“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (34): “LA CASA DEL LIBRO”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (34) : “La casa del libro”

 

-– Me gustaría — me dice  hoy la periodista al entrar— que me hablará  usted nuevamente de lo que usted llama   “relámpagos”…

— Bueno, para mí hay otro tipo de relámpagos distintos por su brevedad y por su intensidad, escenas que se iluminan de pronto y que quizá aparezcan al fin, no lo sé, quizá aparezcan al final de mi vida como un flash, como un resumen, como instantáneas sobre lo que uno ha vivido.

– El incidente que tuvo usted con Saramago ¿ también está entre esos “relámpagos”?

– No, no lo está. Pero ya que usted se refiere a ello, porque de eso preferiría no hablar, decirle que no fue ningún incidente importante, simplemente un encuentro algo tenso entre los dos. Al menos para mí sí fue un encuentro tenso. Ya le digo que no me gusta recordarlo. En síntesis, ya que usted me lo pregunta, fue lo siguiente: en 1984 publiqué yo una novela titulada “Contramuerte”. En esa novela describía la paralización de la muerte – una pandemia insólita en la que la gente poco a poco dejaba de morir hasta no morir nadie – y en razón de ello iba narrando las reacciones de políticos, sociólogos, familias, etc. Pues bien, veintiún años después, en 2005, Saramago publica una novela con el mismo argumento : la gente deja de morir, y se suceden igualmente las reacciones de políticos, etc. En un encuentro en Madrid por otros motivos que no eran literarios se lo dije directamente a Saramago. Le enseñé mi libro publicado muchos años antes, se lo entregué, y él, tras escucharme, no me dijo nada. Tomó mi novela, la metió dentro de un sobre y prácticamente no intercambiamos ya más palabras. Ahí el incidente terminó. Pero estas son cosas marginales que a veces ocurren. Uno no puede quedarse enganchado a estas cosas.

– ¿Este incidente le dejó algún desencanto?

– No, ningún desencanto. Fue una experiencia más en la vida literaria.

—¿Cómo ve usted la vida literaria? ¿Qué piensa de ella?

—Pues pienso que la vida literaria es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

—Trapisondas acaba de decir … , ¿ha vivido usted muchas?

—-Alguna. En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

—¿Le afectó aquello?

—No, no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Pero todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, lo que sucede a lo largo de todos los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma más en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Como le decía antes, uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.

—¿No es áspero escribir?

—No, no es áspero. Para mí no es nada áspero. Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.

—Cuando habla usted de sinceridad, ¿a qué se refiere?

—Me refiero a la convicción que uno debe tener siempre ante lo que escribe, pinta o esculpe. Uno debe hacer lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Sin plegarse a las modas. Pongo un ejemplo entre muchos : Giacometti compone figuras diminutas, cabezas diminutas, figuras tan delgadas que parecen casi de alambre. Él reduce las dimensiones hasta el máximo. Es lo que quiere hacer desde su convicción de artista y es lo que hace. No piensa qué efecto pueden tener sus mínimas figuras ante el público, tampoco le importa. Él compone esas figuras porque cree en ellas, es como él ve el mundo y así lo expresa. En el otro extremo, tan sólo refiriéndonos a las proporciones o a las dimensiones, tenemos a Botero. También él hace lo que cree que debe hacer. Y así lo hicieron cada uno a su modo los impresionistas enfrentándose a veces a salones y a galerías, o Picasso, o tantos otros. Tengo un enorme respeto hacia la autenticidad, hacia la creatividad personal. En el fondo tengo un enorme respeto por el que crea algo.

—Habla usted de la “casa del libro” como un lugar de protección, de trabajo. ¿Por qué usa esa expresión?

—Bueno, es una expresión más, tampoco sé si es la acertada. A mí me sirve. Porque realmente es así. Uno está concentrado en una obra que escribe, está envuelto y comprometido en un proyecto. Como creo recordar que le dije uno de estos días, la vida es proyecto. Así lo reafirmaba Ortega. Siempre se ha de tener un proyecto entre manos, aun en momentos finales, débiles o delicados. Quizá en esos momentos débiles hay que tener un proyecto más pequeño, más corto, que dure un día o menos de un día, pero siempre será un reto a conseguir, conseguir algo que sea ilusionante. En el caso de la escritura el proyecto real al que uno dedica muchas horas es el libro. La casa del libro.

—¿Y cuando uno tiene que abandonar esa casa, es decir, cuando se concluye el libro?

—Entonces existe un periodo de tiempo extraño y vacío. Hay que esperar. No hay que precipitarse en pensar enseguida en hacer otra obra. Salman Rushdie contaba que un amigo escritor le confesaba que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro. Es decir, hay que controlar las presiones de los editores, del mercado. Ha llegado el momento de desprenderse de lo que uno ha hecho, exponerlo al juicio de los demás. En ese momento interviene todo eso a lo que antes me refería: principalmente la búsqueda de un editor; después – si uno tiene editor-, las lógicas gestiones de promoción, de entrevistas, de firmas. Ese aspecto, naturalmente necesario para lanzar una obra, es, al menos para mí, muy cansado.

