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Posts Tagged ‘“Los bufones de Velázquez”’

 

 

Le han llamado siempre don Diego de Acedo, ahora lo llaman “Bufón con libros “. ”El enano, elegantemente vestido y peinado como un caballero, bigote y perilla negros, rodilla negra brochada, de mangas bobas, cerrada al cuello con valona almidonada, calzones con pasamanería y lazos, calzas y zapatos negros en sus endebles extremidades, aparece en el campo, con un fondo de montañas inacabado, sobre el que el pintor ha limpiado repetidamente su pincel – así lo va describiendo Julián Gállego -.  La cara es inteligente, de frente muy despejada, que el enorme sombrero no puede tapar. Su aspecto es pensativo, algo distante, con la mirada perdida. Sus delicadas manecitas manejan con soltura el librote que forma, con los restantes y el tarro, un “bodegón”. Para el doctor Jerónimo Moragas se trata de un “acondroplástico con inteligencia normal o lo suficientemente poco usada para permitirle una infatuada vanidad”. La gama del cuadro es sobria, dominando blancos, negros y grises azulados. La cabeza está pintada sobre otra, más acusada, aunque del mismo personaje, como revelan las radiografías. Camón Aznar ve ésta más juvenil que la definitiva, la que, según Mayer, repintó Velázquez en 1644. El contraste entre el tamaño del librote y el de quien lo maneja, resulta, en este cuadro, natural. Se le llamó un tiempo “El filósofo” y acaso por eso lo pintaba Velázquez en un desierto y no en palacio. Se ignora la razón de lo inacabado del fondo, aún así admirable”.

(Imagen – don Diego de Acedo  – Velázquez- Museo del Prado)

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“…este eco no existe en parte alguna sino en El Prado cuando está desierto, el mundo se ha cerrado entre unos muros, y el eco, al fondo del larguísimo pasillo, me tentaba en cartones luminosos y para allí fui y aún voy ahora muy despacio, atravesé arcos de luz, una mesa florentina apoyada sobre cuatro leones atenazando bolas me vio pasar, mis ojos eran atraídos por el eco, mundo ido, mundo despojado de todo ruido que no sea el creado por el pincel, Madrid, Recoletos y el Botánico transmitían rumores de vehículos veloces o silencios de flores entre árboles, pero no aquel eco, ¿lo oye usted?, el ojo desnudo avanza muy despacio por este corredor, es el Museo para mí, festín de cuadros que adquieren vida, han dudado un momento los animales que pintó Velázquez pero me sorprendió que un suave aliento de refrigeración escapara a la altura del suelo y por los dientes de aparatos mecánicos y por las rejillas de los rincones un aire artificial moviera algo, y tuve entonces que volverme y retroceder

 

 

porque oí ruidos y eran las hojas del gran libro que sostenía el bufón y que estaban esparcidas por el suelo, era don Diego de Acedo, el Primo, pintado por Velázquez, enano de bigote y de perilla, vestido en ropa negra brochada y con mangas bobas pues así se llaman, y lo vi en calzones con pasamanería y lazos, y estaba él en cuclillas en la gran sala, con sus calzas y sus zapatos negros sosteniéndose apenas sobre sus cortas piernas y recogiendo con una manecita las grandes hojas desperdigadas mientras con otra mano intentaba sostener el enorme sombrero, y así le sorprendí, fuera del marco, y estaba el marco vacío de blancos, negros y grises azulados, y un fuerte olor a pintura salió del fondo como un fulgor que esperara a que el bufón volviera a su retrato, pero el Primo me vio y debió sorprenderse de hallarme allí a tales horas, y al observarme con su mirar distante, perdido y pensativo, se le volvieron a escapar las hojas del enorme libro y ese ruido alertó  a muchos animales creados por Velázquez y nadie supo cómo, pero los perros fueron los primeros, y no hubo ni ladridos ni gemidos, fue un silencioso movimiento, jamás se escuchó a tantos perros mansos moverse como sombras en un Museo, bajó el mastín de “Las Meninas” y se desperezó como la espuma y tras ese mastín entraron como el humo otro

