ISLAS

mar.-5009n.-Les Petites Dalles.- Francia -1973.-foto Martine Franck

“Islas

islas donde nunca desembarcaremos

islas donde nunca bajaremos

islas cubiertas de vegetación

islas en acecho como jaguares

islas mudas

islas inmóviles

islas inolvidables y sin nombre

Tiro mis zapatos por la borda porque quisiera llegar hasta vosotras.”

Blaise Cendrars.– “Islas”

mar.-533ed.-Esmaeel Bagherian

(Imágenes:- 1.-Martine Franck.–  región de Normandía 1973/ 2.-Esmaeel Bagherian.-minorityyhreat)

PERIODISMO Y PODER

“¿Tiene poder el escritor de periódicos? ¿Posee poder el articulista? ¿Influye de una forma eficaz en la sociedad el texto de un artículo o de una columna?
El profesor Josep Maria Casasús señala en su libro “Artículos que dejaron huella(Ariel) que algunos de esos textos marcaron un sello y dejaron una estela de indudables repercusiones políticas y sociales. Desde el Vuelva usted mañana de Larra en 1833 hasta El catalán: un vaso de agua clara, de Pemán en 1970, otras dieciséis colaboraciones abarcan su personal selección:  Examen de la cuestión del matrimonio de la reina doña Isabel II, de Balmes, en 1845; Pastor y víctima, de Mañé i Flaquer, en 1833; La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas, de Mariano de Cavia, en 1891; J’Accuse…!, de Zola, en 1898; Sin pulso, de Francisco Silvela, en 1898; Un mensaje a García, de Elbert Hubbard, en 1899; La ciutat del perdó, de Joan Maragall, en 1909; Neutralidades que matan, del Conde Romanones, en 1914; El error Berenguer, de Ortega, en 1930; Múrcia, exportadora d’homes. Vint-i-vuit hores en transmiseria, de Carlos Sentís, en 1932; March, de Azorín, en 1933; Les Gangsters de la Mafia. Marseille, marché mondial et secret de l’opium, de Blaise Cendrars, en 1934; Verona y Argel, de Santiago Nadal, en 1944; Mano a mano. Miguel Maura, de Manuel del Arco, en 1966; El general sale a exterminar a Charlie Cong, de Nicholas Tomalin, en 1966 y Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle, de Rafael Calvo Serer, en 1968.

Es la selección que hace Casasús e indudablemente el tema podría ampliarse y enriquecerse con otros libros y textos.


Pero la pregunta que habría que hacerse es la siguiente: ¿es esto frecuente? Hay que admitir que no. Esta influencia del artículo sobre el poder es algo excepcional. Han de reunirse varios factores en una encrucijada político-social muy definida para que un artículo, caído desde el cielo de un autor que está observando con precisión una situación clave, bombardee con oportunismo exacto un campo ya preparado para recibir esa prosa.
El poder difícilmente es sacudido por un solo artículo. (Acaso haya alguna excepción, por su repercusión social, como puede ser el J’Accuse…! de Zola.) Quizá un editorial pueda mover en un determinado momento los cimientos del poder o de sus aledaños, pero un artículo  o más bien una sucesión de artículos  – o una sucesión de columnas – está más hermanado con una lluvia fina cuya influencia tal vez se perciba muy a la larga, cuando haya empapado las costumbres y actitudes de una sociedad.