—¿Qué relaciones ha tenido con los editores?

—Muy diversas, como ocurre siempre en muchos aspectos de la vida. El manuscrito de una de mis primeras novelas, no la que escribí sobre el tapete de la mesa de la calle Goya, de la que ya le hablé, sino otra a los pocos años de la anterior, lo llevé en mi coche, en un viaje largo, cruzando la península, del centro al norte, de Madrid a Oviedo. Me habían hablado que había un posible editor en Oviedo, al que no conocía, y allí fui, exponiéndome naturalmente a una negativa. Y sin embargo él aceptó. Aparte del manuscrito, creo que le impresionó, así me lo dijo, mi tenacidad (no sé también si mi temeridad o mi audacia) por hacer ese viaje. En otra ocasión, muchos años después, esta vez respecto a un libro mucho más reciente, los hilos y las gestiones se entrelazaron de modo muy sorprendente. Yo había ido publicando extractos de una novela mía en un blog que llevo desde hace años, y de repente una lectora del blog me escribió para comunicarme que le habían gustado esos extractos y que por su cuenta los había mandado a un editor que ella conocía (que por cierto vivía fuera de España), y lo había hecho con el ruego de que publicase el libro. Y así fue. Ese editor me escribió y me propuso publicar la novela entera. Y eso ocurrió..

—Realmente algo inesperado…

—Si, realmente inesperado.

—Cuando usted habla de ese blog, de ese trabajo suyo, ¿qué le aporta, es para usted un entretenimiento?

—-No, no es un mero entretenimiento. Este blog,  MI SIGLO, que tiene ya más de diez años, me permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente: la divulgación de las artes, de la literatura, del pensamiento. A la vez me permite ser de alguna forma mi propio editor. No me dedico tanto a comentar los sucesos recientes del mundo intelectual, digamos las últimas noticias o publicaciones, como en cambio a aportar reflexiones e intentar que revivan autores de distintas épocas, o también simplemente presentar citas o expresiones que me parecen de interés y que pueden enriquecer algo a los posibles lectores. La divulgación del arte y del humanismo en general siempre es un tema que me ha interesado. La creo necesaria. Lo he hecho en libros, a través de entrevistas, a través de artículos, ahora lo hago a través del blog. Dejar hablar a los demás es mucho más aleccionador que hablar uno mismo. Y ahora todo eso lo hago utilizando esta nueva herramienta que me brinda un mundo globalizado y que me llena naturalmente de sorpresas. Un espacio intelectual, artístico y literario como el mío, que parecería no tener mucho eco, y que de repente es leído por mucha gente y de modo casi instantáneo en Corea, en Birmania, en Turquía o en Pakistán, aparte, naturalmente, de Europa, Sudamérica y Estados Unidos que son los que reúnen la mayor cantidad de las visitas que acuden. Según lo que aparece oficialmente en la página se acercan a los dos millones de visitas, que leen, como digo, un espacio y unos contenidos muy reducidos, porque simplemente son contenidos intelectuales, pero eso indica que el mundo del arte y de la reflexión sigue atrayendo. En el fondo, que, hay un deseo de acercarse al pensamiento y a la Belleza.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará )

TOSOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (30): LOS PAISAJES INTERIORES

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (30): Los paisajes interiores

 

 

19 mayo

 

– Me gustaría que me hablara usted uno de estos días, cuando quiera -me dice hoy la periodista -, de los que usted llama sus “paisajes interiores”, creo que es así como los llama…

