“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”-MEMORIAS (39) : ONETTI Y BARJOLA

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (39) : ONETTI  Y  BARJOLA

… No, no era aquello en absoluto un sueño. Como digo, había dejado abandonado hacía tiempo, así lo recordaba, el libro de Calvino sobre la colcha de mi cama y la verdad era que aún no comprendía muy bien cómo había podido alejarme tanto de mi dormitorio y había podido caminar tan largo trayecto por Madrid creyendo siempre que todo era un sueño cuando en absoluto lo era. Había marchado hasta casa de mi abuelo, en Raimundo Lulio, y luego por las calles de la ciudad para ver a Baroja, y ahora cruzaba la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”. Sí, yo recuerdo todo aquello, toda aquella mañana en Avenida de América 31, recuerdo muy bien que había olvidado una noche o unas noches antes, no lo sé bien, no podría adivinar cuándo ni en qué momento, un libro de Calvino sobre la cama, y en el largo sueño en que se estaba convirtiendo aquella larga sucesión de realidades, me iba alejando ahora cada vez más de la casa de Onetti, también de la casa de Baroja, también de la de mi abuelo, y cruzaba en estos momentos por un Madrid distinto, un Madrid cercano a los descampados, el Madrid de Carabanchel. A mi lado iba caminando aquel día de 1980 con paso vivo, un año después de lo de Onetti, el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados. Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos…

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”- Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (38) : BAROJA EN SU CASA

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (38):  BAROJA EN SU CASA

 

 

16 junio

Hoy todo el día en casa. No ha venido a verme la periodista porque me ha pedido dos o tres días para recomponer sus notas y reelaborarlas y en el fondo para tomarse un respiro. Se lo agradezco. Para mí es un descanso.

