el mar es el paisaje o el decorado, como el reloj de cuco que tenemos en la cocina, el mar es la monotonía, mi madre no lo ve, extiende las sábanas blancas y va sacando y metiendo de su boca las pinzas de tender y abriendo los brazos y estirándolos en una operación siempre igual, la misma que mi pluma o mi lápiz hace subiendo y bajando la b, ¿lo ves?, dice mi madre con su boca en mi oreja, ahora nos ha salido mejor, a mí siempre me anima ese “nos” que pronuncia porque parece que trabajáramos juntos, y que yo no estuviera como esta mañana solo con el informe, llegando ya al primer piso, al pasillo, a la cuarta puerta que es la de mi despacho. A mi despacho en la oficina nunca vino mi madre ni nunca vendrá. Las madres no saben el lugar donde trabajan sus hijos, les basta conque trabajen y que no pierdan su empleo. Yo pienso no perderlo, arreglaré este informe, arreglaré la mesa, colocaré los recuerdos en su lugar y no me preocuparé cuando mi padre me llame a su despachito azul, ese pequeño cuarto con cortinillas y con dos sillones grandes, ese despachito cálido y silencioso donde mi padre escribe poemas que es su diversión, un entretenimiento, no quiere ver televisión, me niego a ver televisión, dice, y se levanta del comedor nada más conocer el titular de las noticias y se mete en este despachito azul a escribir, a leer, a consultar cuadernos, a veces a hacer los crucigramas de los periódicos.

¿Y la caligrafía?, me pregunta mi padre. Yo estoy sentado en el sillón frente a él, apenas me llegan las piernas al suelo, tengo en mi mano el cuaderno cuadriculado en el que están trazadas muchas veces la ele y la b y mi padre, lo recuerdo, sonreía, tendía su mano para recoger el cuaderno, lo hojeaba y me felicitaba, ¿lo has hecho solo o te sigue ayudando mamá?, solo, solo, le digo con los ojos brillantes, y es verdad, después de tantas sesiones nocturnas, la última línea del cuaderno la he hecho yo solo, eso sí, afilando la punta del lápiz y apretando fuerte en las subidas de la letra para aflojar después en las bajadas, y lo que no he hecho es escribir con la pluma. Me gusta este despacho. Cuando murió mi padre tuve que ser yo, por ser el mayor, el que abrí los cajoncitos del escritorio, aparté los sillones y extendí en el suelo, encima de la alfombra, todos los papelitos que él había escrito, papeles que eran trozos de sobres, papeles cortados en tiras largas, papeles que asomaban de sus cuadernos. Mi padre nunca publicó nada de eso porque era funcionario, vivíamos de su sueldo del Ayuntamiento y él venía en el metro y en autobuses como un sonámbulo, como un autómata, venía con su sombrero flexible y gris y su bigotito canoso, soplaba, soplaba al subir las escaleras, pero soplaba muy despacito, juntaba los labios en un hueco, miraba al frente, y soplaba leve y continuamente como si apagara una vela, yo creo que estaba cansado de la vida, iba soplando y diciendo “¡qué vida, qué vida!”, yo no se lo oí nunca, lo imagino aunque no se lo oí, pero de la forma con que él soplaba al subir no creo que le cansaran las escaleras sino todo lo que había hecho y lo que aún le quedaba por hacer, se levantaba muy temprano, se afeitaba con esmero, desayunaba en una mesa camilla al lado de la cocina, mojaba unos pedazos de pan en el café, los domingos mi madre se los tostaba o se los freía, entonces me llamaba mi padre, Siéntate aquí, y me extendía sobre las piernas las faldas de la mesa camilla, yo esperaba el chocolate, los domingos mi padre, mi hermano y yo tomábamos chocolate con aquellos torreznos, no había Ayuntamiento para mi padre, no había clase, no había nada que hacer, en los veranos y en la primavera pasaban por la ventana abierta muchos pájaros, se veían los tejados rojos de la ciudad, un pájaro venía al olor del desayuno y se posaba en el borde de la madera y yo le veía en el reflejo del cristal pero me dedicaba a sorber despacio la taza de chocolate que ya no humeaba porque la habían enfriado los torreznos, y yo miraba al pájaro, le veía ir y venir por el alfeizar moviéndose nervioso, el pico alto, el pico bajo, esperando una miga de pan y yo miraba también a mi padre que había abierto las hojas del periódico sobre el mantel blanco de la mesa camilla porque mi madre lo cuidaba todo, sacaba los domingos un pequeño mantel para el desayuno, un mantel que yo había visto tender, planchar y recoger y ella seguía en la cocina oyéndonos desayunar tranquilamente, oyendo seguramente al pájaro, haciendo mil cosas en la casa para que nosotros tuviéramos un domingo tranquilo, mi padre con sus gafitas de leer siguiendo las noticias del periódico y yo moviendo ya las piernas porque me quería ir, ¿qué hacía ya allí?, el pájaro se había cansado de esperar, no sé cómo lo hacen pero de pronto se hunden en sí mismos, se concentran y se unen, unen sus plumas, no sé si presionan las patas, no sé cómo lo hacen, pero hay algo instantáneo en los pájaros que les hace de pronto volar, están quietos, nadie les llama, nada les urge, ¿hay un olor al otro lado de los tejados? ¿ es una luz?, de pronto emprenden vuelo inesperado, se les ve, ya no se les ve, entonces aprovecho para quitarme la servilleta, hago una seña a mi hermano para que nos vayamos y nos vamos los dos a jugar al fútbol al patio de abajo. Entonces lo que voy a hacer ahora es corregir este informe, darle la vuelta, sentarme y darle a las teclas, mirar la pantalla, todos estamos mirando a pantallas y el mundo va deprisa, sí, aquí en este despacho hay nada menos que cuatro pantallas para los que trabajamos y nos turnamos, no se sabe bien en qué escribiremos dentro de cincuenta años, las pantallas seguramente serán más finas, más pequeñas, ya las hay más pequeñas, a lo mejor existirán menos oficinas, me acuerdo de un cuento de ciencia- ficción en el que las oficinas eran precisamente los relojes, las gentes llevaban la oficina portátil en la muñeca y según los timbres que sonaban llamaba al reloj el jefe de sección o el responsable de inversiones o quien llevaba los pedidos, los relojes eran de distintos colores y tamaños según las empresas y al cruzar una calle o ir en el metro a uno no sólo le podían llamar desde cualquier sección sino que, apretando un botón y dando a una clave, uno mandaba instantáneamente el documento solicitado, la oficina y el archivo estaban siempre dentro de la esfera del reloj, y no sólo era agenda y soporte del texto y de mensajes como lo es ahora sino pantalla en la que aparecían los rostros de los jefes, el movimiento de sus manos, si estaban iracundos o pacíficos, una relación tan intensa, tan superior a los móviles actuales, que era difícil de eludir. Un agobio. Pienso para qué sirve la caligrafía de las primeras letras, aquel ir y venir cuidadoso de la muñeca y de los dedos cuando ahora sólo se usan las yemas tecleando, la pantalla nos entrega las correcciones ortográficas y no importa el grosor o la finura de los trazos. Pero sí, sí que importa, me decía mi madre llevándome de la mano en la escritura, importa saber las reglas de las sumas, importa aprender qué hora es en el reloj, importa doblar bien las colchas de las camas, apagar correctamente las luces para no gastar, aprender a ir despacio. ¿Cómo a ir despacio, le preguntaba yo a mi madre, si nadie va despacio? ¿ quién va despacio por la calle?, sólo los viejecitos. Y años después me dí cuenta de que era verdad, como tantas cosas de los padres los recuerdos me vinieron mirando un paisaje, yo no era un viejecito, falta mucho para que llegue a viejecito, a lo mejor no llego nunca, pero mirando aquel paisaje, recuerdo que era un valle soleado, también recuerdo que había sombras de montañas, rebaños lejanos en un fondo amarillo, pueblos de techos de pizarra, techos grises y ladeados en torno a una iglesia de tejado metálico, campos sembrados, unas masas de árboles, un riachuelo, pero sobre todo la hondonada, el ir y venir blanco de la carretera, la calma, el sol en la calma, y me dije que había que mirar todo aquello despacio, no huir corriendo a la ciudad, no escapar enseguida, si te vas ahora, si te subes deprisa a esos automóviles aparcados ¿ a dónde vas?, vas al tumulto de la procesión de coches, vas a la larga caminata de vehículos, a la gente nerviosa, al atasco a la entrada de la gran ciudad, vas a las calles repletas, a las ruedas girando para encontrar aparcamiento, vas a los semáforos en rojo, a los pitidos nerviosos, después subes mirando el reloj en el ascensor, habrán empezado la reunión, el jefe ya estará de pie dando instrucciones, el móvil sonando, tú te dices y se lo dices también a tu madre que no puedes ir despacio, no se lo dices porque eres un niño, porque estás en la cocina inclinado en tu cuaderno, porque aún no sabes el concepto de velocidad ni de lentitud, pero algún día se lo dirás, algún día lo sabrás, ¿te acuerdas cuando descubriste en aquella cena romántica con Lidia, a la luz de unas velas, el concepto de lentitud?, había que ir despacio con la mujer del pelo castaño que era tu mujer, al otro del mantelito rojo y de las velas rojas, al otro lado de los altos vasos de cristal, de los cubiertos deslumbrantes y de los platitos para el pan, descubriste aquella noche dos conceptos: el concepto de lentitud y el concepto de tiempo, las mujeres quieren tiempo, que les regales tiempo, vienen acicaladas y perfumadas, han ido a la peluquería, después se han esmaltado las uñas, antes se han acercado al espejo, han levantado las cejas, se han pintado cuidadosamente el ojo, han fruncido los labios, han pasado su lápiz en la curva de los labios, han vuelto a fruncir, se han ladeado, Lidia antes de cenar contigo se había ladeado ante el espejo, había retocado su melena, después se colocó un vestido rojo y un pañuelo negro de seda, aún se acercó y se alejó varias veces en el espejo del cuarto de baño, luego en el del dormitorio, y aún se dio otra vuelta, llevaba unos zapatos elegantes y un diminuto bolso negro de noche, aún se perfumó un poco antes de salir, ¿qué quería?, tiempo, que le dedicaras tiempo, no que le compraras grandes cosas sino que le regalaras tiempo, ¿ lo hiciste?, dime, ¿lo hiciste?

Y entonces, además de este informe, habrá que arreglar los armarios, además de perderme en esta navegación de cifras, archivos, copias, carpetas, teclas, comprobaciones, además de ver cómo bajan y suben las ventas por la pantalla, cómo descienden y desaparecen los números, cómo desfilan las marcas de las empresas, cuáles son los acreedores y los proveedores y dónde están guardados los informes de los presupuestos, además de todo eso, hijo mío, ahora vamos a arreglar tú y yo los armarios, tú no sabes arreglar armarios porque crees que es cosa de mujeres pero yo te voy a enseñar, te servirá para cuando vivas solo. Mi madre me va abriendo los armaritos de la cocina, me va mostrando cómo se ordenan las cacerolas, en qué lugar se ponen las sartenes, cómo deben estar dispuestas las botellas, el vinagre, el aceite, el tarro de la sal, el pequeño bote con especias. Después vamos al dormitorio y luego al comedor e incluso luego al cuarto de baño y mi madre va abriendo armarios pequeños y grandes, los de los calcetines, los de las camisas, los de los cubiertos, los de las medicinas de mi padre, veo en mi pantalla todos los armarios abiertos y cerrados, la mano de mi madre me enseña a ordenar por colores los calcetines de mi hermano, los de mi padre y los míos, si le doy al clic del ratón aparecen las camisas colgadas en sus perchas, esas camisas que yo he visto a mi madre tender en el patio e ir sacando y abriendo y extendiendo aún mojadas del cesto de la ropa.

