“LOS CUADERNOS MIQUELRiUS’ : MEMORIAS (12)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (12):   “París,  mayo del 68” y el teatro Odeón

 

 

3 mayo

Pero la periodista existe. Hoy llega  de nuevo, como muchas otras tardes, a las cinco en punto, preparada como siempre, con su cartera llena de notas, y su pequeña grabadora. Nada más sentarse me lanza la pregunta que sin duda trae muy pensada:

— El otro día me hablaba usted de la muerte de su madre y de que en ese momento vivía usted en París. Me gustaría que me contara algo de aquellos años. Creo que usted vivió muy de cerca la llamada “revolución” de mayo del 68.

Tardo un poco antes de contestar.

– Sí, es cierto. La cultura – le digo -, y así lo he pensado siempre, es una cosa y los vaivenes de la política son otros. Yo siempre he procurado escribir sobre la cultura, que es lo que en el fondo me interesa, aunque he tenido que escribir naturalmente de política. Las dos van por caminos distintos. Sí, estuve en la tan comentada y ya muy lejana “revolución” de mayo del 68 a la que usted alude. Eso es historia lejana. Pero sí, asistí a ella en primera línea y a la vez he de matizar enseguida al abordar tales sucesos que aquello, para mí y para muchos otros observadores, no fue precisamente una “revolución” sino una “revuelta”. Lo he dicho en muchas ocasiones. La revolución, incluso si no ha sido preparada – y así lo señalaba entonces un destacado historiador – desemboca en un cambio radical en las instituciones; la revuelta, al contrario, es un movimiento más imprevisible y que no está centrado necesariamente en el futuro; las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. He de evocar por tanto aquellas escenas vividas de lo que yo siempre he llamado “revuelta” deteniéndome en el parisino puente de Saint-Michel donde conocí a Daniel Cohn-Bendit, el líder de aquel movimiento de protesta, (él tenía 23 años y yo tenía 32) al mediodía de aquel 6 de mayo de 1968, aquel puente que en esos momentos estaba absolutamente invadido de gritos y banderas. También recuerdo la normal curiosidad que me empujó a seguir tanto a Cohn- Bendit como a la gran multitud de estudiantes que en avalancha le acompañaban detrás de sus banderas hasta pasar luego, quizás media hora o quizás una hora después, no sé bien lo que tardaríamos en cruzar, hasta la orilla izquierda de París para llegar después en tumulto al Barrio Latino y concentrarse aquella multitud estudiantil, y yo con ella, en la plaza Maubert. Habría esa tarde, según los cálculos que se hicieron, unos 10.0OO estudiantes ocupando ya El Barrio Latino, y rodeados por ellos y frente a ellos toda clase de vehículos y fuerzas policiales estratégicamente extendidas a lo largo del bulevar Saint-Germain y hasta el Odeón. Era indudablemente el escenario de una batalla. Y tengo presente también aquel café que hacía esquina, muy cerca de una Sorbona a punto de ser tomada, en el que tuve que refugiarme toda la tarde y en el que permanecería luego toda la noche transmitiendo crónicas telefónicas casi continuas a mi periódico. Los ojos juveniles y retadores de Cohn-Bendit enfrentados a la policía, multiplicados en una célebre fotografía que dio la vuelta al mundo, fueron esos días unos ojos omnipresentes. En una de aquellas madrugadas que me tocó vivir, probablemente sería en la madrugada del día siguiente, fui testigo de unas horas envueltas en humaredas de gases lacrimógenos y ulular de ambulancias mezcladas con manos estudiantiles lanzando adoquines arrancados de la calzada y con la niebla grisácea de los botes de humo. Allí vi pasar a mi lado a un Premio Nobel, Jacques Monod, llevando en sus brazos a una estudiante malherida. Y luego, días más tarde, evocando de nuevo aquellas semanas de París, exactamente nueve días después, el 15 de mayo, un espectáculo inaudito y sorprendente : la imagen luminosa, desordenada y nocturna del Odeón, del teatro Odeón, ocupado por los estudiantes y los obreros y abierto de par en par día y noche a todas las gentes. Estuvo así, noche y día abierto el teatro Odeón durante veintinueve días. Si se pudiera escribir una obra insólita para ser representada de modo espontáneo por los ciudadanos sin duda no habría otra mejor que la compuesta por aquellos diálogos nocturnos interminables a los que muchas noches asistí en el Odeón, aquellas conversaciones y reproches lanzados a gritos de un palco a otro palco y de butaca a butaca. No hay ningún director a quien se le ocurra tal representación. “¡Reinventad la vida!”, se gritaba desde un extremo a otro de la sala, “¡Vosotros sois el arte!”, se lanzaba desde otro lugar, “¡ Vosotros sois la revolución!”, se contestaba desde otro palco. Todas estas exclamaciones quedaban enmarcadas por los carteles que inundaban los pasillos : “La revolución es una iniciativa”, se leía en uno, “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, “Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”, “¡Sean sucios, pero azucarados jamás!”