“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (33): RELÁMPAGOS Y SONRISAS

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

———-

MEMORIAS (33): Relámpagos y sonrisas

 

30 mayo

en casa

Hace tres días, el lunes, de nuevo en “ La Central” con Ricardo Senabre. Una larga mañana muy interesante. Como nos ocurre siempre cuando conversamos tan agradablemente, pasamos de un tema a otros como hacen los amigos y acabamos hablando de nuestros lejanos años de Universidad, de los años de Zaragoza, cuando los dos estudiábamos los primeros cursos de Filosofía y Letras, aunque por muy poco tiempo no coincidimos en las aulas. Siempre nos lamentamos de eso, de no haber coincidido y de no habernos conocido entonces, pero lo cierto es que cuando Senabre llegó a Primero de Facultad yo ya vivía en Madrid, aunque a los dos nos unen recuerdos de grandes profesores. Enseguida hablamos de José Manuel Blecua y de sus conferencias sobre Góngora y Quevedo, pero sobre todo de Francisco Ynduráin que nos dio clase a los dos en años distintos, y yo aproveché para contarle a Senabre toda mi experiencia personal con Ynduráin, que él no conocía, cuando en el “examen de Reválida”, como se llamaba en aquellos años a la prueba final del Colegio para poder entrar en la Universidad y que era una prueba difícil (él también la sufrió), un examen oral ante una sucesión de catedráticos, tuve que ponerme en pie ante Ynduráin en el marco de un enorme escenario – era un salón en la Facultad de Medicina de Zaragoza – precisamente porque él me tocó como primer examinador, y enseguida me dijo nada más verme: “Hábleme sobre la generación del 98”. No titubeé, le expliqué a Senabre, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Le conté igualmente a Ynduráin que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, como yo siempre le he llamado ( Senabre me confesó que él le llamó siempre don Paco) , creo que quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron también examinando, pasé luego al de Historia con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso enseguida: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Senabre se reía y disfrutaba de todo aquello y evocamos juntos aquellas etapas lejanas que él también vivió. Después le conté las veces que Ynduráin y yo nos habíamos encontrado a lo largo de la vida, y cómo – ya en su casa de Zaragoza – me comentaba con aquella forma tan lúcida que él tenía los valores literarios, por ejemplo, que contenía “Luz de agosto” de Faulkner o “El Simplón le guiña el ojo al Frejus” de Vittorini; luego comenté su dirección de mi tesis doctoral sobre Gutiérrez Solana, y tantas y tantas cosas más, pero, sobre todo, le confesé a Senabre, cómo le había recordado de modo especial cuando subí a casa de Azorín la tarde de su muerte, en 1967, y en su casa de la calle Zorrilla le di el pésame a su viuda, Julia Guinda Urzanqui, de la que había hablado hacía muchos años en el examen de Reválida.

 

10 junio

– Me gustaría preguntarle – me dice hoy la periodista al entrar y nada más sentarse – : ¿ qué es para usted la vida?