Ven, ven por aquí.

¿Pero aún no hemos acabado?

No. Tú te cansas enseguida. Voy a enseñarte más cosas.

¿Más cosas?

La tarea de una casa es interminable.

Mi madre me enseña cómo están ya la orquídea y la azalea del salón, el modo de regarlas, la azalea queda en el centro de la pantalla del ordenador, toma relieve, la mano de mi madre aparece en primer plano enseñándome el modo de regar y así el video que mandaré a mis amigos de este verano les dejará sorprendidos porque no pueden imaginar que se haya conseguido tal calidad, seguro que me preguntarán ¿pero tan joven es tu madre?, a mí me enorgullece cuando me lo dicen y cuando veo así a mi madre, en este video que está filmando ahora mi hermano pequeño desde la puerta del comedor y en el que estamos los dos, mi madre y yo, ella enseñándome a regar la azalea y diciéndole a mi hermano mientras se ríe “¡Pero no nos filmes!”, y lo dice casi enfadada aunque entre risa y risa, “¡lo que importa es que tu hermano aprenda! ¡Y tú, tú también tenías que aprender!” le repite a mi hermano, lo dice contenta y despreocupada, es alegre mi madre, en este video se la ve cómo deja la azalea y la orquídea y abre ahora de par en par la puerta de la terraza para que nos dé bien el aire del mar, mar que viene de lejos, del otro lado de las casas, el olor a mar que ningún video puede recoger porque los videos de YouTube no tienen olor, ya pueden descubrir e inventar lo que quieran que por ahora el olor sólo se puede imaginar, por ejemplo, olor de lluvia sobre el campo, o el olor a pan recién hecho, si pulso play escucho el chasquido de esta corteza del pan, cómo se abre la corteza para que se esponje la miga y cómo esta miga blanca queda desmenuzada en pedacitos jugosos que se mete mi madre en la boca mientras se inclina hacia mi caligrafía, “A ver, no te distraigas”, dice mi madre, porque a ella le gusta masticar pequeñas migas de pan que va pellizcando de la mesa de la cocina, se mete esas pequeñas migas en la boca y las saborea y las da vueltas entre los dientes y las encías sin tragarlas, yo creo que no las traga, que las lleva ahí, entre las encías y la lengua y cuando yo me río se le escapa un coscorrón, recibo un coscorrón con la palma de su mano, un coscorrón dulce en mi nuca, ni siquiera es coscorrón, una palmada, es más una caricia que una palmada porque me he desviado en el trazo, he confundido las ventas con los proveedores, las carpetas con los presupuestos y luego tendré que bajar a buscar más archivos al sótano, pero suena el móvil, ¿entonces, vendrás tarde?, me dice Lidia, pues no sé, creo que no, sí, le digo, pienso que no, aún me queda trabajo, no me esperes, suelo salir con todos por los ascensores a las seis en punto, no sé, hoy no creo que pueda salir, y me vienen otra vez recuerdos de los autobuses, ahora que pienso de repente en el autobús, no sé por qué me vienen tantos recuerdos.

El autobús llegaba en la curva, venía a toda velocidad, siempre hacía el mismo trayecto y a la misma hora, yo estaba esperándole en la parada junto a los carteros, los carteros con sus sacas vacías, siempre los mismos carteros, todos volvíamos a casa, volvían los cristales y las luces rojas y azules del autobús girando en la curva, los comercios iluminados, caía una fina lluvia, venía el autobús abarrotado, las gentes adormiladas contra las ventanillas, y de repente la muerte, tú no la verás, te la contarán, la imaginarás pero no la verás, si eres capaz de acordarte te quedarán en la memoria aquellos periódicos mojados cubriendo el cuerpo junto a las ruedas del autobús, no, no verás aún a la muerte pero te contarán que ha sido un niño al cruzar y un golpe seco, chillidos, no te unirás a los curiosos porque te quedarás paralizado junto a aquellos carteros y sus sacas vacías, entre las gabardinas y los paraguas verás aquellos periódicos que tapan el cuerpo, los verás fugazmente, y sin embargo la muerte te acompañará, será tu amiga, una amiga limpia que te habla de la fugacidad de la vida, hoy está aquí tu madre junto a ti, en la mesa de la cocina, cuidadosa con tu caligrafía, y mañana no está, hoy está aquí tu padre con sus gafas de leer inclinado en su despachito sobre poemas y crucigramas y mañana no está, ¿dónde está?, comprendes que haya gente que cambie de ciudad para olvidar la muerte, que cambie de barrio, que cruce por otras calles, que dé la vuelta para huir de los recuerdos, pero los recuerdos son buenos, a mí me acompañan, vas hacia ellos o ellos vienen hacia ti, a este comercio entrabas con tu madre, ella bajaba los dos escalones y en un momento de descuido tuyo, para darte una sorpresa, te compraba chocolate, no el chocolate de taza de los domingos sino un chocolate especial, una tableta fina, olorosa y crujiente de chocolate negro envuelto en papel de plata, entonces ¿cómo es que te acordabas, mamá? quisieras preguntarle, pero no se lo preguntas, te asombras, en este cuarto junto a la terraza extendía mi madre la tabla de la plancha y le daba a su mano lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, lentamente hacía lo que menos le gustaba, era su mayor aburrimiento, planchar, planchar, ahora pasas deprisa por ese rincón donde estaba la plancha y está el recuerdo, pero no te distraigas ahora, hijo mío, no te distraigas, no me mires tanto planchar que ahora enseguida vamos a ponernos tú y yo otra vez con la caligrafía.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (26) : FICCIÓN , MEMORIAS, CERVANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (26) : Ficción, Memorias, Cervantes

 

 

—Me hablaba usted antes del “cementerio de los elefantes”…—me dice la periodista.

 

– Sí, “el cementerio de los elefantes”, como le comentaba el otro día, es para mí una gran lección. Uno se esfuerza en escribir, en trabajar, unas veces acierta y otras no, pero al fin, al paso de los años, uno acabará de una u otra forma en “el cementerio de los elefantes” ; eso suponiendo que uno sea “elefante”…, que yo no lo soy…

– Es usted muy modesto.

– No. Yo tal vez sea un elefante muy pequeñito, muy pequeñito, de los millares y millares de elefantes pequeñitos que hay entre los escritores del mundo. Cuando uno pasea por entre los títulos de tantas obras alineadas, de tantas colecciones organizadas por colores, por encuadernaciones o por premios, es como si uno paseara por un largo y aleccionador claustro haciendo meditados ejercicios espirituales literarios, con reflexiones sobre la caducidad de la fama y sobre la vacuidad de las cosas. Es un paseo muy necesario, muy higiénico.

. – Entonces, ¿qué es lo que queda de todo eso?

– Pues queda la obra bien hecha, lo que se ha hecho con dedicación, con amor, la satisfacción de haber intentado lograr una obra bien hecha. Es la satisfacción del intento, ni siquiera la del logro, que no siempre se consigue. Además, ese logro está completamente cercado de avatares.

– ¿Qué avatares?

– Pues avatares de todo tipo, de modas, de gustos, de costumbres. Piense usted que naturalmente ya no se escribe, por ejemplo, como Dickens o como Galdós, y sin embargo los dos intentaron la obra bien hecha, y en algunos de sus libros lo consiguieron. En el caso de Galdós, cuando un periodista va a verle y él está ya casi ciego al final de su vida, en un momento de la entrevista, le pregunta, “¿Pero usted, don Benito, después de sus cien libros y de sus numerosas obras de teatro; después, en fin, de medio siglo escribiendo, supongo yo que no trabajará por necesidad, sino por placer, por crear…? “. Y Galdós le contesta:- “!No, amigo!… A pesar de toda mi labor pasada, si en el presente quiero vivir, no tengo más remedio que dictar todas las mañanas cuatro o cinco horas y estrujarme el cerebro hasta que dé el último paso en esta vida”. Esto respecto al trabajo, que es algo más bien normal en cualquier persona. Pero luego vienen las modas, las costumbres, los cambios en los gustos, los avances en la forma de narrar, la influencia de los nuevos medios técnicos, del cine, de tantas cosas modernas en el mundo de la comunicación : todo ello marca naturalmente y repercute. Y también las devociones y los desprecios, los puntos de vista tan encontrados, muchas veces tan radicales. Le hablaba hace unos días de Bresson y de mi conversación con él en París, de cómo él amaba a Dostoievski ; pues bien, si leemos las clases de Nabokov sobre literatura rusa Dostoievski queda muy apartado, y se ensalzan en cambio a Chejov o a Tolstoi. Por otro lado Gombrowicz desdeña a Camus, Canetti ataca a Iris Murdoch… etc, etc. Todo son puntos de vista diferentes y todos muy legítimos. Todo es cuestión de preferencias y de revisiones. Pero esto son cosas técnicas o teóricas, como usted ve, que sin duda interesan únicamente a los especialistas. Lo importante, como recordaba un autor destacado, es que no puede quedar bien nada que no se haga con amor.

– ¿Usted cree que ha hecho las cosas con amor?

– No todas, pero en muchas lo he intentado, sobre todo en los últimos años. Es lo que queda: la esencia de lo que queda cuando se escribe. Pienso que así debía ocurrir en todas las cosas de la vida.

 

. 15 mayo.

 

En “La Barranca” – Navacerrada

 

 

Antesdeayer, lunes, de nuevo con Senabre en “La Central”, aprovechando que venía él de Alicante a Madrid para pasar aquí unos días. Lo pasamos muy bien. Días atrás le había mandado varias páginas de este libro para que las leyera y la verdad es que aprendí mucho cuando las comentó, como siempre que hablamos de literatura. Al aludir a mis descripciones de la casa de la calle de Goya su pensamiento, me dijo, se le había ido casi sin querer a escritores que habían dedicado páginas a las casas, tanto en su exterior como en su interior, que son muchos, y luego nuestra conversación se desvió por este tema de las casas y acabamos nada menos, mejor dicho acabó Senabre, citando al siglo de Oro y a Vélez de Guevara, con su “Diablo cojuelo” que tanto le gusta , el autor que levantaba los techos de las casas de Madrid. Yo le recordé, en otro sentido, a un escritor que me interesa mucho, Georges Perec, por sus experiencias literarias, y comentamos la enumeración exhaustiva y minuciosa que él hace de la casa de pisos en la calle Simón -Crubellier de París. Y así nos entretuvimos casi toda la mañana hablando de casas en general y luego del libro de Sandra Petrignani “ La escritora vive aquí” y de las casas de las autoras que ella describe. Como siempre, una conversación muy aleccionadora y agradable.

