“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (1)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido  adelantar  aquí  la publicación de mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que espero  aparezcan  pronto como libro.  Comienzan a publicarse hoy, y se irán  publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (1)

 

 

21 abril

¿Funcionará esto? Aún no se lo pregunta el editor en estas primeras líneas porque aún nada le dicen, pero conforme lee estas frases lo tiene ya muy presente, ¿funcionará o no funcionará este texto? le susurra su subconsciente; ha escogido el editor este original mío de entre los originales que le esperan, él aún no ve más que el texto, no me ve a mí, pero yo sí le veo, estoy viendo al editor sentado muchas tardes en su despacho, otras lo veo en el coche, en el tren, en varias ocasiones le he visto también tumbado encima de la cama, leyéndome. Es persona joven, se ha calado las gafas, recorre atentamente la pantalla, ha ordenado hacer una copia de todo esto para varios de sus asesores, no puede jugarse el dinero, sus asesores y lectores en su momento le dirán si esto “puede funcionar o no”, si esto atrae, si puede interesar; el escritor, que soy yo, no puede escribir sin embargo únicamente “para que esto funcione”, escribe, escribo, emborrono, me he levantado varias veces para buscar otro cuaderno limpio, me he vuelto a sentar, he cruzado las piernas, he tomado la pluma, he colocado el cuaderno encima de mis rodillas.

 

—Entonces usted no escribe directamente en el ordenador? – me pregunta la periodista nada más llegar al despacho y sentarse frente a mí

 

.—Pues no; alterno, señorita; ahora por ejemplo, conforme sigo escribiendo en este cuaderno y a la vez la escucho, continúo viendo al editor. No es aún “mi” editor, qué más quisiera yo, es hombre que se juega su pequeña fortuna con la literatura, es editor esmerado, cuidadoso con las portadas, con el papel, con la encuadernación, vigila también la distribución, pero yo, poco a poco, mientras sigo escribiendo en este cuaderno, advierto que está desapareciendo la figura del editor, ahora veo en cambio, de pie, aún borrosamente, en el rincón de una librería, al lector común, mejor dicho, a la lectora común, porque esta es una chica de unos veinticinco o veintiséis años, no creo que llegue a los treinta, ahora sí, ahora la veo bien, la veo merodear por las estanterías, viste unos vaqueros azul oscuro y una blusa blanca con varios collares de colores, está asombrada por tantos lomos de libros que se alzan hasta el techo igual que columnas, a ella le gusta esta librería, suele venir a ratos, cuando tiene tiempo, no tiene demasiado dinero para libros, ella siempre levanta la cabeza, pasea por los títulos con curiosidad, luego baja la mirada y la extiende sobre mesas repletas de libros, mar de mesas, mar de cubiertas, libros “vivos” aún, novedades de política que apenas le interesan, novedades de autoayuda que siempre rechaza, ella busca ficción, es joven, cuando cumpla varios años quizá no le interese tanto la ficción como la reflexión o el ensayo, quizás relea algo de esta ficción que leyó de joven, pero es improbable, el cine tiene grandes influencias sobre ella y acaso ya no vuelva a leer “Guerra y Paz” o “Cumbres borrascosas” porque las imágenes en la sala oscura ya han reemplazado los matices de los bailes y los sentimientos, las vidas adquieren en el cine intensidad pero sobre todo velocidad y el ojo del espectador rellena enseguida los espacios, adivina, se adelanta a las palabras.

– ¿Eso es lo que piensa usted del cine? – me dice la periodista.

