“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (31): CELA Y PICASSO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (31 ):   Cela y Picasso

 

 

– Y a eso es a lo que usted llamaba el otro día los “paisajes interiores”…

– Sí, precisamente a eso. Porque no son paisajes que podemos considerar a la manera tradicional, es decir, paisajes que nos llegan desde el exterior, que podemos ver de modo natural con sólo extender los ojos, sino que para mí eran diversos cruces y señales de muy variados sentimientos. Muy frecuentemente, como digo, algunos objetos corrientes y comunes que nos rodean nos llevan, al menos a mí sí me llevan, a evocaciones de confluencias inesperadas. Me ocurre, por ejemplo, con este otro objeto que tengo yo aquí delante, en este despacho, esto que está muy cerca de usted, ¿.lo ve?, voy a enseñárselo más detalladamente, éste que está encima de la mesa, permítame que se lo muestre, es este gran volumen, al menos en tamaño. Es un ejemplar, como ve, numerado, titulado “Gavilla de Fábulas sin amor”, editado por Papeles de Son Armadans en 1962, empezado a redactar, según dice aquí, el 4 de noviembre de 1961 en Palma de Mallorca, compuesto a mano, y que según se señala en esta última página, es original de Camilo José Cela y está acompañado por treinta y dos ilustraciones en color que fueron dibujadas por Picasso el día 13 de junio de 1960 en Cannes. Se añade también que los estuches y encuadernaciones se hicieron con tela fabricada especialmente por Gavaldá. Pues bien, éste es el libro que Cela me dedicó y regaló en 1967 cuando estuve charlando con él en su casa.

– ¿Qué impresión le causó Cela?

– Para muchos Cela era un hombre bronco. Para mí no lo fue. Yo le fui a visitar a la casa que aún conservaba en Madrid, en Ríos Rosas 54, aunque él ya vivía en Mallorca. Pero había muchos Celas dentro de su personalidad compleja. Hablamos de sus prólogos, de los prólogos que él había escrito para distintas obras suyas y para distintas ediciones y a él se le veía muy cómodo en aquella conversación. Hablamos también del oído que tenía que tener el prosista y de que para él, así me lo dijo, el oído del prosista tenía que ser más fino que el del poeta e incluso que el del músico. Me dijo que él había intentado reflejar la España de su tiempo, pero no el costumbrismo. Hablamos igualmente de sus muchos viajes por España y de la influencia de ambientes que él había recibido precisamente a propósito de esos viajes, del habla de las gentes… Hablamos, pues, de muchas cosas. Estuvimos más de dos horas. Luego comí con él y con Charo, su primera mujer, una persona encantadora, y al final, ante mi sorpresa, me anunció que iba a regalarme este ejemplar realmente valioso que usted ve aquí, este objeto que luego, al cabo del tiempo, cada vez que lo abro y contemplo de nuevo como ahora lo hago con usted, no sólo estas páginas de escritor con dedicatoria personal sino las ilustraciones del pintor, es decir, estos dibujos de Picasso trazados con la seguridad que le caracterizaba, me hacen pensar como contraste en los altibajos que suelen tener muchos artistas, no solo en los de Cela, que por supuesto los tuvo, pero también y principalmente en los de Picasso, que yo conocía ya bien, altibajos muy sorprendentes quizá, y muy bien revelados, espero que de modo sincero, por Francoise Gilot, una de sus mujeres, que describió escenas privadas de su vida en común en torno a 1947. Siempre me han interesado esos altibajos o esos ánimos y desánimos de los artistas, y de eso he escrito alguna cosa, porque son altibajos que también los tengo yo y porque son muy humanos y corrientes. Forman parte de los vaivenes del proceso creador, del que ya hemos hablado en otras ocasiones. Pero en el tema de Picasso, cada vez que contemplaba estos dibujos, me acuerdo que me sorprendían más aún sus titubeos, porque aparentemente Picasso parece un artista muy seguro de sí, y que se adentra impetuoso a romper moldes y a iniciar movimientos y al que en un principio no se le adivinan incertidumbres. Y sin embargo Francoise Gilot relata las lamentaciones del pintor cuando en 1947, con sesenta y seis años de edad y tras haber pintado en 1907 “Les demoiselles d ‘Avignon” o en 1937 el “Guernica”, y tras haber atravesado de modo admirable sus períodos azul y rosa y haber expuesto en medio mundo, se niega a levantarse de la cama para ponerse a trabajar. “Mi pintura, se lamentaba Picasso en aquellos momentos según cuenta Gilot, cada vez va de mal en peor, cada día trabajo peor todavía que el anterior, estoy terriblemente desesperado y me pregunto por qué he de levantarme, ¿para qué he de pintar?”, se lamentaba, a lo que Francoise , si hemos de creerla, contestaba: “todos tus amigos te aprecian, tu pintura es maravillosa, esta opinión es compartida mundialmente. A través de tu obra, puedes estar seguro de que algo va a cambiar. Hoy harás algo extraordinario. Ya lo verás cuando esta noche hayas acabado tu labor. Te sentirás un hombre completamente diferente”. Y Picasso, sentado en la cama, como un niño, preguntaba : “¿Sí? ¿Estás segura?”.

