“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (30): LOS PAISAJES INTERIORES

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (30): Los paisajes interiores

 

 

19 mayo

 

– Me gustaría que me hablara usted uno de estos días, cuando quiera -me dice hoy la periodista -, de los que usted llama sus “paisajes interiores”, creo que es así como los llama…

-Sí, así es. Los llamo los “paisajes interiores”.
Pues mire usted, igual que recuerdo perfectamente, porque me interesó mucho cuando la leí en su día, la descripción de los muebles y objetos tan valiosos que narra minuciosamente Mario Praz – no sé si usted conoce a este gran crítico italiano – en su singular libro autobiográfico “La casa de la vida” cuando va invitando a recorrer el laberinto de su residencia romana de Vía Giulia y se detiene en la descripción pormenorizada de sus comedores, vestíbulos, dormitorios, pasillos y salitas de paso, pero sobre todo, algo que es más importante, cuando se detiene en la historia, en el volumen y la importancia de los objetos, en esa presencia viva de los objetos que él posee y que ha ido acumulando a lo largo de su vida, así yo – guardando todas las distancias que se quieran de evocación y de literatura con Praz, naturalmente -, acumulo también en mi memoria la presencia de algunos pequeños objetos muy concretos en torno a los cuales se han desarrollado escenas de mi vida y de donde han surgido
muchas historias. No es la mía por tanto la historia de una casa especial, como así quiso hacerlo Praz, sino la sucesión de objetos entremezclados y variados en casas muy diferentes. Uno de esos objetos, aunque quizá a usted pueda asombrarle hoy y le parezca casi increíble, es nada más y nada menos que un sencillo brasero antiguo, un brasero simple y corriente de los que antes se usaban en algunas casas cuando no había calefacción. Aún lo veo cómo viene por el largo pasillo de madera de aquella casa de la calle de Goya en Madrid de la que ya le he hablado varías veces. Era un brasero de hierro dorado que Berta, la muchacha de servicio, traía cogido con ambas manos por las asas, un brasero medio encendido que avanzaba hasta el comedor donde yo estaba, y aún recuerdo perfectamente su tapa, su badila y sus tenacillas. Luego Berta, lo recuerdo también, se arrodillaba en la alfombra, levantaba las faldas de la mesa camilla, colocaba y encajaba el brasero en el centro de la tarima perforada que igualmente servía de reposapiés, y con la paleta redonda de la badila removía poco a poco, de uno a otro lado, las blancas cenizas, escarbando y avivando bajo ellas las ascuas de granos rojos encendidos como tesoros diminutos que luego calentarían los zapatos y los calcetines de mi abuelo, el poeta y escritor, que solía acudir, como todos los domingos hacia las seis acompañado de Lola, su mujer, es decir, de mi abuela materna. Siempre que ahora recuerdo todo esto , veo que el poeta y escritor se sienta en ese amplio sillón de espaldas a la ventana que da a la calle de Goya, coloca los codos en los brazos del sillón, levanta un poco las manos, estira los dedos y sobre todo escucha. Esta mañana ha recibido una postal de Juan Ramón Jiménez y lo que está escuchando en este momento junto al brasero es la voz de Juan Ramón que le sigue hablando desde la postal : “mi querido amigo, llegaría uno a escribir sin gritos, a escuchar solamente el enorme rumor del gran silencio de oro del día, el hervidero de plata de la noche sin fin. Mándeme sus poesías. Crea usted, mi querido poeta, que yo no estoy bien ni mucho menos, y, lo que es peor, que nunca estaré bien; he jugado mucho con las sombras de la muerte. Le abrazo con todo mi cariño. No deje de escribirme”. La voz de Juan Ramón se extendía entonces sobre el tapete granate en aquellas tardes de mesa camilla, y aunque a aquella voz aún le faltaban cuarenta y siete años para morir, ya era una voz entre firme y doliente, resonando las erres y las eses en un eco contenido hasta los bordes de la postal, las nubes de las enfermedades inventadas por el autor de “Platero” pasaban por encima de las palabras y las palabras las iba pronunciando y repitiendo Juan Ramón en la mente de mi abuelo hasta que éste casi se las aprendía de memoria ( tanta veneración tenía por aquel poeta), y por lo tanto en aquel comedor, ausente él de todo otro tipo de conversaciones, mi abuelo seguía escuchando atentamente la voz de Juan Ramón y Juan Ramón le seguía hablando en prosa y en verso, permaneciendo siempre mi abuelo en silencio, las manos juntas, los codos sobre los brazos del sillón, los ojos entrecerrados, a lo largo de aquellas tardes en las que se congregaba a merendar parte de la familia.