– -Sí, eso es lo que pienso – le contesto – . Admiro el cine, la imagen. Pero la palabra está ahí, la palabra está en este cuaderno. ¿Sabe por qué me pongo a escribir aquí, junto a la ventana?, porque me anima siempre una fotografía de una importante escritora inglesa que estaba diariamente sentada de esa forma, en medio de las nieblas de su cabeza, esforzándose por avanzar. “Escribo – decía ella – dos páginas de puros disparates después de grandes esfuerzos; escribo variaciones de cada frase; componendas; tentativas fallidas; posibilidades; hasta que mi cuaderno es como el sueño de un lunático. Luego confío en la inspiración al releer; y les doy cierto sentido a lápiz. Pero no estoy satisfecha. Creo que le falta algo. No le sacrifico nada al decoro. Voy derecha al centro”.

– ¿Y usted? ¿Va derecho al centro?

– Bueno, lo intento. Unos se estimulan con pastillas y yo me estimulo con textos, sobre todo con textos que hablen de la tenacidad, del esfuerzo. Me veo ante ellos como ante un espejo. “Con cuánto placer – leo por ejemplo en otro de esos autores que siempre me animan – , con cuánto placer me he quedado ante un libro hasta muy entrado el crepúsculo, hasta que no podía descifrar ya nada y mis pensamientos comenzaban a dar vueltas, qué protegido me sentía cuando, en mi casa, en la noche oscura, me sentaba ante el escritorio y sólo tenía que ver cómo la punta del lápiz, al resplandor de la lámpara, por decirlo así por sí mismo y con fidelidad total seguía a su sombra, que se deslizaba regularmente de izquierda a derecha y renglón por renglón sobre el papel pautado. Ahora, sin embargo, escribir se me había hecho tan difícil que a menudo necesitaba un día entero para una sola frase, y apenas había escrito una frase así, pensada con el mayor esfuerzo, se me mostraba la penosa falsedad de mi construcción y lo inadecuado de todas las palabras por mí utilizadas. Cuando, sin embargo, mediante una especie de autoengaño, conseguía a veces considerar que había hecho mi trabajo diario, a la mañana siguiente me miraban siempre, en cuanto echaba la primera ojeada al papel, los peores errores, inconsecuencias y deslices. Hubiera escrito poco o mucho, me parecía siempre al leerlo, tan fundamentalmente equivocado, que, al punto, tenía que destruirlo y comenzar de nuevo”. Y de este modo, leyendo a todos estos autores de que le hablo, yo me atrevo a escribir. Como tantas otras veces, aunque no lo confieso por temor a ser incomprendido, miro esta mesa y este cuarto, esta ventana de cerraduras no muy bien encajadas, y me veo inclinado en mi rincón como un escritor más en el panorama inmenso de escritores modestos de todos los tiempos, escritores que acompañan muy de lejos la sombra de Cervantes o de Shakespeare, escritores secundarios, dotados sin embargo de personalidad y dignidad, inciertos en sus comienzos, ingenuos ante muchos avatares, pero decididos, a veces incluso iluminados, que intentan encontrar su mundo y su voz.

– ¿Le da usted mucha importancia a la voz?

 

—Sí, mucha importancia. Encontrar la voz mientras escribo en este cuaderno no es tarea fácil. Hay infinidad de voces en la narrativa para elegir, voces que a uno le tientan, voces sugerentes y famosas, pero yo he ido siempre tanteando como un ciego, buscando la voz, el tono. Este cuaderno que tengo ahora sobre mis rodillas es para mí, al fin, como un imán. Tantos ratos perdidos en otras cosas, en gestiones múltiples, por ejemplo, o en relaciones sociales, o en idas y venidas banales y superficiales que me han ido ocupando la cabeza sin aportarme nada, han dejado que este cuaderno ( o la pantalla, cuando en ella trabajo) permanezca estéril, abierto y abandonado en esta mesa y en este cuarto de la ventana con cerradura no bien encajada en donde casi nunca antes me sentaba a escribir. Y recuerdo perfectamente el momento en que, no supe bien por qué, un día, a media mañana, me acerqué decididamente a este cuaderno, tomé la pluma, y sentí que tenía la imperiosa necesidad de escribir sobre algo, por ejemplo sobre usted, sobre la periodista que iba a venir a entrevistarme.

 

– -¿Sobre mí?