-Sí, así es. Los llamo los “paisajes interiores”.
Pues mire usted, igual que recuerdo perfectamente, porque me interesó mucho cuando la leí en su día, la descripción de los muebles y objetos tan valiosos que narra minuciosamente Mario Praz – no sé si usted conoce a este gran crítico italiano – en su singular libro autobiográfico “La casa de la vida” cuando va invitando a recorrer el laberinto de su residencia romana de Vía Giulia y se detiene en la descripción pormenorizada de sus comedores, vestíbulos, dormitorios, pasillos y salitas de paso, pero sobre todo, algo que es más importante, cuando se detiene en la historia, en el volumen y la importancia de los objetos, en esa presencia viva de los objetos que él posee y que ha ido acumulando a lo largo de su vida, así yo – guardando todas las distancias que se quieran de evocación y de literatura con Praz, naturalmente -, acumulo también en mi memoria la presencia de algunos pequeños objetos muy concretos en torno a los cuales se han desarrollado escenas de mi vida y de donde han surgido
muchas historias. No es la mía por tanto la historia de una casa especial, como así quiso hacerlo Praz, sino la sucesión de objetos entremezclados y variados en casas muy diferentes. Uno de esos objetos, aunque quizá a usted pueda asombrarle hoy y le parezca casi increíble, es nada más y nada menos que un sencillo brasero antiguo, un brasero simple y corriente de los que antes se usaban en algunas casas cuando no había calefacción. Aún lo veo cómo viene por el largo pasillo de madera de aquella casa de la calle de Goya en Madrid de la que ya le he hablado varías veces. Era un brasero de hierro dorado que Berta, la muchacha de servicio, traía cogido con ambas manos por las asas, un brasero medio encendido que avanzaba hasta el comedor donde yo estaba, y aún recuerdo perfectamente su tapa, su badila y sus tenacillas. Luego Berta, lo recuerdo también, se arrodillaba en la alfombra, levantaba las faldas de la mesa camilla, colocaba y encajaba el brasero en el centro de la tarima perforada que igualmente servía de reposapiés, y con la paleta redonda de la badila removía poco a poco, de uno a otro lado, las blancas cenizas, escarbando y avivando bajo ellas las ascuas de granos rojos encendidos como tesoros diminutos que luego calentarían los zapatos y los calcetines de mi abuelo, el poeta y escritor, que solía acudir, como todos los domingos hacia las seis acompañado de Lola, su mujer, es decir, de mi abuela materna. Siempre que ahora recuerdo todo esto , veo que el poeta y escritor se sienta en ese amplio sillón de espaldas a la ventana que da a la calle de Goya, coloca los codos en los brazos del sillón, levanta un poco las manos, estira los dedos y sobre todo escucha. Esta mañana ha recibido una postal de Juan Ramón Jiménez y lo que está escuchando en este momento junto al brasero es la voz de Juan Ramón que le sigue hablando desde la postal : “mi querido amigo, llegaría uno a escribir sin gritos, a escuchar solamente el enorme rumor del gran silencio de oro del día, el hervidero de plata de la noche sin fin. Mándeme sus poesías. Crea usted, mi querido poeta, que yo no estoy bien ni mucho menos, y, lo que es peor, que nunca estaré bien; he jugado mucho con las sombras de la muerte. Le abrazo con todo mi cariño. No deje de escribirme”. La voz de Juan Ramón se extendía entonces sobre el tapete granate en aquellas tardes de mesa camilla, y aunque a aquella voz aún le faltaban cuarenta y siete años para morir, ya era una voz entre firme y doliente, resonando las erres y las eses en un eco contenido hasta los bordes de la postal, las nubes de las enfermedades inventadas por el autor de “Platero” pasaban por encima de las palabras y las palabras las iba pronunciando y repitiendo Juan Ramón en la mente de mi abuelo hasta que éste casi se las aprendía de memoria ( tanta veneración tenía por aquel poeta), y por lo tanto en aquel comedor, ausente él de todo otro tipo de conversaciones, mi abuelo seguía escuchando atentamente la voz de Juan Ramón y Juan Ramón le seguía hablando en prosa y en verso, permaneciendo siempre mi abuelo en silencio, las manos juntas, los codos sobre los brazos del sillón, los ojos entrecerrados, a lo largo de aquellas tardes en las que se congregaba a merendar parte de la familia.

– ¿ Y su abuelo nunca hablaba?

– Casi nunca. Dejaba que Lola, su mujer, se fuera peleando con las enormes pilas Tudor de su aparato de sorda que pitaban casi constantemente sobre el tapete granate y dejaba también que mi tía Amparo y su hermano Moisés discutieran de la sal y de las cuentas siempre oscuras que arrojaban unas salinas poco trabajadas que la familia mantenía a duras penas en Castilla.

– ¿Qué edad tenía usted entonces?

– Diecinueve, veinte años.

—¿Ya había comenzado a escribir?

—Sí, precisamente en ese comedor de que le estoy hablando, sobre ese tapete granate, ya había comenzado a escribir. Naturalmente, siempre que estaba solo y en silencio, que era en muchas ocasiones.

—¿Escribía un libro o cosas sueltas?

— Un libro. Una novela entera.

—O sea, su primera novela. ¿Usted no empezó como tantos otros por la poesía?

—No, la verdad es que a la poesía no le he dedicado prácticamente ningún tiempo. Me refiero como creador. He leído mucha poesía, he hablado mucho de ella. Pero en toda mi vida he escrito solamente dos poemas.

—Y esa novela suya, la primera, ¿de qué trataba?

—Era una novela con un fondo muy madrileño, muy de ciudad. La titulé “La vida de nadie” y era la historia de un chico sin documentación y sin apellidos, perdido por la ciudad por culpa de la guerra. Cuando la acabé – recuerdo que la escribí en unos largos cuadernos de anillas, naturalmente a pluma y, como le digo, sobre aquel tapete granate del comedor- , era casi  el día en que cumplí veintidós  años, la presenté ese año al Premio Planeta y sorprendentemente quedó finalista, quedó en el segundo puesto.

—¿No la publicó?

—No, tal como estaba al fin preferí no publicarla. Hoy tendría que volverla a leer y retocarla mucho.

—Y no se ha animado a ello…

—No, no me he animado.

—Volvamos, entonces, si le parece, a esos “paisajes interiores” de que me habla, a esas reuniones familiares y dominicales….¿Usted, siendo tan joven, no se aburría en ellas?