. Y aún me parece verme allí, leyendo aquellos “grafittis” que cubrían las escaleras y rincones del teatro y a la vez en el momento en que, desconcertado por cuanto estaba ocurriendo, volví a entrar en el gran patio de butacas permanentemente iluminado por las lámparas y levantando la vista hacia el techo quedé admirado por la belleza de aquel asombroso decorado azul en oro y púrpura, un admirable techo creado por André Masson y en el que podían contemplarse figuras inspiradas en Esquilo, en Shakespeare y en Claudel, enlazándose la pintura moderna con motivos plásticos del siglo XVlll. Aquel patio de butacas multicolor, invadido entonces de rostros, gorras, atuendos de mujeres y de hombres, madres de familia, oficinistas, comerciantes de barrio, obreros, agitadores, actrices, estudiantes – unos 4000 estudiantes se dijo que pudieron entrar y salir a distintas horas y en distintos días por las puertas abiertas de aquel teatro cuyo aforo no superaba el millar -, todos esgrimiendo a gritos las palabras, sus incesantes propuestas, los improperios y las ideas cruzadas desde los palcos a las butacas, todo aquel patio, como digo, me remitía de pronto, por una extraña asociación de ideas, a lecturas mías de tiempos pasados cuando aún estudiaba en la universidad y descubría, fascinado por su vanguardismo, aquella pieza de Pirandello, “Esta noche se improvisa”, escrita por el autor siciliano casi cuarenta años antes, en 1930, y en la que se representaba una especie de “teatro en el teatro”. Allí, en aquella obra de Pirandello, yo recordaba que los espectadores/actores confundían e intercambiaban sus voces y sus gestos sin seguir un aparente argumento – hablándose también ellos desde los palcos y desde las butacas, e incluso alargando su interpretación por el vestíbulo y continuando en el desempeño de sus papeles durante el entreacto bajo la dirección, recuerdo, de un tal doctor Hinkfuss que corregía, limitaba y reordenaba las intervenciones de los asistentes pero igualmente modificaba los elementos de la luminotecnia, los coros ambientales y la decoración. ¿Qué relación tenían el arte y la vida? El doctor Hinkfuss – es decir, la voz de Pirandello – aseguraba que el arte era el reino de la creación realizada, mientras que la vida se mostraba en una formación continuamente mudable. Ahora yo estaba allí, a altas horas de la noche, en el patio de butacas del ocupado teatro Odeón de París en el que desembocaban muchas vidas de las gentes, de los barrios, de las familias parisinas de la orilla izquierda y derecha, cada una transportando su protesta y enarbolando también su pretendida solución, vestidos de ellos mismos, con sus ropas de casa o de trabajo, y apareciendo a la vez como personajes inesperados (casi pirandellianos) y como actores que, sin querer, desarrollaban una insólita función. Aquello era parte del teatro de la “revuelta” y parte también de una erupción social que quería sabotear de inmediato todo lo “cultural”. Era un espectáculo que iba precisamente en contra de la industria del espectáculo y a favor de la creación colectiva y de la directa acción revolucionaria. La formación continuamente mudable de las vidas de las gentes, como aseguraba el doctor Hinkfuss, estaba allí representada, y en el escenario, junto a una larga mesa desnuda que podía ocupar cualquiera en cualquier momento, se levantaban dos banderas, una roja y otra negra, y un enorme estandarte en que se leía : “Estudiantes-Obreros, el Odeón está abierto”. Y aún más: aquella singular representación había desplazado y arrojado a los despachos interiores al verdadero director del teatro, Jean- Louis Barrault, y ese gran actor, mimo y director francés, tras haber intentado negociar en vano con los ocupantes, no podía ya hacer otra cosa que salvar de posibles pillajes los archivos más capitales y los objetos de mayor valor.

