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Posts Tagged ‘Alfonso Reyes’

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“”Hay gentes que van sobre el libro en volandas – decía Alfonso Reyes– y, sin embargo, no puede negarse que lo lean a fondo. Así Napoleón en Santa Elena. De Macaulay se dijo que absorbía los libros por la piel. La leyenda llegó a creer que Menéndez y Pelayo se quedaba con el contenido de una página en un solo vistazo y hasta pasándole los dedos por encima. Sterne se indigna contra estos tragones. Charles Lamb aun quiere una oración de gracias y una gradual preparación de ánimo antes de cada lectura. El Dr. Johnson decía que todo lo había leído apresuradanente en su juventud. Boswell piensa que todo lo rumió después lentamente a lo largo de los años. Y hay otros que, por obligación o por gusto, abren a la vez una novela, un periódico, un tratado de química, un ensayo filosófico, una revista de modas, al tiempo que califican varios ejercicios escolares.

(…) Al libro hay que llegar sin ser sentido. Ejercicio, casi, de faquir. Hay que acallar previamente en nuestro espíritu todos los ruidos parásitos que traemos desde la calle, los negocios y afanes, y hasta el ansia excesiva de información. Entonces, en el silencio, comienza a escucharse la voz del libro, medrosa acaso, pronta a desaparecer si se la solicita con cualquier apremio sospechoso. Por eso Sir Walter Raleigh pensaba que, en cada época, sólo hay dos o tres lectores verdaderos”.

 

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(Imágenes- 1- Picasso/ 2-André Derain)

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ciudades,.tbyyu,--.Madrid 1950.-Francesc  Català-Roca

 

El olvido intenta recuperar estos recuerdos de los que de vez en cuando estoy hablando aquí – ese despachito madrileño de la calle de Raimundo Lulio – y el recuerdo me lleva también hasta poemas que mi abuelo materno escribió a los 21 años. Nunca me habló él de su infancia ni de su orfandad. Quizá porque era Ortiz de Pinedo sencillo y humilde  y porque a un nieto no le interesen demasiado tales cosas. Tampoco me habló de la guerra. De cómo vivió la contienda en mi compañía más de tres años en aquel pequeño piso del barrio de Chamberí en el marco de un ejercicio heroico y devoto de abuelo dedicado a nieto. Tuve que enterarme después –por evocaciones directas de mi padre – de cómo una tarde de julio de 1936 (tenía yo entonces cinco meses) me llevaron mis padres, huyendo de las bombas que asolaban la Gran Vía de Madrid, desde la casa donde yo había nacido –  en la calle de Fuencarral  – hasta la casa de Raimundo Lulio. Allí me quedé más de tres años, en aquel pasillo de poesías y novelas, acunado por el estruendo de los proyectiles fulgurantes, atenazado por la potencia de los obuses, sobresaltado y preocupado siempre José Ortiz de Pinedo por su nieto; yo, en cambio, – como todos los niños del mundo – ignorante de toda contienda, correteando feliz primero por aquel pasillo y luego por la cercana plaza de Chamberí. Desde julio de 1936 a octubre de 1939 mi abuelo el escritor bajaba casi de madrugada entre los estampidos y las sirenas de las alarmas a hacer cola con los atemorizados madrileños hasta conseguir un bote de leche condensada para aquel niño que hoy escribe esto.

 

Madrid-unnhy-bomba en la Gran Vía- guerraenmadrid- por A Vargas- fuente AHM - SIPM

 

Por eso cuando Cansinos Assens, en su obra “La novela de un literato glosa a Ortiz de Pinedo – frecuentemente le llama Pinedo o Pinedito (como lo llamaba Villaespesa) – y, enlazándolo con su amistad con Emilio Carrere, habla de Pinedo como “aquel joven apocado que, no sin razón, se creía enfermo del pecho y lamentaba de antemano su muerte prematura “Es trágico – decía – morir así: solo, como un suicida. Yo querría morir de un modo solemne, patriarcal, en un lecho que rodeasen mi mujer, mis hijos y mis nietos, a los que bendeciría con mis brazos trémulos, y así extinguirme, dulcemente, como se pone el sol…”, hay que recordar a este otro Ortiz de Pinedo que tiene 56 años en plena guerra española y que se lanza “sin ningún apocamiento” cada madrugada, cercado por la angustia y por el hambre, pero sobre todo por la responsabilidad, en busca de la leche condensada que será la supervivencia de los suyos.

