VIAJES POR EL MUNDO (20) : BANGKOK

 

“Todo el reino de Siam pertenece al Rey. El Rey es dueño del suelo, de los edificios, de los habitantes y de la riqueza de los habitantes – así lo relataba en una de sus crónicas Eca de Queiroz -. Puede, si quiere, donar, hipotecar, tocar o vender el reino con todo lo que está dentro de las fronteras. Es una posesión agradable. El pueblo, por su parte, considera al Rey, no como su dueño, sino como su dios. Y la fórmula religiosa que define las relaciones y deberes entre pueblo y Rey es ésta: “Del Rey recibe el pueblo, la vida, el movimiento y el ser.”

El Rey tiene un nombre inmenso; se llama Prabat-Tomedetch- Pra – Paramandir, etc, etc. Todo él no cabría en cincuenta líneas. Y cada vez que se habla del Rey (sólo los nobles gozan de ese privilegio) , es de etiqueta invocarlo con todo el nombre. Una conversación con su Majestad dura así largas y largas horas por causa del nombre. En realidad, la más laboriosa y pesada ocupación de la corte es pronunciar el nombre del Rey.

 

 

Personalmente, el Rey es un hombre excelente, culto, afable, gracioso, bondadoso. Sus modales tienen nobleza. Lo que le echa a perder  es su ilimitado poder, su posición de divinidad y la prodigiosa e inverosímil adulación que le rodea. Así es una regla, cumplida con fervor, que todo siamés que tiene una hija bonita la dé como regalo al Rey. Y el Rey, a pesar de ser joven, de no contar aún cuarenta años , ya tiene ¡ciento ochenta y tantos hijos!… Todos ellos, esposas e hijos, viven en el palacio, que ofrece las proporciones de una vasta ciudad. Hay calles enteras de esposas. Hay barrios enteros de hijos. Toda esta inmensa familia vive con un lujo inmenso, y el Rey, a pesar de disponer de todas las riquezas de Siam como suyas, está horriblemente empeñado en Londres. A veces, sin embargo, él mismo procura hacer economías; el Rey, por ejemplo, dio órdenes para que, por economía, no se herrasen más los caballos de las caballlerizas. Había cien jinetes: eran cien herraduras ahorradas.

 

 

El Rey nunca sale de palacio; no conoce su reino; sólo conoce su capital, que es Bangkok. Cuando en ocasiones da un paseo, eso es una gran fiesta, una gran gala. Las calles son allanadas y aireadas; se pintan las casas; los canales reciben una rápida limpieza; toda la población se lava y se cubre de joyas, y para que no llueva se celebran rogativas en los templos. Después el Rey se recoge, y por muchos y muchos meses, Bangkok recae en su tradicional porquería y abandono. Si no hay palacio, no hay aseo. Por lo demás, el palacio es la nación.”

 

 

(Imágenes- Bangkok :- 1-nomadicmatt com/ 2-lionely planet/ 3-ypotubr/ 4-airwais)

VIAJES POR EL MUNDO (14) : PARÍS Y LOS AUTOBUSES

 

 

París está sin coches de alquiler – escribía el portugués Eca de Queiroz desde la capital francesa -, lo cual es, sobre todo en estos momentos, como el desierto sin camellos. Si en esta supercivilizada ciudad el servicio de ómnibus fuese fácil, exacto y rápido, la falta de carruajes no causaría disgustos, y hasta sería una saludable instigación para la economía. Mas el ómnibus, en París, es una institución rudimentaria. Es más fácil para un parisino entrar en el cielo que en un ómnibus. Para obtener el lugar de la bienaventuranza basta, según afirman todos los Santos Padres, tener caridad y humildad. Para obtener  el sitio del ómnibus, estas dos grandes virtudes son inútiles y hasta contraproducentes. Antes bien, el egoísmo y la violencia. Después de conquistar el sitio, la otra dificultad insuperable es salir de él por  aquel medio natural y lógico que consiste en apearse. Nunca se llega, sino cuando ya es necesario. Yo y un amigo partimos un día de la estación de Orleans: yo, en el tren para Portugal; él, en el ómnibus para el Arco de Triunfo. Cuando yo llegué a Madrid, supe por un telegrama que mi amigo iba aún por la plaza de la Plaza de la Concordia. Pero iba bien. El ómnibus en París es el gran refugio y el local del enamoramiento. Cuanto más larga la jornada, más duradero, por lo tanto, el encanto. Mi amigo encontró en el ómnibus la criatura de sus sueños. Era una rubia con pecas prometedoras. Cuando, por fin, llegaron al Arco de Triunfo, eran novios o algo peor. Son  esas pequeñas comodidades de la vida sentimental las que conservan la parroquia de los ómnibus”.

