“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (10)

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo y aparecen los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (10) :  El olmo y el jardín

 

Me preguntaba usted hace un momento si las fotografías me ayudan a escribir. Naturalmente que me ayudan. Hay fotografías que para mí son todo un mundo. Ocurrirá eso sin duda en todas las familias, estoy seguro, porque todas ellas suelen tener una larga historia. Tengo presente, por ejemplo, una fotografía a media mañana que se hizo en un jardín. La estuvieron preparando en el jardín al que acudíamos cada año la familia y es una fotografía delante del arco de nuestra antigua casa veraniega, una casa señorial con un jardín presidido por un gran olmo. Yo estoy observándolo todo desde lo alto de una buhardilla en donde me he refugiado a escribir, algo que he hecho en todas partes y toda la vida, y entreabriendo la pequeña ventana de esa buhardilla veo desde la altura a mi padre abajo, de pie, junto al olmo. Se alarga una fina línea de sol que ilumina el sendero cruzando el jardín. Está mi padre sonriente junto al árbol, debe de tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años, viste una chaquetilla blanca, unos pantalones azules, un sombrero blanco y unos zapatos también blancos de verano, y esa foto la pasaré luego a mis hermanos y se la comentaré a mis hijos. Pero ya viene al fondo, por el sendero que recorre el jardín, andando muy despacio, mi abuela paterna, una figura pequeñita apoyada en un bastón, la cara ligeramente inclinada, un moño limpio y cuidadosamente recogido, un vestido negro con fondo de pequeñas flores y sobre todo una bondad andante, una expresión apacible y alegre, la mujer que años antes me enseñó a rezar. El césped del jardín se va abriendo a sus pasos muy cortos y cuando llega frente al olmo y contempla la foto de mi padre se detiene, apoya su bastón en la arenilla y observa despacio a su hijo como todas las madres observan a sus hijos, con una felicidad que la fotografía revelará. Todas esas fotos y muchas más que observo desde la buhardilla me parecen fotos muy jóvenes, mantienen esa frescura en papel de los primeros tiempos, antes de enmarcarse, antes de ser recubiertas por cristales, y ahora las veo pasar de mano en mano y oigo cómo las comentan en la tertulia familiar que solemos tener después de comer en verano, al aire libre, mientras unos tomamos café y otros juegan a las cartas en una mesa centenaria. Estoy sentado en una de esas sillas de rejilla esparcidas por el jardín, entra ahora un sol pálido por encima de las tapias y voy viendo que por esas fotos aún no ha pasado el tiempo, aún no se ha abierto ningún cajón para guardarlas, son imágenes que van de mano en mano fijando un instante irrepetible, todas las fotografías lo fijan, van acompañadas de palabras, las yemas de los dedos cuando las rozan resaltan aquí y allá un gesto o un contraluz. Yo aparto un poco la taza de café para extenderlas sobre el mantel, junto a la servilleta y las cucharillas, y me detengo en esa mirada de mi abuela contemplando el olmo y en esa sonrisa de mi padre junto al árbol, madre e hijo en un momento que no volverá a suceder. No volverá a suceder porque los instantes cambian y ese instante de mi padre junto al árbol, en cuanto pase poco tiempo será enmarcado y colocado en el aparador de nuestro comedor como algo irrepetible al lado de una fotografía de mi madre también irrepetible, tomada a contraluz, como si la envolviera una gasa, ella apoya su mejilla en su mano derecha y sonríe, y esos dos instantes de los padres los tendremos como presencia íntima durante años. Pero ahora, de pronto, quiero buscar esta foto de mi padre para escribir algo sobre él y no la encuentro: son los caprichos siempre de estas mudanzas porque el pasillo durante toda esta mañana ha estado invadido de cajas, yo he salido de mi cuarto a buscar la foto y sin querer he ido tropezando una tras otra con pequeñas montañas de libros que aguardan apilados en el suelo, cuatro hombres de la mudanza cargados de trastos me están pidiendo paso entre las cajas, son hombres rudos, hercúleos, intentan como pueden no rozar las patas de los muebles con las esquinas de las puertas, yo logro llegar hasta el comedor pero el comedor ya está vacío, es una habitación desolada e irreconocible, han descolgado cuadros y cortinas, pregunto en el pasillo dónde pueden haber colocado el aparador para salvar la foto de mi padre pero el aparador, me dicen, ya lo bajaron a la calle, ya está metido en el camión. ¿Y la foto? ; lanzo entonces mi mirada por la ventana mientras recuerdo todo esto y mi padre parece que hubiera desaparecido no solamente de esa ventana sino también de mi vida, me quedan solo pedacitos sueltos de él, recuerdos vivos, cuando, por ejemplo, aquel día, en el portal de casa, subiendo fatigosamente las escaleras, me confesó en voz baja, “Hijo mío, aquí me tienes, hecho un venerable anciano”, pero no, no lo recuerdo anciano en aquella foto que perdí en una de las mudanzas de no sé qué año, él no era aún anciano, presumía de caminatas y caminaba deprisa, precisamente una de aquellas mañanas antes de posar junto al olmo habíamos dado los dos un largo paseo y él me estimulaba siempre con su ritmo, pero ahora me alejo un momento de tantos recuerdos y tras la desaparición de mi padre me pregunto a veces, “¿Dónde está mi padre?”, “Padre, ¿donde estás?”. Entonces veo otra vez las pequeñas manchas en la piel que tenía mi padre cuando tomé sus manos entre las mías el último día, estando ya muy enfermo, e igualmente veo, años antes, sus piernas robustas marchando camino arriba cuando me llevaba de la mano, y después le veo a él, a veces vacilante y a veces enérgico, en varias fotografías colocadas en el comedor. Y todas esas fotografías me rodean.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

4 comentarios en ““LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (10)

  1. Sr Perlado,
    Llevo ya leídos los 9 capítulos publicados ya de sus memorias y en éste, el décimo, quizás por ser un número redondo, me he decidido por fin a escribirle.
    Supe de usted a través del libro “A Moscú sin Kalashnikov”, donde el autor, Daniel Utrilla, describe con detalle su forma de dar clase, que me dejó fascinada.
    ¡Ojalá hubiera tenido yo un profesor así a lo largo de mi carrera de Filología Hispánica!
    Y ahora, cada vez que leo un capítulo de sus memorias durante este largo confinamiento, disfruto tanto, que quiero agradecerle su inmensa generosidad por publicarlas en su blog. Y me encantará, cuando pasen estos tiempos tan extraños, poder leerlas todas juntas en su libro publicado. Muchas gracias.

    • Crispiris,

      te agradezco mucho el emotivo comentario que dedicas a estas Memorias. Durarán, en principio, hasta junio o julio. A mí me hubiera gustado publicarlas en un volumen y espero que un día eso ocurra. Pero los tiempos son extraños —y también repercuten en las editoriales — y he preferido en estos momentos esta modalidad de publicación. Pero un día —espero — se abrirán paso en un libro.

      Respecto a mi excelente alumno Daniel Utrilla, gran periodista, él fue muy amable al describir mis clases. También en estas Memorias — pero mucho más adelante — hablo de aquellas clases y de los estupendos alumnos que tuve y que han llegado a ser grandes profesionales.

      Muchas gracias por tus palabras y por tu interés al leerme.
      Con un afectuoso saludo.

      • Muchas gracias por tu rápida respuesta. La lectura está siendo un acogedor refugio durante estos tiempos. Así que encantada de poder seguir leyendo tus “Cuadernos Miquelrius hasta Junio/Julio. Y después, por fin, en forma de libro . Gracias de nuevo. Afectuosamente, Cristina Piris

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