 

Cansinos Assens-vgt- abc es

 

Mis padres – por esos destinos de la Historia – habían conseguido salir de Madrid  y se encontraban, tras muchas vicisitudes, en Zaragoza. Yo me había quedado con Ortiz de Pinedo (y con mis otros abuelos paternos) en Madrid, un Madrid sitiado, un Madrid de refugios subterráneos, un Madrid  – que como todas las guerras del mundo – quizá ya es mejor no evocar. Pero en ese Madrid y a los 56 años mi abuelo ya había publicado, además de “Canciones juveniles”, Poemas breves” en 1902, Dolorosas en 1903, “Huerto humilde en 1907, “La jornada” en 1914, “El retablo de Don Quijote” en 1921. Eso en cuanto a poesía, y había entregado también al público diversas novelas a lo largo de los años anteriores a la guerra y numerosas narraciones aparecidas en en “El cuento semanal” o “Los contemporáneos”, como igualmente su aportación a los volúmenes dedicados a “Los poetas y a “sus mejores versos” (con prólogos a textos de Cervantes o de Alfonso Reyes) .

 

Ortiz de Pinedo- nnyu- El cuento semanal. marelibri com

 

Anoto todo esto como mero recuerdo aunque nunca se sabe si la aportación de un nieto pueda tener algún valor. Los prismas diversos desde los que se ven las figuras de las letras y las artes por sus familiares cercanos adquieren una densidad distinta y proporcionan siempre una peculiar iluminación. Pienso en los numerosos testimonios que rondan en torno a muchos escritores del mundo, sean ellos grandes o menores. Cada uno de esos recuerdos siempre descubre diversas facetas del personaje. No recordaré aquí más que algunos ejemplos entre muchos que podrían citarse sobre este aspecto de los testimonios familiares. Pienso, en el campo de la literatura alemana del siglo XX, las cruzadas opiniones que sobre el perfil de Thomas Mann han suscitado muchos miembros de su familia: hijos, hermanos, pero sobre todo – para mí muy queridas – las versiones de la mujer del gran novelista – Katia Mann – en sus “Memorias”. Pienso también en las opiniones dadas, dentro de la literatura rusa del XX, sobre el modo de ser de Alexander Solzhenitsyn: una, la de su primera esposa, Natalia Reschetovskaya, cuando el escritor ya ha dado a conocer “La vida de  Iván Denisovich” y “La casa de Matriona”; otra, la de su esposa segunda, Natalia Svetlova, cuando Solzhenitisyn vive en Estados Unidos. Podrían añadirse igualmente -ya en la narración corta norteamericana – las dos aportaciones que sobre el gran cuentista Raymond Carver hacen también, por un lado su primera mujer, Maryann Burk – en plena ebullición del alcoholismo del autor –, y por otro su segunda mujer, Tess Gallagher. En el campo español, los testimonios son asimismo innumerables; sólo por referirme a uno, anotaré aquí los recuerdos de Zenobia Camprubí en su libro “Vivir con Juan Ramón”.

 

Berlin, Thomas Mann mit Gattin

 

¿Qué quieren decir esos testimonios, vivencias y recuerdos? Que los enfoques de los familiares hacia las figuras de las artes o las letras proporcionan generalmente una nueva variante: se les ve a los escritores y a los artistas de modo cercano, a veces envueltos en su clima de intimidad, y siempre desde un ángulo distinto. En el caso de Ortiz de Pinedo yo sigo sentado ante él en este despachito de pantalla verde y cortinas azules de Raimundo Lulio, a ver qué me cuenta de la vida pasada, pero este hombre menudo, de lentes alados sobre la cumbre de la nariz, no me habla de la guerra – él, que ha bajado por esas escaleras  en busca de alimento para su nieto – y tampoco mucho de su obra, esa larga aportación minuciosa de sus manuscritos en prosa y en verso, sus tenaces y continuas gestiones para publicar aquí y allá, enviando sus cosas a “Blanco y Negro y a “La Ilustración”, y, – como recuerda Cansinos Assens -, “ que siempre andaba a la busca de un editor propicio”. Tampoco de sus colaboraciones en la mejor revista del modernismo, Helios”- como evoca Ricardo Gullón en sus “Direcciones del modernismo”- , aquella Revista que empezó a publicarse en 1903 y seguiría con sus catorce números hasta 1914, la Revista en la que Ortiz de Pinedo es compañero con sus escritos de Jacinto Benavente, Angel Ganivet, Emilia Pardo Bazán, Antonio Machado, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón y tantos otros, entre ellos de Emiliano Ramírez Ángel, a quien mi abuelo conoció mucho. De eso no me habla Ortiz de Pinedo y de eso me enteraré yo después.

(una pequeña evocación familiar y literaria – y también madrileña – que de vez en cuando continuará…)

 

Emiliano Ramírez Angel- grd- Ramírez Angel con Galdós y Victorio Macho- abc es

 

(Imágenes.-1.-Catalá Roca- Madrid 1950/ 2- bombas en la Gran Vía de Madrid durante la guerra- guerraenmadrid- A Vargas- fuente AHM (SIPM)/ 3.- Rafael Cansinos Assens.- abc es/ 4.-portada de una novela de “El cuento semanal”-marlibri com/ 5.- Katia Mann y Thomas Mann en Berlín-1929-wikipedia/ 6.-Emiliano Ramírez Angel, con Galdós y Victorio Macho– abc.es)

 

 

 

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libros.-4wwcv.-Agnolo di Cosimo.-Retrato de Lucrezia Panciatichi.-detalle.-1545“La amistad de los libros es una imitación atenuada de la amistad de los hombres” – recordaba Alfonso Reyes. Siglos antes Lope ya se había pronunciado: “Es cualquier libro discreto, un amigo que aconseja y reprende en secreto“.  De “La amistad en la vida y en los libros” – el interesante volumen del argentino Ricardo Sáenz Hayes – ya hablé en Mi Siglo. También de las primeras lecturas de algunos escritores: Naipaul, por ejemplo, de la influencia

libros.-134.-Karen Kilimnik

de los libros en su vida. Y sobre la lectura y su necesidad para el hombre Harold Bloom, entre muchos otros, evocaba que leemos a Shakespare, Dante, Chaucer, Cervantes, Dickens y demás escritores de su categoría porque la vida que describen es de tamaño mayor que el natural. “Éste es, pues, el mérito de Shakespeare decía Samuel Johnson en el prefacio a sus obras teatrales -: que sus dramas son el espejo de la vida; que aquel cuya mente ha quedado enmarañada siguiendo a los fantasmas alzados ante él por otros escritores pueda curarse de sus éxtasis delirantes leyendo sentimientos humanos en lenguaje humano, mediante escenas que permitirían a un ermitaño hacerse una opinión de los asuntos del mundo y a un confesor predecir el curso de las pasiones”.