Y al fin, tras esta conversación del lunes con Senabre, he decidido incluir en estos “ Cuadernos Miquelrius” algunos de los cuentos que he escrito en estos años. Es cierto que nada tienen que ver con el tronco central de la larga entrevista que me está haciendo la periodista, y ello hasta me mantenía dudoso y preocupado. Pero al confesarle el lunes a Senabre mis dudas él me ayudó enseguida, como hace siempre. Defendió toda clase de cuentos, relatos o episodios intercalados que suelen aparecer en muchas obras literarias y me puso muchos ejemplos. Ante mi sorpresa, y en medio de la conversación a media mañana, se levantó de uno de los sillones en donde charlábamos, se acercó a una de las estanterías de “La Central”, y tomó el volumen del Quijote que editó hace ya varios años, en 1998, el Instituto Cervantes, un magnífico volumen con Notas complementarias. Senabre me leyó parte de lo que él mismo comentaba allí sobre las dudas de Cervantes en la Segunda Parte del libro y sobre si fue oportuna o no la inclusión en la Primera Parte del relato “ El Curioso impertinente”.

– Mira – me dijo Senabre – lo que Cervantes dice aquí por boca del Bachiller – y me leyó : “una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada “El Curioso impertinente”, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote”. Muchos autores, por tanto, han incluido pequeñas historias ajenas a la historia central dentro de sus libros. Y lo que estás haciendo, añadió, es perfectamente razonable, e incluso, creo, puede darle mayor variedad al libro. Por otro lado, en muchas de estas páginas que me estás mostrando aparecen varias facetas tuyas, la de profesor, periodista o conocedor de escritores, tus encuentros con artistas diversos y tus reflexiones, cosas que han sido una constante en tu vida, pero tampoco tienes por qué esconder tu perfil de cuentista y de novelista, y esto cabe perfectamente en un volumen al que tú de algún modo calificas de Memorias. Piensa, por ejemplo, en algunas obras de Sergio Pitol que mezcla diversos géneros. O en los relatos que en medio de sus “Diarios” introduce de pronto Ricardo Piglia. Pero tampoco hay que ceñirse a Pitol o a Piglia. Cervantes, como digo, mete relatos intercalados en la Primera y en la Segunda Parte del Quijote, Mateo Alemán introduce cuatro novelas breves, cuentos y anécdotas para dar variación a su “Guzmán”, e incluso Graham Greene defiende esos relatos breves dentro de una obra, que para el creador, así lo llama él, son otra forma de escape. Muchos han aplicado esa fórmula.

Todo esto me ha animado a incorporar más relatos. Me ha dejado tranquilo. Introduciré en estas Memorias el relato “Caligrafía”.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” — Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (25) : NUNCA SE CONOCE A UNA PERSONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (25)—Nunca se conoce a una persona

 

—Veo que le sigue impresionando el tiempo. Entonces, ¿le impresionaba todo aquel “cementerio de los elefantes”, como usted lo ha llamado?

 

– Mas que impresionarme me hacía pensar. Mire usted, como usted sabe, yo estoy ahora en trance de escribir un libro, mas bien avanzo muy poco a poco en unas páginas que yo quisiera titular “Los Cuadernos Miquelrius”, (y el título se lo he dado precisamente por esos cuadernos que usted ve aquí, sobre esta mesa, estos cuadernos alargados) : intento que ese libro reúna, no sé si lo conseguiré, una serie de reflexiones en las que quiero incluir, e incluso mezclar, recuerdos, entrevistas y fórmulas de Diario, quizá alternadas con cuentos ( no lo sé aún), y ese libro no aspira a ser otra cosa que una especie de evocación de la memoria, o tal vez unos extractos de Memorias, no sé, no quiero subtitularlas “casi Memorias” porque no lo son, serán memorias inconexas, poco lineales, tampoco muy completas.

En mi vida, como alguna vez usted misma me lo ha querido recordar, he tenido la suerte o el privilegio de conocer a personas relevantes, destacadas, al menos para mí, en el campo de las artes. A veces las he encontrado de repente, sin buscarlas, por ejemplo a Ezra Pound en Spoleto, una mañana soleada de 1965, aunque no pude hablar con él ; o a Hemingway en Madrid; otras veces, en cambio, las he buscado yo: he ido, por ejemplo, en Madrid a hablar con Baroja en 1955. De alguna forma u otra a estas personas, aún no sé cómo, las citaré en el libro.

-Es gente muy interesante. ¿Va a hablar de todos ellos?

-A algunos los citaré. A otros les he dedicado ensayos o artículos, por ejemplo a Hemingway cuando murió, en 1961.

– ¿ Entonces esos ” Cuadernos Miquelrius” de que me habla no van a ser un libro de ficción, una novela, algo parecido a lo que ha escrito usted en otras ocasiones…?

– No, no pienso que sea exactamente un libro de ficción, será un libro de Memorias,  pero sí tendrá algo de ficción porque ya sabe usted que la memoria recoge, modifica y amplía, y hace mil cosas casi sin querer, y luego ella se muestra como quiere; por ejemplo, creo que en ese libro la construcción, la técnica, los mismos cuentos si al final los incluyo, que aún no lo sé, pueden aportar ficción, en realidad lo aportarán. Usted misma estará retratada en ese libro

– ¿ Yo?

– Sí, usted viene por aquí muchas tardes, viene a verme, a preguntarme. Yo sé lo agradezco. Lo hace con interés. Es lógico que usted aparezca en el libro. Por cierto, hace unas semanas, hablando con un buen amigo mío, un gran crítico literario con el que suelo verme de vez en cuando en una librería de Madrid, me preguntó no sin cierta ironía si usted existía. ¿Existe esa periodista?, me dijo. El cree que usted es una invención mía. No, usted sabe bien que existe. No es una invención. Y yo creo que existe porque me basta con verla aquí, como tantas tardes, siempre tan interesada, tan puntual, sentada como está hoy con su pantalón rojo y su jersey blanco, con su grabadora preparada encima de la mesa y tomando notas a la vez en este despacho, tan atenta siempre a cuanto digo.

-Cumplo con mi obligación, con lo que hemos acordado…

– Y cumple usted muy bien, no lo dude. Se lo digo porque sus preguntas tienen siempre la lógica curiosidad que debe poseer todo periodista. Ya sabe usted que sólo hay dos tipos de personas a quienes hay que interesar en una entrevista. La primera es al entrevistado; si el personaje se siente interesado por lo que se le pregunta, hablará y contará muchas cosas. Y la segunda es al lector sencillo y corriente: si se ha conseguido interesar antes al personaje y se ha logrado extraerle cosas de interés, esas cosas interesarán siempre al lector corriente. De todos modos, aunque la entrevista es un género muy útil para intentar conocer a quien uno tiene delante, por mucho que me entreviste usted largamente nunca me llegará a conocer.

-Lo sé. ¿Se refiere usted con eso a su propia personalidad o se refiere a todo el mundo?

-No. Me refiero a todo el mundo. Nunca se llega a conocer profundamente a una persona.

-Pero usted quizá lo dice porque siempre habrá reservas…

–Sí, siempre habrá reservas, es lógico. Lo digo porque siempre existen las lógicas intimidades humanas que nunca se muestran. Y en absoluto lo estoy diciendo por usted ni tampoco por sus preguntas, que me parecen siempre oportunas y me ayudan a reflexionar; lo digo sencillamente porque a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni siquiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto ¿ Pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como le digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente de aire que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero ese pasadizo del aire simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas, como le decía antes, que incluso el propio yo no conoce.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (23) : CORTÁZAR

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando  desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (23) : Cortázar

 

 

10 mayo

 

– Una curiosidad – me dice hoy, después de varios días, la periodista nada más llegar -: en varias ocasiones me ha hablado usted de que suele escribir en el coche … El otro día, al hablarme de Roma, volvió a recordarme cómo se detenía usted junto a las Termas de Caracalla para escribir…
¿Es eso una manía, una costumbre…? Creí que siempre trabajaba en el despacho…

 

-No, en absoluto. No es una costumbre. Simplemente un aprovechamiento del tiempo. Me gusta crear mis propios “despachos”, un recinto privado en cualquier parte. El automóvil me sirve. Además es un “despacho” que se puede desplazar, que puedo orientarlo a diversos paisajes. Me coloco en el asiento a la derecha del volante, es decir, en lo que se llama el asiento del copiloto, pongo mis libros y cuadernos al alcance de la mano y me dedico a trabajar. Pero yo escribo en cualquier parte, como le digo. He escrito en mil sitios distintos, naturalmente en este despacho en el que estamos, pero también al aire libre, en una gran Biblioteca, en estudios apartados, en carreteras secundarias, en bosques silenciosos, y muchas veces, sí, en el interior del automóvil. En Galicia, por ejemplo, recuerdo que solía conducir muy despacio por un camino de hayedos, en un lugar entre Villagarcía de Arosa y Caldas de Reyes, en Pontevedra, hasta encontrar un mismo lugar como refugio, que era un sitio preciso, un despacho natural, con unos árboles que ya conocía. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando dentro del coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora desde el día en que mantuvimos los dos un coloquio, aún me parecía ver entre aquellos árboles su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento, me había dicho él entonces y ahora lo volvía a escuchar, es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba oír de nuevo su voz en el bosque, dentro del coche, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero igual que me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo se lo había preguntado y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia y sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera, volvía a oír al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Yo escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar ahora la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas, como así se lo comentaba a usted el otro día, preguntándoles por sus dudas .

-¿Y qué impresión le causó Cortázar?

-Un hombre afable, cordial, muy cercano, un hombre que dudaba.

-¿Dudaba?

-Sí, dudaba; en ese momento dudaba respecto a sus textos, al menos eso me pareció; siempre le daba muchas vueltas a sus textos, les daba vueltas por todos lados hasta encontrar su forma.

-¿Usted lo había visto antes en París?

-No, en París no coincidí nunca con él. Tampoco lo busqué. Vi a otros escritores pero no a Cortázar. Pero esto de dar vueltas a los propios textos es muy típico del escritor. Bernard Shaw decía, “Demasiado cansado para trabajar, escribo libros”. Lo que pasa es que hay otro tipo de cansancio: el cansancio de cualquier artista intentando lograr una obra aceptable. Como creo que he dicho alguna vez, y eso es una convicción en mí, la labor del escritor es bastante parecida a la que puede ser la de un relojero, es decir, a la de un cuidadoso artesano: un cuidadoso artesano ante una hoja en blanco. Un escritor en su taller o en su despacho toma – lo mismo que hace un relojero- unas lentes de aumento para observar las palabras, emplea a la vez pinzas personales (su lápiz, su pluma, el ordenador en cuyo teclado pone las yemas de los dedos), también con frecuencia utiliza una especie de destornillador íntimo para desarmar primero sus ideas y luego para volver a armarlas, se concentra totalmente, o al menos así debería hacerlo, en la operación que realiza, se sirve y a la vez se olvida de sus herramientas, puesto que si piensa excesivamente en sus herramientas y no se deja llevar por el misterio de la escritura lesionará su creación, y sobre todo y principalmente, debe dedicar muchas horas a escribir. Un escritor ha de permanecer sentado durante mucho tiempo, durante muchas horas, es necesario que permanezca allí trabajando con toda paciencia, atentamente, tenazmente, igual que lo hace el artesano, lo mismo que el relojero cuando instala su minúscula pieza en el mecanismo del reloj.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (22) : “ELIZABETH X”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (22) : “Elizabeth X”

 

9 de mayo

Sigo en “La Barranca” (Navacerrada)  He alargado un poco este fin de semana y he terminado este cuento:.