Y creo recordar que fue hace dos noches, en la noche del viernes pasado, cuando me llevé a la cama “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino porque me quedaba por leer el último texto del libro, el de la ciudad de Berenice, una de las ciudades ocultas de las que habla el escritor italiano, y como su historia, igual que las del resto del volumen, era muy corta en extensión, y cuenta que Berenice es una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, pienso que quizá por ello, por su brevedad y por su poderosa fantasía, pero sobre todo por mi cansancio acumulado durante el último día de la semana, por todo ese conjunto, poco a poco me fui quedando dormido. Creo también que el libro debió de quedar abandonado encima de la colcha sin yo siquiera darme cuenta, acaso debió de resbalarse de entre mis manos y seguramente permanecería allí abierto toda la noche, no lo sé, porque lo último que recuerdo es haberme quitado las gafas y ya no recuerdo nada más. Ni siquiera tengo conciencia de si apagué o no apagué la luz. Había sido para mí toda aquella semana una sucesión de gratas lecturas nocturnas tras las largas y a veces agotadoras conversaciones con la periodista, y para distraerme y alejarme de tantos temas comentados, me había propuesto sumergirme durante dos noches en los “Diarios de las estrellas” de Stanislaw Lem y ahora lo completaba con el libro de Calvino. Lo cierto es que quizá por la evocación de los espacios de Lem o por las imágenes de las ciudades de Calvino, apenas me di cuenta de que sin querer estaba separándome lentamente de la cama y del cuarto, como desprendiéndome de las sábanas y de la colcha e incluso del dormitorio, poniendo de repente los pies en el suelo en un movimiento casi mecánico, como si estuviera ya sonámbulo sin estarlo, cruzando despacio por delante de la estantería de libros que hay frente a mi cama y, tras salir luego al pasillo, pasar después ante mi despacho de trabajo, ir avanzando hasta el comedor y abrir luego el ventanal de la terraza, dejar mi casa de Jerónimo de la Quintana, las calles adyacentes, el barrio, e ir alejándome de Madrid y proseguir avanzando al encuentro de aquello que hasta entonces sólo era para mí un destino incierto. Recuerdo también que conforme iba caminando hacia no sé qué punto indefinible pensé nuevamente en Calvino y en el libro que acababa de dejar abandonado sobre la cama y me vinieron a la memoria unos párrafos llenos de interés del escritor italiano. Pertenecían a una conferencia suya pronunciada en la universidad de Columbia en 1983 en la que Calvino había querido explicar el proceso de creación de sus “Ciudades invisibles”. Allí confesó cómo trabajaba y cómo abría numerosas carpetas llenas de proyectos: por ejemplo, una carpeta destinada a los objetos, otra preparada para los animales, otra para las personas, una cuarta para las cuatro estaciones, otra para los cinco sentidos, y aún había otras dos más si no me equivoco, una consagrada a las ciudades y a los paisajes de su vida y otra en fin a las ciudades imaginarias situadas fuera del espacio y del tiempo. Siempre había seguido yo con interés y curiosidad los procesos creativos de los escritores y los artistas porque me parecían misteriosos y también aleccionadores, y así se lo había confirmado a la periodista, pero en el caso de Calvino todo aquel laberinto de sus dudas personales aún me atraía más. Italo Calvino confesaba que no sabía qué hacer con tantas ciudades mezcladas y que tardó tiempo en decidirse por eliminar las ciudades tristes y las ciudades basura para elegir al fin escribir sobre las ciudades invisibles. Guardando todas las distancias, eso era más o menos lo que me estaba pasando a mí. Yo no tenía carpetas abiertas pero sí en cambio muchas dudas abiertas en cuanto adónde dirigirme ahora con mis “Cuadernos Miquelrius” y acaso por ello continuaba caminando a buen ritmo como a veces se camina en sueños aunque uno nunca tenga constancia de que está soñando, y así apenas me di cuenta de que en absoluto me había alejado de Madrid como creía en un principio sino que por el contrario había dado una vuelta completa casi en redondo a mi barrio de Chamberí, y cruzando la glorieta de Olavide a la que tengo tanto cariño y de la que me llegan tantos recuerdos, había subido por la calle de Raimundo Lulio hacia arriba, hacia Santa Engracia, donde habían vivido en tiempos mis abuelos maternos, para alcanzar al fin el número 20 de Raimundo Lulio, empujar la hoja entreabierta del portal y ascender despacio por la vieja y empinada escalera de madera que ahora resonaba bajo mis pasos y llegar así hasta el piso segundo. Al entrar, toda la casa aparecía igual que en épocas anteriores. Aparentemente permanecía vacía, sin llegar hasta mí las voces de mi abuela Lola yendo y viniendo de la cocina al comedor. Digo aparentemente porque esa fue mi primera impresión al entrar en el vestíbulo pero cuando avancé algo más por el estrecho pasillo girando hacia la izquierda, camino del pequeño cuarto de estar situado al fondo, distinguí a mitad de pasillo, perfectamente iluminado tras las cortinillas verdes que me eran muy conocidas, el despacho de mi abuelo el escritor e imaginé enseguida que él estaría trabajando. Efectivamente era así y en ningún momento creí que aquello podía seguir siendo un sueño porque la realidad siempre cubre todos los sueños y la realidad allí no era otra que la de mi abuelo sentado en el sillón de su despacho leyendo un libro que iba anotando con un lápiz en la mano. Me vio entrar, me incliné a saludarle como siempre dándole un beso y me senté frente a él en la única silla situada frente a su sillón. Estaba leyendo mi abuelo en ese momento a Pio Baroja en sus “Canciones del suburbio” en una edición de Biblioteca Nueva de tapas de tela entre rojas y granates y con letras blancas en la portada y vi que con el lápiz iba trazando, como hacía siempre, unas pequeñas curvas y rectas, apenas insignificantes y sobre todo enigmáticas, en los márgenes de las páginas, unas señales que sólo él conocía y sobre las que nunca me había atrevido a preguntar. Pero sin embargo, no sé por qué, quizás porque me pudo más que nunca la curiosidad, esta vez sí quise preguntárselo. Mi abuelo abrió más las páginas del libro, me las acercó muy amablemente, y me confió lo que nunca me había dicho: que aquellas marcas correspondían a pasajes que le sorprendían, unos porque sobresalían por su calidad y otros porque, según él, no