– ¿ Y su abuelo nunca hablaba?

– Casi nunca. Dejaba que Lola, su mujer, se fuera peleando con las enormes pilas Tudor de su aparato de sorda que pitaban casi constantemente sobre el tapete granate y dejaba también que mi tía Amparo y su hermano Moisés discutieran de la sal y de las cuentas siempre oscuras que arrojaban unas salinas poco trabajadas que la familia mantenía a duras penas en Castilla.

– ¿Qué edad tenía usted entonces?

– Diecinueve, veinte años.

—¿Ya había comenzado a escribir?

—Sí, precisamente en ese comedor de que le estoy hablando, sobre ese tapete granate, ya había comenzado a escribir. Naturalmente, siempre que estaba solo y en silencio, que era en muchas ocasiones.

—¿Escribía un libro o cosas sueltas?

— Un libro. Una novela entera.

—O sea, su primera novela. ¿Usted no empezó como tantos otros por la poesía?

—No, la verdad es que a la poesía no le he dedicado prácticamente ningún tiempo. Me refiero como creador. He leído mucha poesía, he hablado mucho de ella. Pero en toda mi vida he escrito solamente dos poemas.

—Y esa novela suya, la primera, ¿de qué trataba?

—Era una novela con un fondo muy madrileño, muy de ciudad. La titulé “La vida de nadie” y era la historia de un chico sin documentación y sin apellidos, perdido por la ciudad por culpa de la guerra. Cuando la acabé – recuerdo que la escribí en unos largos cuadernos de anillas, naturalmente a pluma y, como le digo, sobre aquel tapete granate del comedor- , era casi  el día en que cumplí veintidós  años, la presenté ese año al Premio Planeta y sorprendentemente quedó finalista, quedó en el segundo puesto.

—¿No la publicó?

—No, tal como estaba al fin preferí no publicarla. Hoy tendría que volverla a leer y retocarla mucho.

—Y no se ha animado a ello…

—No, no me he animado.

—Volvamos, entonces, si le parece, a esos “paisajes interiores” de que me habla, a esas reuniones familiares y dominicales….¿Usted, siendo tan joven, no se aburría en ellas?