– No, no me aburría. En absoluto. Observaba. He observado siempre. Observaba, por ejemplo, los movimientos que unos y otros daban de vez en cuando a aquel brasero para avivar el calor, levantando un momento las faldas de la mesa camilla y dando un empuje más al cisco con la badila y observaba también a mi abuelo el escritor en charla siempre muda con Juan Ramón, como antes le decía, una conversación que excepto él nadie oía. Observaba igualmente, además del brasero, otro objeto situado frente a mí. Era un pequeño cuadro colocado al lado del pesado cortinaje que protegía del frío de la ventana y era obra de un gran pintor español, Benjamín Palencia. Siempre me lo quedaba mirando. Como aquellas reuniones eran largas, duraban toda la tarde, y yo estaba sentado en una silla entre mi abuelo el escritor y mi tío Moisés, frente por frente al cuadro, me acostumbré a mirarlo atentamente. El cuadro era una copia bastante buena de una pintura de 1945, empleando la técnica de óleo sobre el papel, titulada “La era” que había recibido la Tercera Medalla de la Exposición Nacional en 1941 y que, por lo que supe después, mi abuelo el escritor le había querido regalar a su hermana Amparo para que la pusiera en el comedor. Benjamín Palencia había pintado aquel cuadro en el jardín de su casa de Villafranca de la Sierra, en la provincia de Ávila, desde donde contemplaba con frecuencia una era que tenía delante. A veces la completaba con otras eras que observaba en pleno campo. Todos aquellos paisajes de lomas, cerros, árboles, labriegos, arrieros, también truchas y perdices, también cielos y vacas y cabras, él no sólo los pintaba sino que los tocaba a lo largo de su vida, y yo no podía imaginar mirando aquel cuadro con el intenso ocre de los bueyes y de los caballos, el blanco de las camisas de los hombres y el amarillo de las pajas, que Palencia, diez años después, en su casa madrileña de la calle de Sagasta, me lo iba a confesar directamente : “Mi pintura – me dijo entonces, en 1967, cuando fui a visitarle -, es eminentemente táctil. Yo pinto tocando, yo voy buscando los cuerpos y los miro como si los tocase…, por eso también soy muy terrestre, y muchas veces, en verano, no solamente toco con los dedos, sino que me descalzo para andar por todos los caminos de España, para coger esta aspereza, este calor que tiene el paisaje español para llevarlo a mi pintura”. Era el tomillo, la labranza, las bestias casi minerales, las rocas como animales, el pastoreo y la tierra intacta junto a zagales, trashumantes, serranías y sembraduras. Todo lo tocaba con las manos y con el pincel. Sentado en unas rocas, Palencia colocaba el lienzo aún virgen sobre unas grandes piedras verticales e iba sacando de sus tubos la pintura que manejaba y mezclaba luego entre sus dedos y ya con los dedos manchados iba marcando el borde inferior de las mesetas, redondeando la curva de unos caminos que daban la vuelta a unos árboles. Escogía a veces unos colores tan violentos que parecía arder la tierra y me viene a la memoria cómo resplandecía “La era” en aquel comedor bastante oscuro del brasero y las alfombras de la calle de Goya. Pero como me enteraría mucho tiempo después por uno de esos cruces inesperados que da la vida, descubrí a través de unos papeles y lecturas, que precisamente Benjamín Palencia, el autor de aquel cuadro que ahora contemplaba en el comedor, se había encontrado muy joven, cuando sólo tenía dieciséis años, con Juan Ramón Jiménez, que entonces tenía treinta y nueve, el poeta que en aquellos momentos también seguía susurrándole palabras a mi abuelo en lo profundo de la habitación. Palencia, al parecer, se había acercado un día de 1920 hasta una librería de la calle Caballero de Gracia a la que también acudía el poeta y allí el librero no dudó en poner en contacto a los dos, al pintor y al poeta, por la admiración mutua que se tenían: iniciaron entonces una cordial amistad y pocos meses después Palencia dibujaría por primera vez unos poemas de Juan Ramón titulados “Fuego y sentimiento”. Por tanto, y aunque en aquel momento yo no me diera exacta cuenta de todo aquello, y reconozco que sólo llegaría a comprenderlo mucho más tarde, lo cierto es que en aquellas tertulias de la mesa camilla que teníamos la familia se estaba de algún modo entrelazando el tiempo, y por encima del tapete granate que cubría el brasero, se unían las palabras de un gran poeta con los colores vivos de un gran pintor, es decir, se unían a través de los años las obras de dos grandes amigos.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (20) -ROMA, PIAZZA NAVONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (20):  Piazza Navona, Via Margutta

 

 

—Singulares experiencias, sin duda, las de sus años romanos…
Me ha hablado usted varias veces estos días del paso de tiempo, no sólo en los libros sino en muchas otras cosas. ¿Le interesa el tiempo, le obsesiona el tiempo?

 

— Bueno, esto está también relacionado de alguna forma con mis años en Roma. El tema del tiempo es algo que siempre me interesa. No creo que exactamente me llegue a obsesionar, pero sí me interesa mucho, me intriga, usted me lo ha recordado. He escrito varios libros que de uno u otro modo giran en torno al tema del tiempo, en torno a la superación del tiempo. Hace unas semanas, creo, si no me equivoco, cuando le hablaba a usted de Madrid, de la calle en que nací cerca de la Gran Vía, pero también de aquella casa de la calle de Goya, la primera casa en la que viví, de las grandes habitaciones de aquella casa, me refería al tiempo pasado, a la superposición de distintas épocas sobre esa casa. Esto me ha sucedido muchas veces: el pensamiento del paso de las épocas sobre las ciudades y los hombres.

