ESTO ES TRASHUMANCIA ( y 3)

 

 

”Pasa un día así, largo y pesado. Un día que retrata mi cuaderno, y como éste, cientos de días iguales  y extendidos que nadie encuentra. Al atardecer, camino de Soria, el Joven acaba confesándome que desde meses es casado; se le avivan las miradas al hablar; desde hace dos meses es casado y es la primera vez que se separa… Camino de Soria está Numancia, soledad, historia que nos contempla. Ya se ven más gentes, arrapiezos, ancianos, mujeres; algun buey, un último reflejo que quita el frío, calienta y no quema. Y después, la noche.

Una vuelta en el día. La madrugada cambia nuestro paisaje. Es lomo sobre lomo, por las calles de Soria, como llegamos a la estación: se ha muerto el campo. En la placita situada detrás de Correos hacen parada olores, ruido de pasos. Ya se van los pastores  a la Extremadura, y un silencioso encierro, un entierro, penetra en el corral. Se está quedando la tierra triste, oscura, y alguien grita “¡Eska, eska, eska la Vieja!”, azuzando las varas. Ya se van los pastores, ya se van marchando…; más de cuatro zagalas quedan llorando, y unos bobalicones  miran boquiabiertos sobre las vallas, por entre las rendijas.

 

 

Es la hora en que el ganado presiente que todo va a ocurrir.  Están agazapadas, revueltas, defendidas; son como enorme alfombra de orejas y pupilas, de patas, corazones, blanco color, pezuñas escondidas. Caras juntas y ojos abiertos. Poco a poco van entrando al fin. Es un callejón que lleva a los vagones. “¡Eska, eska, eska la Vieja!”, gritan los hombres del cayado. Con las dos manos, el Niño, el Joven, el Encarnado, colocan bien alguna cabeza torcida. Se las anima en el lomo con el palo. Pero no entran. Tienen que hacerlo los pastores en el callejón, pequeña plaza de toros de estación soriana, donde el público son los barrotes de vagones que esperan. El Joven entra el primero; ha de ponerse en cuclillas, ha de estirar su brazo y, alcanzando una oveja, atraerla hacia sí, abrazarla, él, casado de meses, la ilusión, el empuje, y la gracia. Y tras esa oveja otra y otra, hasta ochenta y cuatro. Hasta que, sofocado, enfebrecido, aplastado casi entre patas, oculto entre balidos, con un rasguño en la frente, con los ojos empañados de vapor, él, el casado de meses, el Joven, sale a rastras del vagón y cierra con candados. “¡Jalí, jalí “, dicen empujándolas. Y otro piso de vagón, y otro, y otro. Y más tarde otro vagón, y un segundo que aguarda, y un tercero que mira allí, en la estación, inerme.

 

 

Los ruidos no son campo ahora. Son bastonazos que resuenan mejor, son gemidos más claros; el sabor es pólvora. Pero este rebaño ha de ir en el ferrocarril como sea, amparado por el mayoral o no amparado, guardado por pastores, por el mansero, por los zagales, por los perros. A este rebaño le habrá de recibir el invierno en Extremadura. Por ello, porque ellas lo saben, entran despacio, asustadas, temblonas. Algunas se escapan de las manos, algunas se atrasan, algunas ya no balan. Media sombra de corral y medio sol en los tendidos de este encierro. “¡Eh, fíjate! “, dicen los bobalicones. “¡Hasta mayo no vuelven; menuda vida se pegan!” Y no saben ellos, los bobalicones, que el vagón cerrado con hierros las rodea de soledad y miedo. Ellos no saben que algunas, ya colocadas, aún se revuelven, cambian de postura, intentan escapar. En el piso bajo, en el entresuelo de barrotes y candados, caben más, entran mejor, pueden andar y moverse mientras los pensamientos del viaje rozan entre ellas. Pero en los áticos y en las azoteas, como enclaustrada su blandura, gimen y se lamentan en letanía, en animal oración. Cuando alguna no quiere entrar y se hace la fuerte, se busca un manso de cencerro grave que camina y camina anestesiándolas, adormeciéndolas, encantándolas, quitándolas la fuerza.

 

 

Suena un patear de ganado en la madera del vagón. Es como la explosión de la libertad ahogada, ese mirar férvido y caliente de las protestas. No se las logra dominar porque son criaturas, y ni con boinas al aire ni con varas se consigue esparcirlas. Cuando la última no se rinde, el Joven la coge en brazos y la mete entre gritos.  Existe hecha por Dios una lana en el lomo donde la mano aprieta. Existe un pie que empuja, un perro que las muerde y una voz extraña, rara, que las desconcierta. La recién nacida de la mañana es mezclada entre las sombras del vagón. Es su primer embarque. “Navegamos”, dicen los pastores clavando travesaños y cerrando las puertas. Navegamos con los ojos pardos, con los olores fuertes, con las piernas esbeltas. Son las doce en punto en mi cuaderno. La cámara se va retirando de los vagones y recorre en primer plano a los hombres, a los caballos, a las mantas. Película de Soria. Esta es la trashumancia de las ovejas”.