En una de las mesas redondas que en 1992 y 1994 se celebraron en la Universidad de Oviedo bajo el título El columnismo literario como corrección del Poder en España, Millás dio su opinión respecto a esto: “El columnismo literario no corrige el poder (…) Tendríamos que decir, honestamente, que quizá…, a muy largo plazo…, pero muy poquito (…) Tampoco creo que esa sea su función, si alguna tiene (…) Yo creo que el periódico es una representación de la realidad, seguramente la más inmediata y la que mayor capacidad tiene para crear opinión y hábitos de respuesta a los estímulos del poder. En los periódicos aparece la realidad jerarquizada y parcelada, formando sus distintas piezas un todo. (…) En general, vivimos con la ilusión de que comprendemos el mundo, pero el mundo, en lo que concierne a su representación escrita, ha crecido mucho más que nuestra capacidad de elaboración. Estamos sometidos desde la mañana a la noche a un bombardeo informativo cuyos contenidos no podemos elaborar. (…) El caso es que llega un punto en que la materia informativa pierde toda su capacidad simbólica para explicarnos la realidad y entonces nos refugiamos en otros ámbitos donde lo que leemos colabora de forma más o menos imperfecta a construirnos una imagen del mundo (…). Recorremos las habitaciones del periódico, como las de nuestra casa, de acuerdo a unas preferencias seguramente inconscientes, pero que acaban imponiendo un orden que, en última instancia, quizá se trate de un orden moral. Y cuando la casa es muy grande o muy fría, seleccionamos de ella algunos espacios que acotamos para el calor y para la seguridad, pero también para la comprensión. (…)
Ahí sin duda anida el valor del artículo – de la columna -, su refugio.


Delibes, entre muchos otros periodistas, se vio acuciado por ciertos lectores con el fin de que, a través de alguno de sus artículos, se pudieran modificar o mejorar realidades urgentes. “Recibo una amarga carta de una vecina de la comarca zamorana de Los Arribes del Duerocuenta enPegar la hebra” –  rogándome que trate de evitar que ‘la zona más deprimida, demográfica, social y culturalmente de Europa sea convertida en basurero nuclear del continente’. El primer efecto que esta carta me ha producido ha sido de desconcierto; luego, de enternecimiento ante la confianza que esta señora me muestra. Ella apela a ‘mi amor por las zonas rurales’, que es en verdad muy vivo y profundo, pero desgraciadamente este sentimiento no me da un ápice de poder. (…) El poder del escritor, querida señora – sigue diciendo Delibes -, es muy frágil, no va más allá de su pluma y de la emisión de un voto en una urna cada cierto tiempo. Aunque otra cosa se diga, no tiene otro poder. Por eso, hoy, al dar respuesta pública a su petición, no se me ocurre otra cosa que solidarizarme con ustedes y repetir otra vez que lo que Castilla necesita son ideas e inversiones rentables, revitalizadoras, no asilos de ancianos, pabellones de reposo, escuelas sin alumnos, ni cementerios nucleares. Algo que sujete a los jóvenes a la tierra donde nacieron, en lugar de fantasmas y amenazas que faciliten su dispersión.”

El poder, pues, del escritor de periódicos en general  y el del articulista – o columnista – en particular  no tiene tanta eficacia como en ocasiones se le atribuye.

Bastante poder tiene con contar siempre la verdad.

Y añadirle a la verdad el ser contada con belleza”.

(J. J. Perlado: “El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes”.-págs 103-107)

(Imágenes.-1.-manuscrito de “Yo acuso” de Zola.-1898/2.-Albert Camus/3.-página de “L´Aurore” con la carta de Zola.- wikipedia/4-Alain Pontecorvo/5.- Central Park.-Nueva York.- foto: Yale Joel.-1957)