– No, no me aburría. En absoluto. Observaba. He observado siempre. Observaba, por ejemplo, los movimientos que unos y otros daban de vez en cuando a aquel brasero para avivar el calor, levantando un momento las faldas de la mesa camilla y dando un empuje más al cisco con la badila y observaba también a mi abuelo el escritor en charla siempre muda con Juan Ramón, como antes le decía, una conversación que excepto él nadie oía. Observaba igualmente, además del brasero, otro objeto situado frente a mí. Era un pequeño cuadro colocado al lado del pesado cortinaje que protegía del frío de la ventana y era obra de un gran pintor español, Benjamín Palencia. Siempre me lo quedaba mirando. Como aquellas reuniones eran largas, duraban toda la tarde, y yo estaba sentado en una silla entre mi abuelo el escritor y mi tío Moisés, frente por frente al cuadro, me acostumbré a mirarlo atentamente. El cuadro era una copia bastante buena de una pintura de 1945, empleando la técnica de óleo sobre el papel, titulada “La era” que había recibido la Tercera Medalla de la Exposición Nacional en 1941 y que, por lo que supe después, mi abuelo el escritor le había querido regalar a su hermana Amparo para que la pusiera en el comedor. Benjamín Palencia había pintado aquel cuadro en el jardín de su casa de Villafranca de la Sierra, en la provincia de Ávila, desde donde contemplaba con frecuencia una era que tenía delante. A veces la completaba con otras eras que observaba en pleno campo. Todos aquellos paisajes de lomas, cerros, árboles, labriegos, arrieros, también truchas y perdices, también cielos y vacas y cabras, él no sólo los pintaba sino que los tocaba a lo largo de su vida, y yo no podía imaginar mirando aquel cuadro con el intenso ocre de los bueyes y de los caballos, el blanco de las camisas de los hombres y el amarillo de las pajas, que Palencia, diez años después, en su casa madrileña de la calle de Sagasta, me lo iba a confesar directamente : “Mi pintura – me dijo entonces, en 1967, cuando fui a visitarle -, es eminentemente táctil. Yo pinto tocando, yo voy buscando los cuerpos y los miro como si los tocase…, por eso también soy muy terrestre, y muchas veces, en verano, no solamente toco con los dedos, sino que me descalzo para andar por todos los caminos de España, para coger esta aspereza, este calor que tiene el paisaje español para llevarlo a mi pintura”. Era el tomillo, la labranza, las bestias casi minerales, las rocas como animales, el pastoreo y la tierra intacta junto a zagales, trashumantes, serranías y sembraduras. Todo lo tocaba con las manos y con el pincel. Sentado en unas rocas, Palencia colocaba el lienzo aún virgen sobre unas grandes piedras verticales e iba sacando de sus tubos la pintura que manejaba y mezclaba luego entre sus dedos y ya con los dedos manchados iba marcando el borde inferior de las mesetas, redondeando la curva de unos caminos que daban la vuelta a unos árboles. Escogía a veces unos colores tan violentos que parecía arder la tierra y me viene a la memoria cómo resplandecía “La era” en aquel comedor bastante oscuro del brasero y las alfombras de la calle de Goya. Pero como me enteraría mucho tiempo después por uno de esos cruces inesperados que da la vida, descubrí a través de unos papeles y lecturas, que precisamente Benjamín Palencia, el autor de aquel cuadro que ahora contemplaba en el comedor, se había encontrado muy joven, cuando sólo tenía dieciséis años, con Juan Ramón Jiménez, que entonces tenía treinta y nueve, el poeta que en aquellos momentos también seguía susurrándole palabras a mi abuelo en lo profundo de la habitación. Palencia, al parecer, se había acercado un día de 1920 hasta una librería de la calle Caballero de Gracia a la que también acudía el poeta y allí el librero no dudó en poner en contacto a los dos, al pintor y al poeta, por la admiración mutua que se tenían: iniciaron entonces una cordial amistad y pocos meses después Palencia dibujaría por primera vez unos poemas de Juan Ramón titulados “Fuego y sentimiento”. Por tanto, y aunque en aquel momento yo no me diera exacta cuenta de todo aquello, y reconozco que sólo llegaría a comprenderlo mucho más tarde, lo cierto es que en aquellas tertulias de la mesa camilla que teníamos la familia se estaba de algún modo entrelazando el tiempo, y por encima del tapete granate que cubría el brasero, se unían las palabras de un gran poeta con los colores vivos de un gran pintor, es decir, se unían a través de los años las obras de dos grandes amigos.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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2 comentarios en ““LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (30): LOS PAISAJES INTERIORES

  1. ¡Que interesante Profesor!
    Además me ha recordado mi niñez, mi abuelo tenia una pareja de enormes bueyes, que tiraban de una galera…. eran los animales más grandes que había visto en mi vida, hasta que pude visitar un zoo y contemplar los elefantes, claro.

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