 

 

 

ELISABETH X

 

Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma.
Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de relaciones sentimentales, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta -¿Espera usted a que le pidan el billete? – procuro ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último martes -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, intenté volver a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.
Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. – y agrega sin dejar de mirarme: – Eso es imposible. Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

– O sea, doctor, ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted ya escuchó hacía un año?

– Sí. Exactamente.

– ¿Y esto le había pasado ya alguna vez?

– No. Nunca. Nunca con una enferma.

– Se encontraba usted reviviendo, pues, un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando.

– Sí, naturalmente estaba soñando.

– ¿Un sueño concretado en ese momento preciso o un sueño total? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

– No lo sé…Creo que fue un sueño. También la visita a mi consulta de Elizabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa visita nunca existió.

– Y por supuesto tampoco su viaje en tren…

– No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

– ¿Siempre sueña en el tren?

– Sí, siempre el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Siempre viene puntual?

– Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos . Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

– ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

– Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ, colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X. aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco (él también conoce que es un sueño) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ. proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de las once treinta y cinco.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará )

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (21)- CÓMO ARREGLAR EL DÍA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (21):   Cómo arreglar el día

 

 

7 mayo

en “La Barranca” – Navacerrada

 

Alejado unos días de la periodista y de sus preguntas ( los dos hemos decidido hacer una pausa y reanudar nuestros diálogos la semana que viene ) -, hoy sábado aprovecho para huir de Madrid y refugiarme en este hotel al que a veces me acerco, sea en familia o sea en soledad, para estar en contacto con la naturaleza, escribir alguna cosa que lleve entre manos y sobre todo descansar. Este hotel, “La Barranca”, me gusta porque es un hotel tranquilo, situado entre árboles y rocas, rodeado de montes y con un diminuto río al lado. Como digo, he venido hasta aquí muchas veces con toda la familia, hemos venido a comer y a pasar el día, pero esta vez lo hago solo. He llegado hasta aquí en coche esta mañana poco después de las once, enseguida me han dado esta cómoda habitación que suelo pedir y que da al valle, una habitación que siempre me gusta. He abierto mi bolsa de viaje, he sacado mi cuaderno Miquelrius, me he sentado en la mesa cercana a la ventana, y casi enseguida me he puesto a escribir. Tenía ganas de escribir después de tanto diálogo. El día, que hasta ese momento era inmejorable, se ha ido estropeando poco a poco. Unas nubes han empezado a acercarse desde lejos. ¿Cómo es posible que un hotel tan cuidadoso – me he dicho mientras lo iba escribiendo en el cuaderno – no disponga de un día extraordinario, de una mañana excepcional? ¿Cómo es posible – continuaba escribiendo – que aquí no tengan preparadas unas mañanas magníficas? Entonces he dejado de escribir, me he levantado, he ido hasta la mesilla de noche, he buscado en la fila de botones que aparecen al lado de la cama el botón que señalaba “arreglos” y he pedido por teléfono que subiera cuanto antes un “arreglador”. En poco tiempo ha llamado a la puerta un chico joven, vigoroso y simpático, vestido de impecable mono azul y llevando al hombro una corta escalera mecánica y en la mano una caja de herramientas. Le he explicado lo que sucedía con el tiempo. Ha salido entonces a la terraza, ha colocado en la esquina izquierda la escalera y ha ascendido por ella hasta acercarse a la punta de la nube más oscura, una que asomaba por la balaustrada y que era la que más ennegrecía el día. “Estas nubes – me ha dicho el chico desde lo alto de la escalera – son nubes imprevisibles, nubes de temporada, las peores y las que más lata dan”. Con unas tenacillas y con gran cuidado ha ido separando el borde de la nube hacia atrás, plegándola en el cielo, alisándola, y luego, dando pequeños golpes, ha picado los bordes de la nube hasta que se ha roto en pedacitos, igual que diminutos cristales que han ido a caer al jardín. Después se ha trasladado a la parte derecha de la terraza y ha hecho la misma operación subiéndose de nuevo en la escalera: ahora ha separado unas nieblas gaseosas que impedían ver la luz y luego con un paño seco y muy suavemente, ha ido eliminando poco a poco unos hilos de niebla que quedaban hasta dejar todo limpio y que entrara el sol. ” El sonido del día – me ha dicho al bajar de la escalera – se lo dejo bajo, ¿sabe usted?, porque si no resuena en las demás habitaciones. De todos modos, junto a esos mandos, tiene uno para regularlo.” Entonces el chico ha salido, yo he cerrado el cuaderno, y he visto que esto es muy bien el embrión de un cuento, si no el cuento mismo, un cuento entero. Voy a tener que revisarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (20) -ROMA, PIAZZA NAVONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (20):  Piazza Navona, Via Margutta

 

 

—Singulares experiencias, sin duda, las de sus años romanos…
Me ha hablado usted varias veces estos días del paso de tiempo, no sólo en los libros sino en muchas otras cosas. ¿Le interesa el tiempo, le obsesiona el tiempo?

 

— Bueno, esto está también relacionado de alguna forma con mis años en Roma. El tema del tiempo es algo que siempre me interesa. No creo que exactamente me llegue a obsesionar, pero sí me interesa mucho, me intriga, usted me lo ha recordado. He escrito varios libros que de uno u otro modo giran en torno al tema del tiempo, en torno a la superación del tiempo. Hace unas semanas, creo, si no me equivoco, cuando le hablaba a usted de Madrid, de la calle en que nací cerca de la Gran Vía, pero también de aquella casa de la calle de Goya, la primera casa en la que viví, de las grandes habitaciones de aquella casa, me refería al tiempo pasado, a la superposición de distintas épocas sobre esa casa. Esto me ha sucedido muchas veces: el pensamiento del paso de las épocas sobre las ciudades y los hombres.

Recuerdo, por ejemplo, en Roma cómo me impresionó una manifestación comunista de los años sesenta a la que tuve que asistir por obligaciones periodísticas y cuyo escenario fue la Basílica de Majencio, a un paso del centro del Foro. Allí, ante las ruinas de la célebre Basílica civil del siglo lV comenzada por Majencio y terminada por Constantino, pensé también en la superposición de las épocas, en el pasar de los siglos. En aquel anochecer romano de antorchas y de cánticos se estaba pidiendo a gritos la libertad y la paz. Y mi mirada, recuerdo, iba contemplando atentamente aquella gigantesca escena entre las sombras, y al evocarla, mi memoria marchaba igualmente hacia atrás, me llevaba sin querer hasta una acuarela a lápiz que yo había descubierto hacía años entre las páginas de un libro. Se trataba de una “vista de Roma” del arquitecto y dibujante inglés John Goldicutt, pintada hacia 1820, y allí aparecía también aquella Basílica de Majencio reencarnada en tonos ocres y amarillos y llena de luminosidad. Pero la luminosidad de aquella noche de los años sesenta con las antorchas en penumbra y alumbrando de algún modo las tres bóvedas, las imágenes de la Basílica del siglo lV y a la vez la “vista de Roma” de Goldicutt , fueron las que se unieron de pronto en mí en un instante mientras seguía escuchando los vibrantes cánticos comunistas. Y eso aún pervive en mi memoria.

De todos modos con Roma, ya que volvemos a ella, me ha pasado como con muchas otras ciudades: el interés o la evocación, casi sin querer, como digo, por la superposición de muchas épocas. Eso quizás ha ampliado mi mente de escritor, no lo sé, tal vez algo la haya enriquecido y le haya dado otra dimensión; pero eso no soy yo quien debe decirlo. Es como si volviera de alguna forma al título de aquel libro de Mujica Láinez del que un día le hablé, el “aquí vivieron”, el saber de algún modo que en esas ciudades y en esas casas, hace muchos siglos, ellos – sean quienes sean -, “aquí vivieron”. Acabo de referirme a esa acuarela de Goldicutt representando a la Basílica de Majencio. Pero yo he sido siempre muy aficionado, además de a la pintura y a los buenos cuadros, también a las fotos antiguas: me han intrigado esas amarillas imágenes. Ellas me han ido abriendo a otros mundos. Pienso que son la historia de una ciudad, la vida de las generaciones. En el caso de Roma, cuando yo la viví en los sesenta, también las viejas fotos me intrigaban mucho. Recuerdo una en la que se veía el Foro Romano, cuarenta años después de la acuarela de Goldicutt, es decir, en 1860, una fotografía extraordinaria de un italiano de origen alemán afincado en Nápoles, Giorgio Sommer, que recogía el paso de unas yuntas de bueyes caminando pesadamente por entre las ruinas del Foro, poderosos y mansos animales transportando enormes carromatos cargados de maderas, imagino que aportaban su esfuerzo para alguna construcción, y esos bueyes entre las celebres ruinas me iban llevando hasta tiempos en los que el Foro, ya en la Edad Media, se había utilizado como feria de ganado y luego, a mitad del XlX, cuando llegó a llamarse “campo vacuno”. Nunca habría podido imaginar a unos bueyes paseando ante la Columna Trajana pero allí estaban. Roma es así, imprevisible. Como decía Fellini, esa ciudad es una gran plataforma que sirve para emprender vuelos fantásticos y esos vuelos a mí me han llevado calles abajo, por plazas y rincones de Roma, gracias a las grandes fotografías y a los grandes fotógrafos. También Giorgio Sommer , el mismo fotógrafo que retrató el Foro con los bueyes y en el mismo año en que lo hizo, había querido recoger los numerosos carromatos cargados de frutas y verduras que invadían plaza Navona, desperdigados y semiapoyados en torno a las fuentes y al obelisco, testimonio sin duda del bullicioso mercado que allí había existido desde el siglo XV y que en el XlX ofrecía diariamente sus provisiones a los romanos. Y así, cuando yo muchas veces me acercaba en aquellos años, sobre todo en verano, hasta aquella plaza sentándome bajo el toldo de la heladería “Tre Scalini” para saborear una “cassata” o un “tartufo”, los avatares históricos de plaza Navona venían hacia mí, pero como podía venir igualmente el tapiz del pasado en Madrid, en París o en cualquier otro sitio. Eso, de una forma o de otra, en las ciudades siempre me ha ocurrido.

Y fue precisamente en una de aquellas mañanas, como le digo, en plaza Navona, en uno de aquellos paseos míos siguiendo la forma oval de aquel lugar donde había estado emplazado hacía siglos el estadio de Domiciano, y mientras admiraba una vez más la célebre Fontana de los Cuatro Ríos con el gran obelisco egipcio coronado en su cielo por la paloma que lleva una rama de olivo en su pico y en el momento en que bajé la mirada y la extendí de nuevo sobre la multitud, cuando me topé casi de bruces, inesperadamente, con un viejo colega mío, un excelente periodista y corresponsal francés, Jean D ‘Hospital, con el que no había logrado coincidir, aún no sé bien por qué, desde hacía muchos meses y en las pocas ocasiones que habíamos charlado lo habíamos hecho en los despachos de la Prensa Extranjera, en Plaza de San Silvestro. A los dos nos sorprendió aquel encuentro y pienso que a los dos nos proporcionó también una gran alegría. Y sin duda para recuperar el tiempo perdido empezamos los dos a hablar enseguida de muchas de nuestras cosas, y como ocurre con las conversaciones entre antiguos conocidos, casi sin darnos cuenta, fuimos cruzando callejuelas y atravesando plazas sin dejar de hablar, deteniéndonos en las esquinas para reforzar nuestros argumentos y volviendo de nuevo a andar hasta llegar así, paso a paso y casi sin querer, hasta vía del Corso, y de allí, con una conversación casi interminable ( él acababa de publicar su libro “Roma in confidenza”, y deseaba, me dijo, regalarme un ejemplar ), nos acercamos hasta vía Margutta que era donde Jean D’ Hospital vivía.