EL VIAJE INVEROSÍMIL

“Estaba la mujer como desvaída, el rostro largo, bello, afilado de deudas. Estaba la mujer en el pasillo del “Mistral”, del “Ligure”, del “Saphir”, del “Helvetia”… Miraba la nada de los días encontrando la vida; miraba el sentido del hueco, la  belleza de Niza, de París, de Milán; miraba a Basilea sobre Francfort, Bruselas bajo Hamburgo y en Zurich… Alta, la frente clara, las arrugas internas, secciones transversales de hierro fundido, rieles de hierro forjado, rieles de acero suavemente invisibles entre capas de piel, máquinas de vapor silenciando rumor de pensamientos… Anduvo, (conforme el tren y la edad se  lanzaban), y al final del pasillo, abrió la puerta. Un viento  negro, de 1804, pasó desde Merthyr hasta Abercynon, y el viento se llamaba Trevithick, y con vapor a alta presión, le dio en la  cara. Cerró la puerta y cruzó como pudo hasta el otro vagón. Casi  sonrió al leer el anuncio: “El viajero que quiera cambiar de  asiento o prolongar su viaje lo manifestará al jefe del tren, el cual le expedirá un billete de suplemento, retirando el  ordinario”. Ella quería cambiar de asiento, alguien le impelía a  prolongar su viaje. Se arregló el pelo alborotado. Había  encanecido cincuenta años y miró la hora: 1854. Los relojes  en todas las estaciones se arreglan al de la catedral de  Valencia, decía aquel tablero. Entonces se apoyó en la  ventanilla y notó el ritmo y la intensidad del tren, la sangre  proyectada desde el ventrículo izquierdo a la aorta, provocando  una onda de presión que dilataba brevemente las paredes de las  arterias, la brillante lámina de las vías, el agua estancada en  la retina. ¿Habría rejuvenecido?. Sentía la lenta rapidez de “La  Fusée” de Stephenson a 47 kilómetros por hora. La vía óptica  transmitía la sensación de estar recorriendo de Stockton a  Darlington, por el condado de Durharn, cruzándose las fibras  nerviosas internas en el quiasma óptico, marchando paralelas al cerebro las fibras externas, 40 kilómetros de trayecto hasta la  corteza visual. “Siempre me dijo él que cuidara mis ojos, que  acabaría con gafas”, pensó. De repente notó un escalofrío: estaba casi envejeciendo, conquistando el «record» en la misma  Inglaterra, en 1846, con los 120 kilómetros por hora. Se apretó  fuerte a los salientes del vagón. Corría blanquecina, blanca,  veloz en cabellos y sienes por toda Francia, 1890, a 144  kilómetros por hora. Ni un alma en el pasillo: era su pelo en  América, hebras cenizas a 160 kilómetros en el reloj 1893. Se  agarró fuerte a cuanto pudo: 202 kilómetros por hora en  Inglaterra, 203 sobre Italia. El viento ‑sin humo, sin color, sin  gruñidos daba en la cara de la mujer roturada por dentro, a punto  de estallar, contenida… Dos locomotoras eléctricas la  arrastraban por 1955  a 331 kilómetros de vértigo. Cerró los  párpados. Los abrió asustada. Oscuro. Negrura como el primer  carbón. “¿Me he quedado ciega?“. Pasaban junto a su oído dos  kilómetros de túnel Huntington‑Lake de California, uno del Simplón italiano, otro ahogado kilómetro del Lotschberg en  Suiza…

A tientas, caminó por los pasillos‑túneles de Otira, el  Transandino de Argentina y Chile, el Hoosac de Massachussets, el  Sutro de Nevada… Extendía los brazos esqueléticos en la  oscuridad.

‑¿Signora?…

La luz volvió a las cuencas, y un empleado del “Settebello” le  ofrecía un lugar en el departamento panorámico a la cabecera del  tren. “No. La puerta. Esa puerta. Huir de las miradas. Escapar.  Dejar a todos cuanto antes. ¿Sabe?, odio estas fiestas de resplandor“. Abrió aquella puerta la mujer, y el aire la arrolló  en juventud. Tuvo que sujetarse a unos barrotes y golpear,  golpear con ellos fieramente hasta matar: ser asesina de su  propio mareo. Tenía ante sí una locomotora de carro giratorio y  una larga caldera horizontal, unida a una caja de fuego. Ella era  entonces muy joven. Delgada y elegante, no se parecía en nada a  la dama del tren. De ilustre familia, no le agradaba sin embargo,  el “snobismo” de cierta aristocracia inglesa, cuya feminidad  distinguida solía alternar amantes y bebidas con apuestas y  juegos. Miraba ahora a los alabarderos formados, y oía en los  cercanos desmontes, salvas de artillería: su mente estaba lejos  de la elegante playa de Bringhton, del gran balnerario de Bath, y  de los salones de Almack’s donde se  probaba, puntualmente, el  thé. Ante aquella solitaria locomotora, el tren de su vida  avanzaba a buen ritmo. No era ilusión óptica viajar tras una  máquina de Baldwin quizá por Filadelfia, ir seguido por el primer  ferrocarril de lujo ‑el “Experiment” de Stephenson, con su convoy  de coches adornados con asientos de seda, acolchados sillones y  brillantes espejos‑, y dirigirse al fin, desde Madrid hasta  Aranjuez, todo ello evocado en un 9 de febrero de 1851, cuando  alcanzó la línea, desde la estación terminal hasta la puerta de  Damas del propio palacio, ‑tendidos los carriles por los amplios  jardines‑, para detenerse allí donde desembocaba la galería de  las capillas, de fácil comunicación con la principal entrada de  la real residencia de Isabel.