 

perro de larga mancha blanca en el hocico que dormía a los pies del príncipe Baltasar Carlos niño junto a un árbol, un perdiguero blanco y canela que había levantado su hocico del suelo y sacudiendo su sopor adormilado, entró campante viniendo desde una sala vecina y le seguía un galgo dorado y avispado, de nariz negra y mirada viva, y ambos juntándose con otros muchos en mansedumbre y humo, y parecían de lana transparente o acaso de vidrio tan invisible y tenue que ni rumor hacían, paseando sobre losas desiertas y husmeando el aire, ladrando sin emitir sonidos, jamás escuché sin oír a tantos perros  y tan entremezclados que ni olor despedían, llevaban en sus lomos pegada la pintura pero eran auténticos y poseían tal fuerza que ellos atrajeron a más potentes animales, escuché ahora cómo bajaban de los cuadros las pezuñas de los corceles de Velázquez, y la grupa del caballo del Conde Duque caracoleó de pronto y se unió al concierto de aquel otro  mastín de cara negra , perro de caza, perro real, despierto y vigilante y de tan gran vitalidad que apenas le oí saltar del lado donde estaba, al costado de la escopeta de cañón que sostenía Felipe lV, aquella grupa del corcel del Conde Duque movió su torso y se salió del marco de manera tan suave que el poderío del gran caballo abandonó al jinete y el valido del Rey quedó ridículamente, ya sin cabalgadura y sin apoyo para su altanería y pretensión…”

José Julio Perlado  – ( del libro “Ciudad en el espejo”) ( relato inédito)

 

 

( Imágenes–Velázquez: 1-Las Meninas/ 2- bufón don Diego de Acedo, el Primo /3- príncipe Baltasar Carlos/ 4- caballo del Conde Duque de Olivares)

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“De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota

del Niño de Vallecas exista,

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Antes hay que deshacer este entuerto,

antes hay que resolver este enigma.

Y hay que resolverlo entre todos,

y hay que resolverlo sin cobardía.

Sin huir

con unas alas de percalina

o haciendo un agujero

en la tarima.

De aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Y es inútil

inútil toda huida

(ni por abajo

ni por arriba).

Se vuelve siempre. Siempre.

Hasta que un buen día (¡un buen día!)

el yelmo de Mambrino

-halo ya, no yelmo ni bacía –

se acomode a las sienes de Sancho

y a las tuyas y a las mías

como pintiparado,

como hecho a la medida.

Entonces nos iremos todos

por las bambalinas.

Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,

y el místico, y el suicida”.

León Felipe.“Pie para El niño de Vallecas” de Velázquez”

(el enano Francisco Lezcanosegún afirma Brown en suVelazquez” -estuvo empleado en la Corte entre 1634 y 1649, salvo una ausencia de tres años. “Lo que tiene en la mano – nos enseña Brown – es un mazo de cartas, símbolo tradicional de la ociosidad, que puede referirse a su condición de compañero de juegos de Baltasar Carlos o, de manera más general, a la misión de entretenimiento que cumplía en la Corte. El enano está sentado en una roca, con la pierna derecha osadamente extendida hacia el espectador. (…) Viste traje de color verde hoja seca y tiene por fondo una oscura escarpadura rocosa. En el centro de tan leñosos colores, el rostro es el núcleo de atención irresistible de toda la composición. La cabeza, echada ligeramente hacia atrás, se inclina hacia un lado en la medida justa para trastornar el equilibrio de la postura. La descompensación se afirma suavemente por medio de la mancha blanca de la camisa, por completo visible a un lado y casi invisible al otro. Aunque los rasgos están plasmados con la técnica de transparencias que caracteriza a los retratos informales, la nariz respingona y casi sin caballete, el gesto torcido de la sonrisa semiinconsciente y la expresión velada pero vacía de la mirada retratan con contundencia a una criatura cuya deformidad parece alcanzar tanto al alma como al cuerpo. (…) Velázquez se animó a plantear la ejecución por la vía de audaces atajos: por ejemplo, la sumaria descripción de las manos, en las que los dedos parecen surgir de las sombras por medio de dos breves e irregulares pinceladas de un pigmento rojo anaranjado”)

La poesía y la pintura – como tantas otras veces – se entrelazan ante un mismo motivo. Como también aquí se une la medicina, cuando en 1964 el doctor Moragas, al estudiar “los bufones de Velázquez,” diagnostica que Lezcano “sufre de un cretinismo con olifogrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna”. ” En la cara hay una expresión de satisfacción, favorecida por el entornamiento de los párpados y la boca entreabierta, que parece acompañarse del inicio de una sonrisa…” Murió Lezcano en 1649 y tenía este llamado “Niño de Vallecas”, según señala Moragas, un criado a su servicio, lo que era común entre los bufones reales.

(Imágenes:- 1.-detalle de “El Niño de Vallecas”/ 2.-Velázquez.-Francisco Lezcano, el “Niño de Vallecas”.- Museo del Prado.-wikipedia)

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