 

– -Sí, sobre usted. La vi a usted el otro día, en el momento en que nos presentaron y me dijo que quería hacerme una entrevista. La vi tal como está usted ahora. Pero no sólo la vi a usted sino que vi también al editor en su casa, en su despacho, leyéndome lo que yo en ese momento iba a escribir, y tampoco vi únicamente al editor y a usted sino que se me apareció a lo lejos, sobre las páginas del cuaderno, una muchacha de unos veinticinco o veintiséis años, no llegaría a los treinta, una muchacha que vestía unos vaqueros azul oscuros y una blusa blanca con varios collares de colores, curioseando por una gran librería, una gran librería que a mí me gustaba y me sigue gustando y a la que suelo acudir con frecuencia, “La Central”, en Madrid. ¿La conoce?

 

– Si, la conozco.

– Pues aquella muchacha a la que yo quise bautizar enseguida en mi relato como la “lectora común”, en un primer momento no se fijó en mí. Yo estaba sentado en uno de esos sillones que se encuentran en la segunda planta de esa librería, no sé si usted los recuerda, son dos sillones antiguos pero muy cómodos, en los que a veces me cito y me siento a charlar, aunque siempre en voz baja, con un buen amigo mío de hace años, Ricardo Senabre, un catedrático y crítico literario, un crítico muy exigente del diario “El Mundo” que vive en Alicante y que de vez en cuando viene a Madrid. Son dos sillones prácticamente iguales, en un pequeño cuarto algo retirado de las estanterías, cerca de un gran ventanal. Pues bien, aquella muchacha de los vaqueros azul oscuro llevaba en ese momento un libro en la mano, sin duda lo acababa de coger de una de las mesas y de repente, decidida, se sentó en el sillón de enfrente. De reojo y por simple curiosidad quise fijarme en el título del libro. Era “Una habitación propia”, una célebre obra de Virginia Woolf que desde hacía años tenía gran eco y que yo ya conocía. Entonces, aquella chica, al sorprender mi mirada, me preguntó intrigada y con una sonrisa, señalando la portada: “¿Lo conoce?”. Cuando afirmé con la cabeza me volvió a preguntar si el libro valía la pena. No quise desvelarle nada de la obra, le contesté que a mí me había interesado enormemente, y de ahí, poco a poco y en voz muy baja, aunque la verdad es que por la hora no había muchos clientes en la librería y podíamos hablar con tranquilidad, iniciamos una pequeña conversación que aún recuerdo perfectamente porque me di cuenta enseguida de que ella, más que un interés inmediato en la lectura, lo que le apetecía era hablar y desahogarse. Me contó que estaba finalizando la carrera de Medicina y que muchas mañanas cuando no tenía clase se escapaba a curiosear en librerías. “Me gustan los libros con muchas historias”, me dijo, “sobre todo me gustan las historias. Encuentro historias por todas partes. El mundo está lleno de historias”. Como tantos otros estudiantes del mundo ella había emprendido aquella carrera, según me contó, casi por obligación, para no disgustar a su padre, también médico, pero conforme los cursos avanzaban la medicina se había ido alejando más de ella y ella también de la medicina. “En el curso pasado”, añadió, “haciendo un día mis prácticas de autopsia, me di cuenta de que ya no me interesaban nada las vísceras de aquel cadáver que tenía delante y en cambio sí que estaba intrigada por cuál hubiera podido ser la vida de aquella persona, qué amores, por ejemplo, habría tenido, y de qué familia provenía”. Todo esto me lo comunicó en tono pensativo, como exponiendo algo que tenía muy meditado desde hacía tiempo y que llevaba dentro por convicción. “¿Y entonces, vas a dedicarte a la medicina?”, me aventuré a preguntarle. Hizo un gesto de rara pasividad, se encogió de hombros, comenzó a hojear el libro que tenía entre las manos, y no me contestó.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”(Memorias)

(Continuará)

 

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