No sé si usted conoce bien la ciudad de Roma pero vía Margutta por aquellos años seguía siendo, y yo creo que lo sigue siendo ahora aunque quizá con más avalancha de turistas, una pequeña calle deliciosa, muy cercana a la Plaza de España, una pequeña calle célebre por su arte al aire libre, decorada muchos días y a muchas horas de cuadros espontáneos. Y eso es lo que vi nada más llegar al portal de mi amigo. A pesar de la hora – era más de mediodía – ya estaban los muros y las aceras de la calle casi completamente invadidos de pinturas y esculturas de todos los tamaños, unos cuadros descansando en el suelo, otros a media altura presentando dibujos sin marco, abigarradas litografías que se alternaban con figuras en yeso, mascarillas, bocetos, toda clase de objetos artísticos colocados entre sillas y mesitas cubiertas con pequeños tapices familiares, en el fondo todo un museo improvisado y viviente. D ‘Hospital me contó, mientras yo contemplaba todo aquello asombrado, que hacía diez años, en 1953, se había creado en esa calle la “Feria de arte de la vía Margutta”, una muestra anual muy celebrada en la ciudad y que a él todo aquel tráfico de gentes y de vendedores a veces le perturbaba en su trabajo periodístico pero que no dejaba de mostrar indudablemente, y así lo reconocía, una gran belleza. Luego, cuando subimos a su apartamento en el segundo piso – una superficie de tres habitaciones que daba a un pequeño balcón cuajado de flores – D ‘ Hospital, entregándome su último libro acompañado de una dedicatoria cordial y expresiva, me estuvo hablando, aunque de manera muy general, de las costumbres romanas, de las gentes y de la vida pública, cosas que él había vivido y observado muy bien, pero sobre todo lo que me intrigó enseguida y me dejó asombrado fue el descubrimiento de su extraordinaria colección de fotos antiguas de la ciudad que muy pronto quiso mostrarme con una mezcla de orgullo y de satisfacción. Escondía la colección, muy bien clasificada y ordenada, en una pequeña habitación contigua a su estudio y allí me hizo pasar. La había ido acumulando, según me dijo, durante veinte años, exactamente desde que en 1944 había llegado a Roma procedente de Argel, entrando en la ciudad en plena noche conduciendo un jeep y vistiendo el uniforme militar con las insignias de corresponsal de guerra de una Francia dolorida. Y allí, ante mi sorpresa, encontré el mayor archivo fotográfico de Roma que nunca he visto ni hubiera podido imaginar y que ya desde el primer vistazo constituyó para mí una auténtica delicia. Eran numerosas imágenes de tipos muy diversos captados a lo largo de años por los más grandes fotógrafos no sólo italianos sino americanos y de diversos países europeos, y revelaban la pasión de todos los devotos observadores de la ciudad. Allí encontré, por ejemplo, instantáneas conseguidas por los célebres Cartier- Bresson y James Anderson o fotos logradas por el calabrés Mario Carbone o por los hermanos D’ Alessandri, pero más aún que esos nombres, siendo importantes, impactaban las imágenes. Recuerdo de manera especial los testimonios gráficos de la época del fascismo que él había reunido gracias, como me dijo, a amigos suyos del Instituto Luce, la gran Agencia oficial estatal, y donde se veía a los romanos de 1942 leyendo en las calles, entre la curiosidad y la desesperanza, el periódico mural “Notizie da Roma”, un enorme papel pegado y arrugado que había ido colocando en las esquinas la Federación Fascista de la Urbe, o también la visita de Hitler y Mussolini a la Galleria Borghese de Roma en 1938 con la pétrea mandíbula de Mussolini disparada con enorme poderío sobre la “ Paolina Borghese” de Antonio Canova mientras Hitler, a su lado, la vigilaba y calibraba sin mover apenas su famoso bigote. Eran muy valiosos testimonios de una época ya pasada pero a la vez intensa, que, como quiso comentar D ‘Hospital conforme pasábamos las hojas de su archivo, hacían surgir las preguntas que los romanos frecuentemente se hacían: “¿la guerra?, ¡bien, ya pasó! ¿Los fascistas? ¿Pero es que alguien alguna vez había sido fascista?”, se preguntaban. Eran cuestiones sin respuesta y que a la vez definían a los italianos. En uno de aquellos momentos aproveché para preguntarle al periodista : “entonces, tu que los conoces bien, ¿en qué están interesados los romanos?”, y enseguida me contestó: “ Pues creo que principalmente en su madre, en sus hijos, en la mesa, en los cantantes de moda, en las bodas reales, en las aventuras de las estrellas de cine, en la temperatura y en el fútbol. Como habrás visto, añadió, hablan a una velocidad endiablada, porque su lenguaje está basado en tres expresiones fundamentales: “Aoh!”…”He!”… “Mha!”… La primera, no es que yo lo haya indagado mucho, me añadió D ‘Hospital, pero creo averiguar que puede ser una manifestación de sorpresa, una oposición, o tal vez una defensa, a veces incluso una prohibición, aunque yo no consigo adivinarlo bien del todo; la segunda puede ser también una interrogación o una aceptación, y la tercera, cualquier forma inspirada de un lenguaje suyo muy propio y muy personal. Es un lenguaje inimitable el de los italianos y casi siempre sostenido por gestos. A veces ese lenguaje, como has visto, queda resumido en un solo gesto porque no necesitan más: hacen un movimiento con las manos o alzan las cejas. Pero con eso ya lo han dicho todo: desde las protestas en la ventanilla de su coche a las conversaciones más banales. Se comunican perfectamente. Y como anotaba un gran novelista, el pueblo romano goza con el estrépito y con el ruido, con ese ruido producido con la boca o con las manos, y eso ya contribuye a su felicidad de vivir.”

Tuvimos, recuerdo, una larga y agradable conversación, y cuando le comenté, casi al despedirnos, aquella fotografía del Foro que a mí me había sorprendido tanto – la fotografía del Foro con los bueyes en 1860 – , D’ Hospital no se asombró en absoluto. Me enseñó otra aún más antigua: una imagen del mismo Foro tomada tres años uantes, en 1857, una instantánea de la ropa puesta a secar, extendida sobre las famosas columnas históricas; unos pantalones blancos, unas camisas y sábanas colgadas en lo que habían sido las ruinas quizá más célebres del mundo, unos colores amarillentos igual que si el tiempo hubiera dorado la fotografía, y un color blanco en cambio extendido en los vestidos bajo el sol. Como digo, toda aquella charla fue muy agradable. Nos prometimos repetirla y así lo hicimos unas semanas después, yéndonos a cenar al aire libre al barrio del Trastevere, ese barrio tan típico donde la chiquillería corre entre las mesas y casi no le dejan hablar a uno. Pero pudimos hablar de muchas cosas. Con la gran cultura que Jean D’Hospital tenía sobre la ciudad, recuerdo que me aconsejó el libro de Jérôme Carcopino sobre la vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, desmenuzándome muchas anécdotas, por ejemplo, las intensas diferencias que, precisamente allí, en el Trastevere, habían existido entre el día y la noche, en el marco de históricas tabernas permanentemente abiertas y tantas veces cercadas por embaucadores, raptores e incluso asesinos que en tiempos del Imperio atacaban de modo casi continuo a paseantes nocturnos.

José Julio Perlado— “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (19) – FEDERICO FELLINI

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (19) :   Federico Fellini

 

 

– Volvamos ahora, si le parece, a su encuentro con Federico Fellini, del que aún no me ha hablado, y de sus años romanos…

 

-La primera vez que llegué a Roma, como antes le decía, fue en 1963. Tras dejar mi equipaje en un hotel de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre, aún lo recuerdo, en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel primer viaje mío estaba previsto como una estancia rápida y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita muy provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego tan habitualmente. Pero los giros de la vida son imprevisibles, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional estable y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como via Condotti o via Frattina, via della Mercede o via del Tritone y tantas otras más. Tenía entonces mi despacho de corresponsal en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil italiano, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima via Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas diarias y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido, solía detener mi coche cerca de aquellas Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora o algo más dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en mi casa de Madrid, diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la esquina con via Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en uno de sus cafés bajo los toldos, en “Canova”, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde las reuniones variadas de gentes del cine y de la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando también Federico Fellini.

 

Conocí a Fellini en los estudios Rizzoli en 1965, cuando estaba rodando “Giulietta de los espíritus”. Pero sigo teniendo en la memoria, como digo, ese café “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en las charlas de ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse un día precisamente qué era Roma para él. En el fondo es algo parecido a lo que usted me acaba de preguntar. Y él mismo quiso responderse: Pienso – dijo el director italiano – que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

Naturalmente que voy a hablarle ahora de Fellini. En primer lugar, usted muy posiblemente no sabrá nada, o muy poco, de un monje italiano del siglo Xl llamado Hildebrando. Hildebrando Aldobrandeschi era su nombre completo. Nacido en Sovana, en Toscana, en 1020, murió en Salerno, a los 65 años, en 1085. Y aquel monje Hildebrando llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio Vll y su nombre, Hildebrando, significó para quienes le amaron una brillante llama, según dicen, y para quienes lo odiaron una señal del infierno. Pues bien, Federico Fellini, en las nieblas de su cabeza creadora y efervescente, durante la larga entrevista que mantuvimos aquella mañana me estuvo llamando constantemente Hildebrando, aún no sé por qué, y lo hizo todo el tiempo y durante más de la hora que duró la entrevista, reemplazando continuamente mi auténtico nombre ( pienso que lo hizo de modo inconsciente, porque si no no se me ocurre otra explicación) por el nombre de aquel monje del siglo Xl.

 

-¿Y usted no le corrigió?

 

– Sí, naturalmente que le corregía de modo casi continuo y protesté claramente las primeras veces, pero luego, quizás al primer cuarto de hora, viendo que él no cambiaba, lo dejé ya por imposible. Me cansé. Prefería escucharle las respuestas. ¿Qué importancia tenía que me llamara de un modo u otro si me estaba contando cosas interesantes? Lo importante eran sus respuestas, lo que me comentaba de su cine.

 

-Che effetto, Fellini, le fece “La Strada“? – le preguntaba yo por ejemplo.

-Adesso, Hildebrando, “La Strada”…

 

– Ma, scussi – le respondía yo enseguida en italiano – mio nome non é Hildebrando.

— ¡Ah, vero!…¿Lei e francese…?

– No, non sono francese…. Sono spagnolo.

– ¡Ah, va bene, va bene…! Allora, Hildebrando, “La Strada”, como ogni altra espressione artistica…

—Ma, scussi un altra volta, Fellini, mío nome non é Hildebrando..

