“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (9)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo y aparecen los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (9) :   Mi madre y los retratos

 

 

 

—¿Qué recuerdos tiene de su madre?

 

—Recuerdo sobre todo a mi madre desvanecida en el pasillo, una, dos, varias veces, no sé cuántas, me acerco, yo tengo ocho, tal vez nueve años, no sé de verdad qué hacer, no sé si levantarle la cabeza del suelo o llamar por teléfono a mi padre.

-¿Estaba muy enferma su madre?

– Sí, muy enferma. Desde muy joven. Del corazón. Recuerdo que en el suelo del pasillo toco la cabeza de mi madre, corro hacia el teléfono, llamo a mi padre, vuelvo al lado de la cabeza de mi madre, levanto un poco su cabeza del suelo, tiene los ojos cerrados, no sé qué hacer.

– ¿Tiene muchos recuerdos de ella?

– No, no tengo muchos. Era una mujer rubia, muy guapa, falleció a los 58 años. En el día del santo de mi padre. En el momento de entregarle el regalo. Allí cayó desvanecida. Cuando murió yo vivía en París. De vez en cuando veo su retrato enmarcado en una de las paredes de mi casa y me esfuerzo por revivir escenas , pero como siempre en los retratos antiguos las escenas se alejan, se diluyen.

-¿Los retratos le ayudan a escribir?

– Sí, naturalmente me ayudan. Me sirven mucho. Tengo presente ahora por ejemplo en la memoria una fotografía familiar. Me sigo viendo en esa fotografía con mi primer traje de adolescente, la mano izquierda, porque así me la ha colocado ese día el fotógrafo, sobre el hombro de mi madre, y mi vida, como muchas otras vidas, aún no ha aparecido entera en el horizonte, como tampoco ha aparecido la vida completa en la existencia de A., la que más adelante será mi mujer, dibujada en ese otro retrato suyo realizado con lápiz negro y que destaca sobre este mueble ante el cual escribo. El dibujante ha ensombrecido su pelo, ha retocado su cuello de once o doce años y ha colocado una cinta blanca en lo alto de su cabeza de muchacha. Ahora las dos imágenes tras cristales distintos reposan sobre este mueble, sobre una repisa con otras tantas fotos de familia, y esas imágenes puras de juventud han llegado hasta aquí, hasta este despacho donde trabajo, a través de mil avatares, sin conocerse al principio, enlazándose después, y siendo año tras año responsables de todas esas otras fotos familiares que se extienden sobre muebles pero también sobre campos, arboledas, o sobre aquel banco en el que estamos sentados A. y yo con nuestros hijos junto al mar. Esas dos estampas de juventud son el germen de todo ello. Pero yo miro ahora al fotógrafo que sigue de pie, estoy al lado de mi madre, me han colocado junto a mi madre sentada y luciendo aquella melena rubia que ella tenía por aquellos años, cuando aún gozaba de salud, y también me han querido colocar casi en la esquina respecto a la posición de mis hermanos y algo lejos de mi padre situado al otro lado. Imagino que el fotógrafo dio unos pasos atrás escondiendo su cabeza bajo el paño negro de ocultación que se usaba en aquellos años para retratar y que, con la mano en el aire, echado su cuerpo hacia adelante y acompañándose con la voz, nos iba retocando las posturas, situándonos las manos, pidiendo una sonrisa – todos estamos serios – y dando al fin al flash, al relámpago que inmortalizará aquel momento.

Y el momento, entonces, quedó naturalmente inmortalizado y la vida se situó delante de mí prácticamente sin haberla vivido, como también se situaba la vida aún sin vivir cuando el dibujante, en otra ciudad distinta, terminaba de ensombrecer el pelo de A., la que sería con el tiempo mi mujer, y ella se levantó con sus once o doce años de la silla en que había posado. Debió de realizarse ese dibujo en la primera vivienda que tuvieron sus padres en Madrid o quizá en una vivienda del sur, no lo sé bien. Mi mujer me entregó años más tarde aquel dibujo y no me dijo más. Ella en cuanto concluyeran de hacerle el dibujo se refugiaría muy posiblemente en la conversación con sus hermanas, y yo, en una ciudad diversa, casi con toda seguridad y al terminar aquella sesión fotográfica, me desabrocharía el botón superior de mi camisa blanca que me estaba apretando el cuello y acaso me fuera a leer un poco al volver a casa porque en aquella época, a los trece o catorce años, yo ya leía muchísimo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”

 

(Continuará )

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