– Pregunta muy difícil, señorita, es verdad. – le contesto bastante asombrado, y ante esa pregunta no tengo más remedio que guardar un largo silencio – . ¿ La vida? – repito pensando -. Pues mire usted – le respondo al fin -, la vida es un don y hay que aprovecharlo hasta el final, aprovecharlo en cada momento, hay que rendir y entregar las disposiciones que uno tiene, hacer rendir aquello para lo que uno cree que ha recibido unas aptitudes y cree que vale para ellas. Por otro lado, la vida nunca es trágica; sí, en cambio, dramática, en el sentido de que encadena una serie de tensiones y conflictos (si no, no sería vida), pero teniendo en cuenta que ante cualquier conflicto, sea el que sea, siempre hay salida, siempre hay esperanza. Incluso ante el conflicto final que cierra toda una vida siempre detrás está la esperanza. Esto no responde simplemente a una visión optimista de la vida sino a una creencia firme en la esperanza. Siempre hay salida. Un excelente dramaturgo francés, Jean Anouilh, se acercó a esto muy bien en el prólogo a una pieza suya, “Antígona”. Allí, al presentar a su heroína trágica decía: “piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin…” En ese “no hay nada que hacer” reside la tragedia. Antígona no tiene escapatoria. Pero la vida, como digo, no es trágica, cada día esconde y muestra pequeños o grandes conflictos que hemos de resolver lo mejor o peor que sepamos y que a veces nos pueden llenar incluso de angustia, pero para ellos siempre hay salida, siempre hay esperanza. En eso reside el drama. A la vez, y ahora que usted me pregunta sorprendentemente qué me parece la vida, me viene a la memoria una frase de Becquer en sus Rimas que quizá pueda ayudarme para darle una respuesta. Es una frase que siempre recuerdo. Becquer escribe: “ Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡tan breve es el vivir!”. Esta frase es una completa realidad. Muchas veces la tengo presente. Una gran realidad. Pero en medio de ese intenso y rápido relámpago que es toda existencia, al menos para mí ( supongo que aún no para usted porque es usted muy joven), hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena y que nos dan el sentido de las cosas. Recuerdo, por ejemplo, uno de ellos, al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de agosto, un relámpago en pleno día, un relámpago interior, si así puede llamarse: serían las ocho y media o nueve menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior, el día 15, una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí; cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco, mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si aún oyera ahora las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria; cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría; pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí, ¿qué había decidido?, a veces no se sabe bien lo que a uno le espera cuando ya ha decidido, sobre todo porque las sucesiones tras las decisiones felizmente permanecen ocultas, si no uno no andaría a tientas después de la decisión como suele ocurrir, uno toma una decisión que parece segura y definitiva, y en el fondo así es, pero cuando se creía ya todo resuelto sólo por haber tomado esa primera decisión, uno debe de seguir aún largo tiempo andando a tientas, empujado, sí, por la decisión, pero sin saber qué le aguardará a lo largo del camino. Es lo normal. Lo cierto es que esa escena que le estoy contando, ese relámpago vibrante en plena mañana de agosto siempre está ahí, no se cierra, y si yo creo que puedo cerrarlo y pienso en otra cosa, ese camino de arenilla invadido de sol y de luz lo que hace es apagarse momentáneamente, se queda escondido en mi memoria hasta que vuelvo a él otra vez, e instantáneamente vuelve a encenderse y me veo como siempre que me he visto andando sobre la arenilla en una mañana radiante de alegría y de sol. Estos son los pequeños relámpagos de los que le hablaba hace un momento dentro del gran relámpago que es la vida. Pero hay muchos otros relámpagos; otro, por ejemplo, que se abre es en París, en el Bois de Boulogne, en invierno, a media mañana, en diciembre, a final de los años sesenta: estoy ante el estanque, veo cruzar y venir e ir corriendo a mis tres hijos con sus diminutos abrigos azules y sus gorras rojas, son muy pequeños, tienen cinco, seis años, corretean, se persiguen, se empujan unos contra los otros, ríen, son felices, no saben qué les espera en la vida, no importa, nadie lo sabe, corretean, se ocultan, se empujan continuamente bajo ese pequeño relámpago del estanque que ilumina las aguas, un relámpago múltiple como este otro que se me aparece de pronto también iluminando un sofá de mi casa, o al abrirse la puerta de la calle, o en la mesa de un restaurante, ante la mujer que tengo enfrente. Esa es mi mujer. Al cabo de los años, esta mujer, de la que no quiero decir los años pero que ha cruzado conmigo muchas etapas de la vida, la encuentro sentada en el sofá, o escucho su voz llamándome cariñosamente al abrir ella la puerta de la calle cargada de paquetes y de compras, o la observo frente a mí escuchando una conversación en un restaurante. Ella no sabe que la observo. El relámpago es el mismo que se encendía en el camino cercano a Punta Umbría o en el Bois de Boulogne de París, lo que pasa es que el color de este relámpago es distinto. Aquí hay una iluminación de muebles, de trajes, de interiores, hay unos tonos ocres, grises, a veces blancos, hay unos almohadones, bastantes almohadones en el sofá, porque mi mujer los ahueca para proteger su espalda, para mantenerse cómoda y derecha; hay también unas grandes cortinas protegiendo los visillos, protegiendo a las ventanas. Apenas se escucha el ruido de la calle. Vivimos en un piso alto y el estremecimiento del relámpago, el paso del instante, no hace temblar los cristales, no transmite un color radiante como en Punta Umbría o como en el Bois de Boulogne sino que proporciona un tono gris, corriente, lo más corriente de la vida corriente y cotidiana. Yo amo lo corriente. Y usted me preguntará: ¿y a dónde quiere usted ir a parar con todo esto? Si lo pongo en el libro que estoy escribiendo, quizá eso también se lo pregunte en su momento el editor, o también algún lector: ¿a dónde quiere ir usted a parar con todo esto? ; pero le estoy contando, señorita, el paso simplemente de un relámpago por el comedor, nada más, no hay demasiadas filosofías porque no hay casi aquí ningún movimiento, parece que no hay ninguna emoción, tampoco tensión, pero es que en la vida felizmente no todo es tensión ni emoción: se presenta la escena de entrar en este comedor, de mirar al sofá: este sofá está escoltado e iluminado por dos lamparitas de luces tenues, amo las luces tenues de las lámparas, son luces de hogar, no me gustan las luces altas de los techos porque hacen frías las casas, y entonces, como le digo, sorteando estos muebles que ocupan el comedor, llego hasta ese sofá, hasta donde está mi mujer apoyada en los almohadones y la veo sonreír en cuanto entro y le doy un beso.Tendría que dedicar quizás un libro entero a esa sonrisa. ¿Pero cómo escribir páginas sobre una sonrisa? Ahora se vive a toda velocidad, se lee – cuando se lee- a toda velocidad, la levedad hace volar las frases, los libros, la atención, hay un pestañeo continuo dominando toda la atención, un deseo de fragmentación, una aceleración constante, entonces: ¿quién va a detenerse en un libro, en unas páginas sobre una sonrisa?; y sin embargo yo he de detenerme, me detengo, sigo de pie en la entrada de este comedor, es una sonrisa breve la de mi mujer, siempre he admirado esa sonrisa sobre todo cuando ha aparecido tras un enfado matrimonial, enfados intensos, a veces breves también, a veces largos, que duran una tarde, como ocurre en todos los matrimonios. Iba yo por el pasillo con mi enfado sobre los hombros, y de pronto, a mitad del pasillo me encuentro con la sonrisa inesperada de mi mujer, una esponja que borra el tiempo, que limpia el enfado, no me esperaba yo tan rápida y tan pronto esa sonrisa que me acaba de desarmar, una ausencia total de rencor, la limpidez total. Hablaría por tanto muchas veces de esa sonrisa, detendría quizás el relato para contemplar la sonrisa,, congelaría el movimiento y revelaría toda esa contemplación.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS