“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (15)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (15) :  Robert Bresson y Dostoievski

 

 

 

– A pesar de su trabajo de corresponsal, ¿ tuvo tiempo para pasear tranquilamente por París?

 

– Sí, tuve tiempo. Siempre que pude, intenté buscar ese tiempo. En todos aquellos años y en aquella gran ciudad ocurrieron sin duda muchas cosas de interés para mí y pienso que para mucha gente. Mis obligaciones periodísticas estaban lógicamente llenas de urgencias e imprevistos, pero en la medida en que me fue posible procuré repartir mis horas entre obligaciones, ocios y lecturas, y recuerdo de modo hoy casi inolvidable cómo solía acercarme muchas veces hasta la plaza Vêndome o hasta la calle de Rivoli, o entraba en el Café de la Paix, sobre todo cuando clausuraba mi trabajo, o al menos cuando lo creía concluido, y también cómo me perdía por las pequeñas calles en torno a la Bolsa, o recorría despacio los Bulevares bajo las luces. Allí, en una esquina de la calle Gramont con el bulevar de los Italianos, en la noche y bajo el frío, tomaba en ocasiones unos “crepes” calientes y azucarados, a veces rellenos de mermelada, con mi mujer y mis hijos antes de volvernos a casa, una casa ya más definitiva que la de la calle Gaillon, esta vez en la calle Jasmin, cerca del Bois. Lo pasábamos muy bien. Otros días mis pasos me llevaban por largas caminatas en la orilla izquierda, por Sant-Germain des Pres y el Odeón, un barrio de cafés pero sobre todo de cines que tanto frecuenté con mi mujer, y más adelante, cuando ya viví de manera estable, como digo, en el distrito XVl, cerca de Passy, también mi memoria echa a andar como si fuera hoy por aquellas avenidas anchas y elegantes, por la avenida Mozart, o la calle de Ranelagh, o por la avenida Victor Hugo, llegando a veces en un largo paseo hasta l’Etoile y otros días, en cambio, recorriendo la calle de la Source o la de Auteuil hasta aquel Bois de Boulogne en el que me había cobijado el primer día como ya le conté.

– Ahora que se refiere usted a los cines de la orilla izquierda, ¿conoció en París a alguien interesante en el mundo del cine?

– Sí, aquellos tiempos eran los de Truffaut, de Godard, de Rohmer, de Jean-Pierre Melvillle y de tantos más. Con ellos o con otros, entonces y ahora, siempre me ha atraído mucho el mundo del cine. Me sigue atrayendo. Cuantas veces me aporta originalidad y creación me sigue fascinando. Pero sin duda de aquellos años la persona cinematográfica de la que tengo mayor recuerdo no es otra que la del director Robert Bresson, con el cual pude hablar largamente al acabar el rodaje de “Una mujer dulce”, una película basada en un relato de Dostoievski y también la primera película que él hacía en color.