– ¿Lei e francese, vero?

– No, son sono francese…Sono spagnolo. Allora, Fellini, fantasia, cos’é?

— La fantasia, Hildebrando, é una parte fundamentale dell’esistenza…Nulla si sa, tutto sí immagina…

-Ma io non sono Hildebrando, ripeto; mío nome non é Hildebrando.

—¡Va bene, va bene..! Adesso stiamo registrando o no?

—Sí.

— Allora, Hildebrando, mi sia permesso un recordo personale, che inmediatamente mi è tornato in mente…

Y así continuaba Federico Fellini despojándose ya de la gabardina y recostándose en aquel sillón de los estudios Rizzoli escondidos en una bellísima callecita que pasaba junto a la iglesia de San Giovanni e Paolo. Como digo, esos días él estaba completamente inmerso en el rodaje de “Giulietta de los espíritus” y desconozco qué nieblas surcaban su cabeza. Cuando vi más tarde la película y a la vez recordé nuestro diálogo volví a pensar que por aquel despacho y en aquella mañana cruzó entera la fantasía : en aquella hora y mientras hablábamos, parecía que estuviera descendiendo Giulietta Masina de la casa en ramas recién aparecida en el film y que aquel despacho de los estudios cinematográficos, como así lo escribí en una crónica de aquel tiempo, oliera a bosque, el bosque oliera a decorado, el decorado diera la impresión de que lo estuvieran clavando continuamente los carpinteros y a los carpinteros a su vez los iban pagando los productores. Todo era fantasía. Y siguiendo con esa fantasía escribí entonces que los productores también podían oler a bosque, esperaban en la sombra a que acabáramos nuestra conversación, humeaban sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad y la verdad era que todo era fantasía, todo, hasta la lluvia de Roma que empezó a caer tras los cristales era ya pura fantasía : se notaba que la lluvia entraba dentro del cuarto, dentro de las palabras de Fellini, tal vez los hombres de los efectos especiales estaban volcando cubos de lluvia sobre aquella habitación donde estábamos, y empezaba a salir agua por el auricular del teléfono. Sí, era el reino de la fantasía. Mientras escuchaba a Fellini pensaba que yo no era ni había sido nunca francés, que tampoco me llamaba Hildebrando, pero que pacientemente escuchaba y escuchaba, a la vez que Giulietta Masina seguía bajando y subiendo del árbol de su película asombrada de cuanto estaba diciendo en aquellos momentos Federico, su marido, y de cómo dirigía aquel bosque de los espíritus que era real e irreal a la vez igual que aquel despacho, igual que los árboles que sostenían los decoradores, igual que los decoradores que irían a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esos decoradores que esperarían ante las ventanillas donde volaban los billetes de banco que a su vez repartirían los productores. Yo veía perfectamente los ojos de los productores cegados por el incendio de sus habanos, aquellos habanos que crujían en sus dedos, y mientras tanto Fellini hablaba y hablaba y seguía hablando llamándome Hildebrando, y yo seguía escuchando y escuchando, y a la vez un monje del siglo Xl entraba y salía de vez en cuando de aquella habitación y de aquella conversación mientras continuaba cayendo lluvia de fantasía en aquel cuarto.

– Pero sin duda Federico Fellini le diría, como usted dice, cosas interesantes. ¿De qué hablaron?

— Naturalmente hablamos de muchas cosas apasionantes y muy variadas. Creo recordar que de la libertad en general y en concreto de la libertad creadora, de su resistencia a las entrevistas y de su resistencia a las preguntas. También de Rimini, el lugar de su nacimiento, y de los dibujos que él solía hacer antes de empezar sus películas. Pero lo más importante para mí de aquel encuentro, lo que más me ha quedado en la memoria, fue el envoltorio, el escenario, el modo cómo, sin querer y sin prepararlo, estuvimos rodando los dos una secuencia imprevisible de una película sorprendente, irreal y real a la vez dentro de un despacho, aquel despacho que era todo un film, los grandes ojos blandos de Fellini me miraban y su voz le hablaba siempre a un tal Hildebrando que simplemente le miraba. Mi nombre, como digo, nunca acertó a pronunciarlo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (15)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (15) :  Robert Bresson y Dostoievski

 

 

 

– A pesar de su trabajo de corresponsal, ¿ tuvo tiempo para pasear tranquilamente por París?

 

– Sí, tuve tiempo. Siempre que pude, intenté buscar ese tiempo. En todos aquellos años y en aquella gran ciudad ocurrieron sin duda muchas cosas de interés para mí y pienso que para mucha gente. Mis obligaciones periodísticas estaban lógicamente llenas de urgencias e imprevistos, pero en la medida en que me fue posible procuré repartir mis horas entre obligaciones, ocios y lecturas, y recuerdo de modo hoy casi inolvidable cómo solía acercarme muchas veces hasta la plaza Vêndome o hasta la calle de Rivoli, o entraba en el Café de la Paix, sobre todo cuando clausuraba mi trabajo, o al menos cuando lo creía concluido, y también cómo me perdía por las pequeñas calles en torno a la Bolsa, o recorría despacio los Bulevares bajo las luces. Allí, en una esquina de la calle Gramont con el bulevar de los Italianos, en la noche y bajo el frío, tomaba en ocasiones unos “crepes” calientes y azucarados, a veces rellenos de mermelada, con mi mujer y mis hijos antes de volvernos a casa, una casa ya más definitiva que la de la calle Gaillon, esta vez en la calle Jasmin, cerca del Bois. Lo pasábamos muy bien. Otros días mis pasos me llevaban por largas caminatas en la orilla izquierda, por Sant-Germain des Pres y el Odeón, un barrio de cafés pero sobre todo de cines que tanto frecuenté con mi mujer, y más adelante, cuando ya viví de manera estable, como digo, en el distrito XVl, cerca de Passy, también mi memoria echa a andar como si fuera hoy por aquellas avenidas anchas y elegantes, por la avenida Mozart, o la calle de Ranelagh, o por la avenida Victor Hugo, llegando a veces en un largo paseo hasta l’Etoile y otros días, en cambio, recorriendo la calle de la Source o la de Auteuil hasta aquel Bois de Boulogne en el que me había cobijado el primer día como ya le conté.

– Ahora que se refiere usted a los cines de la orilla izquierda, ¿conoció en París a alguien interesante en el mundo del cine?

– Sí, aquellos tiempos eran los de Truffaut, de Godard, de Rohmer, de Jean-Pierre Melvillle y de tantos más. Con ellos o con otros, entonces y ahora, siempre me ha atraído mucho el mundo del cine. Me sigue atrayendo. Cuantas veces me aporta originalidad y creación me sigue fascinando. Pero sin duda de aquellos años la persona cinematográfica de la que tengo mayor recuerdo no es otra que la del director Robert Bresson, con el cual pude hablar largamente al acabar el rodaje de “Una mujer dulce”, una película basada en un relato de Dostoievski y también la primera película que él hacía en color.

Me vi con Bresson uno de aquellos días de 1969 en los estudios de Boulogne-Billancourt y estuvimos charlando más de una hora sobre el color en el cine y a la vez sobre el blanco y negro, y también, lógicamente, de Dostoievski. Recuerdo que aquella tarde él iba vestido con un jersey blanco cerrado, y aún le veo de pie ante mí, en el momento en que me invitó a sentarme en la única silla de espectador que había en aquel espacio: él concentrado sobre mi rostro y yo observando atentamente el suyo. Para mí Bresson resultó ser un hombre íntimo y secreto, de cabellos blancos, que parecía haber elegido aquella minúscula sala despojada de ruido a las afueras de París para contarme parte de sus silencios. Y así fue. Bresson tenía entonces sesenta y dos años y en la gran historia del cine había ya dejado muchos títulos importantes. Ahora, el rodaje de ese último Bresson, “Una mujer dulce”, había concluido y él aprovechó para explicarme cómo había elegido para aquella película a una jovencísima mujer, Dominique Sanda, de diecisiete años, que entonces era modelo en “Vogue” y que luego mantendría una larga carrera cinematográfica. Y también la elección de Guy Frangin, un joven pintor, para otro papel principal. Lo desconocido tenía para Bresson, según él me confesó, un enorme atractivo, y en el caso de los actores lo que más le interesaba, me dijo, era precisamente no conocer de antemano a aquellas gentes, saber muy poco de ellas, y lo mismo le ocurría a la hora de elegir escenarios, escogía lugares donde iba a rodar sin visitarlos ni verlos por anticipado; le gustaba por tanto dejarse sorprender por lo desconocido y como director lo que le importaba, y así me lo confesó, era encontrarse siempre en un estado de alerta ya que él quería que todo fuera nuevo y espontáneo. Pero ahora, al intentar evocar aquella tarde con Bresson, me vienen también a la memoria las confidencias que hiciera tiempo después precisamente la actriz Dominique Sanda sobre ese director francés y que complementan todo este relato : ella quiso revelar la primera conversación telefónica que tuvo con Bresson, y luego su primer encuentro en un apartamento de la isla de Saint-Louis, y después las compras que hicieron juntos por los Campos Eliseos para elegir su vestuario. Dominique Sanda confesaría años más tarde que Bresson desde el primer momento le había parecido un espíritu místico, algo que también me ocurrió a mí cuando le conocí. Bresson insistía – y así se lo confesó a Dominique Sanda – que no se lograba la comprensión de las gentes a través de explicaciones, sino amando, acercándose y abrazándolas, si todo ello fuera posible. Él creía firmemente en lo sobrenatural pero siempre a partir de lo natural, y señalaba que acercarse a las cosas reales quizá era la única manera de percibir las cosas sobrenaturales porque lo sobrenatural, añadía, es algo real, muy preciso, a lo cual uno debe aproximarse lo más cerca que se pueda. Bresson, le decía a la joven actriz casi con las mismas palabras con que se dirigió a mí, quería acercarse a los protagonistas de sus películas como si fueran tesoros sumamente preciosos, y mientras filmaba era como si estuviera amoldándose a ellos ya que no deseaba ver en la pantalla únicamente cuerpos en movimiento sino algo que revelara también el alma y la presencia de algo superior, es decir, Dios. Todo aquello le había dejado una gran huella a Dominique Sanda, y fue prácticamente la misma que me dejó a mí cuando estuve con él en París.

– Hablaron, pues, de Dostoievski…

– Si, naturalmente hablamos de Dostoievski ya que, como digo, “Una mujer dulce” estaba basada en la idea de una novela corta del gran escritor ruso, una novela que Dostoievski había publicado en 1876, dentro de su “Diario de un escritor”. A Bresson siempre le había interesado Dostoievski y aquella tarde me lo reafirmó diciéndome que el autor de “Crimen y castigo” era para él el más grande entre los grandes. Hay cosas de Dostoievski, me dijo, que yo aparto y que dejo a un lado para fijarme en cambio en lo que tiene más sentido para mí; y a la vez que me sirvo de Dostoievski procuro servirle a él; por ejemplo, en el relato del novelista ruso hay un hombre de mediana edad que reflexiona ante el cuerpo de su mujer que acaba de suicidarse ( y eso para él es lo más importante) : ¿ es que yo soy culpable de esa muerte?, se pregunta. Pero en mi película, en cambio, no ocurre eso, me dijo; he abandonado esa idea de la culpabilidad. Para mí el fondo de la historia es otra cosa: ¿ qué es lo que ha pasado?, se pregunta el protagonista, ¿por qué ha sucedido esto? El protagonista, ante ese cuerpo de la mujer muerta, se plantea esas cuestiones, pero ella nunca le podrá responder. Ése es el mundo desgarrado de la historia: no saber absolutamente nada de lo que ella pensaba, no saber si ella lo amaba o no la amaba. No lo sabrá jamás.

