“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (7)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo y aparecen los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (7)  :  la casa de la calle de Goya

 

 

—¿Y eso lo vio usted en un solo momento, allí, en la Gran Vía? – me pregunta hoy la periodista.

– Pues no, todo eso no lo vi en un único momento, porque eso es algo que va creciendo poco a poco dentro de uno mismo a lo largo del tiempo, y que a veces, no se sabe por qué, se hace casi costumbre. Con frecuencia tengo inclinación a imaginar; sin duda es algo innato con el oficio de escribir. ¿Qué había antes aquí?, suelo preguntarme mirando ciertas calles de la ciudad. ¿Quién habrá vivido en esta casa? Es de alguna forma ese “aquí vivieron” de que le hablaba antes al referirme al libro de Mujica. La mano de la Historia ha pasado sobre los tejados y las aceras, y también sobre los interiores, la mano se ha llevado consigo las vidas de las habitaciones, las ha ido empujando hacia las puertas, las ha hecho bajar por las escalinatas hasta el vestíbulo, luego las ha depositado en la calle. Después , la mano ha dicho esa frase tan conocida que es como una losa que se cierra de golpe: “la vida sigue”. Y efectivamente la vida sigue porque es necesario que siga. Esos muebles, esos espejos, los cajones donde se guardaron tesoros inservibles, todos los utensilios colgados en la cocina, las alfombras, los cuadros, aquellas sábanas, los trajes ordenados y sobre todo las fotografías, las innumerables fotografías enmarcadas sobre muebles que se expanden como árbol genealógico de familias enteras, los rostros sobre fondo amarillo del amanecer, los rostros sobre fondo cárdeno del atardecer, las sonrisas, ¿qué se decían en ese momento las gentes?, todas esas cosas quedaron vacías en aquel piso donde yo había nacido, en la larga calle de Fuencarral de la inmensa ciudad que, como toda capital enorme, era Madrid entonces, renovándose continuamente en el tiempo.

En todo eso, entonces, iba pensando de modo general mientras atravesaba aquel día la Gran Vía y cuando, horas después, quise retomar de nuevo mi escritura apoyando la pluma sobre estos cuadernos Miquelrius que utilizo, recordé de repente, quizá por la hora que era o por la luz que envolvía mi cuarto, otra luz de otra tarde en el pasillo de la primera casa donde yo viví en Madrid – tendría entonces dieciséis o diecisiete años – cuando volví definitivamente de provincias para estudiar en la capital. No tuve que poner demasiado esfuerzo para evocar aquel pasillo porque las habitaciones de aquella gran casa en la calle de Goya siempre me habían impresionado. Era una especie de gran casa casi deshabitada, con habitaciones enormes, en la que vivíamos sólo tres personas: mi tía Amparo, que era una anciana tía de mi madre, cercana ya a los ochenta años, una muchacha de servicio que se llamaba Berta y yo. Mi tía Amparo era una figura muy pequeñita, iba vestida siempre con un traje estampado de colores marrones y bajo él asomaban sus pies diminutos, pero sobre todo lo que destacaba de ella y quedaba en la memoria era la cantidad de sortijas brillantes que ocupaban sus dedos, unos dedos gordezuelos en unas manos pequeñas, cada uno de esos dedos ocupados por una joya más bien barata y sin valor, unos dedos absolutamente tapados por las sortijas que, por las noches, cuando caminaba lentamente por el largo pasillo, refulgían en la oscuridad. Aquella figura pequeñita y titubeante iba pisando, lo recuerdo muy bien, las tablas de madera del pasillo que crujían bajo sus pies camino de su cuarto o de la cocina, y yo, a distintas horas, recorría también aquel pasillo y pasaba por delante de las grandes habitaciones con sus puertas siempre abiertas. Solía detenerme varias veces ante el llamado cuarto de caza, o así me contaron que lo habían bautizado, intrigado por cuanto de él se decía. Me habían contado, no sé si con mucha precisión o no, que aquel gran cuarto, situado a la izquierda del pasillo conforme se iba hacia la cocina, un cuarto ahora casi abandonado y destinado únicamente a una suerte de almacén de trofeos antiguos, había sido el refugio en el pasado de numerosos perros de diversas razas que volvían siempre sudorosos y excitados tras las calurosas jornadas de montería celebradas por antepasados de la familia. Por allí habían deambulado, según me dijeron, rastreadores que ladraban aún su nerviosismo e iban y venían inquietos de un sitio para otro, y lebreles, de miembros largos y cabezas estrechas, resistentes e infatigables. Así me lo había revelado sobre todo mi tía Amparo sin mostrar verdadero interés ni curiosidad al hacerlo y como removiendo simplemente la historia de aquella casa. Pero quizá porque yo no había entrado nunca en un llamado cuarto destinado a la caza ni tampoco sabía en qué podía consistir, a mí me intrigaba pasear por allí, entre los muebles y los cuadros antiguos, imaginando aquella confusión de perros y ladridos como si ahora mismo escuchara sus ecos. De este modo recuerdo que llegué un día, ya anochecido, hasta otro gran cuarto de la enorme casa, el llamado por toda la familia “vestidor”, un cuarto muy misterioso para mí, que estaba situado cerca de un dormitorio cerrado desde hacía años y del que nunca me habían comentado nada. Entré una vez más en aquel vestidor, encendí la luz en razón de la hora que era, y di unos pasos por aquella estancia semivacía, prácticamente sin mueble alguno, y en la que únicamente destacaba un gran armario de madera oscura con su enorme espejo. Me quedé observando aquel espejo que siempre me había fascinado. Pienso que entonces, con mis cortos dieciséis o diecisiete años, es, decir, muy joven, no podía mas que seguir fijándome como otras veces en el cristal del espejo como si él me imantara y empecé a imaginar ciertas escenas que siempre se me ocurrían cuando lo contemplaba. Recuerdo que en ese momento, mientras me rodeaban las luces y sombras de la habitación, empezaron a convocarse allí, delante del espejo, precisamente figuras invisibles, y, a la vez, no sé cómo explicarlo, figuras que para mí eran muy reales: figuras que se alejaban y se acercaban desde las esquinas y desde la puerta del cuarto hasta el centro, hasta la lámina del espejo, para mirarse en él, figuras que al principio percibí muy vaporosas, como etéreas, pero que avanzaban y retrocedían cada vez con más cuerpo ante el cristal y se arreglaban y componían, dándose la vuelta con sus trajes para admirarse mejor. Eran sin duda personas de tiempos anteriores, así lo he pensado siempre, que yo veía sólo con la imaginación, porque aquel vestidor semivacío encerraba para mí un aire misterioso y aquello se llenaba de conversaciones, vestidos de noche, altos peinados, guantes, capas y perlas acompañando a las damas, y negros sombreros de fiesta y elegantes bastones acompañando a los hombres.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará)

 

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