LA SOLEDAD DE KEATS

“¡ Oh, Soledad ! Si he de morar contigo,

que no sea entre este hacinamiento de oscuros edificios;

sube conmigo la escarpada senda,

y llegando a esa atalaya de la naturaleza,

veremos, en la distancia, como un pequeño espacio

donde el valle acrece su verdor y el cristal de su río;

que tenga tus vigilias bajo el fino ramaje,

allí donde el ciervo con su salto tan leve

asusta de la dulce campánula a la abeja.

Pero, aun gustando de compartir contigo esas escenas,

la plática con un ser puro cuyas palabras

espejan una mente exquisita, es mi mayor deleite,

porque, sin duda, la dicha de la tierra reside

en dos almas afines que vayan hacia ti”.

John Keats: Soneto.- “Poesías“.-(traducción de Clemencia Miró).- Colección Adonais.-1950


(Imágenes:- 1 – Abbie Cornish en la película Bright Star sobre la vida de Keats, dirigida por Jane Campion.-outnow.ch/ 2.-escena de la misma película.-outnow.ch)

AL ENTRAR LA PRIMAVERA

“Cuatro estaciones colman la dimensión del año;

cuatro estaciones obran en la mente del hombre:

su intensa primavera, cuando la fantasía

recoge en su amplio seno todo lo que es belleza;

su verano, en que gusta rumiar plácidamente

ideas juveniles como alimento dulce

de primavera, y estos ensueños le aproximan

lo más cerca del cielo; tranquilas ensenadas

tiene el alma en su otoño, cuando, desocupado,

cierrra el hombre sus alas, contento ante la vista

de las brumas, y deja pasar inadvertidas

las cosas bellas como cuando fluye un arroyo

junto a su puerta. Y tiene su invierno deformado,

pues su naturaleza mortal así lo exige”.

John Keats: “Las estaciones humanas

(Imagen.-“La Primavera”.-vidriera.-Eugène Grasset.-cartón Félix Gaudin.-París 1894.-Les Arts Décoratifs)

MANUSCRITOS EN PANTALLA

Becquer escribía sus Rimas en prosaicos libros de contabilidad, Galdós, Pereda y Pardo Bazán solían hacerlo en cuartillas apaisadas, a veces reutilizadas en el reverso de otros escritos (en el caso de Galdós se han encontrado apuntes o versiones desechadas de novelas). Otros poetas españoles improvisaban sus composiciones en folios, cuartillas u octavillas de papel de mala calidad. Ramón Gómez de la Serna escribía con tinta roja sobre papeles amarillos y empleando a la vez varias plumas estilográficas sobre distintos borradores. Curiosamente esa tinta roja se utilizó siglos antes para trazar una raya vertical a lo largo de las iniciales, en lo que entonces – en los monasterios – se conocía por rubricar.

¿Es ahora el fin del manuscrito con el teclear ante la pantalla del ordenador? Parece ser que sí. “Las diferencias emotivas entre el texto domesticado y encerrado en el ordenador – recordaba un gran especialista – nos lleva a pensar que la escritura, cuando ésta es manuscrita, traza en su recorrido las etapas sucesivas de la creación, la respiración, el pensamiento del autor, el gesto de su mano, incluso sus arrepentimientos“.

Borges en “El Aleph”, Beckett en “El innombrable“, Keats en sus Cartas o Barrington, por ejemplo, certificando el don de Mozart para la música, nos traen cada uno de ellos el tono del pulso (incluso los ritmos interiores) al oprimir los dedos sobre el papel. Auster confiesa que siempre ha trabajado con cuadernos de espiral y que prefiere las libretas de hojas sueltas. “El cuaderno – declara – es una especie de hogar de las palabras. Como no escribo directamente a máquina, como todo lo escribo a mano, el cuaderno se convierte en mi lugar privado, en un espacio interior…Naturalmente, acabo utilizando la máquina de escribir, pero el primer bosquejo siempre está escrito a mano”. “Con la nieve – dice Beckett en enero de 1959, en su casa de campo de Ussy -, el cuaderno escolar se abre como una puerta para permitir que me abandone en la oscuridad”. Ya desde hace años las grandes Bibliotecas del mundo aceptan en su sección de manuscritos los originales de un autor mecanografiados, puesto que la máquina de escribir se ha considerado siempre un instrumento, igual que la pluma, que el autor ha utilizado según su necesidad, añadiendo luego, de su mano y con pluma, las pertinentes correcciones. Pero el ordenador es distinto: suprime el procedimiento intermedio – el original, el manuscrito – para realizar directamente la impresión.

Hemingway escribía en muchas ocasiones de pie y sobre un atril. También Tabucchi, apoyándose sobre un alto arcón, a causa de sus problemas de espalda. Pero lo importante en este caso no es la postura sino el soporte elegido. Como Auster, Tabucchi confiesa, como tantos otros, que escribe a mano, “en viejos cuadernos de tapas negras, que cada vez tengo más dificultad en encontrar. Los suelo comprar en una vieja papelería de Pisa, pero no siempre los tienen, por lo que debo encargarlos a Lisboa, donde todavía se encuentran en tiendas tradicionales, o bien abastecerme de una buena reserva en mis viajes a Portugal. Escribo en la página de la derecha y dejo la izquierda para posibles correcciones. Utilizo el cuaderno porque no sé escribir a máquina, escribo con un solo dedo. Si escribiera a máquina creo que podría hacer poesía concreta“.

(Imágenes:- 1.-manuscrito de Samuel Beckett.-Biblioteca Nacional Francesa/ 2.-manuscrito de “El Aleph” de Borges.-Biblioteca Nacional.-Madrid/ 3.-manuscrito de John Keats.-silvisky5-files/4.-fragmento de códice de “Las virtudes y las artes” de Nicolo da Bologna.-Biblioteca Ambrosiana de Milán.-divulgamat.ehu)

LECTURA Y SABIDURÍA

lectura-optry-por-alberto-sughi-2003-artnet“Me imagino que un hombre pueda pasar muy agradablemente su vida de la siguiente manera: que un día favorable lea tal página de una poesía plena o de una prosa que ha experimentado una destilación, que al par que recorre las líneas las conserve siempre en el espíritu con el propósito de meditarlas, de reflexionar, de aportar nuevos atisbos, de utilizar el texto para mil interpretaciones, de pensar en él, finalmente, hasta agotarlo. ¿Pero lo agotará alguna vez? No, nunca. Cuando el hombre alcanza una cierta madurez intelectual todo pasaje elevado y de alcance espiritual le sirve para franquear los treinta y dos palacios”.

John Keats: Carta del 19 de febrero de 1818 a John Hamilton Reynolds.

(Imagen: pintura, por Alberto Sughi, 2003.-artnet)