“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (5)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Han empezado a publicarse el 30 de marzo y aparecen los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (5)

 

 

Siempre me ha impresionado este mundo submarino al que nunca he podido descender pero al que a la vez he descendido desde el cine o la televisión, me ha impresionado siempre su belleza desparramada, insospechada, unos mundos desconocidos para los hombres, y cuando ya me he sentido pleno e invadido de esas imágenes, ellas me han ido siguiendo por el pasillo, me seguían los peces y las rocas, me seguía su presencia hasta la cocina, he tenido en el recuerdo todo ese mundo submarino apenas visible pero que está ahí, y cuando volvía otra vez por el pasillo con mi vaso de agua en la mano hacia mi despacho y me sentaba de nuevo a escribir junto al ventanal, entonces dejaba mi bolígrafo sobre la mesa y contemplaba la ciudad a través del cristal de la ventana, todas esas oficinas simultáneas y tan cercanas a mí de hombres y mujeres inclinados, todas las pantallas de su trabajo, el ir y venir de los informes, los pasos, los ademanes, las prisas, pero detrás y al otro lado de esas oficinas tan vecinas que veía desde el ventanal sabía y sé que existe también una pequeña plaza pero que yo naturalmente no puedo ver desde aquí, y también hay unos jardines detrás de la plaza que naturalmente tampoco logro ver desde este despacho porque las oficinas los tapan, pero están ahí, lo sé, son jardines para mí siempre invisibles y a la vez reales, como tampoco puedo oír desde esta habitación el piar de sus pájaros y el fluir de sus fuentes pero sé que se encuentra todo ahí, vivo, radiante, como también conozco que detrás de esos jardines luminosos y de la plaza que no consigo ver se alargan las calles entrecruzadas e innumerables de la gran ciudad, y los guiños continuos de los semáforos, y los automóviles rapidísimos e invisibles que nunca alcanzo a ver desde mi cuarto de trabajo pero que también están ahí, están cruzando en estos momentos todos esos coches por las calles y pasan como bandadas metálicas vertiginosas, el silencio de mi despacho desplaza a todos los ruidos cercanos y estos a su vez desplazan. a los más lejanos, y un poco más allá, mejor dicho, bastante más allá, kilómetros más lejos de esta ventana, se extienden los ruidos de las superficies de las afueras, luego las de los campos, las visiones y ruidos de tantas fábricas y pueblos y ciudades que se unen y se comunican entre montañas, caminos y valles por toda la península hasta llegar al final, a las costas y al mar, y ya una vez dentro del mar, descendiendo en las aguas del mar, esos fondos inmensos de azules y verdes que desde aquí no veo pero que están ahí, con todos esos movimientos y colores y sonidos del mundo submarino que se cruzan aguas abajo, invisibles y a la vez presentes para mí en este despacho. Que yo no pueda ver todo eso desde esta pequeña habitación de trabajo no quiere decir que eso no exista y que ahora, en este preciso instante, todo eso no esté vivo y en continuo movimiento. Entonces, quizá podría preguntarme uno de estos días la periodista, ¿de lo que está usted hablando ahora es de una especie de visión global que usted tiene, de una visión total?, pues sí, le respondería, tal vez sea así, no lo sé, de algún modo es una especie de simultaneidad o de “unanimismo”, por emplear una palabra que hace mucho tiempo estuvo a la moda en la literatura y que intentaba presentar una visión simultánea y global de las ciudades y del mundo, y precisamente sobre todo ello recuerdo que hace muchos años, debió de ser a principios del siglo XX, algunos escritores, sobre todo franceses, hoy olvidados y casi desconocidos, por ejemplo Jules Romains y algunos más, practicaron lo que ellos llamaban “unanimismo”, es decir, una visión de jornadas simultáneas, la simultaneidad de los lugares , los decorados y los personajes, algo leí de ellos y sobre ellos, pero sin embargo lo que yo siento ahora mientras escribo en este cuaderno Miquelrius no es exactamente un deseo de evocar todo eso en una página sino tan sólo reconocer que de vez en cuando me rodea en esta habitación, y también cuando estoy en otras partes, esa visión amplia y casi total del mundo, pero no solamente de las ciudades o de los hombres, sino también de los cielos y de los mares, del conjunto de los pájaros, de los viajes alados de esos pájaros, de sus migraciones apenas visibles, porque yo sé que mientras estoy escribiendo este libro que supongo me llevará mucho tiempo terminar, las cigüeñas y las golondrinas emprenden en el cielo y por encima del libro el camino de ida y vuelta de sus viajes, van silenciosas, compactas, determinadas, me acompañan de algún modo con su viaje de ida durante la mitad del libro, cuando yo estoy luchando con su construcción, y me acompañarán también en su viaje de vuelta mientras vaya encajando las piezas, no sin dificultad, y repase al fin todo el conjunto. Los movimientos de millones de golondrinas que atraviesan en bandadas inmensas la Península camino del Sahara, a veces algunas llegando hasta el Congo y Sudáfrica, van por tanto muchas veces paralelos en el aire al lento trabajar mío en este despacho, paralelos a mi lento recorrer de dudas y correcciones a lo largo de las pocas páginas que avanzo, como también marchan paralelos de algún modo a mi trabajo, deslizándose por los fondos del agua, los peces invisibles del mundo submarino aunque nunca los pueda ver mientras escribo. En cierto modo esta ha sido muchas veces mí atracción hacia lo invisible, algo que con frecuencia me ha intrigado, y aunque nunca he sido amigo de extrañas fantasías ni de elucubraciones sí en cambio me ha interesado esa conjunción de lo visible y lo invisible, el lazo íntimo que ambos tienen en común.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”

(continuará)

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