Me vi con Bresson uno de aquellos días de 1969 en los estudios de Boulogne-Billancourt y estuvimos charlando más de una hora sobre el color en el cine y a la vez sobre el blanco y negro, y también, lógicamente, de Dostoievski. Recuerdo que aquella tarde él iba vestido con un jersey blanco cerrado, y aún le veo de pie ante mí, en el momento en que me invitó a sentarme en la única silla de espectador que había en aquel espacio: él concentrado sobre mi rostro y yo observando atentamente el suyo. Para mí Bresson resultó ser un hombre íntimo y secreto, de cabellos blancos, que parecía haber elegido aquella minúscula sala despojada de ruido a las afueras de París para contarme parte de sus silencios. Y así fue. Bresson tenía entonces sesenta y dos años y en la gran historia del cine había ya dejado muchos títulos importantes. Ahora, el rodaje de ese último Bresson, “Una mujer dulce”, había concluido y él aprovechó para explicarme cómo había elegido para aquella película a una jovencísima mujer, Dominique Sanda, de diecisiete años, que entonces era modelo en “Vogue” y que luego mantendría una larga carrera cinematográfica. Y también la elección de Guy Frangin, un joven pintor, para otro papel principal. Lo desconocido tenía para Bresson, según él me confesó, un enorme atractivo, y en el caso de los actores lo que más le interesaba, me dijo, era precisamente no conocer de antemano a aquellas gentes, saber muy poco de ellas, y lo mismo le ocurría a la hora de elegir escenarios, escogía lugares donde iba a rodar sin visitarlos ni verlos por anticipado; le gustaba por tanto dejarse sorprender por lo desconocido y como director lo que le importaba, y así me lo confesó, era encontrarse siempre en un estado de alerta ya que él quería que todo fuera nuevo y espontáneo. Pero ahora, al intentar evocar aquella tarde con Bresson, me vienen también a la memoria las confidencias que hiciera tiempo después precisamente la actriz Dominique Sanda sobre ese director francés y que complementan todo este relato : ella quiso revelar la primera conversación telefónica que tuvo con Bresson, y luego su primer encuentro en un apartamento de la isla de Saint-Louis, y después las compras que hicieron juntos por los Campos Eliseos para elegir su vestuario. Dominique Sanda confesaría años más tarde que Bresson desde el primer momento le había parecido un espíritu místico, algo que también me ocurrió a mí cuando le conocí. Bresson insistía – y así se lo confesó a Dominique Sanda – que no se lograba la comprensión de las gentes a través de explicaciones, sino amando, acercándose y abrazándolas, si todo ello fuera posible. Él creía firmemente en lo sobrenatural pero siempre a partir de lo natural, y señalaba que acercarse a las cosas reales quizá era la única manera de percibir las cosas sobrenaturales porque lo sobrenatural, añadía, es algo real, muy preciso, a lo cual uno debe aproximarse lo más cerca que se pueda. Bresson, le decía a la joven actriz casi con las mismas palabras con que se dirigió a mí, quería acercarse a los protagonistas de sus películas como si fueran tesoros sumamente preciosos, y mientras filmaba era como si estuviera amoldándose a ellos ya que no deseaba ver en la pantalla únicamente cuerpos en movimiento sino algo que revelara también el alma y la presencia de algo superior, es decir, Dios. Todo aquello le había dejado una gran huella a Dominique Sanda, y fue prácticamente la misma que me dejó a mí cuando estuve con él en París.

– Hablaron, pues, de Dostoievski…

– Si, naturalmente hablamos de Dostoievski ya que, como digo, “Una mujer dulce” estaba basada en la idea de una novela corta del gran escritor ruso, una novela que Dostoievski había publicado en 1876, dentro de su “Diario de un escritor”. A Bresson siempre le había interesado Dostoievski y aquella tarde me lo reafirmó diciéndome que el autor de “Crimen y castigo” era para él el más grande entre los grandes. Hay cosas de Dostoievski, me dijo, que yo aparto y que dejo a un lado para fijarme en cambio en lo que tiene más sentido para mí; y a la vez que me sirvo de Dostoievski procuro servirle a él; por ejemplo, en el relato del novelista ruso hay un hombre de mediana edad que reflexiona ante el cuerpo de su mujer que acaba de suicidarse ( y eso para él es lo más importante) : ¿ es que yo soy culpable de esa muerte?, se pregunta. Pero en mi película, en cambio, no ocurre eso, me dijo; he abandonado esa idea de la culpabilidad. Para mí el fondo de la historia es otra cosa: ¿ qué es lo que ha pasado?, se pregunta el protagonista, ¿por qué ha sucedido esto? El protagonista, ante ese cuerpo de la mujer muerta, se plantea esas cuestiones, pero ella nunca le podrá responder. Ése es el mundo desgarrado de la historia: no saber absolutamente nada de lo que ella pensaba, no saber si ella lo amaba o no la amaba. No lo sabrá jamás.

 

Todo eso que me iba contando Bresson sobre él y sobre Dostoievski no hacía sino revelarme su interés por las relaciones existentes entre cine y literatura y por ello no me sorprendió leer dos años después de nuestro diálogo unas frases suyas en una importante revista de cine: “ El cinematógrafo – decía allí Bresson – tiene ciertamente una influencia sobre la literatura y la literatura sobre el cinematógrafo, pero esta influencia debería cesar el día en que este último sepa aislarse de las artes existentes y encuentre su esencia pura”.

 

Veo que su entrevista con Bresson le interesó mucho. ¿Conoció a más directores?

– No, no tuve ocasión. Años antes había conocido en Roma a Federico Fellini en una entrevista entre real y surrealista, que fue bastante larga, pero la verdad es que lamento no haber tenido oportunidad de hablar con más directores. Poder charlar , por ejemplo, con Kiéslowski, o Theo Angelopulos, o Tarkovski, o Manuel de Oliveira es algo que me habría encantado. Ellos son, aparte de Fellini, al que hay que añadir Kurosawa, los que más me interesan.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará )

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