Estas cosas, pues, suelen ocurrir a los más grandes artistas y por supuesto igualmente a los pequeños. Son los célebres “bloqueos” que aparecen frecuentemente, tanto al principio, como a la mitad, como casi al final de una obra. Es una especie de inseguridad en uno mismo, un íntimo pánico escénico por si lo que uno está haciendo no está alcanzando las metas propuestas. Casi nadie mira hacia atrás. Prácticamente nadie lee lo que escribió en su día, es decir, uno no relee lo que ha conseguido, aunque haya supuesto aquello mucho esfuerzo, porque para el autor eso es ya cosa pasada, en el fondo uno no lo quiere recordar; lo que interesa y atrae y fascina es la obra futura; ésa, se dice, es con la que uno quiere acertar. Luego se acertará o no, pero eso es lo que le mantiene a uno vivo, eso es “ el proyecto”, como así lo quiso definir un filosofo español, la vida en proyecto continuo. Pero lo importante de todas estas consideraciones es, como le digo, que a mí con mucha frecuencia estas cosas me han ido surgiendo de la observación atenta de un objeto concreto, como si uno quisiera rememorar una contemplación a través de ese objeto. Hay objetos antiguos y familiares que extienden en derredor, aunque al principio uno no lo distinga, como un halo de evocaciones, y eso creo que ya se lo comenté al hablarle un día de ciertos muebles de la casa de la calle de Goya, por ejemplo cuando le hablé de aquel espejo en un cuarto sombrío, o de aquel vestidor cercano al pasillo donde yo casi veía imágenes o fantasmas; pero es que hay más: hay objetos que por la cercanía o porque con ellos hemos convivido en muchas ocasiones nos entregan enseguida atmósferas mezcladas, visiones, olores, impresiones táctiles, todo el vaivén de viajes y mudanzas, las conversaciones que se cruzaron sobre sus superficies y contornos, los ademanes, gestos e incluso los juegos; y al hablar precisamente de juegos me vienen ahora a la mente de improviso unos juegos concretos de cartas y silencios en otros escenarios, unos juegos de dedos y de guiños a los que yo asistí y en los que participé hace ya años, que enlazaban las manos de muchos miembros de la familia, e incluso de amigos que venían a visitarnos, juegos de cartas sobre un tapete verde encima de una mesa grande y redonda que entonces teníamos en una casa de campo al sur de España y que ahora está aquí, es ésta que usted ve en este despacho, la gran mesa donde trabajo y que guarda mucha historia. Esta mesa que usted ve es de madera maciza de nogal, con poderosas patas y ruedecillas para ser transportada, una mesa extensible, que perteneció a mi bisabuelo Adelardo, un hombre aficionado a la caza, padre de mi tía Amparo, gran viajero y gran conocedor de costumbres. No sé si era cierto o no pero lo que él explicaba, según me contó más tarde mi abuelo el escritor, era que esta mesa la había encontrada medio arrumbada y semi oculta en una tienda de antigüedades de Madrid, tampoco sé la fecha ni el lugar exacto, pero sí que apareció como si la mesa estuviera perdida entre valiosos relojes de mármol blanco, aguamaniles de granito y consolas de media luna. A mi bisabuelo al parecer le había cautivado desde el primer momento esta mesa, quizás precisamente por su sencillez al compararse con tantas esfinges y estuches valiosos. Según me contó mi abuelo, y era algo admitido ya por toda la familia, esta mesa había servido en muchos almuerzos importantes, entre ellos los reunidos en torno a Sagasta, el político liberal y varias veces presidente del Gobierno a finales del XlX, pero todo esto no sé en verdad si eran fantasías o realidades. Lo cierto es que esta mesa, que al principio estuvo en el comedor de la casa de la calle de Goya, al desmontarse ese piso, pasó a una pequeña casa de campo que tenían mis padres, y en ella, y sobre estas maderas, discurrieron muchas tardes de juegos de cartas. Recuerdo ahora perfectamente aquellas tardes en que llegaban algunos automóviles desde las casas y las fincas cercanas, aparcaban bajo los árboles o en la explanada, y mi padre se disponía ya preparado junto a esta mesa situada entonces bajo un olmo, el olmo que dominaba el jardín. Se congregaban en ese momento varias sillas blancas en torno a ese olmo, acabábamos de comer al aire libre, se extendía un tapete verde sobre la mesa y empezaba la partida. Se jugaba lógicamente en silencio. Resplandecían bajo el sol algunos sombreros blancos de los hombres, entre ellos el de mi padre, caídas las alas sobre las nucas porque hacía calor sofocante y el sol iba y venía siguiendo las horas, siguiendo el sendero que le marcaba la tarde: iba el sol desde el olmo hasta una pequeña casa que teníamos al fondo y en cuya buhardilla yo me había pasado la mañana escribiendo y el sol volvía e iluminaba fotografías familiares que en ese momento le estaban haciendo a mi padre o a mi abuela paterna que llegaba despacio, andando con sus pequeños pasos cortos y apoyada en su bastón, aquella mujer que me enseñó a rezar, como así creo que le comenté. Son imágenes fijas en un tiempo y en un instante, pero vuelven a mi memoria cada vez que toco esta superficie, esta madera, aunque ella ahora esté sosteniendo varios libros, muchas cosas, y hayan pasado muchos años. Para mí siempre será esta mesa la de los naipes y los veranos familiares, la mesa de las conversaciones, del azar y de la habilidad, cuando los dedos manejaban y escondían las cartas entre silencios calculados, miradas cómplices e incluso bromas, como aquel día en que mi tía Ángela, una mujer muy divertida, de sonrosados carrillos y brazos hercúleos, con un sombrero rojo que siempre llevaba puesto, hablando de su marido ausente, nos confesó la gris monotonía de sus almuerzos cotidianos, “Mi Vicente, nos dijo, es igual que estas cartas. Siempre pienso en él. En la comida nunca salimos de lo mismo de siempre: sota, caballo y rey”.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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