libros.-6ggb.-Sylivia Beach en su librería de París

Cuando los escritores principiantes llegan a preguntarse alguna vez por qué escribir, parece que resonaran las palabras del italiano Gesualdo Bufalino: “Se escribe para recordar, para ser recordado, para vencer la amnesia, el silencio, el agujero oscuro del tiempo. Se escribe también para no morir, para durar. Se escribe como medicina, para consolarse, para consolar. Para volver inofensivo al dolor. Se escribe para ser feliz, se escribe para testimoniar, para dejar testamento de uno. Se escribe para jugar. Se escribe para darle un sentido a la insensatez del mundo. Para evocar. Para bautizar las cosas, para prorrogar la vida, para persuadir, para seducir. Para profetizar. Para lavarse el corazón. Para conocerse, para saber quién somos”.

libros.-eewb.-Bronzino.-detalle del Retrato de un hombre joven.-1530

Y cuando los lectores principiantes llegan a preguntarse alguna vez por qué leer, parece que resonaran entonces estas palabras de Harold Bloom: “leemos porque no podemos conocer a fondo a toda la gente que quisiéramos; porque necesitamos conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los demás y cómo son las cosas. Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podemos utilizar para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee.

libros.-789.-Paris.-La Librairie de la Lune.-Brassaï.-1930

(Imágenes:- 1.-Agonolo di Cosimo.-Retrato de Lucrezia Panciatichi-detalle.-1545.-Galleria Uffizi.-Florencia/ 2.- Karen Kilimnik.-2009/ 3.-Sylvia Beach en su librería de París.-1945.-David E. Scheman/ 4.-Bronzino.-1530/ 5.-Brasaï.-librería de la Lune.-1930)

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No hace muchas semanas he participado en un Simposio en Andalucía – concretamente en Jaén – sobre la figura humana y literaria de José Ortiz  de Pinedo, mi abuelo materno, y sobre toda la época de la novela y el cuento español a principios del XX, y allí evoqué, entre otras cosas, ese reino de las tertulias inolvidables, el recinto de los cafés y las palabras.

” Interesantes aportaciones – recordé en mi intervención – sobre aquella actividad de los cafés de la capital de España se han ido publicando a lo largo del tiempo, como, por ejemplo, “Las tertulias de Madrid” de Antonio Espina (en la que se habla, entre otros, de un amigo de mi abuelo, Emilio Carrere, en sus reuniones en el Café Varela, en la calle de Preciados esquina a la de las Fuentes) o, ya más recientemente, el volumen de Miguel Pérez Ferrero, “Tertulias y grupos literarios”.

“Por mi parte, respecto a los cafés, recuerdo perfectamente – como anécdota que me quedó muy marcada – cómo un día le pedí a Ortiz de Pinedo – era el año 1956 -conocer El café Gijón y allá fuimos los dos, abuelo y nieto. Yo esperaba que él, como escritor, me mostrara el ambiente cálido y literario de las tertulias, pero mi abuelo – desconozco por qué – eligió para verlo la primera hora de la mañana. Estaba el café recién abierto, las mesas vacías, las sillas apartadas, las limpiadoras ejerciendo su oficio. Entramos, y desde el umbral me dijo cariñosamente: “Éste es “El café Gijón, salimos, y ya no conseguí ver más. Luego, lógicamente, he vuelto por “El Gijón muchas veces, en alguna ocasión me he encontrado allí con escritores, aunque nunca he asistido a las tertulias. Pero no se me olvidará, sin embargo, aquella mañana en que me asomé con mi abuelo, José Ortiz de Pinedo, ante El Gijón” vacío”.

Café y palabras. Palabras y cafés. Varias veces he hablado en Mi Siglo de ambas cosas: la revolución de las cucharillas removiendo los posos de las conversaciones, las tazas repletas de opiniones, los camareros solícitos, el griterío del mundo alrededor..

