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Posts Tagged ‘“La autopista del sur”’

 

 

“Cuando escribi ese cuento, La autopista del sur” – lo recordaba Cortázar en sus clases de literatura dadas en Berkeley, en 1980 – jamás había estado metido en un embotellamiento en una autopista de Francia ni en ningún país del mundo, o sea que fue un trabajo absolutamente imaginativo. Cinco meses después me vi metido en un embotellamiento en Borgoña, en Francia, cerca de la ciudad de Tournus, y aunque afortunadamente no duró tanto como el de mi cuento, duró de todas maneras seis horas bajo el sol, con una inmensa cantidad de automóviles detenidos y sin la menor posibilidad de salir por un lado o por el otro…”

 

 

Varias veces Cortázar ha comentado las vicisitudes de este cuento. En conversaciones con Evelyn Picon Garfield en “Cortázar por Cortázar el escritor argentino confesó que, tras acabar de escribir el cuento, cambió su final. “Era muy pesimista. Sobre todo el final es trágico porque es la dispersión fatal de gentes que finalmente habrían terminado por encontrarse y formar una pequeña sociedad, un pequeño grupo. Luego, cuando las condiciones que habían obligado a ese grupo se cortan, cada uno desaparece. El hecho de que de golpe se rompe el bloqueo y salen así, y cada uno se da cuenta de que no va a volver a encontrarse con el otro, en ese sentido es sumamente pesimista. Se terminaba el embotellamiento, el bloqueo. Pero el final era muy mecánico. Cuando lo releí sentí que las dos o tres páginas eran un poco geométricas, eran un poco duras.”

Es curiosa toda esta relación entre imaginación y realidad, entre invención y vida. “Cuando me pasó lo de mi embotellamiento tenía mi cuento en la memoria muy fresquito – decía Cortázar en Berkeley -, lo acababa de terminar, y me planteé problemas de escritor. “Ahora vas a ver si lo que escribiste está más o menos bien o si, como decimos los argentinos, has estado macaneando”.  Estoy seguro de que si alguno ha tenido esa experiencia de un largo embotellamiento en un camino, algunos aspectos de mi cuento los van a reconocer como una experiencia también vivida.”

Cortázar describe y escribe el embotellamiento sin saber que dentro de unos meses va a sufrir uno. Cuando lo viva personalmente, ajustará la realidad y la ficción.

 

 

(Imágenes- 1- Cortázar- foto Sara Facio – 1967- wikipedia/ 2-Robert Doisneau – 1969/ 3- foto Alex Prager-Michel Hoppel contemporary)

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Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo – se leee en “La autopista del sur”, el excelente cuento de Cortázar – (…) Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habrían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente“. El cuento prosigue pero lo que continúa en el tiempo es esta espera actual en los aeropuertos del mundo, la ruta de humildad del hombre ante el vapor y las cenizas de la Naturaleza, la parálisis en vidas y proyectos dormitando sobre las maletas, meditando la sorprendente impotencia de un mundo que se creía omnipotente, y diciéndose – como recuerda Magris en “Ítaca y más allá” (Huerga & Fierro) -: “dónde estamos yendo, pregunta el héroe de la novela de Novalis a la misteriosa figura femenina que se le ha aparecido a su lado en la antiquísima peña en el bosque, ¿hacía dónde se dirige nuestro camino? “Siempre hacia casa“.

Sí, siempre hacia casa, siempre queremos ir hacia casa, queremos llegar a casa, estar por fin en casa. Eso es lo que dicen los rostros y los labios en los aeropuertos de medio mundo. Es una constante también en la literatura. Laurence Sterne en su Viaje sentimental habla de los viajeros ociosos, los curiosos, los mentirosos, los orgullosos, los presuntuosos, los melancólicos, los forzados, los inocentes y los desgraciados, y también de los simples viajeros. Todos ellos quieren volver a casa. La pista de la velocidad, que creíamos dominar, permanece ahora detenida en el aire, entre la Nube y los aviones, y las peripecias que nos cuentan estos viajeros del XXl parecen volver por un momento a los avatares del XVlll, cuando Felipe V realiza el primer viaje del primer año del siglo: partió el rey de la raya de Francia el 30 de diciembre de 1700 a las once de la mañana, saliendo del viejo alcázar de los Austrias, para llegar en diecisiete jornadas a Irún, antes del 20 de enero de 1701. Cada jornada era de duración desigual, de cuatro a siete leguas ( a poco más de cinco kilómetros y medio la legua), según los accidentes del camino y también la distribución de las casas, torres o palacios donde poder hacer noche. Las jornadas eran de entre 25 y 40 kilómetros, y la velocidad nunca excedía de los 10 kilómetros a la hora.

Llegar a casa, estar por fin en casa. Pero a veces ocurre – como está pasando estos días en el mundo – que “el viajero – como dice Cees Noteboomsiente “las corrientes de aire que se filtran por las fisuras del edificio causal”. Y Claudio Magris en El infinito viajar (Anagrama) comenta estas palabras como si glosara lo que estos días sucede en muchos países: ” la realidad, tan a  menudo impenetrable, de pronto cede, se cuartea. Lo real se revela probabilista, indeterminista, sujeto a repentinos colapsos cuánticos que hacen desaparecer algunos de sus elementos, engullidos, absorbidos en vórtices del espacio- tiempo, remolinos de la mortalidad de todas las cosas, pero también del imprevisible brote de nueva vida”.

El viaje siempre ha acompañado a la literatura y la literatura al viaje. A veces atravesar el agua de los viajes, la edad de los viajes, ha surcado de arrugas los recorridos y el viajero ha llegado al borde de su término exhausto y casi dolorido de cuantos recuerdos ha vivido. John Cheever lo describió magníficamente en su extraordinario cuento, El Nadador– luego llevado al cine .-Neddy Merrill atraviesa las piscinas en su intento de llegar a casa, de estar por fin en casa. “Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza: llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro vio un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped – ya se había hecho completamente de noche – le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la cabeza y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se habían hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar”.

(Imágenes:-1. fotografía; ucem-es/2.–Benny Andrews.-1996.-artnet/ 3.-Benny Andrews.-2004.-artet/ 4.-Emiliano Ponzi.-The New York Times)

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