Recuerdo, por ejemplo, en Roma cómo me impresionó una manifestación comunista de los años sesenta a la que tuve que asistir por obligaciones periodísticas y cuyo escenario fue la Basílica de Majencio, a un paso del centro del Foro. Allí, ante las ruinas de la célebre Basílica civil del siglo lV comenzada por Majencio y terminada por Constantino, pensé también en la superposición de las épocas, en el pasar de los siglos. En aquel anochecer romano de antorchas y de cánticos se estaba pidiendo a gritos la libertad y la paz. Y mi mirada, recuerdo, iba contemplando atentamente aquella gigantesca escena entre las sombras, y al evocarla, mi memoria marchaba igualmente hacia atrás, me llevaba sin querer hasta una acuarela a lápiz que yo había descubierto hacía años entre las páginas de un libro. Se trataba de una “vista de Roma” del arquitecto y dibujante inglés John Goldicutt, pintada hacia 1820, y allí aparecía también aquella Basílica de Majencio reencarnada en tonos ocres y amarillos y llena de luminosidad. Pero la luminosidad de aquella noche de los años sesenta con las antorchas en penumbra y alumbrando de algún modo las tres bóvedas, las imágenes de la Basílica del siglo lV y a la vez la “vista de Roma” de Goldicutt , fueron las que se unieron de pronto en mí en un instante mientras seguía escuchando los vibrantes cánticos comunistas. Y eso aún pervive en mi memoria.

De todos modos con Roma, ya que volvemos a ella, me ha pasado como con muchas otras ciudades: el interés o la evocación, casi sin querer, como digo, por la superposición de muchas épocas. Eso quizás ha ampliado mi mente de escritor, no lo sé, tal vez algo la haya enriquecido y le haya dado otra dimensión; pero eso no soy yo quien debe decirlo. Es como si volviera de alguna forma al título de aquel libro de Mujica Láinez del que un día le hablé, el “aquí vivieron”, el saber de algún modo que en esas ciudades y en esas casas, hace muchos siglos, ellos – sean quienes sean -, “aquí vivieron”. Acabo de referirme a esa acuarela de Goldicutt representando a la Basílica de Majencio. Pero yo he sido siempre muy aficionado, además de a la pintura y a los buenos cuadros, también a las fotos antiguas: me han intrigado esas amarillas imágenes. Ellas me han ido abriendo a otros mundos. Pienso que son la historia de una ciudad, la vida de las generaciones. En el caso de Roma, cuando yo la viví en los sesenta, también las viejas fotos me intrigaban mucho. Recuerdo una en la que se veía el Foro Romano, cuarenta años después de la acuarela de Goldicutt, es decir, en 1860, una fotografía extraordinaria de un italiano de origen alemán afincado en Nápoles, Giorgio Sommer, que recogía el paso de unas yuntas de bueyes caminando pesadamente por entre las ruinas del Foro, poderosos y mansos animales transportando enormes carromatos cargados de maderas, imagino que aportaban su esfuerzo para alguna construcción, y esos bueyes entre las celebres ruinas me iban llevando hasta tiempos en los que el Foro, ya en la Edad Media, se había utilizado como feria de ganado y luego, a mitad del XlX, cuando llegó a llamarse “campo vacuno”. Nunca habría podido imaginar a unos bueyes paseando ante la Columna Trajana pero allí estaban. Roma es así, imprevisible. Como decía Fellini, esa ciudad es una gran plataforma que sirve para emprender vuelos fantásticos y esos vuelos a mí me han llevado calles abajo, por plazas y rincones de Roma, gracias a las grandes fotografías y a los grandes fotógrafos. También Giorgio Sommer , el mismo fotógrafo que retrató el Foro con los bueyes y en el mismo año en que lo hizo, había querido recoger los numerosos carromatos cargados de frutas y verduras que invadían plaza Navona, desperdigados y semiapoyados en torno a las fuentes y al obelisco, testimonio sin duda del bullicioso mercado que allí había existido desde el siglo XV y que en el XlX ofrecía diariamente sus provisiones a los romanos. Y así, cuando yo muchas veces me acercaba en aquellos años, sobre todo en verano, hasta aquella plaza sentándome bajo el toldo de la heladería “Tre Scalini” para saborear una “cassata” o un “tartufo”, los avatares históricos de plaza Navona venían hacia mí, pero como podía venir igualmente el tapiz del pasado en Madrid, en París o en cualquier otro sitio. Eso, de una forma o de otra, en las ciudades siempre me ha ocurrido.