‑¿Madame?…

La mujer volvió la cabeza. Un giro…, y la hizo encanecer. El  empleado del “Brabant” parecía hablarle a una velocidad media de  123 kilómetros por hora. No conseguía ser el tren diesel  Nueva  York‑Los Angeles, ‑el más rápido del mundo‑: 165 kilómetros de  velocidad media; tampoco se acercaba al tren experimental,  accionado por motores diesel, que en el curso Chicago‑Burlington‑  Quincy, había recorrido el más largo trayecto sin pararse: 1.658  kilómetros, al ritmo de 125 kilómetros por hora.

‑¿Madame?…

El empleado del “Edelweiss” mostraba la diferencia de los Países  Bajos, el acento de Bélgica, el tono de Luxemburgo. Atravesaba  cinco naciones, pero no conseguía el «record» de la “Union  Pacific Railway“, su tren compuesto por una locomotora diesel y  diecisiete vagones que unían Salt Lake City con Caliente: 520  kilómetros, sin parada intermedia.

La mujer quiso abrir la puerta del Berlin de los Emperadores, del  San Petersbusgo de los Zares, la puerta de la Viena de Francisco  José…

Dobló una manilla, y asomó el “Transalpin“; entreabrió un poco  más y sorprendió al “Sud‑Express“; empujó a fondo y, vislumbró a  la vez, al japonés “Hikari“, al turco “Bogazici” y al danés “Syd‑  Vestjyden”

De repente le asombró el tremendo frenazo. Un fondo azul sobre  luz vaporosa descubría la estación “Saint‑Lazare” de París.

‑Es maravilloso. Una verdadera fantasmagoría. En el momento de la  salida de los trenes, el humo de las locomotoras es tan denso que  casi no se distingue nada ‑decía Monet instalado ante su  caballete.

Asentía Renoir. Tendría el óleo, Caillebotte. Por fin, lo  adquirirá Durand‑Ruel.

La mujer miró extasiada el cuadro. Recordaba el motivo del  ferrocarril en paisajes de Turner; pensaba en los trenes que  pintaba Manet, Pisarro, Sisley.

De improviso los cuadros se animaron. Lo fijo se puso en  movimiento. Era el Discóbolo, el Choque del Futuro. “¿Realmente  habrá próximas fuentes de energía?… ¿La pila combustible…, la  propulsión por campo electromagnético?… ¿El motor a  reacción?… ¿La turbina?”…

El vagón que acababa de pisar era un vacío inmenso: un mensaje  sentado, viajaba a la velocidad de la luz; tardaba cincuenta mil  años en llegar desde el centro a la periferia.

La mujer se detuvo invisible ante el mensaje inerte.

El mensaje tardaría en volver otros cincuenta años: para  entonces, no existiría ya quien lo había enviado, no existiría  quien esperaba respuesta. Tampoco la mujer. Ni siquiera el tren.  Quizá ni la misma Galaxia. Ni el Hiperespacio. Ni el  Superespacio. El mensaje podría perderse por todas las entradas y  salidas que existirían en todas partes: en los espacios entre las  galaxias; en los espacios entre las estrellas; en el agujero  central de la curva interior del anillo sólido. En el Algo de la  Nada de Alguien.

