“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (46) : LENGUAJE DE LOS ABANICOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS (46):  lenguaje de los abanicos

 

 

En determinado momento, tras haber reposado unos minutos en aquel banco de la calle de Fuencarral dándole vueltas al curioso tema de los mendigos, quise acercarme para ver más de cerca la impresionante puerta de aquel antiguo Hospicio que tenía delante y fijarme en alguno de sus detalles y comprobé que también a esa hora seguía abierto el actual Museo acogiendo visitas. Me asomé entonces a la zona de entrada, y de repente decidí, puesto que no tenía ningún plan concreto que hacer en esa tarde, dar una vuelta por el Museo, al que, por unas cosas o por otras, y a pesar de la cercanía con mi casa, no había visitado nunca. Me sorprendió ver que la entrada era gratuita, me adentré en una primera y luminosa sala de la planta baja que llevaba por título Patio de la Fuente de la Fama, un recinto acristalado y muy moderno por donde pululaban en ese momento grupos de estudiantes tomando notas, y allí descubrí enseguida, destacada entre fotografías y vitrinas y cercana a uno de los grandes ventanales, una réplica de la pequeña y esbelta figura de la famosa estatua de la Mariblanca, elevada sobre una serie de pedestales para que se la pudiera ver mejor, aquella estatua que se había colocado en 1630 en la Puerta del Sol coronando a la llamada fuente de la Fé o de las Arpías, que yo había visto muchas veces en el centro neurálgico de Madrid rodeada por el tráfico y los viandantes, y a la que, según la tradición de la época, los aguadores de entonces, en razón de la blancura de su figura, comenzaron a llamarla Mariblanca y así quedó su nombre. Allí estuve unos minutos observándolo todo y me dirigí luego a las escaleras para ascender a la primera planta, que pronto me pareció, quizás en razón de la luz de la tarde o tal vez por la distribución de sus salas, algo más oscura de lo que yo esperaba, acaso también por el contraste con los objetos que allí se exponían. Eran grandes muebles antiguos del siglo XVlll, algunos que parecían no habrían podido caber en las habitaciones y que en principio no me atrajeron demasiado, pero sí en cambio me interesó enseguida una serie de vitrinas que mostraban numerosos abanicos cuidadosamente colocados, y junto a ellos, cubriendo casi totalmente las paredes, unos cartones para tapices reproduciendo paseos de otro tiempo, el ir y venir de gentes por célebres avenidas de Madrid. En una pequeña anotación que acompañaba a uno de aquellos abanicos pude leer, inclinándome en el cristal de la vitrina, su título, “Velada musical”, datado, según se decía, en 1780, en papel y nácar, y allí estuve bastante tiempo asombrado de la riqueza de sus varillas que los años no parecían haber estropeado y con las que se sostenían láminas doradas formando medallones con pájaros, flores, trofeos, guirnaldas y corazones ardientes, atravesados por una flecha del altar del amor para mantener abiertos varios cuadritos de tela representando a una dama sentada con un libro, una joven con una pandereta y un caballero tocando un instrumento musical. En el ultramoderno mundo del móvil y de los mensajes instantáneos en que yo vivía cotidianamente y en el que por supuesto vivimos todos, pronto me vino a la memoria como contraste la distancia y también la eficacia de aquellos otros lenguajes que habían protagonizado los abanicos de las vitrinas, ahora mudos y en reposo, pero que en su momento habían cobrado una enorme vida superficial y ligera, una vida movida gracias a las manos de tantas mujeres que con ellos se abanicaban pero que también se citaban con sus enamorados y también se protegían o se aventuraban en salones y teatros. Recordaba cuánto me había entretenido aquel lenguaje de los abanicos cuando de un modo muy casual lo había descubierto al hojear libros de costumbres, aquellos movimientos muy calculados y perfectamente acogidos por la sociedad del XVlll: el abanicarse, por ejemplo, muy despacio, que significaba “me eres indiferente”, el mantener el abanico en la oreja izquierda, que era lo mismo que decir, “quiero que me dejes en paz”, el abrir y cerrar el abanico con el significado de “eres cruel”, el llevárselo a la nuca indicando “no me olvides”, el apoyarlo sobre la mejilla derecha correspondiente al “sí”, el apoyarlo sobre la mejilla izquierda correspondiente al “no” o el cogerlo con el dedo meñique que significaba “adiós”. Más de treinta y tres movimientos del abanico habían conseguido registrar los especialistas para clasificar aquel lenguaje de códigos semisecretos extendido tanto en Francia como en España y ahora cuando me alejaba ya de aquella vitrina y me detenía, a muy pocos metros, ante un cuadro lleno de luminosidad, volví a ver otro abanico, llevado esta vez en las manos de una mujer que, sentada entre varias figuras que bailaban, formaba parte de un paisaje. Era el llamado “Baile junto al puente en el canal del Manzanares”, de 1784, firmado por Bayeu, el cuñado de Goya, según se apuntaba en un cartel, una escena campestre de ambiente festivo tan frecuente en la Pradera junto al río Manzanares, cerca de la Puerta de Toledo. Era posiblemente un apunte del baile de contradanza, de origen francés, ejecutado aquí al aire libre con sus movimientos de vuelta, aprieto, pisoteo y puntapié en medio de una serena algazara. Casi inmediatamente al lado de ese cuadro quise detenerme ante otro Bayeu que igualmente me sorprendió, su “ Paseo de las Delicias”, un óleo de 1785, donde podía verse el antiguo y desaparecido paseo que bajaba desde la Puerta de Atocha hasta el río Manzanares, destacando sobre todo por su arboleda, un paseo que había sido mucho más popular que el famoso del Salón del Prado, y en él que se distinguían, como podía comprobarse en la rápida pincelada, las damas y los caballeros entremezclados con los llamados “majos”, “chisperos” o “petimetres”, curiosos tipos que pululaban por aquel siglo. Me vinieron a la memoria también antiguas lecturas sobre aquel Madrid del XVlll en donde las calles confundían a toda clase de gentes, el artesano se mezclaba con el militar, la señora con la criada y donde todos iban y venían sin distinguirse a veces por el traje, unos enlazados con otros, cantando a veces seguidillas, hablando de política, de moda, de tantas cosas, sin miedo a las murmuraciones y en un espacio de diversión. Siempre había sentido curiosidad por la palabra “petimetre” y por sus circunstancias, por sus hábitos y costumbres, la historia de aquellos hombres que se esforzaban en distinguirse por su cultura y por su gracia en un ambiente madrileño en el que todo el mundo presumía de poseer alguna habilidad. Pero lo cierto era que aquellos “petimetres” caían muchas veces en el ridículo cuando en las tertulias mezclaban sus juegos de naipes con sus curiosidades físicas, intentando deslumbrar con los adornos de sus atuendos, sus pañuelos y perfumes tan cercanos a la extravagancia y a la frivolidad.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius’ – Memorias

 

(Continuará)

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