Y fue precisamente en una de aquellas mañanas, como le digo, en plaza Navona, en uno de aquellos paseos míos siguiendo la forma oval de aquel lugar donde había estado emplazado hacía siglos el estadio de Domiciano, y mientras admiraba una vez más la célebre Fontana de los Cuatro Ríos con el gran obelisco egipcio coronado en su cielo por la paloma que lleva una rama de olivo en su pico y en el momento en que bajé la mirada y la extendí de nuevo sobre la multitud, cuando me topé casi de bruces, inesperadamente, con un viejo colega mío, un excelente periodista y corresponsal francés, Jean D ‘Hospital, con el que no había logrado coincidir, aún no sé bien por qué, desde hacía muchos meses y en las pocas ocasiones que habíamos charlado lo habíamos hecho en los despachos de la Prensa Extranjera, en Plaza de San Silvestro. A los dos nos sorprendió aquel encuentro y pienso que a los dos nos proporcionó también una gran alegría. Y sin duda para recuperar el tiempo perdido empezamos los dos a hablar enseguida de muchas de nuestras cosas, y como ocurre con las conversaciones entre antiguos conocidos, casi sin darnos cuenta, fuimos cruzando callejuelas y atravesando plazas sin dejar de hablar, deteniéndonos en las esquinas para reforzar nuestros argumentos y volviendo de nuevo a andar hasta llegar así, paso a paso y casi sin querer, hasta vía del Corso, y de allí, con una conversación casi interminable ( él acababa de publicar su libro “Roma in confidenza”, y deseaba, me dijo, regalarme un ejemplar ), nos acercamos hasta vía Margutta que era donde Jean D’ Hospital vivía.

No sé si usted conoce bien la ciudad de Roma pero vía Margutta por aquellos años seguía siendo, y yo creo que lo sigue siendo ahora aunque quizá con más avalancha de turistas, una pequeña calle deliciosa, muy cercana a la Plaza de España, una pequeña calle célebre por su arte al aire libre, decorada muchos días y a muchas horas de cuadros espontáneos. Y eso es lo que vi nada más llegar al portal de mi amigo. A pesar de la hora – era más de mediodía – ya estaban los muros y las aceras de la calle casi completamente invadidos de pinturas y esculturas de todos los tamaños, unos cuadros descansando en el suelo, otros a media altura presentando dibujos sin marco, abigarradas litografías que se alternaban con figuras en yeso, mascarillas, bocetos, toda clase de objetos artísticos colocados entre sillas y mesitas cubiertas con pequeños tapices familiares, en el fondo todo un museo improvisado y viviente. D ‘Hospital me contó, mientras yo contemplaba todo aquello asombrado, que hacía diez años, en 1953, se había creado en esa calle la “Feria de arte de la vía Margutta”, una muestra anual muy celebrada en la ciudad y que a él todo aquel tráfico de gentes y de vendedores a veces le perturbaba en su trabajo periodístico pero que no dejaba de mostrar indudablemente, y así lo reconocía, una gran belleza. Luego, cuando subimos a su apartamento en el segundo piso – una superficie de tres habitaciones que daba a un pequeño balcón cuajado de flores – D ‘ Hospital, entregándome su último libro acompañado de una dedicatoria cordial y expresiva, me estuvo hablando, aunque de manera muy general, de las costumbres romanas, de las gentes y de la vida pública, cosas que él había vivido y observado muy bien, pero sobre todo lo que me intrigó enseguida y me dejó asombrado fue el descubrimiento de su extraordinaria colección de fotos antiguas de la ciudad que muy pronto quiso mostrarme con una mezcla de orgullo y de satisfacción. Escondía la colección, muy bien clasificada y ordenada, en una pequeña habitación contigua a su estudio y allí me hizo pasar. La había ido acumulando, según me dijo, durante veinte años, exactamente desde que en 1944 había llegado a Roma procedente de Argel, entrando en la ciudad en plena noche conduciendo un jeep y vistiendo el uniforme militar con las insignias de corresponsal de guerra de una Francia dolorida. Y allí, ante mi sorpresa, encontré el mayor archivo fotográfico de Roma que nunca he visto ni hubiera podido imaginar y que ya desde el primer vistazo constituyó para mí una auténtica delicia. Eran numerosas imágenes de tipos muy diversos captados a lo largo de años por los más grandes fotógrafos no sólo italianos sino americanos y de diversos países europeos, y revelaban la pasión de todos los devotos observadores de la ciudad. Allí encontré, por ejemplo, instantáneas conseguidas por los célebres Cartier- Bresson y James Anderson o fotos logradas por el calabrés Mario Carbone o por los hermanos D’ Alessandri, pero más aún que esos nombres, siendo importantes, impactaban las imágenes. Recuerdo de manera especial los testimonios gráficos de la época del fascismo que él había reunido gracias, como me dijo, a amigos suyos del Instituto Luce, la gran Agencia oficial estatal, y donde se veía a los romanos de 1942 leyendo en las calles, entre la curiosidad y la desesperanza, el periódico mural “Notizie da Roma”, un enorme papel pegado y arrugado que había ido colocando en las esquinas la Federación Fascista de la Urbe, o también la visita de Hitler y Mussolini a la Galleria Borghese de Roma en 1938 con la pétrea mandíbula de Mussolini disparada con enorme poderío sobre la “ Paolina Borghese” de Antonio Canova mientras Hitler, a su lado, la vigilaba y calibraba sin mover apenas su famoso bigote. Eran muy valiosos testimonios de una época ya pasada pero a la vez intensa, que, como quiso comentar D ‘Hospital conforme pasábamos las hojas de su archivo, hacían surgir las preguntas que los romanos frecuentemente se hacían: “¿la guerra?, ¡bien, ya pasó! ¿Los fascistas? ¿Pero es que alguien alguna vez había sido fascista?”, se preguntaban. Eran cuestiones sin respuesta y que a la vez definían a los italianos. En uno de aquellos momentos aproveché para preguntarle al periodista : “entonces, tu que los conoces bien, ¿en qué están interesados los romanos?”, y enseguida me contestó: “ Pues creo que principalmente en su madre, en sus hijos, en la mesa, en los cantantes de moda, en las bodas reales, en las aventuras de las estrellas de cine, en la temperatura y en el fútbol. Como habrás visto, añadió, hablan a una velocidad endiablada, porque su lenguaje está basado en tres expresiones fundamentales: “Aoh!”…”He!”… “Mha!”… La primera, no es que yo lo haya indagado mucho, me añadió D ‘Hospital, pero creo averiguar que puede ser una manifestación de sorpresa, una oposición, o tal vez una defensa, a veces incluso una prohibición, aunque yo no consigo adivinarlo bien del todo; la segunda puede ser también una interrogación o una aceptación, y la tercera, cualquier forma inspirada de un lenguaje suyo muy propio y muy personal. Es un lenguaje inimitable el de los italianos y casi siempre sostenido por gestos. A veces ese lenguaje, como has visto, queda resumido en un solo gesto porque no necesitan más: hacen un movimiento con las manos o alzan las cejas. Pero con eso ya lo han dicho todo: desde las protestas en la ventanilla de su coche a las conversaciones más banales. Se comunican perfectamente. Y como anotaba un gran novelista, el pueblo romano goza con el estrépito y con el ruido, con ese ruido producido con la boca o con las manos, y eso ya contribuye a su felicidad de vivir.”