 

 

(Imágenes-1 wikimedia commons/ 2- topdeshnmag)

SOBRE LA RISA

humor.-uyu,.la risa,- por c Le Brun.-1750.-scrap oldbookillustrations com

Tiempos malos, en principio, para la risa en muchas partes del mundo. Y sin embargo la risa ha acompañado siempre al ser humano, lo ha iluminado y muchas veces lo ha llevado  – aunque fuera por un momento – a ser feliz. Alexander Herzen escribió a mitad del siglo diecinueve: “La risa no es una bagatela, y no pensamos renunciar a ella. En la Antigüedad se reía a carcajadas, en el Olimpo y en la tierra, al escuchar a Aristófanes y sus comedias, y así se siguió riendo hasta la época de Luciano. Pero a partir del siglo Vl, los hombres dejaron de reír y comenzaron a llorar sin parar, y pesadas cadenas se apoderaron del espíritu al influjo de las lamentaciones y los remordimientos. Después que se apaciguó la fiebre de crueldades, la gente ha vuelto a reír. Sería muy interesante escribir la historia de la risa. Nadie se ríe en la iglesia, en el palacio real, en la guerra, ante el jefe de oficina o el comisario de policía. Los sirvientes domésticos no pueden  reírse en presencia del amo. Sólo los de condición igual se ríen entre sí. Si las personas inferiores pudieran reírse de sus superiores, se terminarían todos los miramientos del rango”.

La risa, se ha dicho, es comunicable y difusiva, contagiosa. Muchas veces es explosiva e incontrolable. Nos invade sin quererlo. Con ella se conmociona el hombre en cuerpo y alma, en cuanto pasión o emoción. La risa acrecienta la jovialidad del riente y empuja nuevas oleadas de conmoción fisiológica. Comentaba Eca de Queiroz en su “Decadencia de la risa”: “yo aun recuerdo haber oído en mi infancia y en mi tierra, la “carcajada”, la antigua carcajada genuina, libre, franca, resonante, cristalina. Venía del alma, hacía temblar todas las vidrieras de la casa…Jamás la volví a oír. Lo que hoy se escucha, a veces, es una risa cascada, seca, dura, áspera, corta, que sale a través de una resistencia y que bruscamente muere. Nadie ríe; y nadie quiere reír…(…) Yo pienso que acabó la risa porque la humanidad se entristeció.Y se entristeció por causa de su inmensa civilización. Cuanto más culta es una sociedad, más triste es su faz…Desde el momento en que hombre de acción y hombre de pensamiento son paralelamente tristes, el mundo, que es obra suya, sólo puede mostrar tristeza”.

Bergson, en su ensayo sobre la risa, recordaba que “muchos han definido al hombre como “un animal que ríe“. Habrían podido definirle también como un animal que hace reír, porque si algún otro animal o cualquier cosa inanimada produce la risa, es siempre por su semejanza con el hombre, por la marca impresa por el hombre o por el uso hecho por el hombre. Nos reímos de un sombrero, por ejemplo, no porque el fieltro o la paja de que se compone motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. (…) No hay mayor enemigo de la risa que la emoción. No quiero decir que no podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad“.

Bergson cuenta también en esas páginas que una vez preguntaron a un hombre por qué no lloraba al oír un sermón que invitaba a gemir a todos los feligreses. Y el interpelado se limitó a contestar lacónicamente: “Es que yo no soy de esta parroquia”.

Dándole la vuelta, a lo mejor en algún momento podría aplicarse al reír.

(Imagen-1.-Charles Le Brun.-Ph. Coll Archives Larbor.-oldbookilustrations com)