.El mejicano Alfonso Reyes en su interesante libro “Tertulia de Madrid(Austral) evoca – como han hecho tantos otros – la famosa tertulia de “Pombo” en la que Ramón Gómez de la Sernase sienta, rodeado de los suyos, junto a una mesa que tiene las delicadas proporciones de un ataúd. Desde allí ve desfilar el tiempo, ve pasar a la Muerte disfrazada de camarero, ve pasar a Goya, a la de los ojos coléricos y al de la barba despeinada. De banquetes de tiempo en tiempo – banquetes organizados por la comisión R. G. de la Serna, Ramón G. de la Serna, Ramón Gómez de la S.. etc. etc -, publica proclamas. Lleva un registro en que firman todos los tertulianos. Es una de las últimas tertulias, y los guías la muestran a los forasteros (desde lejos) como una supervivencia“.

Pero ha habido innumerables tertulias. Testimonios menores pero verídicos recuerdan la tertulia del Café Español, frente al Teatro Real, tertulia de estudiantes y de aficionados a las letras y en cuyo café tocaba el piano un ciego, y cuando cerraba sus puertas, los dueños del establecimiento permitían entrar en la casa, donde se jugaba al mus y al amanecer se comía una tortilla. Tertulias como las del Café Regina, o la del Lyon d´Or, la del Levante o la del Café del Prado, en una de cuyas mesas escribía frecuentemente Jardiel Poncela. Tertulias itinerantes, como la que comenzaba en el Café de Platerías y terminaba en el Café Puerto Rico.

Conscientemente quedan muchas por enumerar. Díaz Cañabate escribió “Historia de una tertulia“, Ricardo Baroja pintó varias de ellas con su pluma y Pérez Ferrero, entre otros, paseó sus páginas por aquellos cafés llenos de palabras, palabras en “Cruz y Raya”, palabras en “La Gaceta“, palabras en Lhardy, en el Café Europeo, palabras en el Café de Madrid, en la Cervecería Inglesa o en el Café de la Montaña

Cafés y palabras, palabras con sorbitos de café, café y espuma de palabras…

(Ante la aparición de un nuevo libro: “Los cafés históricos“, de Antonio Bonet Correa)

(Imágenes:- 1.-café A Brasileira.-Lisboa.-elpais. com/ 2.-interior del Café Spert.-Viena.-1890.-elpais.com/ 3.-Henri Gervex.- escena de café.-1877.-Institute of Arts Detroit,.Francia.-elpais.com/ 4.-Benjamín Jarnés, Humberto Pérez de la Osa, Luis Buñuel, Rafael Barradas y Federico García Lorca.-1923.-elpais.com/ 5.-Emile Wattier.- café de París.-1820/ 6.-foto de familia del personal de un café parisino.-1900.-elpais.com)

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“Junto al Foro Cesáreole va indicando el poeta latino Valerio Marcial a alguien que le pide consejo para obsequiar con un libro – hay una librería, cuyas dos puertas están cubiertas de anuncios. Éstos dan los títulos de libros en existencia, y te bastará ver esta lista. Entra y pide mi libro. El dueño – que se llama Atrecto – tendrá el mayor gusto en mostrarte un lindo ejemplar de Marcial de su primero o segundo estante, y lo podrás adquirir por cinco denarios“.

Así lo cuenta el mexicano Alfonso Reyes – al que más de una vez me he referido en Mi Siglo al aludir a su “Tertulia de Madrid” – y sus paseos históricos y literarios que él recorre en “Libros y libreros en la antigüedad” (Fórcola) nos llevan, poco a poco, entre anécdotas y documentos, al costado de esos rústicos escaparates al aire libre que se extendían en las calles de Atenas o de Roma, rutas para curiosos hojeadores de ejemplares, antepasados viandantes de un Baroja en el XX por la madrileña Cuesta de Moyano o de tantos otros a la ribera del Sena en París.

Al evocar la vida cotidiana en Roma durante el apogeo del Imperio un excelente historiador como es Jérôme Carcopino habla de las lecturas públicas de los autores y de la tensa relación de éstos con los libreros, cuyas exigencias – dice – les llevaban a enriquecerse mientras quienes habían redactado los manuscritos solían vivir con estrechez. Alfonso Reyes recuerda también las falsificaciones de autores muy cotizados y en el caso de los “libros viejos” recoge las manipulaciones de volúmenes introduciéndolos entre ciertas semillas de cereales que les daba un falso aire amarillento de vejez, y de esta forma los libreros aumentaban el precio.