Era allí y en infinitas veces, donde podría perderse el inmenso  contenido vacío del minúsculo mensaje invisible.

‑¿Madame?…

Un tren interminable.

‑¿Signora?…

Silencios opacos en los vértigos.

“¿Estaba el tren en marcha?”

“¿Estaba quieto?”

Puertas, ventanillas, pasillos, maderas alargadas, bloques de  acero sin que se viera el fin…

Voces en eco repetido.

‑¿Madame?…

‑¿Signora?…

No contestaba. De modo etéreo, surcaba por el tren sin final. No  podía verse, ‑no podía detenerse‑, pero en sus células volvió a  sentir la juventud. Las preguntas le parecían utopías: “¿Llegaría  un instante en que podría definirse y producirse objetos  económicos «a medida»…, y ello gracias a utilizar  calculadoras por análisis…, gracias a procedimientos  automáticos de fabricación?… ¿Se lograría un control limitado  del tiempo?…, ¿del clima?… ¿Habría una etapa donde el empleo  efectivo surgiera de la comunicación electrónica directa, a  través de la estimulación del cerebro?”… ¿Y ella? ¿Y sus  estímulos? ¿Y el anhelo exasperado del tren por alcanzar la  cordura, estabilidad, velocidad, seguridad?… Oyó gritos lejanos  en niebla de vapores. Proseguía vertiginosamente pasillos  adelante, en vagones enlazados: un viaje interminable. Todo, era  un frío tren vacío sin sentido, y ella no conseguía detenerse en  su búsqueda de puerta  a ventanilla, de picaporte a uno, y otro,  y otro compartimento. Inesperadamente se sintió fuertemente  sujeta.

‑¿Madame?‑ decía una voz.

Era Nadie. Un murmullo de júbilo la hizo volver la cabeza. Era  ella una mujer viejísima, las sienes plateadas como una abuela.  Asomó la cabeza y vio la radiante mañana del miércoles 15 de  septiembre de 1830. Parecía la inauguración oficial de un  acontecimiento: el ferrocarril entre Liverpool y Manchester, con  asistencia del primer ministro , el duque de Wellington. Miró  asombrada a casi un millón de personas apiñadas entre los dos  terminales y a lo largo del trazado. George Stephenson había  seleccionado ocho locomotoras para tal ocasión.  A la primera  “Northumbrian“, le seguían a intervalos siete trenes encabezados  por “Fénix”, “Estrella del Norte”, “Cohete”, “Dardo”, “Cometa”,  “Flecha” y “Meteoro“. Era la estación de Crown Street, en  Liverpool. Una banda de música acompañó el deslizamiento por  gravedad de los vagones que marchaban a lo largo del túnel que  conducía desde Liverpool hasta Edgehill, allí donde se  enganchaban las locomotoras y avanzaba el ferrocarril.

El viaducto construido sobre el Sankey Brook y el Sankey Canal,  hizo que la atención del duque manifestara exclamaciones de  asombro. Los trenes, entonces, ‑la mujer anciana lo veía‑,  alcanzaron la velocidad de 38 kilómetros, mientras que las  primeras locomotoras pronto llegaron a Parkside, a 17 kilómetros  de Liverpool.