Pero no todo fue el Odeón y las masas estudiantiles, naturalmente, lo que yo viví en París. Hubo lógicamente muchos más recuerdos. Por ejemplo, el encuentro con un Miterrand joven al que conocí, aunque siempre que me he referido a este punto he querido añadir que mucho más interesante para mí fue la conversación que mantuve en su casa con el filósofo Gabriel Marcel o bien observar de cerca el rostro de André Malraux en el gran salón del Elíseo, en una de las conferencias de prensa que celebraba el general De Gaulle. Tenía entonces Malraux 67 años y hacía un año había publicado sus “Antimemorias” que me había apresurado a leer. En medio de la “revuelta de mayo del 68” él había dicho que la imaginación al poder no quería decir nada, porque no era la imaginación la que tomaba el poder, sino las fuerzas organizadas. El rostro de Malraux, al que en aquel momento veía asomar entre las sillas doradas de los ministros del General, era ya un rostro ajado en su expresión, un rostro fatigado de tanta acción anterior, de tantos hallazgos en el campo estético, pero detrás de aquel rostro había muchas aventuras vitales e intelectuales, mucha meditación y reflexión sobre el arte, y muchas obras escritas. Mucho más interesante entonces para mí, como digo, era aquella cabeza y figura de Malraux que la de Miterrand , con el que coincidí en uno de los salones del hotel Continental el día del vacío de poder en Francia, el día en que desapareció el general De Gaulle durante veinticuatro horas, en la última semana de aquel mayo parisino. Aquel día contemplé un Miterrand combativo pero desorientado respecto a su contrincante político, quien se había evadido misteriosamente del escenario y sobre el que Miterrand ignoraba dónde podría estar. Miterrand tenía entonces 52 años y no podía imaginar – aunque aspirara a ello – que trece años después sería Presidente de la República.

Y respecto a la conversación con Gabriel Marcel de la que antes le hablaba y que me interesó mucho no me olvido de sus ojos azules y de su rostro amable indicándome al entrar en su domicilio de la rue de Tournon, a un paso del jardín de Luxemburgo y del Senado, que, por favor, tuviera cuidado en no pisar los discos extendidos en el suelo que él estaba clasificando y ordenando en aquellos momentos, para removerse luego en su butaca y con una vivacidad sorprendente para sus 79 años hablarme, entre otras cosas, del hombre y de la técnica y decirme que en el fondo el hombre ha cargado las técnicas sobre sus espaldas, y no le será permitido descargarse de ellas. Pero el hombre, añadió, ha adquirido una suerte de obligación, y esta obligación es la de concebir en cualquier caso algo así como un contrapeso a esas técnicas, algo que sea, por así decir, una compensación de las técnicas en el plano espiritual. El valor de la contemplación y el valor de la mística, agregó, deben ser reconocidos como necesarios, tanto más cuanto que el mundo se encuentra cada vez más en la proa de la técnica. Hablamos largo rato de filosofía, de teatro, de la llegada del hombre a la Luna que había tenido lugar en aquellos meses y naturalmente de la “revuelta” de mayo. Una conversación inolvidable.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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