“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (2)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido adelantar aquí la publicación de  mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que espero aparezcan pronto como libro.  Se irán publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (2)

 

 

24 abril

en el Botánico de Madrid

Hoy en soledad. He querido alejarme un poco de la periodista y de la entrevista porque necesito venir de vez en cuando hasta estos árboles, oír el sonido de esta fuente y ver cómo los pájaros picotean. Me es necesario este remanso tranquilo antes de volver a los recuerdos. Cuando uno intenta escribir un libro vienen frecuentemente hacia ese libro miles de hojas revoloteando : las preguntas, lo que he hecho y oído en el día de ayer o de hoy y también lo de hace años. Vienen volando rapidísimas estas hojas, cada una desde un sitio distinto de la imaginación, de la memoria, del recuerdo, vienen apretadas y urgentes unas contra las otras sobre esta página que estoy escribiendo ahora en este banco del Botánico, en esta pequeñísima y oculta glorieta y ante una fuente, y estas hojas y recuerdos revolotean, se congregan, se amontonan con un ligero polvillo en torno al banco, a mis pies, en la primavera de Madrid. Aquí estoy solo. Cada vez que pienso en la joven periodista que ha empezado a venir a verme desde hace unos días, dispuesta al parecer, según me ha dicho, a elaborar una especie de semblanza o biografía mía y para ello rodearme con numerosas preguntas, recuerdo la respuesta que le lanzó García Márquez a una muchacha empeñada en titular su amplísima entrevista: “250 preguntas a García Márquez”. El escritor, amablemente, la invitó a tomar un café y le dijo: “Si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío”. Y algo de eso me puede pasar. ¿De quién sería este libro entonces, de la periodista o mío? Mientras pienso en todo ello repaso lo poco que tengo escrito, lo releo, lo corrijo, voy colocando cada cosa en su sitio. Joan Miró daba una vuelta cada día por su estudio mallorquín y retocaba aquí y allá cuadros anteriores, terminaba una pincelada, añadía un color. Aquí, entre flores y caminos de estos setos tan cuidados, entre tantos aromas y colores, me siento a releer estas primeras páginas que van creciendo muy poco a poco y que espero puedan irse expandiendo en ramajes diversos, igual que lo hace la variedad de plantas que me rodean. De vez en cuando levanto la vista del cuaderno y miro hacia el gran edificio con su pared de ventanas que cierra uno de los extremos del Botánico y pienso en la excelente vista que supongo tendrán aquellos altos dormitorios y comedores al contemplar desde arriba este campo de flores, estos espacios limpiamente trazados. Y los árboles. La visión que tendrán de estos árboles.

 

25 abril

 

en casa

 

