“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (4)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se irán publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS.  (4)

 

 

El  estilo, ¿de dónde nace el estilo?, ¿cómo se adquiere?, de esto seguiría preguntándome sin duda la periodista, pues no lo sé, le diría, quizá leyendo, rozándose con los grandes nombres, con los grandes estilos, lo mismo que se adquieren poco a poco los rasgos del padre o de la madre sin saber por qué ni de qué modo y uno refleja alguno de sus gestos, así el estilo, mirándose al espejo, retrata aquí y allá la comisura de una boca que puede parecerse a Cervantes, o a Malraux, o a cualquier ensayista o prosista al que varias veces hayamos visitado, pero no, de nuevo me digo otra vez , cuidado con la “literatura”, con la frase brillante, hay que escribir o intentar al menos escribir evocando la realidad, ver aquellos paisajes, aquellos amigos, aquellas tardes en que no ocurría nada, esas son las más valiosas de la vida, es el pasar silencioso, estar, por ejemplo, con F. tantas veces andando por el campo, por las afueras de Bilbao, o por la costa bilbaína, por Mundaka por ejemplo, uníamos los dos silencios, era la amistad, una cadena de silencios eslabonada con pequeñas palabras, recuerdos, de nuevo silencios, ese “nosotros” que durante años me ha atraído, recuerdo precisamente en Mundaka la gran playa azul y la espuma del surf practicado en olas continuamente, estábamos sentados en un restaurante con amplia galería acristalada frente a la playa y los dos veíamos y seguíamos enfrente, a lo lejos, mientras comíamos, aquellos movimientos alados del surf y los surfistas, movimientos blancos, movimientos azules, nada decíamos o muy poco porque todo estaba dicho, o a veces sí, hablábamos mucho, nos adentrábamos en gustos literarios, en libros, en proyectos o recuerdos, en carcajadas, era el “nosotros” de nuevo, el “nosotros” en el tiempo, ¡tantas conversaciones, tantos intercambios de amistad, los vericuetos de los diálogos y los silencios!, habíamos vivido tantas cosas juntos que aquella era nuestra unión de amistad mientras los surfistas iban y venían a lo lejos, se encaramaban en el calor de la ola, la cresta blanca, la espuma que iba, venía y se derramaba, y los dos estábamos allí, en la galería acristalada, ¿cómo es posible que ya desde muy joven, quizá a los veinticinco o veintiséis años, me interesara tanto por el “nosotros” en la vida y en la escritura, por el plural del hombre?, el “yo” para mí siempre fue la soledad, también el “tu” en muchas ocasiones, sí, era la soledad, el repliegue del hombre en sí mismo, el aislamiento, se contaban siempre las cosas desde el “yo”, la existencia la iba narrando un permanente “yo”, el yo” miraba, escuchaba, olía, palpaba, resumía, pero el hombre de repente se da cuenta, yo al menos sí me daba cuenta, de que no está solo, había algo en el aire, también dentro de mí, que me acompañaba, recuerdo el movimiento de los peces en otras ocasiones, no he podido ni he sabido bucear en el océano pero la cámara buceaba por mí, no era solamente Cousteau el que buceaba sino todas las cámaras cinematográficas y televisivas que se adentraban y se sumergían conmigo deslizándose horizontales, giraban dando vueltas en el agua y se revolvían , la revolvían, nuestro visor miraba desde su cristal plano, con sus ojos artificiales, avanzaba nuestro cuerpo ágil y escurridizo dentro del traje, nuestros guantes dirigían aquí y allá la cámara, moviéndose y deslizándose con las aletas, el cuerpo todo sensible, estaban todos los corales y los arrecifes, eran ciudades de agua las que veíamos, ciudades de colores, las ventanas y las puertas de los edificios eran rocas por donde salían corales blandos en forma de hongos a la manera del Bosco, fragmentos gelatinosos que tomaban el ascensor hasta el cuarto piso, a veces se colaban por grietas y surcos y pasaban de la luz a la sombra siempre en silencio, siempre a toda velocidad, sobre todo atravesando salones de color, un denso color azul de agua profunda entre las rocas, aquellos salientes de las rocas submarinas, continentes enteros que nadie veía, sólo nosotros y algunos más que habían bajado a filmar, corrientes de agua de una gran belleza, no podíamos imaginar desde la superficie que aquí abajo hubiera volcanes dormidos, pasábamos al lado de aquel sueño de los volcanes y atravesábamos e indagábamos otras habitaciones, dormitorios de canales y de túneles, algas rojas que flotaban detrás de las puertas, hierbas submarinas saliendo de los cajones, surtidores y pozos y troncos y bloques de coral verde, verde, espumoso verde, una plataforma azul, las crines amarillas de unas hierbas, la luminosidad de las esponjas, y luego todos los peces que iban y venían cruzándose por las ciudades, por los campos, algunos ojos enormes que pasaban enigmáticos rozando nuestras aletas, rozando nuestro visor y desfilando ante nuestros cristales, los veíamos atravesar y esconderse en las esquinas rojas, y pasaban también plateadas escamas de otros cuerpos, algunos transparentes, con una extraña luz que dejaba ver su columna vertebral prolongada en espinas, ¿pero entonces descendía o no descendía usted al mundo submarino? me preguntaría sin duda la periodista, antes ha dicho usted que nunca buceó, ¿cómo puede entonces describir todo eso?; sí, quizá tenga razón ella con esa pregunta, ¿pero cómo decirle que son las astucias de la creación?, sentado en este despacho veo la televisión, este programa que tengo grabado desde hace tiempo y que suelo contemplar muchas veces a lo largo del año, lo veo desde la butaca y a la vez me sumerjo en el agua, el bolígrafo azul recorre de un lado a otro la superficie en papel de este cuaderno Miquelrius y cuando llega al borde de la página anota el movimiento de esos peces cruzando la pantalla, sus colas fantasmales que pasan del orificio a la gruta, sus cabezas enanas y gigantes, las garras torpes de los moluscos.

José Julio Perlado—“Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará)

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