la alcanzaban. Las señales curvas, me comentó, son para mí los aciertos, siempre según mi criterio, añadió, porque puedo estar equivocado, y las rectas aquello que no acaba de gustarme. Me comentó que ese era el único libro de poesía que Baroja había escrito y eso le tenía muy intrigado. Estuvimos hablando largo tiempo. Comprobé que aquel despacho seguía estando igual que hacía años: era una habitación interior, con una pequeña ventana que daba a un patio, unos muebles de tonos oscuros y un escritorio escoltado por una lamparita de pantalla verde, un color idéntico al de las cortinas de los cristales de la entrada, un despacho reducido pero muy acogedor. Nunca había querido curiosear en ese despacho por respeto a su intimidad pero ahora, al ser otros tiempos, me levanté de la silla y me fui fijando despacio en las pequeñas estanterías que lo decoraban, unas estanterías repletas de libros de todos los tamaños cuidadosamente colocados y que aparecían alternados con cartas manuscritas apoyadas en los lomos de los libros y también con postales antiguas, algunas de ellas representando vistas de Madrid, Buenos Aires o Puerto Rico, y allí de pie, al ir dando la vuelta a alguna de aquellas postales y al observar al dorso los escritos, descubrí con gran curiosidad los trazos de letras breves y afectuosas, unas de rasgos enérgicos y otras desvaídos, firmadas unas por Ramón Gómez de la Serna, otras por Antonio Machado y otras por Juan Ramón. Era el mundo que mi abuelo había compartido durante años con sus amigos, y un mundo al que yo había llegado a través de lecturas. En determinado momento mi abuelo me pidió que me sentase otra vez en la silla y en un gesto para mí sorprendente, único, que creo nunca olvidaré, y teniendo aún en las manos el libro que leía, me preguntó de improviso, con una sonrisa: “¿Querrías conocer a Baroja?”. Recuerdo perfectamente mi absoluto asombro y recuerdo también cómo no lo dudé ni un momento: dije instantáneamente que sí. Después, no sé exactamente en qué fecha, no sé si ocurrió en esa misma semana o al cabo de quince días, pero indudablemente muy pronto, atravesé Madrid camino de la calle Ruiz de Alarcón donde Baroja vivía, una casa muy cercana al Retiro, y creo que en ese caminar y mientras recorría el trayecto empecé a olvidar casi por completo que había quedado abandonado sobre la colcha de mi cama aquel libro de Calvino y también que mis gafas se habían perdido sobre las sábanas, y tampoco supe y ni siquiera me paré a pensarlo, si aquello que estaba viviendo era una mera prolongación de un sueño o en cambio era auténtica realidad. Lo cierto es que cuando llegué a la casa de Ruiz de Alarcón número 12 y me abrió la puerta, y luego me acompañó por las distintas habitaciones, Julio Caro Baroja, el antropólogo y sobrino del escritor, me adentré en un mundo impensable que jamás hubiera imaginado. Reviviéndolo tiempo después me di cuenta de que en ese momento Julio Caro tenía 41 años y que el personaje que me esperaba sentado al fondo del pasillo, en un amplio estudio y con los brazos apoyados sobre una gran mesa antigua de trabajo, envuelto en una bata a cuadros y con la boina puesta – y a quien mi abuelo ya había avisado – era el propio Pio Baroja con sus 82 años cumplidos. Recuerdo que había un pequeño calendario de mesa muy cerca de él, entre cajas con plumas y lápices, y aquel calendario señalaba que estábamos en 1955. Yo tenía entonces, aquel día, mientras avanzaba a saludar al célebre escritor, 19 años, y al sentarme frente a él vinieron sobre mí las imágenes de Baroja paseando entre las nieblas del invierno y los árboles del cercano parque del Retiro, una imagen que yo había contemplado en muchas ocasiones. Como también vinieron, arrastradas por la ronca voz de Baroja, una voz que recortaba los finales de las frases, sus palabras sobre el elogio sentimental del acordeón que yo había escuchado alguna vez :“¿No habéis visto – había escrito Baroja hacía tiempo -, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón? Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne”. Y ahora, tras todas esas imágenes y palabras, estaba yo allí, sentado ante el autor de “La lucha por la vida”, estábamos los dos solos porque Julio Caro se había retirado y yo me presentaba como el nieto del escritor que le había mandado unas líneas y al que en tiempos Baroja había enviado dedicado su único libro de poesía. Baroja recordaba a mi abuelo pero no recordaba el libro en absoluto. Después de un largo silencio, mirándome casi inmutable tras su mesa, sin apenas mover su cara bajo la boina y sin duda asombrado por lo que acababa de oír en mi breve presentación, levantando un poco las cejas, pronunció muy despacio y en un tono amable pero también algo incrédulo estas palabras: “¡ Ah!, ¿ pero yo he escrito poesía?”. Tenía las manos cruzadas y asomadas bajo las mangas de su bata a cuadros pero de pronto aquellas manos empezaron lentamente a moverse sobre la mesa, las duras venas bajo la piel resaltaron más en el momento de llegar hasta la superficie de un timbre colocado en una esquina y más aún en el instante de oprimirlo. Pocos segundos después apareció en la puerta Julio Caro y Pío Baroja, mirando a su sobrino que seguía en el umbral, le dijo: “Este chico me está diciendo que yo he escrito poesía. No lo recuerdo. Mira a ver si encuentras por ahí ese libro del que habla, “Canciones del suburbio”, creo que se llama”. A los pocos minutos volvió Julio Caro con el libro en la mano y Baroja, con gran curiosidad y no sin asombro, estuvo repasando, aunque muy por encima, sus páginas. Vio que el prólogo era de Azorín y yo creo que aquello le mantuvo más complacido y confortado. Después, hojeando el volumen, pasó sobre los títulos de algunas de sus partes, “Juventud”, “Recuerdos de vagabundo”, “Impresiones de París”, “Melancolías grotescas”, y luego dejó el libro sobre la mesa. Por avanzar algo en mi diálogo, le fui contando a Baroja cosas de la Universidad e incluso me arriesgue a invitarle, en un gesto propio de mi juventud y aún sabiendo que era pedir algo imposible, a que pasara un día por allí y nos hablara a los estudiantes. Yo cursaba entonces tercero de carrera, había leído muchas de sus novelas, y miraba lleno de asombro y admiración a aquella figura sentada, con sus ojos bajo la boina que seguían observándome.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”— Memorias

(Continuará)

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