Las listas de libros de regalo existían igualmente hace siglos. Roger Chartier en su “Historia de la lectura” comenta que en la época imperial de Roma había tratados para orientar al lector en la elección de los libros y de cómo ponerlos juntos en una colección. Valerio Marcial, por su parte, cita una serie de obras preferidas que pueden escogerse para hacer un obsequio. Homero encabeza los autores, después va Virglio, ambos como textos escolares. Horacio, en cambio, no cuenta entre sus elegidos. Sí Cicerón, Tito Livio y Ovidio. Y Marcial recomienda igualmente a Menandro, a Propercio, a Salustio y a Tibulo . Libreros, libros y autores se han cruzado siempre en todos los caminos. Por encima de las épocas, a la hora de las ventas y las compras, quizá habría que recordar la copla tantas veces citada: “Dios te guarde, libro mío,/ de las manos de un librero, /pues cuando te está alabando/ es cuando te está vendiendo“.

(Imágenes: 1 -librería Shakespeare and Company.-París.- excessivebookshlef/ 2.-lourania/ 3.-lourania)

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Detrás de la botella de ron situada en el centro de la mesa, entre las manos de Ramón Gómez de la Sernaaparece escondido un secreto, según las últimas investigaciones llegadas a la prensa. En este célebre cuadro de Gutiérrez Solana, “La tertulia del café de Pombo“,  se ha descubierto una pintura bajo otra pintura y cuando nos acercamos a estas figuras – a Bergamín, a Tomás Borras, a Manuel Abril, al propio Solana y a Bartolozzi, entre otros – parece que estuviéramos en aquel 17 de diciembre de 1920 cuando la pintura se colgó en la Exposición del Salón de Otoño.

“Mucho tiene que viajar ese cuadro“, dijo entonces Gutiérrez Solana. El pintor asistía a las tertulias, y como refiere uno de sus mayores especialistas, Manuel Sámchez Camargo, en su “Solana(Taurus),” de “Pombo” prefería los vasos gordos de cristal, las grandes chuletas, el vino de Valdepeñas, la cerveza y los que entraban, estaban y salían, especialmente a la hora última. Lo demás no le importó nunca. Ël y su hermano Manuel, mientras presidiera Ramón, hubiera bebidas, espejos y luces azules de gas, estaban a gusto. Pero sin que calara Pombo-cripta en él. Sin embargo, como siempre, el pintor caló en Pombo, abriéndole el vientre y dejando su esqueleto colgado de cuatro clavos”.

RAMÓN escribiría su “Pombo“, célebre entre sus obras. Al Antiguo café y botillería de Pombo” – así se llamaba – se accedía por dos puertas y constaba de cinco gabinetes y un salón central, comunicándose todos por unos arcos, y sin dejar de ser independientes. Ante el álbum donde tenía que firmar todo aquel que llegaba por vez primera, Ramón le conminaba: “¡Diga usted su verdadero nombre!“. Ese era el rito. Los banquetes que en Pombo se dieron fueron numerosos: a Fígaro, a Ortega y Gasset, a Azorín, a Don Nadie...A Pombo llegó un día Picasso vestido de gran Arlequín, con motivo del estreno de su pantomima “La gran parada”, interpretada por los ballets rusos. En Pombo el mejicano Alfonso Reyes, autor entre muchos otros libros del delicioso “Tertulia de Madrid“, contó sus hallazgos históricos, como el descubrimiento de que los ahorcados de la Plaza Mayor eran desposeídos por sus verdugos de los zapatos, para que la gente que iba a pisarlos, después de la ejecución, como signo de buena suerte, no pudiera hacerlo.