Tampoco hoy había quedado citado con la periodista y aprovecho por tanto para recuperar recuerdos. Vuelvo la mirada a mi vida y veo ahora desde aquí, desde este despacho en que trabajo, aquel paseo junto al río que yo he recorrido tantas veces y veo también a mis abuelos esperándome en Cabueñes, en Gijón, mi abuelo con su sombrero negro y su bastón nudoso en la mano, que está aguardando a que yo llegue al jardín y yo, un niño, temblando por si se enfada, él de pie en lo alto de la pequeña escalera de hierro que asciende del jardín a la casa, veo también a todos mis amigos, al delgado Juan, un muchacho irónico, de rostro afilado, que se dedicó a la radio, al bondadoso y entrañable Manuel bajando las escaleras de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid entre tanta gente a media mañana, un alma selecta, una salud quebradiza, una amistad por encima del tiempo, unas conversaciones íntimas y transcendentes, un recuerdo por encima del tiempo, lo noto ahora, va conmigo, han pasado muchos años y sigue yendo conmigo, es una presencia impalpable, de repente sé que en una calle, Manuel, a través de las nubes, por encima de las nubes, me sigue con la mirada, una mirada que yo no puedo definir ni casi advertir porque es una presencia total, una especie de acompañamiento en el tiempo, como si dijera “No te preocupes, que aquí estoy”. Yo ando y ando y de repente no veo a Manuel pero sé que ahí está, de vez en cuando Manuel da la impresión de desaparecer, pero no, al otro lado de la nube, una nube que tampoco es una nube, en medio de un cruce de semáforos pero también en el pasillo, cuando escribo, o en medio de problemas, a veces estoy sumido en problemas casi siempre menores, o en el silencio de una reflexión, noto que algo ha hecho Manuel sobre mí, ¿quién me protegió de aquel camión fulgurante en medio de un túnel, al pasar con su enorme estruendo y sus focos potentes, pitando y pitando con el claxon, con sus ruedas gigantes que casi rozaron las mías, las de mi pequeño automóvil asustado por aquel roce inesperado que casi me manda al otro mundo? Veo también aquellas carreteras blancas, sinuosas, del norte de España, los precipicios y los acantilados, veo las curvas del desfiladero que giraba con el río, luego la remontada hacia la superficie, las crestas de los Picos de Europa, en algún momento los Picos de Europa parecía que se confundían con el Pirineo de Aragón, pero no, no son los mismos, las ruedas del coche toman caminos distintos, como dos carreteras que se bifurcan en el tiempo, no, no quiero hacer nada de literatura, quiero escribir de lo real y de las ruedas, cada una a su modo, unas van hacia los Picos de Europa y otras hacia el valle de Ansó, veo cómo me inclino en el agua de Aigües Tortes, simplemente cómo me inclino, no, tampoco se pueden forzar los recuerdos, los recuerdos van y vienen como envueltos en gasas danzantes, van y vienen por la memoria, se esconden, aparecen, no conviene forzarlos, de repente los recuerdos desaparecen, un recuerdo asoma como un deshecho de una gasa que danza, una danza nebulosa y gaseosa, me veo en lo alto de los Picos de Europa, no lejos de Potes, exactamente en lo alto del monte donde se levanta Santo Toribio de Liébana, y abajo, en el valle, pacen unos caballos, ¿pero son los mismos caballos que aquellos de Andújar, en años distintos?, me monté en uno de ellos, nunca me había montado, y me dejé llevar pausadamente, mansamente, guiado por las pezuñas y los cascos que resbalaban entre las piedras, bajando hacia el río, recuerdo las crines del caballo al viento, cómo no me daba miedo acompañarle, el caballo iba seguro entre las piedras, a veces dejaba resbalar una por la arena, hacía un ruido, era una pequeña piedra blanca bajo los cascos, no, menos que una piedra, era arenilla entre piedras pequeñas y yo no bajaba la mirada, iba seguro porque iba seguro el caballo, pero no deseo que ahora me contemplen cabalgando ni que sigan mi mirada desde lo alto del camino de Santo Toribio de Liébana observando abajo a los caballos, ésta es la tierra, la hermosa tarde, serán las seis y media o las siete de la tarde, es verano, agosto, el coche lo he detenido en este camino y he venido hasta el final a perder mi mirada en el valle, he escrito mucho sobre la mirada, capítulos enteros de libros, la mirada de los artistas, la mirada en el arte, pero esta mirada en agosto desde la altura nada tiene que ver con el arte, mi mirada es distinta en el mar o en el monte; en el monte, en la extensión del monte, la mirada siempre me ha dado reposo, quietud, remanso, mi pupila tan cargada de ciudades, de pantallas y de luces, de guiños continuos en todas partes, una pupila sobrecargada de visiones cruzadas que deben estar atentas al menor parpadeo de la eficacia, de la velocidad, de la utilidad, esta pupila se adormece y se tiende sobre este valle de agosto en que están abajo los caballos, pero también las vacas, están los tonos de los prados, una casita de tejados rojos que apenas se ve, unos caminos diminutos, un pequeño automóvil entre los prados, y sobre todo la extensión, la paz, las ondulaciones de la tarde, cada atardecer parece igual en esta superficie de verdes y marrones, algún campesino que anda despacio a lo lejos está dando una pequeña vuelta, si me quedara media hora aquí vería cómo el sol desaparece lentamente y más adelante se enciende alguna luz.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

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