“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (29) : EL SOL, LOS LIBROS, BEETHOVEN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (29):  El sol, los libros, Beethoven

 

 

18 mayo

en casa. 10, 25

Una jornada solitaria. Una jornada de descanso. Soliloquios. Lecturas. Apuntes.

Quizá tal vez influido por la conversación de ayer con la periodista, he aquí mi sueño de la noche pasada:
Estoy dormido y sueño que me levanto, me pongo a escribir y escribo que hace poco que he dormido y que quiero escribir un libro de interés. En ese momento me detengo y me pregunto si estaré despierto de verdad y no estaré soñando que escribo; pero no, ya no estoy dormido, escribo y escribo intentando escribir un libro de interés, deteniéndome a cada trecho para comprobar si no estaré dormido. Así, una y otra vez hasta que realmente me despierto y me decido a escribir que he estado soñando.

– por la tarde-17, 20

Al sol ahora, el de las 17, 20 de la tarde se le ve venir muy despacio. Viene de las zonas lejanas de Madrid, toca los barrios de las afueras, luego las casas más cercanas. Tuerce siempre por los tejados y enfila luego la recta que conduce hasta este cuarto donde escribo. Es un sol pálido en invierno y en primavera, sus cristales entran hasta el comedor. Estoy aquí como en un andén, desde hace años: el jarrón con flores, mi retrato cuando cumplí los cincuenta, otra fotografía de A. y yo sentados y contemplando la vida, el mueble de laca que sostiene a la estación inventada, una imagen, y a sus pies, una flor. Este sol de las 17, 20 se detiene siempre en este lado del cuarto, hay un baño de resplandor en las ventanillas del sol, los cristales se quedan quietos ante las puertas, no baja nadie, no sube nadie, no hay ruido alguno, es una sucesión de vagones transparentes que dejan en el suelo sombra y luz. Quedo siempre admirado. Excepto los días de lluvia en que el comedor se encuentra apagado y moribundo, las demás tardes aguardo inmóvil esta llegada liviana del sol que permanecerá aquí unos diez o quince minutos, el tiempo que se dedica a brillar con mayor fijeza sobre los marcos de las fotografías, el tiempo que pasa sobre las flores y el jarrón. Sé que el sol está lanzándome su señal. Mi mujer y yo mudos en el retrato nos dejamos bañar por este singular momento. Poco a poco las sombras se endurecen, los rayos se evaporan. Todo este andén del comedor va quedando suavemente gris, recién visitado, ya solitario. Casi no me doy cuenta cuando el sol se va, se está yendo del cuarto, se ha ido, la luz se disuelve, el sol volverá mañana a las 17,20. Aquí seguiré muchas tardes del año, sin moverme.

Por la tarde – 19, 00

Al fin de esta larga jornada solitaria, interrumpidos los diálogos con la periodista, me refugio hoy en la música. Escucho ahora, a las siete de la tarde, en el silencio del despacho y en estos ratos en que la casa está vacía, la Séptima de Beethoven, esa Sinfonía que tantas veces me acompañó. Especialmente ese segundo movimiento tan lento y dulce que siempre me sobrecoge. Este “Allegretto” lleno de ternura, subidas y bajadas llenas de matices, acunarse de tristezas y alegrías. Casi lo conozco de memoria. Con él he ido conduciendo mi automóvil muchos años por las carreteras de España. Con él también, con este “Allegretto”, trabajé una larga temporada. Fue mi reiterada compañía cuando estaba escribiendo sobre el ocaso de la vida, sobre la paralización de la muerte, sobre la paralización del tiempo. Una novela. Una utopía. Y allí escribí: “… como esos salmones que van tenazmente, determinantemente, casi a pesar de ellos, con una fuerza interior que les empuja y les invade de valor remontar el riachuelo preciso que les vio nacer, y ello lo hacen casi de modo ciego, por su impulso y su energía incansable, y de modo asombrosamente lúcido en su búsqueda de orientación…, sin dudar en medio del laberinto de aguas, volviendo una y otra vez a elegir el exacto camino entre mil caminos desorientadores…, así el hombre vuelve- lo perciba o no, lo desee o no – hacia su principio y su origen. Y tras largas ausencias físicas y espirituales, tras alejamientos que han llegado a durar una vida entera, el hombre se siente impelido a retornar al inicio de donde surgió. Y remontando todo ese río de vida al revés, todos volvemos doblando las embocaduras de la vejez y de la fatiga, arrastrados por el fluir de las edades imparables, como absorbidos por algo que nos vuelve a llamar y que, para atraernos, va despojándonos de vitalidad y de energía. Y son algunos de entre nosotros, los que retornan con pasión por volver; y son otros los que emplean un natural vigor en resistirse a todo ese gran vigor indomable, y aún hay otros, que no encuentran la esencia de ese olor que impregna el retornar de su camino (aturdidos por mil perfumes de la vuelta, y desconcertados mientras se agotan por no desconcertarse), exprimidas todas sus fuerzas, y sin darse cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos, han llegado a su fin, a su final”.

Continúo escuchando este gran Movimiento de Beethoven.

Por la noche – 21,00

Paseo por la casa antes de cenar entre libros y libros. Recuerdo aquella película: “El año pasado en Marienbad”:

Los pasos del que camina entre libros son absorbidos por las maderas, acogidos por las puertas que crujen conforme avanzan los pasos, habitaciones antiguas que reciben pasos interminables, libros interminables, libros y pasos que suceden a otros pasos y libros, cuartos cargados de autores amontonados, alineados, puertas y maderas que hacen resonar los pasos entre libros, autores encuadernados, autores deshojados, autores recobrados, autores vencidos, suelas de zapatos ligeros, pesados, tacones que aplastan las maderas, manos que empujan las puertas, silencios que abren el picaporte de los ruidos, que abren los labios de los autores, cabecean los lomos, duermen las páginas, los pasos del que camina entre libros rozan los índices, los prólogos, los pasos del que camina entre libros recorren ahora, sí, el costado de las hileras, los títulos, los hombros de los autores escuchan los pasos con sus espaldas unidas en las estanterías, las cubiertas unidas, las líneas también unidas y apretadas, los lenguajes mudos, los idiomas callados, los pasos del que camina entre libros van tocando los bordes de las investigaciones, los ingenios, las ficciones, las manos acarician al pasar la superficie de los ensayos, las imaginaciones, los argumentos, las ilustraciones, picotean los tacones sobre el tablón de las maderas y en esas maderas resuenan poemas de siglos de oro, siglos de plata, prosas, géneros, escuelas, generaciones, crujen estas maderas sobre escenarios de libros de teatro, filman los ojos mientras pasan secuencias y guiones, puntas de pies avanzan entre libros que danzan ante páginas de ballet, dedos mueven las hojas conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, sí, del que camina entre libros como lo hago ahora yo, tal y como me va llevando esta madera que cruje conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, volúmenes amontonados, portadas, espacios reducidos, fábulas en el suelo, tramas hasta el techo, discursos, narradores, personajes, poéticas, retóricas, las lenguas del lenguaje, rimas, pausas, versificaciones, monólogos, polifonía, tramas, los pasos del que camina entre libros apenas se oyen al final, silencios, silencios… libros que se van apagando tras los pasos, libros que se quedan solos, libros reinando en el tiempo, libros del año pasado, del siglo pasado, libros de todos los siglos cubriendo las estanterías hasta que mi ojo vuelva a cruzar otra noche el paso del que camina entre libros.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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