Cuando Gutiérrez Solana cantaba en la cripta de Pombo requerido por Gómez de la Serna, decían quienes le escuchaban: “frente al estupor de contertulios y parroquianos, puesto en pie, emtona sus arias que duran largos minutos, sin que nadie se atreva a sonreir. Este recurso lo emplea Ramón cuando es necesario ofrecer “el número mejor del programa“.

De esa célebre pintura que refleja la famosa tertulia del café el propio Solana, en el Epílogo a su “España negra“, quiso añadir: “Es un cuadro a medio conseguir, y ahora verdaderamente siento el no haberle podido dar una forma más acertada y más decisiva. En el centro está nuestro amigo Ramón Gómez de la Serna, el más raro y original escritor de esta nueva generación. Está, pues, en pie y en actitud un poco oratoria: recio, efusivo y jovial, un tanto voluminoso, pero menos de lo que deseamos verle, para completar su gran semejanza con un Stendhal español o un nuevo Balzac de una época más moderna y menos retórica; cerca de él su cartera, esa buena amiga que siempre le acompaña, llena de pruebas de imprenta y dibujos, que hace rápidamente para ilustrar sus escritos, son comentarios gráficos admirables y que dan un encanto más a los artículos que publica casi diariamente en “La Tribuna” y “El Liberal“.

A su lado, Bacarisse, Coll, Bartolozzi, Cabrero, Borrás, Bergamín, Abril, y encima, el prodigioso espejo de Pombo, este espejo cinematográfico, cuya luna patinada cambia constantemente de expresión: unas veces nos sugiere ideas antiguas, nos transporta a la época de Larra; los viejos con grandes levitones y las enormes chisteras, los fracs, las corbatas de muchas vueltas y los chalecos rameados, de los que cuelgan las pesadas y largas cadenas de oro. (…) Otras veces, este espejo se rejuvenece, y en los calurosos días de verano, en los meses de julio y agosto, cuando las puertas del café están abiertas, vemos pasar por ellas los tranvías iluminados y atestados de gente, los automóviles silenciosos y ligeros y los coches de punto, tirados por estos caballos siempre viejos y cansados, y ya más en las altas horas de la noche, los transeúntes que cruzan por las aceras o en el empedrado de la calle”.

Dos años antes de morir- murió a los cincuenta y nueve años, cincuenta personas fueron a su entierro -, Gutiérrez Solana hablaba aún de este cuadro confesando: “Ramón tuvo ese empeño. Yo lo hice con mucho gusto. Pero me llevó mucho tiempo. Nunca venían los contertulios cuyos retratos tenía que pintar“.

Solana bebía y cantaba, amaba los gatos, los relojes, los fetiches, las viandas bastas y el áspero vino. En la madrileña plaza de Santa Ana, a sus acompañantes, les iniciaba en el rito de la libación de la cerveza. Además de ir a “Pombo” asistía a la tertulia del café “Nuevo Levante“, en la calle del Arenal, donde se reunían Ricardo Baroja y su hermano Pío, Azorín, Valle-Inclán. De él se dijo: “su agudo espíritu de observador de fealdades y miserias le hizo a un tiempo literato y, sobre todo, pintor“.

(Imágenes:- “La tertulia del café de Pombo” de Gutiérrez Solana/2.- el banquete a Don Nadie en el café Pombo- elpasajero.com/ 3.-Ramón Gómez de la Serna.-dipity. com)

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“Hay noticias en Madrid, por la España desconocida, que aparecen de pronto, apartando las telarañas del tiempo y haciendo luz –la puerta entreabierta– en la penumbra de una celda olvidada ante la cual quizá pasamos todos los días. España está llena de enterradas noticias, tiempos de tierra pisándolas, campos de novedad dormidos en el tiempo. Un día, la bocanada de aire en la página de un libro, el soplo de una conversación desempolva esa arena acumulada y nos muestra vivo, el hueso descarnado. He ahí, en las revueltas del Madrid gigantesco, el hueso de la Colina de los Chopos, patio de las adelfas bautizado por un gran poeta muerto.