 

Todo eso que me iba contando Bresson sobre él y sobre Dostoievski no hacía sino revelarme su interés por las relaciones existentes entre cine y literatura y por ello no me sorprendió leer dos años después de nuestro diálogo unas frases suyas en una importante revista de cine: “ El cinematógrafo – decía allí Bresson – tiene ciertamente una influencia sobre la literatura y la literatura sobre el cinematógrafo, pero esta influencia debería cesar el día en que este último sepa aislarse de las artes existentes y encuentre su esencia pura”.

 

Veo que su entrevista con Bresson le interesó mucho. ¿Conoció a más directores?

– No, no tuve ocasión. Años antes había conocido en Roma a Federico Fellini en una entrevista entre real y surrealista, que fue bastante larga, pero la verdad es que lamento no haber tenido oportunidad de hablar con más directores. Poder charlar , por ejemplo, con Kiéslowski, o Theo Angelopulos, o Tarkovski, o Manuel de Oliveira es algo que me habría encantado. Ellos son, aparte de Fellini, al que hay que añadir Kurosawa, los que más me interesan.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará )

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (14)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (14):   paseos y fotógrafos por París

 

 

—Volviendo a esa primera tarde en el Bois, ¿cómo salió usted de allí? ¿qué impresión le produjo la ciudad de París?

– La verdad es que yo no podría asegurarle ahora exactamente qué más pudo ocurrirme aquella primera tarde en París.. Me imagino que cuando cesó la tremenda lluvia de que le hablé, y ayudado sin duda por un mapa, saldría del Bois de Boulogne y descendería luego con mi coche hasta el muelle Louis Blériot y luego, por la Avenida de New York, por la orilla derecha del Sena, hacia el centro, es decir, hacia el distrito ll, como haría después tantas veces durante los siguientes años ; y continuaría naturalmente tras la fila luminosa de automóviles, para llegar, después de muchas vueltas me imagino porque era el primer día y no conocía la ciudad, hasta la avenida de La Ópera, y buscar más tarde una de sus bocacalles, la pequeña calle Gaillon, allí donde tuve mi domicilio durante los dos primeros meses. París se abría poco a poco aquella noche ante mí aunque yo no me diera exacta cuenta porque uno nunca es consciente de eso al principio, y, como digo, Paris se abría con sus escaparates iluminados, sus cafés bajo toldos multicolores, las gentes que venían o iban por el bulevar de los Capuchinos o de los Italianos, el París de los manteles a cuadros, de los pequeños restaurantes, el mapa de barrios y distritos diversos que encerraban cada uno su pequeño Paris, que así es como yo lo he visto siempre, y abajo o encima de todo ello el gran París de fondo pictórico, musical y literario de siglos anteriores envolviendo las casas y guardado en museos, y del que yo había leído y visto tantas cosas. Si no precisamente aquella primera tarde-noche, puesto que sin duda tendría que ajustar y cerrar asuntos prácticos de mi viaje, sí en las semanas siguientes, al recorrer por primera vez la avenida de la Ópera o iniciar mi bajada a los muelles del Sena, o al adentrarme por el borde de la Isla de la Cité, París se descubría, como así me ha ocurrido cada vez que lo he visitado, como una ciudad de varios niveles, repleta de historia y de arte, y también con varias vidas, unas encima de las otras; una vida al nivel de las aceras y de los quehaceres diarios, es decir, al nivel de la imprescindible existencia rutinaria, y otra vida con un nivel más profundo, rica y desplegada en el tiempo, telón de fondo del primer decorado de autobuses y paseantes, una gran vida concentrada en pinturas, en manuscritos, en páginas, en reflexiones e invenciones. Podría decirse que todo eso puede perfectamente descubrirse en muchas otras ciudades del mundo, y eso es verdad, pero el peso entonces de París en aquellos finales de los sesenta aún se mantenía muy vivo, aun cuando quizás se hubiera empobrecido algo y poco a poco fuera ascendiendo por las paredes del arte ese otro Nueva York que elevaría el foco de la novedad o del gusto. Pero en aquellas fechas que le cuento, y en las que yo viví en París, aún podía uno encontrarse perfectamente con Beckett sentado y solitario ante un café en una terraza cubierta de Montparnasse, o seguir a Ionesco paseando del brazo de su mujer por los bulevares. Estaban luego las famosas librerías de la orilla izquierda, la Shakespeare and Company con el recuerdo de Joyce, o La Hune, muy cerca de los cafés literarios. Y estaban igualmente y sobre todo los paseantes que me habían precedido en mis lecturas, paseantes y pasos de Balzac o de Benjamin, pasos de León- Paul Farge o de Sebastien Mercier, pasos de Simenon. Pasos delante de mí, al lado mío, precediéndome y a la vez siguiéndome por las calles. Ellos, como pasos que conversaban conmigo al andar, me iban explicando cada día Paris, y aún lo hacen hoy cada vez que vuelvo a esa ciudad, porque son los pasos del París del callejeo, del París gris perla bajo una lluvia inesperada, del París de insospechados descubrimientos. Los fotógrafos parecía también que hubieran podido adelantarse a mis pasos y hubieran salido corriendo para apostarse en ángulos, adoptar posturas y enfoques, y mostrarme cualquier encuadre de París desde una esquina, y tengo en mi memoria cómo me sorprendieron muchas veces Brassaï o Robert Desnois, y también Cartier-Bresson o Willy Ronis con algunas de sus extraordinarias fotografías y cómo ellos me iban conduciendo de alguna forma con sus cámaras entre la niebla de las escalinatas del Sena, una niebla como tela de araña en torno a cada poste de luz, para ascender luego de nuevo a la calle y detenernos todos, los fotógrafos y yo, ante un “bistrot”, ellos con sus fotografías y yo simplemente con mi curiosidad, para empujar después la puerta y ver aquellas caras, tantas veces agrietadas por la vida o por el alcohol, reflejadas vagamente en el vaho del cristal y muchas veces pensativas ante un vaso de vino sobre el zinc del mostrador.

 

José Julio Perlado -“ Los cuadernos Miquelrius”  – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (13)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se  están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (13)  :  el Bois de Boulogne,  Proust y Joyce

 

 

—Usted llegó a París en abril del 68 según he leído en alguno de sus libros. ¿Cómo fue esa llegada? ¿Qué impresión le causó París?

– Bueno, ahora que me cita usted esa concreta circunstancia de mi llegada a París me vienen muchas imágenes a mi memoria. Sobre todo la de aquella tarde de abril del 68 en que París me recibió bajo la lluvia. Si el primer recuerdo que tengo de Madrid, como le comentaba el otro día, fueron quizá los olores, aquí en París en cambio creo que fue la lluvia, algo por otro lado muy corriente en casi todas las primaveras de esa gran capital. Nada más detener mi automóvil que me había conducido desde España (pienso que serían las seis o seis y media de la tarde), cansado como estaba del largo viaje ( no había parado más que tres veces desde España y dos de ellas para reponer gasolina), lo primero que escuché de la ciudad de París fue un goteo incesante de la lluvia, una lluvia muy suave, y enseguida, muy pronto, enormemente torrencial, una lluvia cuyas gotas golpeaban con fuerza como granos de arena el techo de mi coche aparcado obligatoriamente bajo los árboles del Bois de Boulogne. Acababa de llegar a París por primera vez en mi vida. Las incertidumbres del tráfico en una tarde tormentosa me habían llevado hasta allí, aún no sé bien por qué, seguramente por unas desviaciones apresuradas de los automóviles o por mi falta de pericia para saber entrar en una ciudad desconocida. Lo cierto es que en aquel punto exacto me encontraba completamente aislado. Tampoco supe en principio que todo lo que me rodeaba pudiera ser precisamente el Bois de Boulogne dada la oscuridad de la tarde y sólo cuando me fui haciendo al ambiente adiviné frente a mí un cartel semiborroso bajo la lluvia que apenas podía distinguir entre los árboles. Allí estaba escrito el nombre del lugar: y sí, era el de una avenida secundaria cuyo nombre exacto en este momento no recuerdo pero que pertenecía, según decía el cartel de modo muy general, al Bois de Boulogne. Aún tuve que esperar allí sentado dentro del coche muy largo tiempo, quizá cerca de una hora, no lo sé bien, apoyadas las manos en el volante, oyendo repiquetear la constante lluvia en el techo y aguardando con paciencia a que escampara, y también recuerdo que durante todo esa hora de larga espera, al observar de modo permanente frente a mí aquel cartel borroso, comencé a evocar sin querer algunos tiempos pasados y algunas lecturas, y también tiempos de imágenes, muchos de ellos relacionados con la ciudad de París y con ilusiones que yo siempre había tenido ante la gran capital. Evocaba en aquellos momentos estampas y grabados sobre aquel célebre parque que yo ya había contemplado alguna vez en postales antiguas, e igualmente antiguas lecturas de mis tiempos de universidad, pero también me vinieron a la memoria cuadros, dibujos, y sobre todo una imagen concreta, una imagen que sin duda había pertenecido a mi abuelo materno y que yo había visto muchas veces en su casa, colocada sobre una repisa de su despacho: era una fotografía de principios del pasado siglo, quizá se remontara a 1905 o 191O, y presentaba a ciertas damas parisinas en bicicleta pedaleando por un rincón del Bois, ataviadas con blancos pantalones anchos y abombados, algunas de ellas adornadas con sombreros de flores e iniciando con entusiasmo sus divertidas carreras. Eran indudablemente los tiempos de Proust, no había ninguna duda al reconocerlo, tiempos de Proust tan largamente evocados por el novelista.

 

– ¿Había leído ya usted mucho a Proust?

-Sí, lo había leído con bastante frecuencia, quizá nunca de un tirón, pero siempre deteniéndome en pasajes que me gustaban.

– ¿Y qué impresión le dejaba?

– Pues el descubrimiento de un gran escritor, un escritor excepcional, que escondía páginas memorables. Por ejemplo, no se me olvidan nunca unas reflexiones suyas sobre la lectura que, aunque no se encuentran en su gran novela sino en una obra anterior, son unas consideraciones de una total lucidez y belleza.

—¿Le gusta más Proust que Joyce?

—Indudablemente. De Joyce sólo me interesan sus “Cuentos de Dublin”. La parálisis de Dublin que él describe muy bien. Casi todos sus cuentos me interesan. Especialmente “Los muertos”, un relato magnífico que llevaría al cine John Huston de modo magistral.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ – (Memorias)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRiUS’ : MEMORIAS (12)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (12):   “París,  mayo del 68” y el teatro Odeón

 

 

3 mayo

Pero la periodista existe. Hoy llega  de nuevo, como muchas otras tardes, a las cinco en punto, preparada como siempre, con su cartera llena de notas, y su pequeña grabadora. Nada más sentarse me lanza la pregunta que sin duda trae muy pensada:

— El otro día me hablaba usted de la muerte de su madre y de que en ese momento vivía usted en París. Me gustaría que me contara algo de aquellos años. Creo que usted vivió muy de cerca la llamada “revolución” de mayo del 68.