José Julio Perlado “Esto es trashumancia”  – (publicado en el Diario “YA” el 29 de noviembre de 1959, con imágenes del gran fotógrafo español Ramón Masats– Juntos hicimos el viaje y el reportaje- Masats tenía entonces 28 años; yo 23)

 

 

(Imágenes -1- trashumancia – voxpopuli/ 2- Ramón Masats -ara cat/ 3-trashumancia- 20 minutos/ 4-trashumancia- origen/ 5-Soria- el Semanal)

ESTO ES TRASHUMANCIA ( 2 )

 

 

Ramón Masats tenía entonces 28 años y yo tenía 23. El gran fotógrafo español y yo recorrimos juntos durante varios días los campos de Soria y de allí surgió este texto que hoy incluyo aquí , rememorando un reportaje y una experiencia realmente inolvidables:

 

”Amanece al mismo color con que soñamos despertarnos. Los ruidos son llamadas: una campana y una esquila. El paso de las ovejas, pequeños golpes que tientan al sol hasta que el sol asoma. “Y ahora navegamos’, dicen los pastores. Es verdad que este vocablo de la sierra soriana es palabra de mar, no de esta tierra. No de la tierra rugosa, que es fría a mi contacto y es vieja. Retrasan las ovejas los gemidos, husmean los arbustos; una piedra que hondea entreabre  un matorral y espanta una cabeza. Pegada a la madre, la recién nacida de la mañana trota su blanda caminata y embiste al aire. Este viento es la cola de octubre. Hacia el valle de Alcudia, hasta la región mariánica, hasta  esa Mancha, o Andalucía, o Extremadura de España, el olor del rebaño cuelga de las pupilas humedecidas, de las lanas musgosas, de las vértebras. La recién nacida de la mañana torea al matorral y los perros la rodean. Su bautizo será  esta laguna verde, fango desde los bordes, donde las blancas patas chapotean. He aquí el bautizo de Dios sobre una niña oveja. Se para ante el agua, duda, está indecisa; la apretujan los perros y cae de bruces; se baña, llora; luego, paso a paso, se endereza. Tiran los pastores unas piedras. “Tiren de nuevo – he de decirles  -. Es para hacerles una foto tirando piedras.” Luego se ríen de nosotros; me contestan: “¿Quiénes? “. Los que nos conozcan. “¿Por qué?” “Porque somos mucho feos”, me grita el Joven; y sin embargo tira una piedra. La recién nacida ya va delante, va entre dos madres, una adoptiva, otra verdadera. Ocho mulas y un perro se separan aparte. Suenan más voces: “¡Jaco, Jaco! ¡Ven por la manta!”. Luego, un silencio. “¡Hay que echarla en las yeguas!” “¿Lo qué?” “¡La manta!” Y se alejan.

 

 

Esto es trashumancia. Un rebaño de de seiscientas cincuenta cabezas que avanza entre “Leona”, “Violeta” y “Gento”, el “Lanas” y “Aparicio”, la jauría de perros guardianes que escoltan su presa. Cordel de trashumancia, sombras nómadas, orilla de pastores, caballerías, sol, balidos y tierra. El ejército de las ovejas asoma su frente de ojos doloridos, de húmedas lenguas. Miro mi reloj: diez y media; diviso un puente. Gallinas que de repente callan y cencerros que de pronto no suenan. Hemos parado. Se come de pie; se pican menudillos, jamón;  se bebe vino; las navajas se pinchan en tarteras. Después se lían los cigarros y se charla. Pregunto po un hombre apartado, un extremeño.”¿No es pastor?” Estaba esta primavera en la carretera. “Es viudo”, me dicen. Y se avergüenzan. Vuelve el camino al orden, ladran los perros, los caballos se yerguen, rompe a soñar el rumor de campana que cuelga de una oveja. Todas derrás del manso, silenciosas y estrechas. Todas por el itinerario de la cañada, como procesión de monte, paciente andar de sacrificio del que no se conoce la ofrenda. España, y pisándola, balando sobre ella, Soria, Guadalajara, Madrid, Toledo, Ciudad Real, la Mancha entera. España, y pisándola, bailando sobre ella, pestañeos, latidos, soplos, sudor, silbo, tierra. Toda nuestra jornada. Anual descubrimiento del Joven, del Callado, del Niño, el Encarnado, el perro, el matorral, el arbolado, la lana, los cencerros, el aire, la comida, la bota y la chaqueta. Esto es trashumancia. Albarcas, los zahones, el cayado y la pana, la boina y la pelliza, el alma entre la manta, la manta entre la lana y la lana en la oveja.”

José Julio Perlado – “Esto es trashumancia” – ( publicado en el periódico YA el 29 de noviembre de 1959)

 

 

(Imágenes -1- Ramón Masats -tendencias del mercado del arte/ 2- trashumancia – asociación forestal de Soria/ 3- trashumancia – destino Castilla y León)