“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (21)- CÓMO ARREGLAR EL DÍA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (21):   Cómo arreglar el día

 

 

7 mayo

en “La Barranca” – Navacerrada

 

Alejado unos días de la periodista y de sus preguntas ( los dos hemos decidido hacer una pausa y reanudar nuestros diálogos la semana que viene ) -, hoy sábado aprovecho para huir de Madrid y refugiarme en este hotel al que a veces me acerco, sea en familia o sea en soledad, para estar en contacto con la naturaleza, escribir alguna cosa que lleve entre manos y sobre todo descansar. Este hotel, “La Barranca”, me gusta porque es un hotel tranquilo, situado entre árboles y rocas, rodeado de montes y con un diminuto río al lado. Como digo, he venido hasta aquí muchas veces con toda la familia, hemos venido a comer y a pasar el día, pero esta vez lo hago solo. He llegado hasta aquí en coche esta mañana poco después de las once, enseguida me han dado esta cómoda habitación que suelo pedir y que da al valle, una habitación que siempre me gusta. He abierto mi bolsa de viaje, he sacado mi cuaderno Miquelrius, me he sentado en la mesa cercana a la ventana, y casi enseguida me he puesto a escribir. Tenía ganas de escribir después de tanto diálogo. El día, que hasta ese momento era inmejorable, se ha ido estropeando poco a poco. Unas nubes han empezado a acercarse desde lejos. ¿Cómo es posible que un hotel tan cuidadoso – me he dicho mientras lo iba escribiendo en el cuaderno – no disponga de un día extraordinario, de una mañana excepcional? ¿Cómo es posible – continuaba escribiendo – que aquí no tengan preparadas unas mañanas magníficas? Entonces he dejado de escribir, me he levantado, he ido hasta la mesilla de noche, he buscado en la fila de botones que aparecen al lado de la cama el botón que señalaba “arreglos” y he pedido por teléfono que subiera cuanto antes un “arreglador”. En poco tiempo ha llamado a la puerta un chico joven, vigoroso y simpático, vestido de impecable mono azul y llevando al hombro una corta escalera mecánica y en la mano una caja de herramientas. Le he explicado lo que sucedía con el tiempo. Ha salido entonces a la terraza, ha colocado en la esquina izquierda la escalera y ha ascendido por ella hasta acercarse a la punta de la nube más oscura, una que asomaba por la balaustrada y que era la que más ennegrecía el día. “Estas nubes – me ha dicho el chico desde lo alto de la escalera – son nubes imprevisibles, nubes de temporada, las peores y las que más lata dan”. Con unas tenacillas y con gran cuidado ha ido separando el borde de la nube hacia atrás, plegándola en el cielo, alisándola, y luego, dando pequeños golpes, ha picado los bordes de la nube hasta que se ha roto en pedacitos, igual que diminutos cristales que han ido a caer al jardín. Después se ha trasladado a la parte derecha de la terraza y ha hecho la misma operación subiéndose de nuevo en la escalera: ahora ha separado unas nieblas gaseosas que impedían ver la luz y luego con un paño seco y muy suavemente, ha ido eliminando poco a poco unos hilos de niebla que quedaban hasta dejar todo limpio y que entrara el sol. ” El sonido del día – me ha dicho al bajar de la escalera – se lo dejo bajo, ¿sabe usted?, porque si no resuena en las demás habitaciones. De todos modos, junto a esos mandos, tiene uno para regularlo.” Entonces el chico ha salido, yo he cerrado el cuaderno, y he visto que esto es muy bien el embrión de un cuento, si no el cuento mismo, un cuento entero. Voy a tener que revisarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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