Tuvimos, recuerdo, una larga y agradable conversación, y cuando le comenté, casi al despedirnos, aquella fotografía del Foro que a mí me había sorprendido tanto – la fotografía del Foro con los bueyes en 1860 – , D’ Hospital no se asombró en absoluto. Me enseñó otra aún más antigua: una imagen del mismo Foro tomada tres años uantes, en 1857, una instantánea de la ropa puesta a secar, extendida sobre las famosas columnas históricas; unos pantalones blancos, unas camisas y sábanas colgadas en lo que habían sido las ruinas quizá más célebres del mundo, unos colores amarillentos igual que si el tiempo hubiera dorado la fotografía, y un color blanco en cambio extendido en los vestidos bajo el sol. Como digo, toda aquella charla fue muy agradable. Nos prometimos repetirla y así lo hicimos unas semanas después, yéndonos a cenar al aire libre al barrio del Trastevere, ese barrio tan típico donde la chiquillería corre entre las mesas y casi no le dejan hablar a uno. Pero pudimos hablar de muchas cosas. Con la gran cultura que Jean D’Hospital tenía sobre la ciudad, recuerdo que me aconsejó el libro de Jérôme Carcopino sobre la vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, desmenuzándome muchas anécdotas, por ejemplo, las intensas diferencias que, precisamente allí, en el Trastevere, habían existido entre el día y la noche, en el marco de históricas tabernas permanentemente abiertas y tantas veces cercadas por embaucadores, raptores e incluso asesinos que en tiempos del Imperio atacaban de modo casi continuo a paseantes nocturnos.

José Julio Perlado— “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (7)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo y aparecen los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (7)  :  la casa de la calle de Goya

 

 

—¿Y eso lo vio usted en un solo momento, allí, en la Gran Vía? – me pregunta hoy la periodista.

– Pues no, todo eso no lo vi en un único momento, porque eso es algo que va creciendo poco a poco dentro de uno mismo a lo largo del tiempo, y que a veces, no se sabe por qué, se hace casi costumbre. Con frecuencia tengo inclinación a imaginar; sin duda es algo innato con el oficio de escribir. ¿Qué había antes aquí?, suelo preguntarme mirando ciertas calles de la ciudad. ¿Quién habrá vivido en esta casa? Es de alguna forma ese “aquí vivieron” de que le hablaba antes al referirme al libro de Mujica. La mano de la Historia ha pasado sobre los tejados y las aceras, y también sobre los interiores, la mano se ha llevado consigo las vidas de las habitaciones, las ha ido empujando hacia las puertas, las ha hecho bajar por las escalinatas hasta el vestíbulo, luego las ha depositado en la calle. Después , la mano ha dicho esa frase tan conocida que es como una losa que se cierra de golpe: “la vida sigue”. Y efectivamente la vida sigue porque es necesario que siga. Esos muebles, esos espejos, los cajones donde se guardaron tesoros inservibles, todos los utensilios colgados en la cocina, las alfombras, los cuadros, aquellas sábanas, los trajes ordenados y sobre todo las fotografías, las innumerables fotografías enmarcadas sobre muebles que se expanden como árbol genealógico de familias enteras, los rostros sobre fondo amarillo del amanecer, los rostros sobre fondo cárdeno del atardecer, las sonrisas, ¿qué se decían en ese momento las gentes?, todas esas cosas quedaron vacías en aquel piso donde yo había nacido, en la larga calle de Fuencarral de la inmensa ciudad que, como toda capital enorme, era Madrid entonces, renovándose continuamente en el tiempo.