¿Quién no ha subido la calle del Pinar, en la Castellana, alcanzando los altos del Hipódromo, y no ha entrado en el aire –hoy ahogado de casas– allí donde las fronteras lindaban con Levante en una gran parcela de terreno propiedad del conde de Maudes; al norte, solares de distintos propietarios, y a poniente, quedando cortada la línea de un canalillo para bajar en rápido desmonte, los jardines del entonces Palacio de Industria y descender de nuevo a la Castellana?

Pocos. Acaso muchos. Posiblemente, nuestros abuelos o nuestros padres. Ahora hemos ido nosotros. Como a un cementerio de recuerdos, el patio de las adelfas que Juan Ramón Jiménez plantara allí está, con sus tres grandes adelfas rojas y con su adelfa blanca, desierto, rumoroso de pájaros; esos cuatro anchos marcos de bojes traídos desde El Escorial, esos cuatro arbustos de hojas lanceoladas, coriáceas, persistentes, a veces venenosas: flores grandes de varios colores y fruto en folículo. Flores que crecen a orillas de los ríos y que pueden alcanzar cinco metros de altura. Aquí están. A orillas de ventanas, a la ribera de pisos bajos: en el claustro de arenas y de hojas, silenciosa y retirada meditación para crear versos.

Juan Ramón, García Lorca, Antonio Machado, Claudel, Paul Valéry, Max Jacob, Alfonso Reyes, Valle‑Inclán, Alberti, Pedro Salinas. Estos y muchos nombres más han paseado por aquí. Hoy no queda sino sentarme y escuchar. Es Alberti quien habla: Casi una celda, alegre, clara. Cuatro paredes blancas, desprovistas. A lo más, un dibujillo a línea de Dalí, recién fijado sobre la cama del residente de aquel cuarto. Porque estamos en la Residencia de Estudiantes, sobre los altos del Hipódromo madrileño. ¿Una celda?. Quizá más bien una pequeña jaula suspensa de dos adelfos rosados, abrazada de madreselvas piadoras, vigiladas por largos chopos tembladores, hundido el ancho pie en el Canalillo de Lozoya. Y todo al alcance de la mano: flor, árbol, cielo, agua, la serranía sola, azul, el Guadarrama ya sin nieve.

Todas con el cabello desparcido

lloraban una ninfa delicada…

Pausa. Dislocadora interrupción admirativa, la mil y una del que lee en voz alta las octavas reales del poema. (Y mientras, desde la ventana: dos gorriones estridentes atacándose, ocultos, sacudiendo el olor a enredadera que gatea por el muro; el jardinero espolvoreando de plata, hasta doblarlos, los rosales, y el “manso viento” siempre..)

cuya vida mostraba que había sido

antes de tiempo y casi flor cortada.

Silencio. Nuevo silencio apasionado, casi ahogada la voz de quien recita ahora, fuera los ojos de la página, más verde aún su baja morenez contra el blanco extendido de las almohadas.

Muy pocos años tendría entonces Federico García Lorca. Apenas veinticinco. Y, desde aquella tarde, la égloga del poeta de Toledo, oída al de Granada, se me fija por vez primera, estampada sobre aquel paisaje de Madrid, ya para toda la vida.

Ha terminado de escribir Rafael Alberti su paisaje. A mí no me queda sino levantarme de esta piedra donde estoy sentado y caminar. Que marche mi mirada hacia las lejanías del Guadarrama. Pero Madrid lo impide. Y la puerta que ha abierto la noticia parece entrecerrarse”.

(José Julio Perlado .-“El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes“.-páginas 156-157)

(Breve evocación a los cien años de la Residencia de Estudiantes: 1910-2010)

(Imagen:.-La Residencia de Estudiantes.-wikipedia)

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