En el hueco aislado de su ventanilla, la mujer oyó un grito. Era  un escalofrío. Los trenes se habían detenido para tomar más agua,  y a pesar de los avisos insistentes, alguien había desobedecido.  Carreras, pánico, chillidos. El ex‑ministro “tory” liberal,  William Huskisson, parecía haber mantenido el picaporte de una  puerta, a pesar de su reciente operación en una pierna que le  llevaba a la parálisis. La mujer no consiguió ver la llegada de  “Cohete”, cuarta locomotora que se acercaba a Parkside por vía  paralela; sin embargo sí oyó cómo el duque de Wellington gritaba:  “Huskisson, ¡vuelva a su sitio! ¡Por el amor de Dios, vuelva a su  sitio!“. Pero Huskisson, mantenía, al parecer, la puerta del  vagón de par en par abierta para que subiese la gente. No logró  cambiar su movimiento y retirarse a tiempo. El largo grito le  llegó a la anciana como un silbido de estremecimientos.  Huskisson, tropezando, había caído bajo el vagón segundo.  Mientras apresuradamente le oprimía un tenso torniquete el conde  de Wilton, la mujer escuchó una voz de temblores. “Voy a morir,  Dios me perdone“. George Stephenson hacía desenganchar dos  vagones de la “Northumberland” y los transformaba en ambulancia.  El propio Stephenson tomó el mando de la locomotora, subió a dos  cirujanos y al enfermo, y velozmente partió para Eccless Bridge,  hacia la vicaría del reverendo Blacburne. A 56 kilómetros por  hora salió hacia Eccless; luego reunió en Manchester a cuatro  cirujanos y volvió al moribundo.

William Huskisson, señora ‑escuchó ella a alguien‑, ha fallecido  a las nueve de esta noche.

El tiempo espléndido de Liverpool se nubló, y un viento portador  de lluvia rebotó en mil gotas sobre las locomotoras de  Manchester.

Entonces la mujer corrió y corrió, sabiéndose alada y alocada de  vagón a vagón, de vacío a vacío. El pasillo inaudito tenía ahora  todas las puertas abiertas. Era un túnel desierto. La mujer  envejecía y hacíase joven: era una niña, una anciana, una dama de  arrugas…, una adolescente. Lo notaba en sus poros. Viajaba  hacia Marte por el canal del espacio. Del espacio. Del  Superespacio de Galaxias unidas por cabinas.

Al fin, sintió una puerta. Algo hermético. Cerrado. Ella era una  vieja sin fuerzas que ya no podía más.

Abrió la puerta doblando sus esfuerzos.

Era Munich, Belgrado,Lausanne, Venecia, Zagreb, Ljublajna,  Sofia… Sentados charlaban animadamente, Proust, Morand,  Guatier, Cendrars, Zola, Greene, Flaubert... Se escuchaba música  de Strauss y de Berlioz. Los hermanos Lumière rodaban una  instantánea. John Ford preparaba su “The Iron Horse“. Buster  Keaton se vestía de Maquinista de la General. Tourjanski y  Bragaglia disponían sus cámaras.

‑Messieurs, présentez los billets si’l vout plait.

La mujer parada en el umbral, lo admiraba todo.

‑¿Signora?.. ‑escuchó.

‑¿Madame?…

Dio un breve paso.

‑Desearía saber si esto es…

En la esquina, dos ojos perspicaces la observaban.

‑…Estambul ‑pudo oír‑ El cementerio del “Orient‑Express”

‑¡Agatha! ‑escuchó la mujer de Ian Fleming.

‑¿Y usted?… ‑proseguían los ojos inquietantes‑ ¿Usted quién  es?…

La mujer dio un paso atrás estremecida.

‑¿Yo?…

Los ojos clavaron de un golpe la frase:

‑Señora…, me intriga quién puede ser usted… ‑e hizo una  pausa‑ ¿No sabe usted que esto es un cementerio?… La tumba de  Estambul

La miró y dijo suavemente:

‑Esta es una vía muerta… Señora, ‑con perdón‑, pero creo saber que usted se ha equivocado desde siempre, y para siempre, de tren  y de vida”.

José Julio Perlado: “El viaje inverosímil“.-(Finalista del Premio de Narraciones Breves “Antonio Machado”).-Fundación de los Ferrocarriles Españoles, 1996

(Imágenes:-1.-tren nocturno-shastaunset.com/2.-Pullman británico.-irtsociety.com/3.-Monet.-Saint-Lazare.-1877.-artchive.com/4.-Pullman británico.-cortesía de Orient Express.-irsociety.com/5.-Alfred Stieglitz.-all-art.org/6.-Orient Express.-latin.es)