En todo eso, entonces, iba pensando de modo general mientras atravesaba aquel día la Gran Vía y cuando, horas después, quise retomar de nuevo mi escritura apoyando la pluma sobre estos cuadernos Miquelrius que utilizo, recordé de repente, quizá por la hora que era o por la luz que envolvía mi cuarto, otra luz de otra tarde en el pasillo de la primera casa donde yo viví en Madrid – tendría entonces dieciséis o diecisiete años – cuando volví definitivamente de provincias para estudiar en la capital. No tuve que poner demasiado esfuerzo para evocar aquel pasillo porque las habitaciones de aquella gran casa en la calle de Goya siempre me habían impresionado. Era una especie de gran casa casi deshabitada, con habitaciones enormes, en la que vivíamos sólo tres personas: mi tía Amparo, que era una anciana tía de mi madre, cercana ya a los ochenta años, una muchacha de servicio que se llamaba Berta y yo. Mi tía Amparo era una figura muy pequeñita, iba vestida siempre con un traje estampado de colores marrones y bajo él asomaban sus pies diminutos, pero sobre todo lo que destacaba de ella y quedaba en la memoria era la cantidad de sortijas brillantes que ocupaban sus dedos, unos dedos gordezuelos en unas manos pequeñas, cada uno de esos dedos ocupados por una joya más bien barata y sin valor, unos dedos absolutamente tapados por las sortijas que, por las noches, cuando caminaba lentamente por el largo pasillo, refulgían en la oscuridad. Aquella figura pequeñita y titubeante iba pisando, lo recuerdo muy bien, las tablas de madera del pasillo que crujían bajo sus pies camino de su cuarto o de la cocina, y yo, a distintas horas, recorría también aquel pasillo y pasaba por delante de las grandes habitaciones con sus puertas siempre abiertas. Solía detenerme varias veces ante el llamado cuarto de caza, o así me contaron que lo habían bautizado, intrigado por cuanto de él se decía. Me habían contado, no sé si con mucha precisión o no, que aquel gran cuarto, situado a la izquierda del pasillo conforme se iba hacia la cocina, un cuarto ahora casi abandonado y destinado únicamente a una suerte de almacén de trofeos antiguos, había sido el refugio en el pasado de numerosos perros de diversas razas que volvían siempre sudorosos y excitados tras las calurosas jornadas de montería celebradas por antepasados de la familia. Por allí habían deambulado, según me dijeron, rastreadores que ladraban aún su nerviosismo e iban y venían inquietos de un sitio para otro, y lebreles, de miembros largos y cabezas estrechas, resistentes e infatigables. Así me lo había revelado sobre todo mi tía Amparo sin mostrar verdadero interés ni curiosidad al hacerlo y como removiendo simplemente la historia de aquella casa. Pero quizá porque yo no había entrado nunca en un llamado cuarto destinado a la caza ni tampoco sabía en qué podía consistir, a mí me intrigaba pasear por allí, entre los muebles y los cuadros antiguos, imaginando aquella confusión de perros y ladridos como si ahora mismo escuchara sus ecos. De este modo recuerdo que llegué un día, ya anochecido, hasta otro gran cuarto de la enorme casa, el llamado por toda la familia “vestidor”, un cuarto muy misterioso para mí, que estaba situado cerca de un dormitorio cerrado desde hacía años y del que nunca me habían comentado nada. Entré una vez más en aquel vestidor, encendí la luz en razón de la hora que era, y di unos pasos por aquella estancia semivacía, prácticamente sin mueble alguno, y en la que únicamente destacaba un gran armario de madera oscura con su enorme espejo. Me quedé observando aquel espejo que siempre me había fascinado. Pienso que entonces, con mis cortos dieciséis o diecisiete años, es, decir, muy joven, no podía mas que seguir fijándome como otras veces en el cristal del espejo como si él me imantara y empecé a imaginar ciertas escenas que siempre se me ocurrían cuando lo contemplaba. Recuerdo que en ese momento, mientras me rodeaban las luces y sombras de la habitación, empezaron a convocarse allí, delante del espejo, precisamente figuras invisibles, y, a la vez, no sé cómo explicarlo, figuras que para mí eran muy reales: figuras que se alejaban y se acercaban desde las esquinas y desde la puerta del cuarto hasta el centro, hasta la lámina del espejo, para mirarse en él, figuras que al principio percibí muy vaporosas, como etéreas, pero que avanzaban y retrocedían cada vez con más cuerpo ante el cristal y se arreglaban y componían, dándose la vuelta con sus trajes para admirarse mejor. Eran sin duda personas de tiempos anteriores, así lo he pensado siempre, que yo veía sólo con la imaginación, porque aquel vestidor semivacío encerraba para mí un aire misterioso y aquello se llenaba de conversaciones, vestidos de noche, altos peinados, guantes, capas y perlas acompañando a las damas, y negros sombreros de fiesta y elegantes bastones acompañando a los hombres.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará)

 

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