Tardo un poco antes de contestar.

– Sí, es cierto. La cultura – le digo -, y así lo he pensado siempre, es una cosa y los vaivenes de la política son otros. Yo siempre he procurado escribir sobre la cultura, que es lo que en el fondo me interesa, aunque he tenido que escribir naturalmente de política. Las dos van por caminos distintos. Sí, estuve en la tan comentada y ya muy lejana “revolución” de mayo del 68 a la que usted alude. Eso es historia lejana. Pero sí, asistí a ella en primera línea y a la vez he de matizar enseguida al abordar tales sucesos que aquello, para mí y para muchos otros observadores, no fue precisamente una “revolución” sino una “revuelta”. Lo he dicho en muchas ocasiones. La revolución, incluso si no ha sido preparada – y así lo señalaba entonces un destacado historiador – desemboca en un cambio radical en las instituciones; la revuelta, al contrario, es un movimiento más imprevisible y que no está centrado necesariamente en el futuro; las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. He de evocar por tanto aquellas escenas vividas de lo que yo siempre he llamado “revuelta” deteniéndome en el parisino puente de Saint-Michel donde conocí a Daniel Cohn-Bendit, el líder de aquel movimiento de protesta, (él tenía 23 años y yo tenía 32) al mediodía de aquel 6 de mayo de 1968, aquel puente que en esos momentos estaba absolutamente invadido de gritos y banderas. También recuerdo la normal curiosidad que me empujó a seguir tanto a Cohn- Bendit como a la gran multitud de estudiantes que en avalancha le acompañaban detrás de sus banderas hasta pasar luego, quizás media hora o quizás una hora después, no sé bien lo que tardaríamos en cruzar, hasta la orilla izquierda de París para llegar después en tumulto al Barrio Latino y concentrarse aquella multitud estudiantil, y yo con ella, en la plaza Maubert. Habría esa tarde, según los cálculos que se hicieron, unos 10.0OO estudiantes ocupando ya El Barrio Latino, y rodeados por ellos y frente a ellos toda clase de vehículos y fuerzas policiales estratégicamente extendidas a lo largo del bulevar Saint-Germain y hasta el Odeón. Era indudablemente el escenario de una batalla. Y tengo presente también aquel café que hacía esquina, muy cerca de una Sorbona a punto de ser tomada, en el que tuve que refugiarme toda la tarde y en el que permanecería luego toda la noche transmitiendo crónicas telefónicas casi continuas a mi periódico. Los ojos juveniles y retadores de Cohn-Bendit enfrentados a la policía, multiplicados en una célebre fotografía que dio la vuelta al mundo, fueron esos días unos ojos omnipresentes. En una de aquellas madrugadas que me tocó vivir, probablemente sería en la madrugada del día siguiente, fui testigo de unas horas envueltas en humaredas de gases lacrimógenos y ulular de ambulancias mezcladas con manos estudiantiles lanzando adoquines arrancados de la calzada y con la niebla grisácea de los botes de humo. Allí vi pasar a mi lado a un Premio Nobel, Jacques Monod, llevando en sus brazos a una estudiante malherida. Y luego, días más tarde, evocando de nuevo aquellas semanas de París, exactamente nueve días después, el 15 de mayo, un espectáculo inaudito y sorprendente : la imagen luminosa, desordenada y nocturna del Odeón, del teatro Odeón, ocupado por los estudiantes y los obreros y abierto de par en par día y noche a todas las gentes. Estuvo así, noche y día abierto el teatro Odeón durante veintinueve días. Si se pudiera escribir una obra insólita para ser representada de modo espontáneo por los ciudadanos sin duda no habría otra mejor que la compuesta por aquellos diálogos nocturnos interminables a los que muchas noches asistí en el Odeón, aquellas conversaciones y reproches lanzados a gritos de un palco a otro palco y de butaca a butaca. No hay ningún director a quien se le ocurra tal representación. “¡Reinventad la vida!”, se gritaba desde un extremo a otro de la sala, “¡Vosotros sois el arte!”, se lanzaba desde otro lugar, “¡ Vosotros sois la revolución!”, se contestaba desde otro palco. Todas estas exclamaciones quedaban enmarcadas por los carteles que inundaban los pasillos : “La revolución es una iniciativa”, se leía en uno, “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, “Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”, “¡Sean sucios, pero azucarados jamás!”. Y aún me parece verme allí, leyendo aquellos “grafittis” que cubrían las escaleras y rincones del teatro y a la vez en el momento en que, desconcertado por cuanto estaba ocurriendo, volví a entrar en el gran patio de butacas permanentemente iluminado por las lámparas y levantando la vista hacia el techo quedé admirado por la belleza de aquel asombroso decorado azul en oro y púrpura, un admirable techo creado por André Masson y en el que podían contemplarse figuras inspiradas en Esquilo, en Shakespeare y en Claudel, enlazándose la pintura moderna con motivos plásticos del siglo XVlll. Aquel patio de butacas multicolor, invadido entonces de rostros, gorras, atuendos de mujeres y de hombres, madres de familia, oficinistas, comerciantes de barrio, obreros, agitadores, actrices, estudiantes – unos 4000 estudiantes se dijo que pudieron entrar y salir a distintas horas y en distintos días por las puertas abiertas de aquel teatro cuyo aforo no superaba el millar -, todos esgrimiendo a gritos las palabras, sus incesantes propuestas, los improperios y las ideas cruzadas desde los palcos a las butacas, todo aquel patio, como digo, me remitía de pronto, por una extraña asociación de ideas, a lecturas mías de tiempos pasados cuando aún estudiaba en la universidad y descubría, fascinado por su vanguardismo, aquella pieza de Pirandello, “Esta noche se improvisa”, escrita por el autor siciliano casi cuarenta años antes, en 1930, y en la que se representaba una especie de “teatro en el teatro”. Allí, en aquella obra de Pirandello, yo recordaba que los espectadores/actores confundían e intercambiaban sus voces y sus gestos sin seguir un aparente argumento – hablándose también ellos desde los palcos y desde las butacas, e incluso alargando su interpretación por el vestíbulo y continuando en el desempeño de sus papeles durante el entreacto bajo la dirección, recuerdo, de un tal doctor Hinkfuss que corregía, limitaba y reordenaba las intervenciones de los asistentes pero igualmente modificaba los elementos de la luminotecnia, los coros ambientales y la decoración. ¿Qué relación tenían el arte y la vida? El doctor Hinkfuss – es decir, la voz de Pirandello – aseguraba que el arte era el reino de la creación realizada, mientras que la vida se mostraba en una formación continuamente mudable. Ahora yo estaba allí, a altas horas de la noche, en el patio de butacas del ocupado teatro Odeón de París en el que desembocaban muchas vidas de las gentes, de los barrios, de las familias parisinas de la orilla izquierda y derecha, cada una transportando su protesta y enarbolando también su pretendida solución, vestidos de ellos mismos, con sus ropas de casa o de trabajo, y apareciendo a la vez como personajes inesperados (casi pirandellianos) y como actores que, sin querer, desarrollaban una insólita función. Aquello era parte del teatro de la “revuelta” y parte también de una erupción social que quería sabotear de inmediato todo lo “cultural”. Era un espectáculo que iba precisamente en contra de la industria del espectáculo y a favor de la creación colectiva y de la directa acción revolucionaria. La formación continuamente mudable de las vidas de las gentes, como aseguraba el doctor Hinkfuss, estaba allí representada, y en el escenario, junto a una larga mesa desnuda que podía ocupar cualquiera en cualquier momento, se levantaban dos banderas, una roja y otra negra, y un enorme estandarte en que se leía : “Estudiantes-Obreros, el Odeón está abierto”. Y aún más: aquella singular representación había desplazado y arrojado a los despachos interiores al verdadero director del teatro, Jean- Louis Barrault, y ese gran actor, mimo y director francés, tras haber intentado negociar en vano con los ocupantes, no podía ya hacer otra cosa que salvar de posibles pillajes los archivos más capitales y los objetos de mayor valor.

Pero no todo fue el Odeón y las masas estudiantiles, naturalmente, lo que yo viví en París. Hubo lógicamente muchos más recuerdos. Por ejemplo, el encuentro con un Miterrand joven al que conocí, aunque siempre que me he referido a este punto he querido añadir que mucho más interesante para mí fue la conversación que mantuve en su casa con el filósofo Gabriel Marcel o bien observar de cerca el rostro de André Malraux en el gran salón del Elíseo, en una de las conferencias de prensa que celebraba el general De Gaulle. Tenía entonces Malraux 67 años y hacía un año había publicado sus “Antimemorias” que me había apresurado a leer. En medio de la “revuelta de mayo del 68” él había dicho que la imaginación al poder no quería decir nada, porque no era la imaginación la que tomaba el poder, sino las fuerzas organizadas. El rostro de Malraux, al que en aquel momento veía asomar entre las sillas doradas de los ministros del General, era ya un rostro ajado en su expresión, un rostro fatigado de tanta acción anterior, de tantos hallazgos en el campo estético, pero detrás de aquel rostro había muchas aventuras vitales e intelectuales, mucha meditación y reflexión sobre el arte, y muchas obras escritas. Mucho más interesante entonces para mí, como digo, era aquella cabeza y figura de Malraux que la de Miterrand , con el que coincidí en uno de los salones del hotel Continental el día del vacío de poder en Francia, el día en que desapareció el general De Gaulle durante veinticuatro horas, en la última semana de aquel mayo parisino. Aquel día contemplé un Miterrand combativo pero desorientado respecto a su contrincante político, quien se había evadido misteriosamente del escenario y sobre el que Miterrand ignoraba dónde podría estar. Miterrand tenía entonces 52 años y no podía imaginar – aunque aspirara a ello – que trece años después sería Presidente de la República.

Y respecto a la conversación con Gabriel Marcel de la que antes le hablaba y que me interesó mucho no me olvido de sus ojos azules y de su rostro amable indicándome al entrar en su domicilio de la rue de Tournon, a un paso del jardín de Luxemburgo y del Senado, que, por favor, tuviera cuidado en no pisar los discos extendidos en el suelo que él estaba clasificando y ordenando en aquellos momentos, para removerse luego en su butaca y con una vivacidad sorprendente para sus 79 años hablarme, entre otras cosas, del hombre y de la técnica y decirme que en el fondo el hombre ha cargado las técnicas sobre sus espaldas, y no le será permitido descargarse de ellas. Pero el hombre, añadió, ha adquirido una suerte de obligación, y esta obligación es la de concebir en cualquier caso algo así como un contrapeso a esas técnicas, algo que sea, por así decir, una compensación de las técnicas en el plano espiritual. El valor de la contemplación y el valor de la mística, agregó, deben ser reconocidos como necesarios, tanto más cuanto que el mundo se encuentra cada vez más en la proa de la técnica. Hablamos largo rato de filosofía, de teatro, de la llegada del hombre a la Luna que había tenido lugar en aquellos meses y naturalmente de la “revuelta” de mayo. Una conversación inolvidable.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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